Revolución 15. Sora
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15. Sora

SORA

Había un murmullo amable en la residencia, muy diferente al del primer día.

El ambiente era suave y acompasado. Risas que salían naturales, conversaciones que fluían sin forzar, manos que se enlazaban para seguir jugando una partida más. Cada voluntario había encontrado su lugar en la coreografía invisible del día a día, y el conjunto respiraba una armonía serena, bonita.

Todo estaba en su sitio. Todo encajaba, excepto yo.

Dentro de mí no había calma, sino una bola de fuego que me subía por el pecho, me tensaba los hombros y me quemaba la garganta.

Así que me escabullí hasta la capilla de la residencia, porque no sabía qué hacer con todo lo que llevaba dentro.

Y sobre todo quería evitar estallar como una granada delante de quien menos lo merecía.

Me dejé caer en uno de los bancos de madera. La sala era pequeña, algo fría y desangelada, pero la atravesaba una luz preciosa que se filtraba por las vidrieras, dibujando colores suaves en el suelo.

«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».

Respiré hondo, pero no funcionó como otras veces. Las palabras de Iker seguían clavadas como puñales, una detrás de otra, sin anestesia.

«No me necesitas».

«Pesada».

«Doña Perfecta».

«No quiero conocerte».

Encima me sentía ridícula. En lugar de plantarle cara, me había quedado ahí, mirándole, con la ansiedad subiéndome de golpe como una ola mientras él parecía no percatarse de nada. Y luego, claro, toda la noche en vela. Dando vueltas, repitiendo cada frase como si fuera una radio escacharrada.

No estaba acostumbrada a tener estos choques frontales con alguien.

Yo sabía moverme en el cuidar, escuchar, sostener, agradar.

Solía hacer que la gente se sintiera cómoda, a salvo y querida.

Pero con Iker nada parecía funcionar, ni siquiera mi mejor versión.

Y eso me transportaba a mi yo de dieciséis años, a los pasillos del instituto.

Iker me había puesto la etiqueta de «doña Perfecta», como si yo mirara a todos desde un pedestal. Y no podía estar más equivocado. Lo peor era que una parte absurda de mí necesitaba con desesperación que no pensara así.

Alcé la vista hacia el altar y solté el aire despacio, intentando dejar ir la rabia y la frustración antes de que se me quedasen pegadas para siempre.

—Una señal de neón sobre qué hacer me vendría estupendamente bien ahora —susurré.

Eché la cabeza hacia atrás y volví a respirar. La voz de mi madre se colaba constantemente en medio de mis pensamientos: «No sobra. Solo está roto».

Quería aferrarme a eso, de verdad que sí. Pensar que detrás de toda aquella rabia había dolor, un dolor que nada tenía que ver conmigo. Pero también había otra parte de mí que quería gritarle que estar roto no le daba derecho a romper a los demás.

«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».

¿Y si no estaba siendo justa con él? Tal vez Iker se estaba esforzando más de lo que parecía y ni siquiera le había dado las gracias.

Quizá ayer tuvo un día terrible y yo me quedé con su peor versión.

Puede que sea de ese tipo de personas que necesitan refuerzo positivo constante.

Mi padre, como buen periodista, siempre decía que hablando se entiende a la gente.

Así que quizá debía bajar al almacén y decírselo claro: que se equivocaba conmigo, que yo no era su enemiga.

Me armé de valor y así lo hice. Allí, me encontré a Rocío rodeada de cajas abiertas, bolsas a medio vaciar y montones desordenados que antes no estaban así. Parecía incluso peor que cuando los dejé el primer día. Y encima, sin rastro de Iker por ninguna parte.

—Hola —saludé—, ¿qué tal vais?

Rocío levantó la cabeza, apartándose un mechón de pelo sudado de la frente. La verdad es que el calor en el almacén resultaba infernal. Tan solo había un ventilador que hacía más ruido que otra cosa.

—Ahí voy.

