18. Iker
IKER
No entendía muy bien el motivo, pero estaba de mejor humor.
No era que los problemas hubieran desaparecido de repente, pero sentía una quietud profunda y silenciosa. Había dejado de apretar los dientes y notaba todo mi cuerpo más relajado, menos tenso…, menos en guardia.
Puede que ya me hubiera adaptado. Al fin y al cabo, cinco noches bastan para que el cerebro hiciera lo que tenía que hacer. Habituación en estado puro: cuando un estímulo amenazante se repite una y otra vez, la respuesta que provoca va disminuyendo progresivamente.
O puede que fuera por ella.
Ya no me daban ganas de salir corriendo cada vez que aparecía, ni de soltarle cualquier cosa para que dejara de acercarse. Al contrario. Había una parte de mí, bastante incómoda, que empezaba a querer tenerla cerca.
Y eso era lo inquietante: que, sin darme cuenta, me estaba acostumbrando a su luz.
La busqué con la mirada, casi de forma automática. Se encontraba delante del escenario que se había montado en el patio, bailando con una señora llamada Mercedes.
Era mediodía y la celebración por el centenario en la residencia ya había arrancado. El patio estaba lleno de personas: mayores, familiares, auxiliares y personal del centro, incluso algún que otro niño correteando.
Nos habíamos tirado toda la mañana decorando la zona bajo la sombra de unas carpas; movimos mesas, colocamos manteles y adornamos el escenario. Álvaro había estado trasteando el sonido junto a Cris mientras reían con complicidad. Empezaba a preguntarme qué demonios sucedía entre esos dos.
A mí me había tocado la parte pesada: mover y colocar sillas.
Y aunque la rodilla se quejó un par de veces, decidí ignorarla.
Lo hice con Charlie y Juan —que eran más fuertes que yo—, con los que conversé de forma agradable sobre diferentes viajes que habíamos hecho.
Incluso empecé a llamarlos por su nombre en mi cabeza.
Ellos no sabían nada de mí ni por todo lo que había pasado. Allí no había pena ni compasión ni cuidado excesivo. No era el chico roto, sino que podía ser simplemente Iker. Y aunque eso se sentía bien, el problema estaba en que todavía no había resuelto quién quería ser.
—Vaya, ha decidido usted volver.
Don Manuel se acercó despacio, apoyándose en el bastón, y se sentó a mi lado sin preguntar.
—Don Manuel —saludé, sintiendo la cara roja como un tomate.
No me había disculpado por lo imbécil que había sido el primer día con él. Todavía no me atrevía a afirmar que alguien pudiera cambiar en una semana, pero la verdad era que ya no me reconocía en aquel Iker maleducado del lunes.
—Esto… —comencé, procurando encontrar las palabras adecuadas.
—No se preocupe —me interrumpió—. Puede ahorrarse saliva con las disculpas.
Me mordí el labio y ladeé la cabeza para mirarlo, intentando vislumbrar alguna expresión de enfado en su rostro. Sin embargo, don Manuel parecía estar pasándoselo pipa a mi costa.
—Tiene cara de pepinillo en vinagre, pero no de mala persona —aclaró con una sonrisa—. Sé que no lo hizo a propósito. Todo está bien.
—Aun así, lo siento —pronuncié.
Al parecer, después de haberme disculpado con Sora en el almacén, le estaba cogiendo gustillo a eso de pedir perdón.
Seguimos mirando a los demás en silencio, con cierta incomodidad por no saber qué más decir. En el centro del patio, una pareja mayor trataba de marcarse unos pasos de baile sin mucho éxito mientras se reían de sí mismos.
—Mis padres bailaban así —dije de pronto, sin controlar la lengua—. Mal. Pero con ganas.
Don Manuel giró un poco la cabeza hacia mí, sin interrumpir.
—A mi madre siempre le entraba la risa —continué—. Y mi padre… Él fingía que sabía bailar, pero era mentira.
Noté el golpe en el pecho justo después de decirlo. Esa mezcla rara de calor y dolor que llega tarde, cuando el recuerdo ya está encima y no te ha dado tiempo a defenderte.
Los vi como si estuvieran ahí delante.
Cada sábado por la mañana, la casa olía a café recién hecho y tostadas.
Jazz bajito de fondo, como un ritual. Mi padre con su pijama de cuadros perfecto, mi madre en su bata de seda marfil.
Bailaban despacio en la cocina, con un vaivén tranquilo mientras yo los espiaba desde el pasillo, medio dormido, fingiendo que solo quería cereales para no admitir que me daba vergüenza ver tanto amor.
Ahora daría lo que fuera por unirme a ese baile.
—Ellos decían que bailar era una forma de olvidar los problemas —añadí, totalmente absorto en el recuerdo—. Que cuando bailas, al menos por un segundo, todo se vuelve mejor.
Don Manuel asintió despacio.
—Mi mujer siempre tenía la radio encendida mientras cocinaba —musitó, uniéndose a mis palabras—. A nuestra hija la apuntamos a ballet. No era demasiado buena, pero disfrutaba de las clases.
Intenté visualizar a don Manuel más joven y sin bastón, a su mujer con el pelo oscuro y el delantal manchado, y a su hija, una pequeña de moño tirante y zapatillas de punta.
Sin querer, mi mirada se dirigió hacia Sora.
Me pregunté cuándo habría empezado ella a bailar.
