13. Sora
SORA
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
—Toma, te ayudará a calmarte —dijo Cris mientras me daba una taza con un líquido de color amarillento.
Mis sentidos estaban más que despiertos. La boca totalmente seca, las manos agarrotadas , las palpitaciones saltando en mi pecho y una desagradable amenaza de náuseas.
Ni en cien mil vidas habría imaginado que el primer día iba a ser tan absolutamente fatídico. Tanto que estaba empezando a pensar que mi proyecto era una idea terrible.
—Cuéntame —dijo Teresa, que apoyaba la mano en la mía—. ¿Qué ha pasado?
Estábamos en una de las mesas del camino, pasadas las seis de la tarde, buscando un poco de privacidad. Cris se sentó a mi lado con su taza entre las manos. Teresa me miraba con preocupación.
—A ver por dónde empiezo… —musité.
Clavé la mirada en la infusión que Cris me había preparado, humeante y absurda para los casi cuarenta grados que hacían. Mi amiga era experta en infusiones milagrosas —melisa, lavanda o alguna pócima similar— y yo era mucho más de café, pero mi taquicardia probablemente agradecería la tregua.
—Hoy hemos estado en la residencia de mayores —comencé, ordenando mis pensamientos.
Entonces empecé a relatarle la jornada, o más bien, la serie de catastróficas desdichas. Un día en el que todo lo que podía ir mal había salido mal.
A media mañana, me encontré a Rocío en mitad del pasillo de la residencia llorando desconsolada porque echaba de menos a su abuela.
Al poco, escuché unos gritos en el salón.
Diego —con su mejor intención— había intentado levantar del asiento a un mayor, con tan mala suerte que había tropezado y provocado que se golpeara el hombro.
Más tarde, durante la comida, Nerea —en un afán de ser útil— había tirado una bandeja entera de platos con comida al suelo, un verdadero estropicio que tardamos un rato largo en limpiar.
Aunque, en realidad, sabía que el malestar se había despertado mucho antes.
A primera hora, cuando Iker me dejó plantada.
No pensaba mencionarlo todavía, porque sonaba ridículo incluso dentro de mi cabeza.
Que un chico que apenas me conocía hubiera conseguido hacerme sentir rechazada antes de las diez de la mañana decía bastante más de mí que de él.
Así que, llegadas las dos de la tarde, ya me había disculpado mil veces con sor Carmen. La mujer siempre había sido majísima, pero la mirada de duda, de no saber si aquel grupo —mi grupo— iba a ser capaz de estar una semana entera en la residencia, me había calado hondo.
Y así es como mi vieja amiga, la ansiedad, se había presentado como llegaba siempre: subiendo tanto el ruido de mi cabeza que me sentía incapaz de pensar con claridad. O de respirar lo suficiente.
Teresa asintió despacio, después de escucharme.
—Sí que ha sido un mal día, sí —reconoció, haciendo una mueca.
Solté un gemido de protesta y ella me miró con las cejas levantadas.
—Pero, si te sirve de consuelo —dijo—, hoy ya has gastado tu cupo de desgracias. A partir de aquí, solo puede ir a mejor.
Cris soltó un bufido divertido mientras Teresa me dedicaba una sonrisa cálida. Siempre sabía cómo quitar hierro al asunto.
—Vamos, Sora —me animó—. Todos los mayores están vivos, ¿verdad? Y los voluntarios también, ¿a que sí?
Yo asentí.
—Pues mientras no haya que lamentar víctimas, vamos bien.
Teresa se llevó la infusión cerca de los labios y sopló suavemente para enfriarla.
—De todos modos, querida amiga —continuó—, no me preocupa que todo vaya mal el primer día. Y seguro que a Mateo tampoco. Es lo normal. De hecho, creo que el grupo rojo también la ha liado un poco en el comedor social.
Debía de ser una persona horrible, pero aquello me hizo sentir bastante mejor.
—Me preocupa más tu ansiedad —prosiguió Teresa, encogiéndose de hombros—. Que no ha venido por algunas lágrimas derramadas o porque se hayan roto algunos platos, sino porque cuando algo sale mal o no como tú esperas, piensas que es exclusivamente culpa tuya. Y todo eso está aquí, en tu cabeza.
Me mordí el labio; no podía discutirle aquella afirmación. Mi cabeza se convertía a veces en mi peor enemiga.
—Además, no todo ha ido mal —añadió Cris, con voz suave—. Mira cómo se ha unido el grupo gracias a todas las liadas.
Aquello también era cierto. Si en el camino de ida Cris había tenido que empujar un poco la conversación, la vuelta fue otra historia. El ambiente seguía algo de capa caída por el día desastroso, sí, pero la unión empezaba a notarse en los gestos pequeños.
Ángela caminaba pegada a Rocío, consolándola en voz baja. Álvaro y Charlie iban a ambos lados de Diego, soltándole bromas para arrancarle una sonrisa. Juan se había puesto a la altura de Nerea y le daba algunos consejos de forma generosa.
—Y has aguantado fenomenal —prosiguió mi amiga.
Sonreí, con un nudo suave en el pecho, y me di cuenta del logro.
La ansiedad siempre me llegaba como una batalla.
Había días en los que conseguía atravesarla; otros, en cambio, se me iba completamente de las manos.
