Revolución 20. Iker
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20. Iker

IKER

Di tal respingo en la cama que estuve a punto de pegarme contra la litera de arriba.

En algún momento tendría que explicarles que despertarse entre canciones desentonadas y golpes de cacerola no resultaba divertido. Era más bien un cóctel exprés de adrenalina, taquicardia y posible visita a Urgencias, pero ellos parecían divertirse de manera irremediable.

No me hizo falta abrir los ojos para saber que la cabaña se había llenado de monitores y que S ora estaba entre ellos.

Aun así, entorné los párpados y me la encontré en el centro de la estancia, mirando en mi dirección.

Con un acto reflejo, me tapé con el saco prestado hasta la cabeza.

Seguro que tenía legañas, ojos pegados, pelo revuelto y mal aliento.

De repente, me importó demasiado que me viera así.

—¡Hoy va a ser un gran día! —canturreó Cris, otra voz que reconocí al instante.

Esperé unos segundos, aguzando el oído, hasta cerciorarme de que los monitores se habían alejado en busca de sus siguientes víctimas. Salí del escondite y me quedé mirando al techo mientras en el resto de las literas se oía el trajín de cuerpos medio dormidos.

Tenía el corazón en un puño y no sabía si era por el susto al despertar… o porque, por alguna extraña razón, llevaba todo el maldito fin de semana sin sacármela de la cabeza.

Algo en mi cerebro no estaba funcionando bien.

A lo mejor se debía al albero, ese polvillo que se me metía en los calcetines, en el pelo y hasta en la nariz.

Igual por eso todo el mundo decía que aquel lugar tenía algo mágico.

Tal vez es que llevábamos días inhalando una sustancia sospechosa que alteraba la percepción de la realidad.

—¿Despierto? —La voz de Álvaro se coló por el hueco de la cama. Me asomé por la escalera de metal para encontrarlo con las ojeras marcadas y la cara deshecha de sueño.

La noche anterior había sido la primera en la que me uní al momento menta poleo con el resto del grupo, una tradición no escrita del campamento que consistía en sentarse a charlar con una infusión entre las manos hasta una hora que todos lamentarían a la mañana siguiente.

En aquel rato, pude descubrir algunas cosas interesantes, como que a Marta le gustaba leer, igual que a mí.

O que Ángela se estaba planteando estudiar Fisioterapia.

E incluso averigüé que Rocío volvía a dirigirme la palabra, después de nuestro encontronazo en el almacén de la semana anterior.

Y casi sin darme cuenta, ya los llamaba por su nombre a todos.

Aun así, me fastidió que Sora apenas se quedara un rato.

David apareció, intercambió un par de frases con el grupo y luego le hizo un gesto sutil para que se levantara.

Ella obedeció sin rechistar, más como una rehén educada que como una muchacha enamorada.

Pero tampoco debería hacerme mucho caso; quizá estaba esforzándome por interpretar la escena como más me convenía.

El caso es que, por más que intenté ignorar su ausencia, me pasé un buen rato dándole vueltas: preguntándome qué estaría haciendo con aquel idiota. Y, lo peor de todo, preguntándome por qué me importaba tanto.

—¿Has dormido? ¿O has estado toda la noche persiguiendo estrellas? —pregunté a mi amigo.

Yo me había acostado cerca de la una, pero Álvaro se había quedado.

—Me vas a matar —musitó.

—¿Qué has hecho? —pregunté frunciendo el ceño.

Se sentó en la cama, sacó sus gafas de algún lugar y se las colocó.

—Técnicamente hablando, no he hecho nada —susurró para que el resto no pudiera oírlo—. Pero me quedé hasta las cuatro de la mañana charlando con Cris.

Parpadeé dos veces y tuve que reprimir una sonrisa traviesa.

—¿De qué cojones se habla durante tanto rato? —quise saber, planteándome si yo sería capaz de conversar durante tanto rato con una chica.

La expresión de agobio de Álvaro fue aumentando, como si al despertar le volviera toda la película a la cabeza.

—Yo qué sé, tío —dijo—. Al poco de irte tú, varios nos quedamos a ver las estrellas. Cris también estaba. Luego quedaban vasos por llevar a la cocina, así que la acompañé y… Pues eso.

Se encogió de hombros, medio derrotado.

—Nos sentamos en un banco y se nos fue la hora. —Se empujó las gafas y me miró—. Uno no es infiel por hablar, ¿verdad?

No pude evitar pensar que Álvaro era un buenazo. Probablemente otro chico ni se lo hubiera planteado.

—No, no eres infiel por hablar —afirmé, contundente.

Suspiró, como si acabaran de devolverle el oxígeno.

—Solo sería un problema si te hubiera gustado mucho hablar —añadí con media sonrisa.

Me miró con cara de cordero degollado, y aquello me bastó como respuesta. No, no le había gustado mucho. Le había encantado.

En realidad, no podía culparle. Con Valeria tenía que ir siempre con pies de plomo.

Cualquier cosa —un comentario, un gesto, incluso no hacer nada— podía convertirse en una bomba que le estallara en la cara.

Con Cris, en cambio, todo resultaba mucho más ligero.

