Revolución 14. Iker
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14. Iker

IKER

Un día más era un día menos.

Ese fue el mantra que me repetí durante el camino a la residencia. Era eso o admitir que el tiempo en aquel estúpido campamento se movía con una lentitud cruel, como si cada minuto se estirara a propósito. Sentía que llevaba una eternidad encerrado allí.

Entramos en el jardín exterior de la residencia, directos hacia la puerta principal. Todo estaba lleno de flores y el aroma resultaba reconfortante, pero no tanto como para calmar el corazón. Y es que la conversación con don Manuel seguía martilleándome la cabeza.

«Muerto en vida». Así me había llamado.

Y tanta razón llevaba que había huido despavorido hasta el punto de llevarme a Sora por delante. A partir de ese momento, había estado evitándola con todas mis fuerzas, pero su voz acabó alcanzándome justo cuando iba a cruzar las puertas de entrada.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

Frené en seco y me giré despacio hacia ella, no sin antes tomar una bocanada de aire.

—He estado pensando… —comenzó, algo dubitativa.

Se mordía el labio, visiblemente nerviosa. En ese instante, me golpeó la certeza de que no debía de ser nada fácil estar cerca de mí, ni mucho menos hablar conmigo. No había hecho otra cosa que comportarme como un imbécil con ella, pero tampoco sabía cómo dejar de serlo.

—… que quizá te sentirías más cómodo haciendo otro tipo de tarea en la residencia, como en el almacén, por ejemplo. Sé que el estar con personas mayores puede remover un poco.

—¿Crees que es eso lo que me pasa? —pregunté, algo incrédulo.

Sora se quedó en silencio. Supuse que se estaba debatiendo entre decir la verdad y decir lo correcto.

—Es solo si te apetece —aclaró—. Y si quieres volver con los mayores en cualquier momento, también puedes hacerlo.

Sopesé mis opciones. Solo necesitaba el maldito certificado de horas, así que daba igual si las hacía entreteniendo a una persona mayor o colocando cajas polvorientas.

—Al almacén —repetí despacio—. Mejor, así no molesto.

Aunque lo dije en voz alta, no iba dirigido a ella, sino más bien a mí mismo. En realidad, suponía un alivio poder estar solo. No molestar y no ser molestado.

—Iker, eso no es…

—Tranquila —le dije con una risa que intentaba parecer tranquilizadora, pero intuía que me había salido algo irónica—. Es lo mejor. No quiero convertirme en un problema para nadie.

—No eres un problema —dijo acercándose a mí y bajando un poco la voz—. Solo intento cuidarte.

«Cuidarme». Algo se me cerró en el estómago.

—No necesito que me cuiden —escupí, incapaz de suavizar el tono.

—Eso no lo decides tú.

Le sostuve la mirada. Una parte de mí intentaba descifrarla, entender si realmente Sora velaba por mí o si solo me había convertido en un reto personal. Aunque, por su expresión, notaba que empezaba a sacarla un poco de quicio.

—Bueno —sentencié al final—. Lo que tú digas.

Ella respiró hondo y me devolvió una sonrisa medida, de las que no buscan pelea.

—Rocío te ayudará —añadió ella.

—¿Cómo que Rocío?

La Chunga apareció en ese momento junto a nosotros como si la hubieran invocado. Camiseta horterísima de Beyoncé, aros más grandes que su cabeza y una expresión perpetua de pocos amigos.

—Venga, compi —me plantó una mano en el hombro, más fuerte de lo necesario—. ¡Va a ser genial!

¿Por qué el universo no podía echarme un cable de vez en cuando? Ese Dios estaba comenzando a caerme tremendamente mal.

Al cabo de un buen rato —y después de unas cuantas explicaciones por parte de Sora—, acabamos los dos solos en un almacén que era un auténtico desastre.

El suelo estaba tomado por cajas de cartón reblandecido, sacos de ropa húmeda abiertos y cachivaches sin sentido esparcidos por todas partes.

El polvo se levantaba a cada paso y el aire olía a humedad vieja y agria, de la que se te mete en la garganta y te provoca ganas de vomitar.

Me acerqué a la única ventana, pegada a una puerta de metal oxidada. Daba a un patio exterior donde asomaban un par de sillas de plástico bajo la copa de unos frondosos árboles.

Era una invitación demasiado tentadora.

—Bueno —dijo la Chunga, concentrada rebuscando en unas bolsas—. Yo puedo empezar a vaciar esta parte. Y tú puedes…

—Yo me encargo del jardín —respondí rápidamente.

—Vamos, que has decidido escaquearte —comentó, antes de soltar una risa sarcástica—. A la cárcel vas a venir tú a robar, chaval.

—En el jardín también hay trabajo —insistí—. Y si te molesta, ve en busca de Sora y se lo cuentas.

De repente, como si hubiera pulsado un botón invisible, la Chunga se levantó con agilidad. En dos zancadas, me tenía acorralado contra la pared, furiosa.

—¿Me estás acusando de ser una chivata?

Parecía que había tocado una fibra sensible. Y me di cuenta de que su mote le iba como anillo al dedo. Chunga, Chunga, Chunga.

—Puedes pegarme, si te hace sentir mejor —dije, tranquilo, casi educado—. De hecho, incluso te lo agradecería.