—¿Iker? ¿No está aquí?

Soltó una risa seca, sin humor.

—Anda fuera haciendo Dios sabe qué —contestó—. Ese chico tiene serios problemas, de verdad te lo digo.

Se encogió de hombros y continuó a lo suyo.

Salí al patio con el corazón en un puño, sin saber qué versión de Iker me iba a encontrar, y, por un momento, me sentí una completa kamikaze.

El patio exterior era una zona de tierra seca, con algunos árboles dispersos que marcaban el inicio de la montaña. Allí a lo lejos, bajo la sombra generosa y entre algunas sillas de plástico estratégicamente colocadas, se encontraba Iker medio tumbado.

«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».

Me acerqué despacio, casi de puntillas. El sonido del viento moviendo las hojas me ayudó a camuflar mis pasos.

Mientras acortaba distancia, me di cuenta de que estaba con los ojos cerrados y el rostro relajado.

Por primera vez desde que lo conocía, sin el ceño fruncido.

Ajeno por completo al almacén, al campamento.

A mí.

Continué aproximándome hasta acabar frente a él y lo observé en silencio.

El pecho le subía y bajaba con una respiración profunda, regular.

En ese momento, parecía no estar luchando contra nada.

Y, al verlo así, tan en paz, pensé que quizá debajo de toda aquella rabia que a veces enseñaba había un dolor enorme que no sabía gestionar.

Y esa pequeña intuición hizo que relajase los hombros por primera vez en todo el día.

Lo recorrí con la mirada, fijándome en sus antebrazos, tostados por el sol de aquellos días, en los que se le marcaban un poco las venas; y luego en su cuello, largo y expuesto, donde el sudor se iba secando despacio.

Sus manos grandes reposaban quietas, con el teléfono móvil sujeto entre los dedos.

«¿Qué hay detrás de esa pantalla que te preocupa tanto?».

De golpe, me sobrevino una evidencia dolorosa: Iker era increíblemente atractivo. Y aunque él no quería conocerme a mí —lo había dejado más que claro—, yo estaba empezando a sentir una curiosidad extraña.

«Sora, ¿qué haces?».

Aparté la mirada un segundo. Lo último que quería era cruzar una línea peligrosa desde la cual no supiera volver. Carraspeé con suavidad y él abrió los ojos. Al ver que se trataba de mí, apenas reaccionó, pero sí se llenó el pecho de aire de forma exagerada.

—¿Descansando? —pregunté.

Y ojalá me hubiera dicho que sí. Que llevaba toda la mañana trabajando, que estaba derrotado y que por eso se había escabullido para descansar un poco.

Sin embargo, no respondió. Volvió a cerrar los ojos, ignorando mi presencia.

—Deberías estar ayudando a Rocío en el almacén —dije, con el tono más calmado que encontré—. Lo siento, pero el periodo de adaptación ya ha terminado. Esto ya roza la rebeldía innecesaria.

Yo venía en son de paz, pero no esperaba encontrar una versión tan me-da-todo-igual. A Iker no le importaba no hallarse donde debía y eso me sacaba de quicio, porque yo siempre había hecho exactamente lo que se esperaba de mí. Siempre.

—¿Alguna vez has probado a dejar de decirle a la gente lo que tiene que hacer? —respondió, volviendo a cerrar los ojos—. Igual te relajas un poco.

—No puedes desaparecer cuando te dé la gana —añadí—. Esto no funciona así, ¿lo sabes?

—De hecho, puedo hacerlo —me respondió—. Y lo hago a menudo.

Suspiré, pidiéndole paciencia a Dios.

«Porque si me das fuerza, te juro que lo estampo».

Nos quedamos en silencio unos momentos mientras mi mente pensaba en diferentes formas de actuar; ninguna me convencía.

—Por cierto —añadió al cabo de unos segundos, abriendo un ojo—, ¿eso de mirarme fijamente forma parte del trabajo o es iniciativa propia?

—No te estaba mirando.