Ella era todo sonrisas, positividad y energía.

Además, sabía que Álvaro tenía ciertas dudas con respecto a su relación.

Y aunque no había entrado demasiado en detalle, me había fijado en que solo la había llamado una vez desde que habíamos llegado al campamento.

—Desconozco en qué punto estás con Valeria ahora mismo. Pero hasta donde sé, todavía es tu novia —apunté—. No somos esa clase de tíos, Álvaro. Recuérdalo.

Mi amigo clavó la vista en las sábanas y se recolocó las gafas, aunque no se le habían movido.

—Creo que voy a llamarla —anunció tras unos segundos—. Voy a pedirle a Sora el teléfono.

— ¿No crees que es un poco temprano? —pregunté.

Musitó un «da igual» con la mirada perdida y se levantó.

Por su expresión —esa que ya le conocía de memoria— supe que Álvaro se había ido a ese lugar de su cabeza donde necesitaba darle vueltas a las cosas a solas.

Y cuando entraba ahí, no había mucho que hacer, así que decidí concederle su espacio.

Me puse en marcha para empezar la mañana: lavarme la cara, cepillarme los dientes, peinarme.

Incluso un poco de colonia. Parecían tonterías, pero para mí eran un avance.

Hacía meses que vivía al revés, arrastrándome de una hora a otra, sin importarme mi aspecto.

Allí, en cambio, la rutina comenzaba a devolverme la sensación extraña de ser una persona normal.

Al terminar de asearme, vi a lo lejos a Sora caminando con Álvaro y supuse que iban hacia la casa, para que mi amigo pudiera tomar su teléfono.

Eso me hizo acordarme del mío, que llevaba en el bolsillo, aunque no tuviera cobertura en el campamento.

Sin saber por qué, abrí la conversación con Javier.

El día anterior me había avisado de que estarían unos días en el campo con varias actividades, pero me propuso fijar un día y una hora para llamarnos.

Como regalo, me mandó una foto en la que salía preciosa.

También intentó preguntarme por el campamento, pero a ese mensaje no le respondí.

Lo único que me importaba era que, si todo iba bien, el miércoles podría hablar con ella por fin.

Como cada mañana, la oración discurrió con normalidad, solo que esta vez Álvaro me había dejado solo. Eso me hacía sentir un poco vulnerable frente a los demás, y aunque dudé en quedarme escondido en la cabaña, algo tiró de mí hacia la capilla.

Me senté en mi sitio de siempre, atrás, lo más invisible posible.

Me sorprendió que Charlie, Juan y Ángela decidieran sentarse conmigo.

No les dije nada, pero el corazón me dio un saltito extraño, cálido.

La hermana Teresa nos repartió las letras de las canciones y, por primera vez, accedí a tomar un papel.

No para cantar, ni mucho menos. Pero al menos para seguir la envolvente voz de Marta, que decía:

Basta de preguntarse por la vida,

Basta de quererla comprender,

Tan solo has de meterte en ella y descubrirte

En la grandeza de su sencillez.

Solté una pequeña exhalación por la nariz.

Basta de compararse con el otro,

Basta de no amarse en el caer,

Tan solo has de ser tú y, si me dejas,

Me volverás a ver.

Pasé el pulgar por el borde arrugado de la hoja, sin apartar los ojos de la letra.

Sal de ti, que todo te afecte.

Llora, quiere, grita, calla.

No te das cuenta, la vida pasa.

Sin darme cuenta, el pie empezó a marcar el ritmo contra el suelo. A mi alrededor, la capilla entera acompañaba con palmas y el eco llenaba el espacio de una energía inesperada para ser lunes por la mañana.

Entonces la miré.

Sora cantaba con los ojos cerrados y una amplia sonrisa, completamente metida de lleno en la canción. Ella era el ejemplo perfecto de vivir cada momento con una intensidad que yo solo podía admirar desde fuera.

No luché contra la sonrisa que se dibujó en mis labios. Me permití sentirla, igual que me permití mirar a Sora un poco más durante el resto de la oración.

Un rato más tarde, el comedor me recibió con un olor a tostadas que agradecí con un rugido de tripas. Álvaro ya estaba sentado en nuestra mesa, con el móvil en la mano y la mirada aún perdida.

—¿Todo bien? —pregunté, tomando asiento a su lado.

—Sigue dormida, creo.

Se encogió de hombros y se pasó las manos por el pelo. La culpabilidad que sentía me parecía desproporcionada para lo que me había contado. Así que, o había metido la pata de verdad, cosa que me extrañaba, o realmente se estaban despertando sentimientos extraños por Cris.

La mañana siguió el guion de los últimos días.

El grupo fue ocupando los sitios de siempre, como si ya nos pertenecieran.

Sora y Cris llegaron un poco después, riéndose de algo que no alcancé a escuchar.

El padre Mateo dio la bendición mientras todos cantaban y aporreaban la mesa.

Nerea sirvió el café. Diego protestó, como cada mañana, porque no había colacao.

Lo único nuevo fue que Cris buscó a Álvaro con la mirada y este la evitó por completo. Me sentí culpable al tener que reprimir una sonrisa divertida.