El pecho se me cerraba hasta doler, el aire dejaba de entrar bien y mi cabeza empezaba a llenarse de pensamientos tan rápidos y catastróficos que era incapaz de distinguir qué era real y qué no.
A veces terminaba llorando en el suelo del baño, temblando, sin consuelo alguno.
Y, aun así, hoy había conseguido mantenerla un poquito a raya. Al menos, hasta que llegué al campamento y pude dejar fluir mis emociones delante de mis amigas.
—Un mal día no es cuando todo se tuerce —comentó Teresa—. Es cuando no te sostiene nadie. Hoy se han sostenido, aunque haya sido dando tumbos.
—Y lo bueno del primer día es que no se repite —secundó Cris—. Mañana será más fácil. Ya lo verás.
Quería convencerme, aunque yo solo podía pensar en una cosa que había estado guardándome; en el nombre que me martilleaba la cabeza desde esa misma mañana. Finalmente, lo solté.
—Hay otro problema. Tenemos un rebelde sin causa en el grupo, y no sé muy bien qué hacer con él.
Teresa me miró con curiosidad, esperando a que le contara más.
—Iker. Él es…
Él era muchas cosas. Pero no sabía ni por dónde empezar a describirle. ¿Rebelde? ¿Roto? ¿Malhumorado a tiempo completo? ¿Persona imposible de gestionar?
—Básicamente, no quiere estar aquí —intervino Cris, sin rodeos, echándome un cable—. Ayer se pasó el día entero desaparecido porque se enfadó cuando se dio cuenta de que no había cobertura. ¡Como si no se hubiera avisado en las reuniones!
—Estoy casi segura de que viene del programa —añadí—. O sea…, ¿qué otro motivo habría para estar así? Con esa actitud, además.
—Aunque nuestra teoría cojea un poquito, porque ha venido con su amigo, Álvaro, que es majísimo —añadió Cris—. Y claro, eso nos descoloca. ¿No te parece raro que ambos estén cumpliendo servicios comunitarios?
—Ustedes dos son capaces de salvar el mundo juntas… o de esconder un cadáver juntas. Según necesidad. Así que no, no lo veo tan raro —señaló divertida Teresa.
—Ya, tienes razón —rio Cris—. Nosotras siempre en pack, como los zumos.
Sonreí. Ya me estaba comenzando a sentir mejor.
Entonces expliqué cómo aquella mañana Iker había vuelto a escabullirse.
En realidad, no tenía claro qué me había alterado más: si no saber dónde estaba o descubrir lo pendiente que había estado de encontrarlo.
Si era responsabilidad, autoexigencia, complejo de coordinadora helicóptero o algo que no encajaba con nada de eso.
Su rostro compungido cuando lo encontré frente a la capilla se me vino a la cabeza. Juraría que Iker estaba a punto de llorar en ese momento, pero no aparentaba ser de los que lloran. Parecía más bien el típico que rompería una pared a puñetazos para sentirse mejor.
Y ese detalle me resultó algo tan íntimo que me lo guardé para mí.
—¿Estaba en la capilla? —preguntó Teresa—. Eso es buena señal.
—No, no —negué, aunque también fue lo primero que pensé—. En realidad había salido de la biblioteca. Don Manuel me dijo que habían hablado un rato. Ah, y también que era un «muchacho especial».
Hice las comillas en el aire, puntualizando que fue algo literal, y que aquellas palabras no salían de mi boca. Por si las moscas.
—Don Manuel —murmuró Teresa—. Una leyenda, si me preguntas.
No le faltaba razón. No había nadie como él: cascarrabias y bondadoso a partes iguales.
—¿Y has intentado hablar con Iker? —preguntó Teresa.
—Varias veces —expliqué, tratando de recordar todas nuestras interacciones—, pero básicamente me ha mandado a la mierda. Sin miramientos.
Me llevé la mano a la sien. La ansiedad volvía a asomar, traicionera.
Teresa se recostó en el banco. Guardó silencio unos segundos, pensativa. Era una de las cosas que más me gustaban de ella: tenía una energía capaz de mover una montaña, pero nunca hablaba sin pensar. Solo era impulsiva para reírse de manera escandalosa.
—Recuerdo una chica que llegó aquí hace cinco años —dijo Teresa, con voz teatral, como quien contaba una historia muy antigua—. Nos mandó a todos a la mierda el primer día también. De hecho, si te acercabas, te mordía.
La fulminé con la mirada, pero me acabó asomando una sonrisa.
—Se viene sermón —rio Cris por lo bajo.
—Escucha, Sori. —Teresa pronunció el mote que me había puesto un tiempo atrás—. No sé si forma parte del programa o no, pero resulta evidente que es el que más ayuda necesita. Puede que el problema sea que quizá estés intentando ayudarle desde lo que tú harías…, no desde lo que él necesita.
—¿Y qué puede necesitar? —pregunté, agotada.
—¿Y si pruebas a darle otra tarea? Quizá más mecánica —sugirió Teresa—. ¿Hay algo que pueda hacer en la residencia?
—Está el almacén —comentó Cris, mirándome—. Justo esta mañana, sor Carmen nos ha dicho que andan hasta arriba de donaciones. Que necesitan manos para ordenar y clasificar.
Lo medité durante unos segundos y, en realidad, no me pareció tan mala idea.
—Podría resultar, sí —musité mientras asentía lentamente.