Revolución 14. Iker #2
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14. Iker #2

—Hoy me ha escrito, por cierto —le informé al acordarme del mensaje que había visto de Valeria esa misma mañana—. Solo para preguntar qué tal iba todo.

—Bueno —respondió, ligeramente sorprendido—, pensaba que a estas alturas estaría camino hacia aquí, hecha una furia. Así que me doy con un canto en los dientes.

—Espera unos días, solo estamos a martes.

—¿Has conseguido hablar con ella? —preguntó Álvaro, mirándome de reojo.

—Javier me ha asegurado que me llamaría en un «segundo» —dije, señalando el móvil.

Y ambos sabíamos que, cuando eso ocurría, Javier no llamaba hasta pasados unos días. Pero Álvaro no iba a recordármelo.

Oímos unos pasos sobre la gravilla y Sora se plantó frente a nosotros, saludando alegremente. Llevaba el pelo aún mojado, como recién salida de la ducha, y ni rastro de maquillaje. Pensé que se veía especialmente guapa.

«También perfecta en eso».

—¡Sora! —Álvaro la saludó con entusiasmo, como si se conocieran de toda la vida. ¿Es que se había propuesto hacer todos los amigos posibles allí?—. Me parece muy fuerte que todavía no nos hayas bajado a la piscina, ¿eh?

Ella soltó una risa fácil, de esas que conmigo no le salían.

—Podéis bajar solitos —recalcó, alzando los hombros—. Además, es el único sitio donde yo no doy órdenes, solo el socorrista.

—Ah, por lo que reconoces que Iker y yo somos víctimas del sistema —dijo él, señalándome como si me delatara—. Nos tienes explotados. Necesitamos derechos laborales.

Sora volvió a reír y yo noté una punzada absurda. A Álvaro le seguía el juego y le hablaba como si fuera fácil estar con él. En cambio, conmigo parecía andar sorteando un campo de minas constantemente.

Aunque puede que me lo buscara yo solito.

—Siento interrumpir el momento de risas y paz, pero… —empezó—. Hoy nos tocaba descargar la furgo de comida. Acaba de llegar y necesito brazos fuertes.

Sus ojos se encontraron con los míos, pero yo retiré la mirada.

—Ah, mierda —chistó Álvaro, levantándose de forma apresurada—. Tienes razón. Se me ha ido la hora, vamos.

En ese momento, una notificación sonó y encendí la pantalla del teléfono.

No va a poder hablar hoy, lo siento.

Espero que estés bien

Durante un segundo, no entendí las palabras. Solo las leí una, dos, tres veces más.

Otra vez esa sensación insoportable de estar lejos cuando no debería estarlo, de no poder hacer nada, de no saber realmente qué estaba pasando al otro lado.

—¿Todo bien? —preguntó Álvaro, que estaría notando mi malestar.

Apreté el móvil entre las manos con tanta fuerza que incluso pensé que, o bien lo rompía, o bien acababa fracturándome la muñeca. Incluso preferí lo segundo.

—Vamos, Iker —insistió Sora, ajena a todo el drama de mi cabeza—. Nos vendrán bien tus manos. Te necesitamos.

Necesitarme. La palabra me golpeó en la boca del estómago.

¿De verdad alguien me necesitaba a mí? Álvaro podía hacer amigos en cualquier parte sin mover un dedo. Lola solo fingía interés para no sentirse culpable. Javier me veía como un problema legal. Y ella…, ella ni siquiera quería hablar conmigo.

—No me necesitas —dije, clavando la mirada con dureza en Sora—. Solo finges que sí para tenernos controlados a todos.

Lo solté sin filtros, pero ¿qué más daba? Daba igual si conseguía el certificado de horas. Daba igual si completaba el campamento. Daba igual si perdía el juicio contra Javier.

Daba igual todo. Al fin y al cabo, solo era un muerto en vida.

—¿Se puede saber qué mosca te ha picado? —preguntó Álvaro, alzando los brazos.

—La mosca de estar hasta los cojones de todo —respondí, sin apartar los ojos de Sora—. Sobre todo de este campamento de mierda.

Ella frunció el ceño, aguantándome la mirada, pero no pareció retroceder ante mis palabras.

—¿Estás bien, Iker? —preguntó ella, con un tono tan dulce que me chirrió—. Puedes contarnos lo que sea, seguro que podemos ayudarte.

Ahí estaba. Esa forma suya de hablar como si supiera exactamente lo que necesitaba. Como si pudiera arreglarme con suficiente paciencia, suficiente insistencia y un par de actividades grupales bien organizadas.

Porque ella era perfecta. Era correcta, era inquebrantable.

Nada parecía descolocarla lo suficiente como para romperla en mil pedazos.

Al contrario que yo, que tenía el dolor mal colocado y me quebraba con cualquier palabra.

Con cualquier mensaje. Con cualquier cosa que me recordara que ya no había nada en mi vida que mereciera la pena.

—No tienes que hacerlo todo solo —insistió, dando un paso hacia mí—. A veces dejar que alguien te ayude no te hace débil, sino fuerte.

Estaba empezando a cansarme de su complejo de salvadora.

—¿Y tú qué sabrás de eso? —solté, más brusco de lo necesario—. Si eres doña Perfecta.

—Tío, no le hables así.

—¡Deja de decirme lo que tengo que hacer! —exclamé.

—Lo siento, Sora —se apresuró a decir Álvaro, poniéndole una mano en el brazo—. Tú no tienes la culpa.

—Sí que la tiene —respondí, sin pensarlo—. Siempre con esa miradita, evaluando a los demás, decidiendo quién está demasiado roto para su campamento perfecto.

Esta vez fue su mandíbula la que se tensó.

—Yo no hago eso —dijo ella, ya sin la suavidad de antes—. No me conoces.

—Y no quiero conocerte —respondí—. Por si te quedaba alguna duda, pesada.

Entonces vi algo romperse en sus ojos y supe que había cruzado una línea. Ignoré el pinchazo de culpa, pero eché a andar para no decir nada más.

—¿Dónde vas, tío? —preguntó Álvaro, incrédulo.

—A perderme un rato —respondí ya lejos.

«A ver si así consigo encontrarme».