Me removí, incómoda. Él sonrió apenas al notar mi reacción.

—Solo he bajado a comprobar que todo estaba bien —me defendí con rapidez—. Nada más.

—Todo está bien —respondió—. Ya puedes volver a lo que sea que anduvieras haciendo.

Crucé los brazos y por un momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de marcharme y así dejar de ser tan «pesada» con él. Pero una fuerza extraña me mantenía los pies clavados allí.

—¿Y tú? ¿Vas a volver al almacén? —insistí.

Se pasó las manos por la cara, como si la conversación le pesara más de lo que quería admitir.

—¿De verdad no te cansas?

—¿De ti? —reí irónicamente—. Créeme, estoy empezando a hacerlo.

—Por eso lo mejor es que me ignores —pidió—. Por tu salud mental. Ignórame. Haz como si no existiera.

—No pienso hacer eso.

—Joder, Sora. ¿No fue suficiente lo que pasó ayer?

Alzó la vista para mirarme y en sus ojos intuí que me estaba poniendo a prueba, midiendo cuánto tardaría en rendirme. Lo que más quería del mundo era que lo dejaran en paz, seguir encerrado en su propio desastre sin que nadie lo molestara demasiado.

Pues no pensaba ponérselo tan fácil. No iba a marcharme, aunque él se empeñara en echarme. Pese a que lo más sensato fuera salir de allí y dejarlo pudrirse en paz.

—¿Ayer? —pregunté, intentando adoptar una actitud más relajada—. ¿Te refieres a cuando fuiste un auténtico capullo conmigo?

«No me necesitas».

«Pesada».

«Doña Perfecta».

«No quiero conocerte».

—Tranquilo, llevas haciéndolo desde el primer día —continué mientras él apartaba la vista—, me voy acostumbrando. Y si ser tu saco de boxeo hace que te sientas mejor, adelante.

Iker sacudió la cabeza, con una sonrisa triste, y se incorporó un poco en la silla.

—A lo mejor no lo serías si no me hubieras tratado como un problema desde que llegué.

—¿Cuándo he hecho eso? —pregunté, alzando una ceja.

Juraba que no lo había hecho. Porque no lo había hecho, ¿verdad?

—Cada vez que me observas con esa cara —escupió, clavando los ojos en mí con intensidad.

Nunca nos habíamos mirado durante tanto tiempo, a tan escasa distancia. Sentía que la respiración se me entrecortaba un poco.

—Quizá eres tú el que se ve así —musité, tragando saliva—. Tal vez solo soy el espejo donde te reflejas.

Resopló y se puso en pie, dando un paso hacia mí.

—Sora, por favor, te lo ruego… ¿Te importaría dejarme solo? —suplicó con un tono mucho más educado.

—No —respondí—. Soy tu coordinadora.

Puso los brazos en jarra y después se llevó los dedos a la sien.

—Qué suerte la mía, ¿eh?

—Yo diría que sí.

Esbozó algo parecido a una sonrisa.

—¿Qué habré hecho en este mundo para ser tu favorito? —preguntó, irónico.

—Ser un auténtico capullo.

Para mi sorpresa, lanzó una risa ligera, que me dio un vuelco al corazón.

—¿Puedes dejar de decir palabrotas? —sugirió con un gesto más amable—. No te pega en absoluto.

—¿Por qué?

—Porque eres una niña buena —explicó, encogiéndose de hombros—. Las niñas buenas no dicen palabrotas.

«Capullo».

«Capullo».

«Capullo».

Quería gritarlo a los cuatro vientos. Me sentía bien al decirlo. Y no era pecado decir palabrotas, ¿verdad?

—Esta niña buena también tiene un vaso de paciencia que te estás empeñando en rebosar —dije.

Me observó con detenimiento. Y aunque dudó, acabó dando otro paso hacia mí.

—Y, sin embargo, aquí sigues —murmuró.

Me tensé, pero me obligué a mantener los pies quietos en la tierra.

