Revolución 19. Sora
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19. Sora

SORA

—Vamos, todos para acá —gritaron por la megafonía.

El campo de fútbol se había transformado en un mar de barro. El albero, ya de por sí traicionero, se había mezclado con el agua que habíamos echado a conciencia, como quien prepara una poción perfecta. Salir de allí limpio era, sencillamente, una fantasía inalcanzable.

Aunque, para ser justos, ninguno de los que llegaba al campo lo hacía impoluto: venían de una salvaje gincana, yendo de un lado para otro, realizando pruebas y acumulando manchas como medallas.

Pintura en los antebrazos , hierba pegada a las rodillas, barro en los calcetines… y muchas risas compartidas.

Cris y yo habíamos llevado una de las pruebas más divertidas y crueles, la de la harina.

Los participantes tenían que meter la cara en un barreño blanco como la nieve y rebuscar con la lengua hasta encontrar un caramelo.

Era un espectáculo porque salían tosiendo, con las pestañas empolvadas, la nariz perdida y una dignidad que se evaporaba en cuanto abrían la boca para reírse.

Y, por supuesto, no siempre éramos simples espectadoras.

Entre empujones accidentales, abrazos de celebración y algún que otro ataque de risa demasiado cerca del barreño, también nosotras habíamos acabado marcadas.

Cris lucía las puntas del pelo blancas, y yo tenía los leggings y las zapatillas cubiertos de manchas imposibles de salvar.

Estaba claro que esa tarde me esperaba una sesión intensiva de limpieza.

Ahora, después de toda la mañana, quedaba la última prueba.

Nos juntamos en el centro del campo de fútbol para explicar Caballería, un juego salvaje y caótico en el que competías solo, pero los puntos se conseguían para el equipo.

Lo mejor era que acababa en una batalla de pintura; tenías que marcar a los demás y, una vez manchado, te unías a la persecución.

La última persona limpia daba diez puntos a su equipo.

—¡Vamos allá, equipo morado! —gritó Juan, dando una palmada y agrupándonos a todos.

Me giré instintivamente para buscar las caras de mi grupo y me dio un vuelco el corazón al comprobar que todos se lo estaban pasando de maravilla. Se los veía embarrados, sudados y despeinados, pero con una sonrisa amplia en el rostro.

Me alegré de que, al menos por un rato, hubiéramos conseguido que el mundo pesara menos.

Sin duda, había sido una semana retadora a muchos niveles.

Físicamente, porque los días empezaban muy pronto y terminaban demasiado tarde, con el cuerpo agotado y la sensación constante de no llegar a todo.

Mentalmente, porque convivir tan de cerca con el dolor ajeno te obligaba a salir de tu propia burbuja y a enfrentarte a realidades que muchas veces preferías no mirar.

Por eso los ratos de mesa compartida se habían vuelto imprescindibles. Allí hablábamos del día, soltábamos lo que se nos había quedado dentro y, entre dudas, confesiones sinceras y alguna lágrima, íbamos digiriendo lo vivido.

Pero también hacían falta otros espacios para reírnos, bailar, hacer el tonto, vestirnos raro por una noche y competir en juegos absurdos. El fin de semana importaba justo porque nos ayudaba a respirar, a recargar pilas y a recordar que la alegría también podía curar.

Algo que me encantaría que Iker aprendiese.

Para mi sorpresa, había participado en la gincana, lo que consideraba un pasito adelante.

Sin embargo, llevaba la mañana entera con expresión de pocos amigos.

Parecíamos haber retrocedido a la versión de Iker del primer día: enfadado con todo y con todos, en especial conmigo.

Y eso me crispaba más de lo que quería admitir.

Quizá porque, desde nuestra conversación en el almacén, había llegado a pensar que algo entre nosotros se había aflojado.

Que detrás de aquella muralla de ironía y malas contestaciones había una persona a quien empezaba a entender un poco.

Alguien que, por algún motivo, se me había colado más veces de la cuenta en la cabeza.

Pero ahora, cada vez que nuestras miradas se cruzaban, parecía estar perdonándome la vida. El mismo muro que creí agrietado volvía a alzarse entre los dos, duro y frío, y ni siquiera sabía bien por qué.

—¡Monitores, por aquí! —nos indicó David, que había tomado la voz cantante con el micrófono—. ¡Participantes, a las porterías!

Los participantes se agruparon gritando y empujándose con esa emoción previa a la carrera. La mejor amiga de Min-ji, María, se ofreció a empezar. Dio un paso al frente y se plantó en medio del campo, con las manos empapadas en pintura roja, dispuesta a manchar a otros sin piedad.

—Recordad: si os marcan con pintura, empezáis a pillar. Solo puede quedar uno.

David estaba especialmente alegre ese día. Cada vez que me buscaba con la mirada, me regalaba una sonrisa, y cada vez que pasaba a mi lado, sus dedos me rozaban la cintura con intención. Mi corazón respondía con dos saltos contradictorios: uno de calidez y otro de confusión.

Si alguien nos hubiera espiado la noche anterior, habría jurado que éramos la pareja perfecta.

