Revolución 16. Iker
33%

16. Iker

IKER

Suficiente.

Llevaba casi una hora observando a Sora desde mi silla de plástico. Ella entraba y salía del almacén, clasificaba cajas y arrastraba bolsas de basura como si no pesaran nada. Yo seguía allí, fingiendo que no miraba y que me daba igual. Jugando, sin duda, a ver quién resultaba más cabezón.

Aunque ya me había ganado la partida. Era tan terca que se iba a acabar lesionando, y tal vez se debiera a mi instinto profesional, pero no podía permitirlo.

Me levanté sin concederme mucho margen para arrepentirme, y caminé hacia la puerta del almacén. Durante esos pocos metros, trabajé mi expresión para que se viera lo más relajada posible. Quería que Sora pensara que la decisión de ayudarla, en realidad, no era para tanto.

—Dame eso, anda.

Le quité una caja llena de productos de limpieza de las manos antes de que pudiera protestar. Sora me miró, sorprendida. Tan sorprendida que me dolió ligeramente. ¿De verdad había pensado que no iba a ayudarla en ningún momento?

Estaba empezando a odiar la versión que aquella chica conocía de mí.

—Vaya —dijo con una media sonrisa, sin desviar la vista hacia mí—. Mira quién se ha ofrecido a ayudarme. Solo has tardado… una hora. Gracias.

Había ironía en su voz, pero no reproche.

Estaba sudada. Los mechones cortos de pelo se le pegaban a la frente y tenía algunas manchas en la mejilla y en el cuello. Y aun así —o precisamente por eso— estaba incluso más atractiva que antes.

Y ese pensamiento me fastidió.

—Necesitas mi ayuda porque eres una damisela en apuros —le solté.

Ella bufó, aunque no sonó enfadada. No quería reconocerlo en voz alta, pero me gustaba el tono que ahora tenían nuestras conversaciones. Un poco menos de malestar y un poco más de pique.

Un poco más de chispa, algo que llevaba mucho sin sentir.

Entré en el almacén con ella detrás. Lo primero en lo que me fijé es que no había ni rastro de Rocío, lo cual agradecí en el fondo.

Lo segundo es que, aunque el lugar seguía siendo un caos, lucía algo distinto.

Más ordenado, más Sora. Había dividido el área por zonas: para tirar, para donar, para guardar…

, con pósits bien colocados, de diferentes colores.

Seguro que era la típica chica que tenía los apuntes ordenados por colores según la asignatura.

—Pues para llevar una hora, continúa siendo un desastre —me atreví a bromear, tanteando el terreno.

—Y lo seguirá pareciendo si te quedas mirando —respondió ella, con actitud ligera. Al menos no estaba enfadada—. Vamos, muévete, príncipe salvador.

Su comentario me dibujó una mueca divertida que intenté reprimir.

Trabajamos en silencio durante un buen rato. Sora no inició la conversación y yo tampoco, porque en verdad no se me ocurría de qué hablar después de nuestro encontronazo fuera. Además, mover cajas resultaba más fácil que pensar o sentir.

Pero mientras trabajaba, me descubrí fijándome en detalles absurdos de ella. Sora se mordía el labio cuando algo pesaba más de la cuenta, se rehacía a cada rato el moño de diferentes formas y utilizaba una precisión obsesiva a la hora de ordenar las cosas.

—¿Me ayudas? —dijo de pronto.

La encontré encaramada a un taburete que no parecía demasiado estable.

—Ve pasándome esas cajas, las de los pósits amarillos —me indicó.

—Te vas a caer —advertí—. ¿Por qué no dejas que lo haga yo? Soy más alto que tú.

—Porque no me gusta que me digan lo que tengo que hacer —contestó, irónica, mientras quitaba el polvo con un trapo.

Se me curvó la boca en un acto involuntario.

—Vaya, hoy estoy conociendo a una nueva Sora —comenté mientras agarraba una de las cajas del suelo—. Irónica, rencorosa, mal hablada…

—Bueno, pues te pido disculpas por eso —soltó ella con la caja en las manos.

La subió sobre sus hombros con bastante dificultad hasta que logró deslizarla por el estante.

—Disculpas…, ¿por qué? —pregunté confundido.

—Me dijiste que no querías conocerme.

Ah, eso. Era un maldito bocazas. Sobre todo porque una parte de mí estaba empezando a pensar que se trataba de una mentira como una catedral de grande.

—Bueno… —reaccioné rápido mientras tomaba otra caja—. La versión que he conocido de ti estos días tampoco ha sido demasiado atractiva.

—Como si la tuya hubiera sido estupenda —susurró.

Lo dijo tan bajito que juraría que no quería que lo escuchase, pero no podía tenérselo en cuenta.

—La vida es mucho más fácil cuando eres amable, ¿sabes? —añadió, mirándome un momento desde las alturas.

Últimamente pensaba que la amabilidad era un lujo que solo se podían permitir los que tenían una vida fácil.