Si de niña, si por diversión, si por necesidad de olvidar algún problema.
Me pregunté si sus padres también lo habrían hecho.
Si tenía padres. Si tenía a alguien que, alguna vez, le hubiera puesto música en una cocina.
No sabía casi nada de ella.
—Querido muchacho —prosiguió Manuel, tuteándome de repente como si hubiéramos saltado una distancia sin pedir permiso—. La vida es un baile muy corto. Algunos terminan la coreografía antes que tú… y toca seguir solo durante un tiempo.
Hizo una pausa.
—Quizá hasta que encuentres otro acompañante. Pero hay algo que no cambia: siempre hay que seguir bailando.
Lo miré sin saber muy bien qué decir.
—Yo dejé de bailar hace años —confesó—. El dolor me paró. Y ahora, en el ocaso de mi vida, ya no sé cómo volver a la pista. No quiero que te pase a ti, así que continúa moviéndote, aunque duela. Aunque no sepas los pasos. Improvisa. Pero no te pares.
Lo observé durante unos segundos. Sus palabras se posaron en mi pecho como una pluma de tinta indeleble.
Quise responder algo —cualquier cosa que no sonara torpe o simplona—, pero entonces vi a Sora acercarse con aire decidido hacia nosotros.
Intenté recomponerme: hombros rectos, respiración controlada, cara de todo normal.
—¿Dónde está el chico más guapo de toda la residencia? —dijo, alzando un poco la voz.
Me tensé de inmediato, pero no se refería a mí. Por supuesto que no.
Sora se agachó y abrazó a don Manuel por detrás, apoyando la mejilla en su hombro con una familiaridad que me descolocó más de lo que quería admitir. Parecía que, con ella, don Manuel era un hombre totalmente distinto.
«¿Quizá a él también le ha descolocado su luz?».
—Aquí, aquí —respondió él, encantado—. No me estás haciendo nada de caso este año, jovencita.
—Ser coordinadora me tiene hasta arriba —dijo ella—. ¿Te has portado bien en mi ausencia?
—Depende de a quién le preguntes —contestó don Manuel, guiñándome un ojo.
Sora se enderezó entonces y me miró con una sonrisa de oreja a oreja.
—Bueno, has estado muy bien acompañado, ¿no? —bromeó.
Don Manuel nos observaba con una expresión sospechosamente divertida.
—Este chico ha estado trabajando duro —intervino—. Moviendo sillas, cargando cosas… Muy aplicado, sí, señor.
—¿Ah, sí? —Sora me miró con sorpresa sincera—. Iker es un crac, desde luego.
—Y además —añadió don Manuel—, me ha dicho que es un excelente bailarín y que está deseando que alguien lo saque a bailar.
Me atraganté y tuve que toser.
—No —me apresuré a decir—. No lo soy. Y no he dicho eso.
Fulminé con la mirada a don Manuel, pero él parecía ajeno a mi presencia.
—¡Pues hoy va a tener la oportunidad perfecta! —exclamó Sora dando un saltito—. Hoy toca verbena temática de personajes. Pueden ser de cuento o de película y hay que disfrazarse.
Don Manuel soltó una expresión de sorpresa feliz, casi con cara de quien también quería venirse con nosotros.
—No tengo absolutamente nada para disfrazarme —manifesté.
Sora me miró de arriba abajo con una sonrisa lenta que me ponía aún más nervioso.
—Tienes la actitud perfecta.
Enarqué una ceja, expectante.
—Sí —contestó, señalándome como si estuviera tomando notas—. Príncipe malhumorado. O lobo feroz versión no-me-habléis-antes-del-café. Muy tú.
Reprimí una sonrisa. Me gustaba el juego que de repente se estaba produciendo entre los dos desde el día del almacén.
—¿Y tú? —contraataqué—. ¿Vas de damisela en apuros que necesita rescate… otra vez?
Sora soltó una risa corta y se acercó un paso.
—¡Qué obsesión tienes con rescatarme! —exclamó—. Pero no, voy de bruja.
—¿Bruja?
—Sí. —Sonrió Sora—. La que convierte a los gruñones en gente sociable. ¡Y los hace bailar!
No supe si reírme o preocuparme un poco.
—No vas a hacerme bailar.
—Verás como sí.
—Me esconderé —avisé.
—Te encontraré —aseguró, con voz calmada.
—Eso suena a amenaza.
Ella ladeó ligeramente la cabeza y dijo:
—Es una promesa.
Me sostuvo la mirada, divertida. Si me hubieran puesto un tensiómetro en ese momento, la aguja habría salido volando.
—¿Verdad, Manuel…?
Sora giró la cabeza al mismo tiempo que yo, pero don Manuel no estaba.
A unos metros, había dejado el bastón apoyado en una silla. Movía los pies despacio, con los ojos entrecerrados y una sonrisa serena, bailando solo al ritmo de la música.
Como un eco de lo que había ocurrido durante el día con los mayores, por la noche el campamento se llenó de risas y baile.
Ahora eran jóvenes los que se apelotonaban sin orden con hamburguesas envueltas en papel y vasos de cartón entre las manos. Las mesas donde solíamos comer habí an sido retiradas y el comedor se había transformado en una pista de baile improvisada.
Las vestimentas, normalmente deportivas y algo sucias del trajín de las misiones, se habían convertido en disfraces de colores chillones. Algunos ingeniosos, otros discutibles.