Revolución 17. Sora #2
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17. Sora #2

La vieja costumbre me empujaba a abrirme del todo, a soltar lo que llevaba días dando vueltas en mi cabeza. Pero había una vocecita nueva, más cautelosa, que me recordaba el final de aquello: él desapareciendo cuando las cosas se tornaban demasiado reales, yo recogiendo los pedazos.

—Está siendo todo muy intenso —dije finalmente—. Ser coordinadora es agotador. Mucho más de lo que pensaba.

—Imagino —respondió sin darle más importancia, más pendiente de mi cuerpo que de otra cosa.

Buscó una de mis manos y la sostuvo con suavidad, como si nunca hubiéramos dejado de hacerlo.

Por unos instantes, pensé en apartarla, pero no lo hice.

Él debió de tomarlo como una señal, porque entrelazó sus dedos con los míos y me condujo hasta el banco.

Se sentó sobre la mesa, dejándome, y me miró con una dulzura que me hizo bajar la guardia un poco más.

Me quedé de pie apenas un instante, pero acabé sentándome a su lado.

—Bueno, con suerte solo tendrás el marrón del proyecto este año —comentó con una risa, pero yo me removí, incómoda.

—¿Por qué? —quise saber—. Yo espero que vaya todo bien y podamos hacer esto muchos años más.

—Bueno, es que andas tan ocupada que es imposible encontrar un hueco para estar contigo.

Me mordí el labio y mi cabeza voló, inevitable, a aquella vez que le conté ilusionada que nos habían aprobado el presupuesto. Su primera respuesta no fue felicitarme, sino: «¿Y vas a tener que seguir trabajando tanto?». A David le gustaba mi entrega siempre que estuviera dirigida hacia él.

—Es que te echo de menos, Sora —dijo—. Me mata no estar cerca de ti.

Comencé a notar un incómodo nudo en la garganta mientras me preguntaba si yo también le echaba de menos.

Extrañaba sentirme segura, sentirme en casa, sentirme vista. Pero últimamente estar con David se parecía demasiado a una montaña rusa: no sabías cuándo ni cómo de intensa iba a ser la caída. Y eso, para alguien como yo, drenaba demasiado.

—David, yo…

—Escucha —me interrumpió—. No te estoy pidiendo que volvamos.

Posó una mano en mi pierna con una naturalidad desbordante, como si toda yo le perteneciese sin mediar más palabra.

—Me encantaría, por supuesto —continuó con media risa—. Pero entiendo que tengamos que ir despacio después de todo lo que ha pasado. Estoy dispuesto a hacer las cosas bien, si tú quieres.

Tragué saliva y ladeé la cabeza para mirarlo. Recordé a Teresa diciendo que David estaba un poco más cambiado, más… maduro. Deseé creerla; deseé verlo yo también. Tal vez David solo necesitaba un poco de tiempo para tomarse la vida más en serio.

—¿Qué propones? —pregunté.

Se pasó una mano por la nuca, como si aquella sinceridad también le costara.

—Quiero una oportunidad. Solo eso. Que no vayas con el no por delante. Que no me cierres la puerta antes de tiempo.

Pasó la mano que tenía sobre mi pierna hasta mi cintura y se inclinó un poco más hacia mí. En un parpadeo, el recuerdo del almacén apareció sin pedir permiso: otra mano en mi cintura, otra respiración demasiado cerca, otra sensación distinta.

Me mordí el labio y aparté la idea de inmediato, sintiéndome absurdamente culpable.

—Dejemos que Cala Blanca haga su magia, esa que siempre provoca en nosotros cada verano —dijo en un tono más bajo e íntimo.

Guardé silencio, intentando concentrarme en sus palabras.

—Podemos ir a tu ritmo. Sin promesas grandes, sin presión. Solo… estar. Ver qué pasa.

Levanté la vista para encontrarme con su rostro, que conocía a la perfección.

Sus ojos, ese color imposible entre verde y azul según como incidiera la luz.

El pelo rubio oscuro, que le caía un poco desordenado.

La mandíbula marcada y ese aire relajado de quien es consciente del efecto que causa en los demás.

Era David, mi David.

Instintivamente, sentí la necesidad de bajar la guardia, besarle y dejar de pensar. Dejar de pelearme con cada duda, con cada recuerdo, con cada versión de nosotros que seguía arrastrando dentro. Quería refugiarme otra vez en sus brazos y fingir que nada había pasado.

—No estoy segura de que vaya a salir bien —susurré. No sabía si intentaba convencerlo a él o recordármelo a mí.

Porque yo ya empezaba a estar confundida del todo.

—Dios nos ayudará —contestó—. Nosotros solo tenemos que confiar en que esta es su voluntad.

El pecho se me tensó, porque últimamente Dios guardaba silencio cada vez que le preguntaba qué hacer con David. Y estaba empezando a pensar que, quizá, incluso Él se estaba cansando de todo nuestro drama.

David, al notar mi silencio, me apretó un poco más contra sí y apoyó su cabeza en la mía.

—Te quiero, ¿lo sabes? —susurró—. Nunca voy a dejar de hacerlo.

David no pronunciaba un «te quiero» a menudo y, tal vez por eso, cuando lo hacía, tenía el efecto de una llave en una cerradura antigua; algo dentro de mí se abría sin pedir permiso.

Allí, sentada junto a él, oliendo su colonia, con el verano entero respirándonos alrededor y su brazo rodeándome como si todavía supiera exactamente dónde encajaba, decir que no sería como arrancarme algo de dentro.

Por otro lado, puede que aún no estuviera preparada para renunciar a la versión de mí que existía con David.

—Está bien —murmuré—. Podemos intentarlo. Despacio.

Buscó mi mirada y sonrió. Había algo casi imperceptible en esa sonrisa, una pequeña victoria silenciosa, como si en el fondo hubiera sabido desde el principio que acabaría cediendo.

Apoyé la cabeza en su hombro, escuchando su respiración tranquila, permitiendo que el peso de su abrazo me convenciera de que aquello era lo correcto. Durante unos minutos, casi logré persuadirme de que aquello era paz.

Pero no lo era del todo. Porque, en medio de aquellos corazones que seguían empeñados en latir al mismo ritmo, hubo un latido rebelde. Uno solo. Pequeño, incómodo, fuera de compás.

Un latido que empezaba a susurrar otro nombre.