Nos escapamos del baile y, casi sin darnos cuenta, terminamos en nuestra mesa de siempre, hablando y riendo hasta que el tiempo dejó de importar.

Durante un rato fue como volver a ser aquellos Sora y David de dieciséis años, en un mundo ligero y sin heridas abiertas.

Y cuando estábamos así, de noche, todo parecía más fácil de creer.

La oscuridad suavizaba las grietas, volvía bonito lo que dolía y conseguía convencerme de que no podría tener nada tan mágico con otra persona; que nadie me querría como David lo hacía.

Pero luego amanecía. Y con la luz, todas las manchas volvían a verse.

Las dudas regresaban a su sitio y me carcomían el pecho con más fuerza que nunca.

Los gritos me sacaron de mis pensamientos y, de golpe, los participantes echaron a correr.

La cantidad de gente que se movía y el barro del suelo fueron los responsables de algunos resbalones y encontronazos fortuitos, que eran respondidos con risas.

Algunos cayeron en la primera ronda, marcados casi sin haber entendido bien las reglas, mientras que nosotros, los monitores, comentábamos la jugada desde un sitio lo suficientemente alejado para no mancharnos.

—Iker compite como si esto fueran las Olimpiadas —dijo Cris, arqueando una ceja.

Fingí que le buscaba con la mirada, pero la realidad es que había estado observándolo todo el rato. Corría con los dientes apretados y esquivaba cuerpos con una tensión que parecía más de ejército militar que de inocente campamento. Se le notaba terriblemente enfadado con algo… o con alguien.

Y tenía la incómoda sensación de que ese alguien era yo.

El juego terminó con un estallido de gritos y barro.

El grupo dos se llevó la victoria y David lo anunció por megafonía mientras todos aplaudíamos entre risas y resoplidos.

Diego se abrió paso a trompicones hasta donde estaba David, le arrebató el micrófono con una rapidez impresionante y, sin pensárselo dos veces, gritó:

—¡A por los monitores, que están muy limpios!

Se hizo un segundo de silencio.

«Oh, no».

Una oleada de cuerpos se abalanzó sobre nosotros como zombis salvajes. Algunos se resignaron y se quedaron inmóviles, recibiendo el impacto de pintura de todos los colores. Yo, en cambio, giré sobre mis talones y salí corriendo a toda velocidad.

Odiaba mancharme con esa pintura. Sabía por experiencia lo traicionera que era, especialmente en el pelo. Daba igual el champú o la voluntad, quedaban restos pegados durante días.

Escuché pasos detrás de mí y alguna risa jadeante. Varios intentaron alcanzarme, pero mi agilidad y mi resistencia de bailarina jugaron a mi favor. Poco a poco fueron desistiendo, rendidos, doblados sobre sí mismos, demasiado cansados para seguir persiguiéndome.

Corrí sin mirar atrás hasta el final del campamento, donde empezaban las cabañas, con el corazón desbocado y la sensación infantil de estar huyendo de algo tan absurdo como inevitable.

—Quizá me he pasado —pronuncié en alto, riéndome, cuando me paré por fin y apoyé las manos en las rodillas para recuperar un poco el aire.

—¡No lo suficiente! —dijo una voz a unos metros de mí.

Levanté la cabeza y me encontré a Iker. Tenía barro en los bajos del pantalón y pintura de colores por todos los lados: la camiseta, los antebrazos, el cuello, el pelo…

Me puse instintivamente en guardia, dispuesta a volver a correr en cualquier momento, aunque una media sonrisa se escapó de mi rostro. En su expresión había una mezcla extraña de enfado, diversión… y algo más.

—No sabía que eras tan rápido —comenté.

—Lo suficiente para alcanzarte.

Ladeó la cabeza.

—Por un momento pensé que no vendrías a por mí.

La frase salió con más intención de la que pretendía, como si lo estuviera retando o comprobando algo. Iker apretó la mandíbula y su mirada se me clavó.

—Relájate —soltó—. No todo gira alrededor de ti.

El golpe de su tono me descolocó. Demasiado brusco para tratarse de una broma.

—¿Por qué estás hoy de mal humor conmigo? —pregunté, intentando que sonara ligero—. Pensaba que habíamos empezado de nuevo.

—No estoy de mal humor.

—Venga ya, Iker —me reí, señalándole con un gesto—. Tienes cara de haberte comido un limón.

Alzó una ceja, casi divertido por primera vez en todo el día.

—¿No te gusta mi cara?

Sentí un ligero calor en las mejillas. A decir verdad, sí que me gustaba. De hecho, cada día que pasaba me daba más cuenta de lo tremendamente guapo que era Iker. Y en ese momento, su piel tostada resaltaba aún más entre tantas manchas desordenadas de pintura.

Pero no quería ceder espacio a ese pensamiento.

Hizo un amago de acercarse y retrocedí dos pasos. Debía evitar a toda costa que esas manos manchadas de pintura fresca acabasen en mi cuerpo.

—Te prometo que, si me dejas ir limpia, te friego los platos durante todo el día —dije medio en broma, medio en serio.

Iker hizo una mueca que no supe interpretar mientras avanzaba otro paso hacia mí.