Revolución 18. Iker #2
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18. Iker #2

Por supuesto, yo había declinado la invitación a disfrazarme, aunque Cris había aparecido por nuestra cabaña con un baúl de disfraces antiguos y, cómo no, aleatorios, insistiendo en que algo encontraríamos.

Pero ella no había improvisado. Iba toda de negro y llevaba un top de tirantes, tutú de gasa y un moño alto.

—Guau…, estás radiante —le había dicho Álvaro con una torpeza asombrosa.

Él sí aceptó rebuscar en el baúl y terminó sacando una camisa hawaiana azul. Cris dio una palmada, encantada, y decretó que podía ser perfectamente alguien de Lilo sabía exactamente dónde se encontraba en cada momento de la noche.

Pasó toda la velada rodeada de gente. Primero la vi apoyada contra una mesa, hamburguesa en mano, charlando y riendo con Charlie y Cris. Luego se deslizaba de grupo en grupo, siempre en el centro, moviéndose con esa gracia ligera y natural que parecía innata en ella.

Yo, mientras tanto, intentaba seguir la conversación con Álvaro, Juan y un par de chicos más, limitándome a un «sí», un «claro» o un asentimiento en el momento justo. Lo suficientemente invisible para seguir observando y esperando, aunque no supiera bien a qué.

La música subió un poco el volumen en ese momento y, al levantar la vista, encontré a Sora bailoteando con Cris en un lateral de la pista. Todavía andaban algo contenidas, como si estuvieran calentando motores.

Cerré los ojos unos instantes, sin entender qué me estaba pasando. Sora no podía convertirse en nada más que una monitora agradable; era muy probable que no volviera a verla después del campamento. Y, sin duda, sería lo mejor.

Solté el aire despacio y, en ese momento, un chico que conocía muy bien se acercó a la mesa donde estaba vestido de príncipe, impecable —corona incluida—, como si hubiera salido de un cuento ilustrado.

—¡Hola! —saludó con una sonrisa que me pareció algo forzada—. Creo que no nos han presentado.

Me tendió la mano y dudé unas milésimas de segundo antes de estrecharla.

—Soy David —se presentó, aunque yo ya sabía su nombre—. Monitor del grupo amarillo.

—Hola. Iker.

Reprimí las ganas de poner los ojos en blanco cuando David tomó asiento a mi lado, como si fuera lo más natural del mundo continuar una conversación que yo no había pedido tener.

—¿Qué tal vas? —me preguntó—. Me comentó Sora que es tu primer año.

El nombre de ella en su boca, pronunciado de una forma tan familiar, me golpeó como un puñetazo sordo.

«¿En serio, Sora? ¿Hablando de mí con tu novio, rollo o lo que sea?».

Noté cómo se me tensaban los hombros. Otra vez.

—Sí, todo bien —respondí y tomé un sorbo de mi bebida aguada mientras fijaba la mirada en un punto indeterminado del comedor. Un punto que no fuera Sora, claro.

Quizá, si me mostraba lo suficientemente antipático, perdería el interés. Se trataba de la última persona con la que me apetecía hablar aquella noche. O nunca.

—Has tenido suerte de que te toque con ella —prosiguió—. Es la persona más implicada que conozco. Tiene un don para hacer que todo el mundo se sienta a gusto.

Su voz resultaba aguda y me irritaba, pero más me fastidiaba pensar si era eso mismo lo que estaba haciendo Sora conmigo: procurar que me sintiera a gusto porque me veía como un cervatillo herido más al que cuidar. Un proyecto. Nada personal.

—La conoces desde hace mucho, ¿verdad? —pregunté.

Y tal como lo dije, me arrepentí de hacerlo. No obstante, Sora no me había mencionado a David en ningún momento, así que tal vez suponía mi única oportunidad de indagar algo sobre ellos dos.

David me miró de reojo un segundo más de lo necesario.

—Sí —respondió despacio—. Lo suficiente como para saber que es difícil no mirarla.

El aire se espesó entre nosotros. ¿Se habría dado cuenta? ¿Se lo diría a Sora?

Otra canción irrumpió por los altavoces y el grito colectivo estalló como si la hubieran estado esperando toda la noche.

No tenía ni idea de cuál era, pero Cris y Sora ya estaban en el centro de la pista, con sus tutús salpicando destellos de luz.

Poco a poco, el corro se fue agrandando por cuerpos que saltaban y se movían sin orden.

Me quedé perplejo, con la mirada fija en ella sin poder evitarlo.

La había visto en vídeos, pero en directo era totalmente distinto.

Estaba más feliz, más relajada, más guapa.

No se trataba solo del disfraz ni la forma en que se movía, como si la música le saliera de dentro.

Era ella, toda ella, la que me estaba empezando a descolocar de manera peligrosa.

David tenía razón: resultaba imposible no fijarse en ella.

Sora miró en nuestra dirección. De pronto, en medio del bullicio alegre, el tiempo se ralentizó.

Todo el ruido se alejó, amortiguado, como si el universo entero hubiera bajado el volumen solo para que yo pudiera observarla con plena atención.

Entonces levantó la mano e hizo un gesto breve, claro y directo: «Ven».

Noté cómo mi cuerpo respondía antes que mi cabeza y estuve a punto de levantarme. Levantarme y bailar de verdad, aunque llevaba meses sin hacerlo, aunque eso supusiera apartar el dolor por unos instantes.

Pero David se puso de pie antes que yo.

—Sora me llama —declaró—. ¿Te quedas aquí? ¿No quieres bailar?

Sus palabras me cayeron encima como un cubo de agua fría. El gesto había sido tan rápido que pensé…

Alcé la vista hacia su cara. Tenía una sonrisa tan retorcida que me daban ganas de darle un puñetazo, y eso que no me consideraba una persona violenta.

—Bueno, tú te lo pierdes —dijo David, al ver que no contestaba—. Me voy, que a Sora le gusta que bailen con ella. No quiero que me regañe.

Soltó una risa suave, como si compartiéramos una complicidad que no existía.

—Sora no parece necesitar a nadie para bailar —escupí, cuando logré reaccionar.

Pero David ya no me estaba escuchando. Se abrió paso entre la gente con una facilidad que se sintió como un insulto silencioso. Una especie de recordatorio de que ese espacio, esa noche y esa chica le pertenecían por derecho propio. Más que a mí, desde luego.

Cuando llegó hasta ella, le rodeó la cintura con familiaridad mientras danzaban saltando y riendo. Ella no se apartó, ni siquiera titubeó, y eso me apretó el pecho con fuerza. Después él le susurró algo al oído y Sora rio. Siguieron bailando juntos, envueltos en la multitud.

Pronto los perdí entre los cuerpos, entre los gritos, entre la música. Al cabo de un rato, ya no estaban. Simplemente desaparecieron.

Las canciones siguieron cayendo una tras otra.

La pista se llenó de nuevo, se vació, se llenó a medias.

La gente empezó a despedirse con abrazos cansados.

Hasta Álvaro se marchó antes que yo. Me quedé hasta el final, solo, con un vaso de cartón chuchurrido en la mano y la garganta seca como papel de lija.

Solo cuando el padre Mateo apagó las últimas luces, acepté que Sora no había cumplido su promesa.