Revolución 17. Sora
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17. Sora

SORA

La tarde fue más ajetreada de lo esperado.

Después de comer, tuve una reunión con Mateo y Teresa para actualizar un poco cómo iba todo con los participantes del programa.

Pese a que solo habían transcurrido tres días, las jornadas resultaban tan intensas que era bueno ponernos al día.

Algunos ya habían admitido en voz alta que estaban cumpliendo servicios sociales con su grupo y todo estaba yendo estupendamente.

Cuando salí de la reunión, fui a la habitación de los trastos, donde se hallaban algunos del grupo preparando la fiesta de la residencia del día siguiente; celebrarían el centenario y nos habían encargado algunas cosas.

Marta y Ángela se encontraban haciendo algunos carteles con mensajes positivos; Nerea rebuscaba entre las cajas del almacén algunos globos, guirnaldas y manteles.

Álvaro y Cris preparaban una playlist con música de los años cuarenta y cincuenta, pero charlaban y se reían más que otra cosa.

De Iker, ni rastro, aunque ya no me sorprendía que desapareciera.

Aprovechando que todo estaba controlado, había decidido darme una ducha, algo más tranquila.

Tenía polvo en cada parte de mi piel y algunas manchas extrañas de todo el trajín del almacén.

Me llevé una mano a la nuca y presioné los músculos tensos, como si pudiera deshacer el nudo con los dedos, mientras dejaba que el agua fría me cayese encima sin miramiento alguno.

Menos mal que Iker finalmente se había dignado a ayudarme, porque de lo contrario…

«Iker».

Sus ojos oscuros se colaron en mi cabeza sin ningún tipo de permiso. Y después me encontré cerrando los míos, dejándome llevar por la sensación de su mano en mi cintura y el sonido inesperado de su risa.

Solo la había escuchado una vez, aquella mañana. Y aun así se me había quedado grabada, como una melodía que el cuerpo guarda sin autorización. Una versión suya que no me había desagradado tanto. Una grieta mínima, peligrosa, de ese muro que intentaba franquear.

Algo había cambiado entre nosotros.

Era como si hubiéramos pasado días tensando una cuerda invisible hasta que, de repente, había cedido. No sabía si se había roto o simplemente habíamos dejado de tirar, pero el aire entre los dos ya no pesaba igual.

Iker había bajado la guardia conmigo. Ya no respondía con ironía a cada frase ni parecía buscar pelea como deporte. En la comida me había escuchado de verdad y, de camino al campamento, incluso me había regalado algo parecido a una sonrisa que se me había quedado rondando.

Sacudí la cabeza, tratando de despejar su imagen.

Estaba empezando a obsesionarme con el programa de manera enfermiza. Tal vez por eso, Iker ocupaba mis pensamientos sin darme cuenta, porque era el caso más difícil. El que había que vigilar, acompañar, sostener a distancia, con el mismo cuidado con el que se manipula algo frágil… o peligroso.

«Eso es todo. Nada más».

Ya tenía suficiente con David como para dejar que brotaran ideas absurdas y sin sentido sobre Iker. No podía permitirme otro nudo en el pecho y, mucho menos, otra sensación de culpa.

En septiembre me iba.

El calendario ya contaba los días como quien pasa cuentas de un rosario gastado. Dejaría atrás todo lo que me era cómodo y conocido. Empezaría una etapa nueva, limpia, sin ecos. No quería historias nuevas que se convirtieran en despedidas dolorosas ni abrir puertas que no supiera cerrar luego.

Además, ni siquiera se lo había dicho a David porque, cada vez que lo había intentado, la verdad se me quedaba atascada en la garganta.

Salí de la ducha dando un suspiro. Decidí ponerme un vestido ligero de verano de color amarillo y recogerme el pelo en una trenza.

Las ojeras empezaban a asomar. Por supuesto, las misiones estaban siendo físicamente retadoras, pero la adrenalina de ser coordinadora no me dejaba ni siquiera descansar bien por la noche.

Aunque llegaba molida de todo el día, mi mente se ponía a orbitar alrededor de todas las tareas pendientes, de todo lo que debería vigilar al día siguiente. Además, empezaba a darle vueltas también a todo lo relacionado con David, porque era el único momento de paz en el que podía pensar.

Necesitaba parar y encontrarme con mis pensamientos y sentimientos. Por eso, decidí irme un rato a la capilla.

Cuando llegué, había un grupo ensayando canciones y yo buscaba silencio.

Así que, tras dudar unos segundos, opté por refugiarme en la mesa de madera del camino, esa que tenía vistas al mar y que poca gente conocía.

Uno de los escasos lugares donde el ruido y el bullicio del campamento quedaban atrapados entre el vaivén de las hojas.

Agradecí la sombra que proporcionaban los árboles y me senté a respirar.

Paseé los ojos por la mesa y, sabiendo dónde estaba, recorrí de manera inconsciente con el dedo la inscripción tallada.

«S+D», dentro de un corazón irregular. David me había cogido de la mano y conducido hasta allí el último día de nuestro primer campamento.

Lo había grabado con un cuchillo robado de la cocina y me había prometido amor eterno.