«Así quizá siento algo. Muerto en vida. Muerto en vida».

Ella frunció el ceño, confundida por un segundo, y aflojó el brazo.

—Estás como una cabra, tío —murmuró, volviendo de nuevo a donde estaba—. Ni siquiera sé para qué has venido al campamento.

Yo tampoco lo sabía, pero decidí que la Chunga se había ganado que memorizase su nombre.

Rocío sacudió la cabeza y regresó a su tarea, como si de repente yo hubiera dejado de existir. Así que abrí la puerta y salí al exterior, dispuesto a que pasaran las horas lo más rápido posible.

De vuelta en el campamento, estuve un buen rato aguantando el sol infernal de Cádiz, junto al poste de teléfono donde pillaba dos ligeras rayas de cobertura.

Después de haberle insistido toda la mañana desde el jardín de la residencia, el maldito Javier me había citado a esa hora, asegurándome que podría hablar con ella.

Sin embargo, había saltado el contestador, frío e impecable como él.

Lo había intentado varias veces hasta que recibí un mensaje suyo que decía: «Un segundo».

Anduve en círculos durante un rato, sin alejarme demasiado, y luego traté de entretenerme mirando el paisaje.

A lo lejos, varios campistas volvían de la piscina envueltos en toallas, riéndose como si aquel sitio no fuera una trampa con actividades programadas.

También probé a contar piedras, pero no duré demasiado.

Al final me senté en el suelo, ignorando el maldito albero, y me zambullí en el teléfono.

Abrí una aplicación detrás de otra, revisando notificaciones con la esperanza ridícula de que algo —lo que fuera— hiciera que el tiempo corriera más deprisa.

No tenía ni una mísera notificación interesante.

Como si el móvil también quisiera recordarme que el Iker popular, sociable y con la agenda llena había dejado de existir hacía mucho.

Solo destacaban un par de mensajes de la pesada de Valeria y otros de Lola, en los que me deseaba que el campamento me estuviera ayudando a «pensar», lo cual me parecía de una ironía cruel.

Aquel sitio no me estaba ayudando a pensar, sino a hundirme un poco más.

Me hacía sentir inútil y fuera de lugar, como una pieza equivocada en el puzle.

«Muerto en vida».

Abrí TikTok por inercia, buscando vídeos absurdos en bucle.

En la carrera había estudiado los efectos del móvil —el cortisol, la atención hecha trizas, la incapacidad de estar presente—, pero desde el accidente se había convertido en lo único que me entretenía sin exigirme nada.

Aunque, allí, la falta de cobertura había conseguido que hubiera vuelto a leer por primera vez en mucho tiempo.

Se me escapó una exhalación, casi una risa sin humor. Tal vez sí que era una «bendición», como decía Sora.

«Sora».

Qué chica más pedante y, a la vez, más curiosa.

¿Y si…?

Se me ocurrió buscarla en Instagram. Tenía el perfil privado, así que no pude obtener demasiada información.

En su foto de perfil, la intuía con un moño desenfadado y una sonrisa amplia.

Su bio era sencilla: Terapia ocupacional y cuatro emojis —unas zapatillas de ballet, una concha marina, una cruz y un corazón morado—.

Y casi mil seguidores, que me parecieron demasiados y me crisparon sin saber por qué.

Acto seguido busqué a Cris y, aunque tardé más de la cuenta, me alegró haber insistido. En su perfil, abierto y con más de diez mil seguidores, aparecía su amiga Sora un número alarmante de veces.

Me topé con un carrusel de varias fotos en las que Cris felicitaba a Sora por su veintiún cumpleaños.

Una foto de ambas muertas de risa con las mejillas rojas.

Otra con un premio plateado en la mano, ropa negra y purpurina en la cara.

Y otra más con Sora sentada en el suelo, con apuntes desperdigados y una sudadera que le quedaba gigante.

Sin embargo, si algo abundaba en el perfil de Cris, eran los vídeos bailando. Coreografías precisas, divertidas, grabadas en estudio o al aire libre, muchas a dúo con Sora. Así que no pude evitar detenerme en cada uno de ellos.

Su cuerpo se movía con ligereza y sonreía a la cámara de una manera que jamás le había visto. Había algo peligrosamente magnético que me hacía no poder apartar la vista y, al mismo tiempo, preguntarme cuántas versiones de ella existían que quizá nunca llegaría a conocer.

—Ese pantalón va a acabar naranja.

Álvaro llegó, sigiloso, a donde me encontraba y me pegó un susto de muerte.

—Jesús —protesté, sorprendido.

—De eso hay mucho aquí, sí. —Se sentó a mi lado y me dio un pequeño codazo a modo saludo—. Uh, cotilleando a las jefas. Déjame ver.

Puse los ojos en blanco, pero le pasé el móvil con el perfil de Cris aún abierto.

Álvaro hizo scroll sin pudor, deteniéndose aquí y allá. Abrió un par de publicaciones en las que Cris salía sola y se quedó un tiempo en una en concreto: un primer plano con el sol de frente, la cara bañada de luz y las pecas brillando más que nunca.

—¿Debo recordarte que tienes novia? —pregunté, sacudiendo la cabeza, y le quité el móvil de las manos.

—No, tranquilo —respondió, pasándose las manos por la nuca—. No se me olvida.