19. Sora #2
—Ya me has demostrado que no cumples tus promesas.
—¿Qué?
Pestañeé, descolocada, como si de repente me hubiera hablado en otro idioma. No sabía si seguíamos jugando o si acabábamos de entrar en el terreno peligroso de los reproches sin sentido.
Le vi morderse el labio, como esforzándose por retener las palabras.
—La culpa es mía por haber esperado algo de ti —sacudió la cabeza.
—Si te ha molestado algo, prefiero que me lo digas —respondí con seriedad—. No soy adivina.
Él me observó en silencio y por un segundo imaginé que iba a volver a aislarse tras su muro. Sin embargo, algo cruzó por sus ojos y finalmente añadió:
—Pensaba que querías bailar conmigo.
«Oh, no».
Durante un instante, todo se recolocó en mi cabeza. Recordé la celebración del centenario y la broma sobre bailar juntos. Le había prometido sacarlo a la pista, pero solo fue un comentario amable lanzado al aire, sin mayor importancia.
Luego pensé en la verbena. Iker había estado toda la noche con los chicos. Aunque en varios momentos quise acercarme a charlar con él, parecía distraído, casi inaccesible. Más tarde lo vi hablando con David y eso me incomodó enormemente.
Y después llegó el estallido del baile con la canción de Aitana. Y yo, eufórica, llamando a todos entre risas para que se unieran. David se levantó enseguida, pero Iker no. Entendí que continuaba encerrado en esa actitud de no querer formar parte de nada y decidí respetarlo.
Así que no, no había bailado con Iker. Y estaba claro que aquel juego ya no iba solo de mancharme de pintura.
—Iker, de verdad pensaba que no querías bailar.
—Y no quería —se defendió.
Pero sus ojos decían lo contrario.
«Iker estaba esperándome».
Tal vez no como cualquiera habría esperado, con sonrisas abiertas y actitud activa. Iker me había esperado a su manera, quieto y distante, envuelto en esa coraza de indiferencia que cada vez me costaba más creerme.
Y yo, en cambio, me había ido con David delante de sus narices.
Apreté los labios. Tenía miedo de que volviera a cerrarse por completo y nos devolviera a la casilla de salida, a ese punto frío y remoto donde todo había empezado.
—Lo siento —me disculpé.
De verdad sentía haberle fallado. Pero había algo más debajo que me daba miedo nombrar: la sensación de haber dejado pasar una posibilidad. El arrepentimiento de haber elegido, una vez más, lo conocido. Porque yo sí había bailado precisamente la coreografía que sabía que no me hacía bien.
¿Y si, en vez de David, hubiera bailado con Iker? ¿Cómo habría sido mi noche?
—La próxima vez iré a buscarte —le dije.
No era solo una promesa para él —que esta vez pensaba cumplir—, sino que se convertía también en un recordatorio para mí misma.
Él infló el pecho y dio dos pasos más hacia mí, acortando la distancia.
—Pues hoy me toca a mí buscarte.
Entonces Iker se abalanzó sin previo aviso y yo eché a correr con el corazón en la garganta.
Al principio lo hice seria, confundida, sin saber si aquello era un juego o una forma torpe de seguir enfadado. Dimos vueltas alrededor del viejo olivo, resbalando en la tierra seca, esquivándonos casi por instinto.
Iker corría con el cuerpo tenso, como si todavía llevara encima todo lo que no había sabido decirme. Pero, poco a poco, la persecución dejó de parecer una pelea; sus pasos se volvieron menos bruscos y los míos, menos nerviosos.
Y entonces se me escapó una risa, pequeña e involuntaria. Quizá por lo ridículos que debíamos de estar dando vueltas alrededor de un olivo como dos críos. Quizá porque, por primera vez en toda la mañana, ya no parecía que pretendiéramos hacernos daño.
Iker me miró un segundo, desconcertado. Frunció todavía más el ceño, intentando resistirse, pero fracasó. Una risa ronca se le escapó entre los labios.
Las carcajadas se mezclaron, igual que en el suelo del almacén. De pronto, la verbena, David y las promesas incumplidas se disolvieron en medio de aquella risa absurda. El ridículo juego de perseguirnos había conseguido reparar cualquier rencor entre nosotros.