Desde entonces, era nuestro banco especial, donde siempre nos refugiábamos para escapar de la vorágine del campamento.

«Nuestro campamento».

Resultaba extraño estar sin él en aquel lugar.

Levantarme y no encontrarlo en el banquito de la entrada o no buscar su sudadera cuando la noche refrescaba, por ejemplo.

Habían sido muchos campamentos juntos. Pero estaba intentando por todos los medios situarme, ignorando la sensación constante de que me faltaba algo que, en realidad, no sabía si se trataba de él o simplemente era la costumbre.

Respiré y me levanté para mirar mejor el océano.

Cuando los pensamientos se aturrullaban, el cuerpo me pedía movimiento desde hacía horas, a pesar de que sentía una pesadez curiosa debido al cansancio acumulado.

Necesitaba movimiento verdadero, porque dentro de mí había hilos enredados que pedían a gritos ser ordenados.

Y bailar era lo único que lograría recolocarlo.

«Cinco, seis, siete, ocho».

Empecé a moverme despacio, sin forzar nada.

Levanté una mano primero, sin pensar en que quedara bonito o perfecto, solo porque el cuerpo me pedía comenzar por algún sitio.

La otra mano la siguió un segundo después, casi por inercia.

Cerré los ojos. Los hombros, cargados como si llevaran mochilas invisibles, se soltaron un poco.

La espalda se estiró sola, buscando aire, espacio, algo que no fuera tensión constante.

Desplacé el peso de un pie al otro, un balanceo suave, casi imperceptible.

«Cinco, seis, siete, ocho».

Tal vez no era baile de verdad. No había música, ni pasos ensayados, ni un espejo delante corrigiéndome cada movimiento. O tal vez, precisamente, aquel era el baile más auténtico de todos.

Porque, cuando bailaba así, no tenía que decir nada.

No tenía que calcular, anticipar, controlar cada gesto antes de hacerlo.

El cuerpo simplemente sabía: un pie encontraba el suelo, la cadera seguía el impulso, los brazos se abrían sin pedir permiso.

Y, por unos segundos, mi cabeza dejaba de mandar.

Eso era lo que más amaba del baile: la forma en que me obligaba a confiar, a dejarme llevar incluso cuando no podía anticipar cuál era el siguiente paso. A veces bastaba con escuchar, respirar y permitir que algo dentro de mí marcara el compás.

«Cinco, seis, siete, ocho».

Sentí paz, y el ruido dentro de mí bajó el volumen. Por un momento, volvía a ser solo eso: cuerpo en movimiento. Un cuerpo que necesitaba sentir mío otra vez. Porque si seguía desgastándome por los demás sin reservarme ni un pedacito para mí, al final no iba a quedar nada que ofrecer.

Así que, durante unos instantes, todo lo demás se quedó atrás, quieto: el campamento con sus preocupaciones lejanas, David con su presencia que aún no era capaz de descifrar, septiembre acechando en el calendario como una cuenta atrás…

Su risa dulce, sus ojos oscuros, sus manos en mi piel.

«Iker».

—Siempre me ha encantado verte bailar —dijo una voz a mi espalda.

No me sobresalté; demasiado familiar para sorprenderme. Aunque, por una fracción de segundo —tan breve que casi no cuenta—, mi pulso dio un salto equivocado, a otro ritmo, esperando otra voz.

Sentí su presencia acercarse antes que el roce. Después, la yema de sus dedos apenas rozó mi cintura, suaves, casi como una pregunta. Hacía mucho que él no me tocaba, no de esa forma. Tanto que aquel gesto mínimo me provocó un escalofrío.

Y como no me aparté, comenzó a bailar conmigo, como si el ritmo ya estuviera escrito entre ambos. Anticipaba cada balanceo y cada giro antes de que yo misma supiera lo que iba a hacer. Dos cuerpos que habían bailado juntos en demasiadas ocasiones.

Me giró por última vez y sus ojos se encontraron con los míos.

—Hola —musitó David con una amplia sonrisa.

Sus manos se quedaron rozando mi cintura, sin invadirme demasiado, pero sin dejarme ir del todo.

—¿Escondiéndote en nuestro lugar especial? —me dijo.

Desvié los ojos hacia el banco, preguntándome por un momento si debería haber elegido otro refugio para esconderme.

—Necesitaba estar sola un rato —respondí con la esperanza de que captase la indirecta.

No sé si la entendió o si, simplemente, decidió ignorarla. Se limitó a apartarme un mechón de pelo de la cara y a acariciarme la sien en el recorrido de su pulgar.

—La cabeza de Sora, que nunca para quieta —musitó, divertido.

Sus dedos bajaron despacio por mi brazo, apenas un toque leve sobre la piel.

—¿Cómo estás, Pajarito? ¿Qué tal va todo?

Hacía tiempo que no me llamaba así. «Pajarito» era el mote que me había puesto el primer verano, el que usaba en los momentos más bonitos. Me dejé envolver por su voz durante unos segundos. David preocupándose por mí era algo contra lo que no podía luchar, y él lo sabía.