—Tal vez estás acostumbrado a que la gente se pire en cuanto aprietas un poco —respondí—. Cuando te comportas como un capullo de manual. Pero conmigo no funciona así.

«Quizá me estoy pasando un poco con las palabrotas».

Dio otro paso, sin dejar de mirarme. Luego, en un tono más bajo, dijo:

—No quiero ser un capullo contigo, aunque no te lo creas.

Pronunció de una manera especial la palabra «capullo».

—Pues no lo seas —respondí, más rápido de lo que pretendía.

Él abrió la boca, pero la cerró al instante. Pensé que ojalá pudiera penetrar en sus pensamientos aunque fuera durante un minuto.

—Sé un adulto funcional y haz tus tareas —añadí, intentando volver al tema que estábamos debatiendo al principio—. Nadie te ha obligado a estar aquí. Y necesito que eches una mano.

—Tampoco diría que he venido por voluntad plena… —ironizó.

—Pues vete.

La firmeza con la que lo dije descolocó a Iker. Y a mí también.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó frunciendo el ceño.

No sabría responder realmente a eso. ¿Quería que se fuera? No. ¿Me gustaría que pusiera un poco de su parte? Desde luego. Pero no sabía si tenía fuerzas para sostener a alguien que estaba empeñado en seguir en caída libre.

—No quiero que te quedes en contra de tu «voluntad plena». —Dibujé unas comillas en el aire, connotando sus palabras—. Así que, si es lo que deseas, no voy a impedírtelo.

Por unos segundos, Iker dudó. En sus ojos pude ver cómo se debatía entre marcharse corriendo y volver a Madrid y quedarse allí conmigo y tragarse el orgullo.

—No puedo hacerle eso a Álvaro —concluyó con un suspiro exagerado—. ¿Por qué no le pides a él que te ayude? Te cae mejor que yo.

Sacudí la cabeza, totalmente sorprendida. ¿Eso eran celos?

—Álvaro está ocupado —respondí, ignorando el pinchazo del estómago—. Te necesito a ti.

Vi cómo algo cambiaba en su expresión, apenas un segundo, casi imperceptible. Como si aquella frase hubiera encontrado una grieta exacta por donde entrar. Y aunque esperaba que dijese algo de verdad, se limitó a sonreír. Después preguntó:

—¿Tu religión no te prohíbe mentir?

Entonces bajó la mirada un instante, apenas una milésima, a mis piernas. No sabía qué estaba haciendo, pero yo me arrepentí de no haberme puesto unos pantalones más largos ese día.

—Cuádriceps fuertes. Espalda firme. Postura estable… —Levantó la mirada—. Bailarina, ¿quizá?

Me quedé muda. Y peligrosamente consciente de mi propio cuerpo. ¿Cómo lo había sabido?

—No te hace falta mi ayuda —continuó. Esta vez su expresión parecía mucho más relajada y juguetona—. No eres una damisela en apuros. Te las arreglas sola sin problema.

Solté el aire, negando con la cabeza, y aún con el corazón latiéndome algo más rápido de lo que debería.

Durante un segundo pensé en seguir discutiendo, en quedarme allí hasta arrancarle un sí por puro agotamiento. Pero algo me dijo que quizá con Iker no funcionaba empujar, sino hacer justo lo contrario.

La jugada podía salir fatal, pero, aun así, decidí intentarlo.

—Lo que tú digas —repliqué, echando a andar—. Te espero en el almacén.

—Eres una cabezona, ¿lo sabías?

Alzó la voz para que le escuchase mejor y yo me giré mientras continuaba marcha atrás. Me encogí de hombros y le dediqué una sonrisa divertida.

—¿Jugamos a ver quién lo es más?

Entré en el almacén y dejé escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo, como si a través de mi respiración pudiera soltar todas las emociones que Iker empezaba a provocarme y que iban más allá de la frustración y la rabia.

Algo que, por primera vez, me dio un poco de vértigo.