Revolución 13. Sora #2
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13. Sora #2

—No como castigo —aclaró Teresa enseguida—. Como cuidado. Para él y también para ti. Recuerda que a veces esto es ensayo y error. Puede que tampoco funcione, y no pasa nada.

—Hablaré con él y se lo comentaré, a ver qué me dice —anuncié—. Solo espero que no me mande a freír espárragos de nuevo.

Teresa soltó una risa y luego volvió a mirarme.

—Sé que esto te cuesta, amiga. —Frunció el ceño—. Pero debes recordar que, por mucho que nos esforcemos, a veces no podemos caer bien a todo el mundo.

Ella conocía muy bien ese afán mío de ser querida, perfecta, escogida.

Ese sitio donde daba igual lo que hiciera nunca parecía ser suficiente.

Donde mi opinión sobre mí misma siempre dependía de los demás.

Y quizá por eso Iker me afectaba tanto. No vivía su rechazo como una herida suya, sino como un fallo mío.

—Pero yo creo firmemente —sonrió Cris— que, si alguien es capaz de derretir un iceberg como Iker, esa eres tú.

—O me hunde como al Titanic —protesté con ironía.

—A veces Dios nos pone delante bloques de hielo gigantescos para que aprendamos a pisar despacio —continuó Teresa, en un tono más bajo—. Puede que Iker no vaya a convertirse en tu amigo, pero estoy segura de que te va a enseñar muchas cosas este verano. Paciencia.

Me dejó unos segundos con aquella palabra encima. Luego carraspeó, recuperó su brillo travieso y ladeó la cabeza.

—Por cierto, hablando de bloques de hielo. Llevo un par de días viendo que David te lleva el cafecito fresquito por las mañanas…

— Oh my God —se quejó Cris, tumbándose teatralmente sobre la mesa—. No quiero hablar del susodicho.

—Es que lo último que me habías contado es que habían roto otra vez, por eso me ha extrañado…

—Vale, basta —me quejé, aunque con tono divertido—. Que esto me provoca de nuevo ansiedad.

Sin duda, me encontraba más tranquila. Quería pensar que era la milagrosa infusión de Cris, pero, en realidad, sabía que eran mis amigas. Las amigas solucionaban casi cualquier cosa en esta vida.

—David está haciendo lo de siempre —contestó Cris por mí—. Intentar mostrar su mejor versión para que Sora vuelva a caer en su red.

—Puede ser, pero este verano le he visto distinto —comentó Teresa—. Como más aterrizado y maduro.

—Teresa, recuerda que somos del club antifans de David. —Cris fijó la mirada en ella—. Yo soy la presidenta y tú, la vice. No abandones este barco, ¿eh?

Puse los ojos en blanco, pero Teresa se lo estaba pasando divinamente.

—Quizá presento mi dimisión y me lanzo con un salvavidas —bromeó Teresa.

Volvió a mirarme, pero yo no sabía qué contestar.

En el fondo, era consciente de que Cris llevaba un poco de razón y que Teresa siempre intentaba ver lo bueno de todo el mundo.

Tal vez por eso funcionábamos tan bien: Cris nos aterrizaba, Teresa nos enfocaba la mirada en el cielo y yo intentaba encontrar un punto medio entre las dos.

—Teresa, tú es que no andas en el mundillo de las relaciones —le soltó Cris—, pero es de manual. Cuando se sienten solos o ven que te están perdiendo, fingen haber cambiado. Yo le veo igual que siempre.

—¿Y tú, Sora? —preguntó Teresa—. ¿Cómo le ves?

Me removí, incómoda.

—David podría escalar la torre más alta del mundo para declararme su amor y aun así no sería suficiente para vosotras dos —protesté, con esa necesidad casi automática de defenderlo, como si todavía le debiera algo.

Cris ladeó la cabeza, más seria.

—No necesito que escale torres. Solo que no salga corriendo cuando las cosas se ponen serias.

Touchée . No podía rebatir su argumento.

—No hemos vuelto —le aclaré a Teresa—. Solo estamos en esa fase rara de siempre de tira y afloja. No sé dónde acabaremos este verano.

—¿Dónde quieres acabar tú este verano? —preguntó Teresa.

Y esa era precisamente la pregunta que llevaba meses evitando.

Porque mis veranos siempre terminaban con él.

Pero aquel año había algo en mí —una punzada pequeña, incómoda— que comenzaba a desear un final distinto.

Y eso me aterraba porque una cosa era alejarme de David y otra, muy distinta, descubrir quién era yo sin el chico que me había querido cuando yo no sabía quererme.

—Espero que no diga en los brazos de David —respondió Cris por mí, al ver que yo no lo hacía— porque, si no, la que va a cumplir servicios sociales el año que viene voy a ser yo. Por asesinato.

Me sacó una sonrisa.

—Estás fatal —la acusé, sacándole la lengua.

—No, honey . —Cris señaló mi taza vacía—. Fatal estabas tú antes de la infusión. Gracias a tu amiga que se trae mil hierbas para recuperarte.

Eso era verdad. Me incliné sobre su hombro a modo de abrazo.

—Bueno, dejemos a Sora respirar —apuntó Teresa—. Hablemos de ti, Cris, ¿algún candidato para enamorarnos perdidamente este verano?

—Quizá el majísimo Álvaro —musité, divertida, guiñándole un ojo a Teresa.

—¿Qué dices? —reaccionó de forma apresurada—. No es mi tipo para nada. Aún sigo en fase de observación, sorry.

Tomó un sorbo de té mientras alzaba las cejas.

—¿Y tú, Teresa? —bromeó Cris, pasándole la pelota—. ¿Has encontrado ya el amor?

Teresa levantó la mano derecha y señaló la alianza dorada que llevaba puesta.

—Yo ya estoy casada —dijo—. Con Aquel que nunca falla.

Nos reímos las tres a carcajadas, de esas que te aflojan por dentro. Y así, entre infusiones tibias, risas compartidas y confidencias a media voz, la ansiedad fue retirándose despacio, como un mal sueño al que ya no le quedaba fuerza para asustarme.