—¿Ya me has perdonado? —pregunté, jadeando ligeramente.
—No hasta que estés llena de pintura —respondió entre risas, acelerando el paso.
Volví a echar a correr, pero consiguió rozarme y, en ese instante de distracción, tropecé con una piedra.
Iker volvió a estar ahí justo a tiempo, sujetándome antes de que cayera. No me consideraba una persona torpe, pero empezaba a sospechar que Dios tenía un curioso sentido del humor… ¿Pretendía que acabara a sus pies?
Esta vez no caímos.
Iker me agarró de la cintura y me atrajo hacia él mientras yo intentaba recuperar el equilibrio. Noté enseguida las manchas de pintura que ya me estaba dejando solamente su contacto.
—¿Puedes parar de tropezar? —murmuró—. No puedo estar rescatándote siempre.
—¡Suéltame! —me reí intentando escabullirme para no acabar más manchada.
Pero él levantó la mano antes de que pudiera apartarme y me dibujó despacio las líneas de la cara con pintura morada. Lo hizo con una delicadeza inesperada, casi íntima, tan despacio que el roce de sus dedos me recorrió la piel como una descarga eléctrica.
—Por favor —me quejé, más por orgullo que por otra cosa.
Cerré los ojos, resignada a las manchas y esperando a que terminara de dibujar los trazos en mi piel. Agucé mis sentidos y noté su mano en mi cintura, pero eso ya no parecía parte del juego. No sabía cómo debía sentirme al respecto, pero no me desagradaba.
—No te quejes —dijo Iker con una voz mucho más suave—, al menos es de tu color favorito.
—¿Cómo sabes cuál es mi color favorito? —pregunté abriendo los ojos, sorprendida.
Él me miraba con una expresión amable; mucho más que durante todo el día.
—Hasta un ciego lo sabría, Sora.
Mi cuerpo se relajó y dejé de forcejear, pero él no me soltó y yo tampoco volví a pedírselo. Apoyé las manos en sus antebrazos, apenas rozándolo.
—Eres como un libro abierto. Llevas todo morado. Tu pulsera, tus zapatillas de deporte, tu libreta, hasta la tinta del bolígrafo que usas para escribir…
Noté que el calor volvía a mis mejillas. ¿Me había estado observando con detenimiento todo este tiempo mientras fingía que me ignoraba?
—Y tú eres un libro cerrado —repliqué con una mueca—. Siento que apenas te conozco.
Él fijó sus ojos en los míos y me di cuenta de que estábamos muy cerca, casi más que aquella mañana en el almacén.
Casi podía percibir su aliento rozándome la nariz, aunque mantenía una distancia prudente de mi boca; parecía saber exactamente hasta dónde podía llegar. Y es que a Iker le habría bastado inclinarse solo un poco para que nuestros labios se rozaran.
«Pero no sé por qué estoy pensando eso».
Entonces fui consciente de que mi corazón latía a mil por hora, tan fuerte que me asustó. Intenté convencerme de que era por la carrera, por el esfuerzo, por la adrenalina todavía recorriéndome el cuerpo. Y recé para que, si Iker llegaba a notarlo, pensara lo mismo.
«Claro que no es por él».
—Mi color favorito es el azul —dijo con media sonrisa.
Me soltó la cintura, aunque no se apartó del todo. Seguía cerca, lo justo para que aquella confesión sencilla sonara a algo más íntimo.
Había olvidado por completo de qué estábamos hablando. Me había quedado simplemente inmóvil, mirándolo. Carraspeé para volver a mí misma.
—Espero que ahora sí estés feliz —dije, señalándome entera, cubierta de morado.
Iker me recorrió de arriba abajo con la mirada, tomándose más tiempo del necesario. Luego esbozó una sonrisa que le llegó a los ojos.
—Un poco, sí.
Me reí bajito, sacudiendo la cabeza, procurando romper algo que se me había quedado demasiado enquistado dentro.
—Debería volver —murmuré, mirando para otro lado. Como si ahora la incomodidad se hubiera hecho presente de nuevo—. Nos estarán buscando.
Él asintió lentamente.
Entonces eché a andar, alejándome con la sensación extraña de haber cruzado un umbral invisible. Pensando que me encaminaba hacia algo para lo que no sabía si estaba preparada.