«Y si supieras lo poco amable que es la vida conmigo, otro gallo cantaría».

Le pasé otra caja y se mantuvo concentrada unos instantes, procurando cuadrar el tetris de la estantería.

—En serio, sé que te cuesta estar aquí —continuó, ensimismada en la tarea—. Sé que para ti es cumplir y ya. Un acta de horas que…

Algo me atravesó por dentro y el corazón comenzó a galopar.

—Lo sabes.

Se le tensó el cuerpo unos momentos, pero fingió seguir colocando las cajas.

—¿Saber qué?

—Se te da fatal disimular.

Se mordió el labio y volvió a mirarme. Intentó sostenerme la mirada con aire despreocupado, pero le duró poco. Al final resopló, apartó la vista y dijo:

—Tampoco es que tú hayas sido el rey del disimulo. Llevas tatuado en la frente que no quieres estar aquí.

Aparté la mirada, ligeramente avergonzado. Quizá la cara de pepinillo en vinagre, como había dicho don Manuel, resultaba demasiado evidente.

—¿Hasta dónde sabes? —pregunté, con la vista clavada en el suelo.

—Solo hasta donde tú quieras contarme —contestó, como si fuera suficiente respuesta.

Me removí, incómodo. Que Sora supiera que me encontraba cumpliendo servicios sociales despertó en mí una duda que empezaba a ganar terreno en mis pensamientos: ¿y si Sora había sido tan amable conmigo solo porque sentía pena por mí?

—Álvaro me dijo que éramos anónimos, que nadie lo iba a saber.

—Y es verdad —contestó ella—. Solo el padre Mateo sabe quiénes sois. Pero, como te digo, en tu caso quizá deberías…

—No te he pedido consejo —la corté, seco.

Sora alzó una ceja.

—Ah. Perdón —dijo, con sorna—. Ignoraba que habíamos vuelto al modo capullo .

Gruñó levemente y se bajó del taburete con el orgullo herido. Ella misma se inclinó a tomar la siguiente caja para subir de nuevo, con bastante dificultad e incluso tambaleándose. Al parecer, había decidido que ya no necesitaba mi ayuda.

—¿Por qué crees que estoy aquí? —quise saber, sin miramientos.

Desconocía si estaba preparado para la respuesta, pero necesitaba saber qué le pasaba por la mente a aquella chica.

Tal vez pensaba que le había dado una paliza a alguien, que era de los que pegan primero y preguntan después.

O quizá que había robado por gusto o por pura diversión.

Me aterraba pensar que Sora pudiera creer que yo era un problema andante.

—No es asunto mío —dijo ella. Se bajó otra vez, movió el taburete y cogió otra caja—. Además, ¿qué más da lo que yo piense? ¿Por qué te importa tanto?

Ni siquiera yo lo sabía. Sora sería una persona que no vería nunca más después del campamento, así que debería darme igual.

—Es solo curiosidad —insistí—. Me gustaría saber qué piensa alguien tan sumamente perfecta e inmaculada.

Se giró hacia mí desde arriba. Eso, sin duda, la había molestado.

—Está bien, te diré lo que pienso de ti —dijo entonces, notablemente exasperada—. Me pareces un niñato maleducado y caprichoso. Y desagradable a veces. Me molesta tu constante mala actitud. No entiendo cómo una persona como Álvaro puede ser tu amigo, la verdad. Ah, y eres un tremendo cabezón.

Se embaló con las palabras, pero, cuando se detuvo, frunció el ceño al instante. Parecía arrepentida, aunque no se disculpó, sino que me sostuvo la mirada.

—¿Eso es todo? —pregunté, satisfecho con su sincera respuesta.

Asintió, mordiéndose el labio.

—Está bien, me toca —dije de repente.

—No, yo no te lo he pedido —protestó.

—Niña mona, buen cuerpo, responsable a más no poder. Apostaría a que no te saltaste una clase en tu vida. Papá y mamá, orgullosos. Buenas notas. Ayudas a la gente. Incluso rezas por los que te caen mal. Amigos a montones.

Ella me escuchaba con expresión contrariada mientras sacudía la cabeza.

—Vida perfecta, ni una grieta —añadí.

—Qué sabrás tú de mis grietas.

Su respuesta me descolocó un segundo, pero no bastó para detener mis palabras.

—Pues no, no sé nada, porque te empeñas en ir por la vida como la chica que nunca rompió un plato.

—Te recuerdo que no querías conocerme —replicó—. Así que, si prefieres quedarte con la película que te has montado en tu cabeza, allá tú.

Solté una risa seca.

—No, no quiero conocerte. ¿Por qué querría? No eres mi tipo.

Abrió los ojos, ofendida.

—Pero ¿quién ha dicho que quiera ser tu tipo? Solo intento ayudarte, y tú actúas como un maldito bloque de hielo con patas.

—¡Es que no quiero tu ayuda! —estallé—. No sé por qué te empeñas tanto.

Sus mejillas se colorearon de un tono rojizo, y no precisamente de vergüenza, sino más bien de rabia.

—¡Eres insoportable!

—¡Y tú también!

Y justo en ese momento, el taburete decidió meterse en la conversación e hizo que Sora perdiera el equilibrio.

Tropezó hacia delante y me lancé hacia ella sin pensar, por puro instinto.

La sujeté por la cintura, pero el peso de ambos hizo que perdiéramos el equilibrio y cayéramos al suelo, enredados.

Al aterrizar nos llevamos por delante algunos objetos que estaban mal apilados y algo me golpeó la cabeza.

Lancé un alarido agudo, más por sorpresa que por dolor.

Yo caí primero, debajo. Ella encima de mí, descolocada, respirando deprisa.

—¿Estás bien? —preguntó, con la voz alterada.

—Tranquila —murmuré, más bajo de lo que pretendía—. Solo me ha dado… en el parietal…

—¿En el qué?

—En el… —cerré los ojos un segundo y eché la cabeza hacia atrás—. Da igual.

Fue entonces cuando lo noté.

Mi mano derecha seguía en su cintura, justo donde la camiseta se había subido lo suficiente como para dejar al descubierto un tramo de piel caliente.

Sora había caído sobre mi brazo y, en su intento por no aplastarme del todo, se había apoyado en el suelo, lo que hacía que estuviera a centímetros de mí. Absurdamente cerca.

Nos miramos y, por unos segundos, ninguno tuvo intención de moverse. Hasta que la realidad volvió y nos separamos como si nos hubieran dado un chispazo.

—¿Tú estás bien? —quise saber, incorporándome con cierta torpeza.

Me quedé sentado en el suelo y ella también lo hizo. Me miraba con el ceño fruncido, preocupada, observando la zona donde me había golpeado.

—Sí, estoy bien. Tú te has llevado todo el golpe.

—Te dije que no te subieras ahí… —murmuré—. Eres…

Apreté los labios mientras la observaba. ¿Cabezona? ¿Tremenda? ¿Insistente? No encontré la palabra exacta, pero el corazón hubiera dicho algo más parecido a: «Me estás empezando a volver loco».

Entonces Sora apretó los labios, intentando contener una sonrisa, pero no le salió bien. Primero se le escapó una risa pequeña, casi incrédula; después empezó a reír de verdad, con los hombros temblando, mientras yo la observaba, incrédulo.

Sin querer, a mí también se me escapó una sonrisa traicionera. Y acabé uniéndome a sus carcajadas, sin entender bien cómo ni por qué.

Y allí sentados en el suelo, rodeados de cajas, polvo y caos, riendo como dos críos, la tensión empezó a darnos tregua.

—Lo siento, tenías razón —dijo Sora, algo más calmada aunque sin perder la sonrisa—. Ese taburete no era demasiado estable. Gracias por salvarme.

Me sonrió despacio, todavía con la risa temblándole en los labios, y sentí que encendía una luz justo en el lugar que llevaba más tiempo a oscuras. Pero la luz llegó con un sentimiento de culpabilidad. Sora no se merecía haber sido mi saco de boxeo.

—Yo también lo siento —tomé aire—. Por todo.

Era la primera vez que me disculpaba de verdad con alguien por mi comporta miento de mierda en los últimos tiempos. Más allá de Álvaro, claro. Y de Lola, en ocasiones. Pero hacerlo con Sora no solo se sentía justo, sino extrañamente cálido.

—No quiero ser tu enemiga —dijo ella, sosteniéndome la mirada—. De verdad.

Tenía la cara sucia, el pelo revuelto y una honestidad desarmante en los ojos.

—Lo sé —respondí—. Aunque a veces resultas un poco pesada. Lo sabes, ¿no?

—Y tú sabes que eres un poco capullo —me devolvió.

—¿Si dejo de ser un capullo vas a dejar de decir palabrotas? —pregunté.

Y me di cuenta de que no había dejado de sonreír desde que nos habíamos caído. Y no había sido una sonrisa fingida o forzada; ni siquiera me había dolido sonreír. Tan solo… me había salido.

—¿Empezamos de nuevo? —sugirió ella, extendiendo la mano.

Tragué saliva. Una alerta en mi interior gritaba «cuidado», pero había algo en ella imposible de esquivar. Una luz que te engullía sin pedir permiso. Sabía que, en el momento en que le diera la mano, iba a estar más expuesto e involucrado. Más vulnerable.

Aun así, se la estreché.

—Soy Sora Alcázar —me dijo entonces—. Encantada.

La sujeté con firmeza, como si quisiera alargar aquel segundo de contacto.

—Iker Zuloaga —contesté—. Encantado de conocerte, Sora.

Y por primera vez desde que había llegado allí, tuve la fugaz sensación de que ya no estaba muerto del todo.