12. Iker #2
Y era verdad. Le había observado con detenimiento. Probablemente septuagenario. Marcha estable, sin arrastre. Buen color, piel sonrojada en las mejillas. Sin rastros de temblor o rigidez. Respiración pausada, lucidez plena.
—Estoy aquí porque estoy solo.
Lo dijo sin énfasis, como quien anuncia qué hay de comer o qué tiempo hace. Luego añadió, con la misma naturalidad con la que antes había hablado:
—Mi hija murió de cáncer con diez años. Mi mujer se suicidó poco después. No supo quedarse cuando el dolor se instaló en casa.
Se me tensó la mandíbula. El silencio se volvió tan espeso que sentía que me iba a ahogar en cualquier momento. No tenía ni la más repajolera idea de qué contestar a eso.
Supongo que algo parecido le sucedía a la gente cuando le contaba mi historia.
—Lo siento —susurré con un hilito de voz.
Y me sentí un imbécil al instante.
Aquella era la frase que más odiaba del mundo.
La que siempre llegaba acompañada de miradas compasivas, como si fuera un cachorrito en medio de la carretera, abandonado en plena lluvia.
La que, en realidad, significaba: «No sé qué hacer con tu dolor».
La frase que solo servía para limpiar tu conciencia, pero en nada ayudaba al que estaba sufriendo.
Y ahora acababa de salir de mi boca, torpe y pequeña, como si no supiera lo que era estar al otro lado.
—No me mire así —respondió don Manuel, sin dureza—. No se lo he dicho para que me tenga pena. Se lo he contado porque me ha preguntado.
Se hizo un silencio entre nosotros mientras yo buscaba formas de arreglar mi propia frase, mi propia mirada. Me dolía la garganta de tanto tragarme las palabras. ¿Qué me hubiera ayudado a mí? Ni siquiera lo sabía.
Don Manuel seguía observando el exterior a través de la ventana, como si buscara algo que ya no estaba.
—Y dígame, muchacho —continuó él, ajeno al nudo que se me había formado por dentro—. Imagino que está aquí con el grupito de voluntarios. ¿Cree usted en Dios?
Bufé levemente. El sonido salió antes de que pudiera frenarlo.
—No.
—¿Tan seguro está?
Intenté medir mis palabras. No quería sonar ofensivo.
—Me cuesta entender que haya un hada madrina decidiendo quién vive y quién no —respondí—. Quién se queda y quién se va.
Un Dios al que recé hasta quedarme sin voz y que no contestó. Un Dios que no apareció cuando más lo necesitaba. Un Dios que me dejó vivo, como si vivir después de aquello no fuera también una condena.
Por supuesto que no creía.
—Yo tampoco lo entiendo —dijo él.
—¿Entonces? —pregunté, con curiosa sinceridad—. ¿No cree?
Asintió excesivamente despacio, asimilando mi pregunta.
—No creer tampoco me devolvió a mis seres queridos —respondió, encogiendo los hombros.
Me quedé inmóvil ante aquella respuesta, sin saber cómo interpretarla. No era un sí, pero tampoco parecía un no. Sonaba más bien a alguien que había dejado de pelearse con la pregunta.
—Algún día le preguntaré el porqué. Pronto —añadió, con una sonrisa triste—. Antes que usted, seguro.
Sacudió los hombros en una risa ligera. Yo me pasé la lengua por los labios secos, arrepintiéndome de haber tomado la segunda puerta hacia la biblioteca. ¿Hubiera sido mejor la capilla? Tal vez allí sí que habría estado solo, verdaderamente solo.
—Es interesante —murmuró él, al cabo de unos minutos en silencio.
Alcé la vista y me encontré con sus arrugados ojos, que me observaban con intensidad, como quien estudia un animal en un zoológico.
—Ya sé lo que le ha pasado. El porqué de su cara —afirmó con seguridad—. Hay pérdidas que dejan una huella imborrable en nuestra mirada. Y usted tiene esa marca.
Tensé los hombros y tragué saliva con dificultad.
—El dolor se reconoce —continuó—. Y el suyo… es reciente. Y está mal colocado.
—¿Mal colocado?
—Sí. —Alzó una ceja—. Hay quien se permite sentirlo para sanarlo. Y hay quien lo esconde tras el enfado.
Apreté los puños despacio, clavándome las uñas en la palma hasta sentir ese dolor pequeño y ridículo que, al menos, podía controlar.
—Con todo el respeto, don Manuel, usted no sabe nada de mí.
Él me dedicó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—No le conozco, no. Pero sí conozco ese sentimiento —dijo—. De que sobras en el mundo. De pensar que ya no queda nada que hacer. La culpa que se te mete dentro y te va comiendo. Y el castigo de seguir aquí cuando otros ya no. Un muerto en vida.
Justo en el clavo.
Con tan solo mirarme, parecía que aquel hombre había descubierto la verdad más profunda que guardaba. Incluso había puesto en palabras algo que yo mismo era incapaz de definir del todo. Pero escucharlo en voz alta lo volvió insoportablemente real.
«Un muerto en vida».
Noté el ardor detrás de los ojos, esa presión traicionera que anuncia agua. Tragué saliva, clavé la mirada en algún punto cualquiera de la estantería y apreté los labios, como si así pudiera sujetarlo todo por dentro.
—Será mejor que me vaya —solté de golpe.
Salí de la biblioteca sin esperar respuesta, con el pulso desbocado, a punto de romperme. Y ocurrió lo peor que podía suceder.
Tras avanzar un par de pasos por el pasillo, me tropecé con Sora. Nuestros ojos se encontraron y no sé qué vio en mi cara, porque entreabrió los labios, sorprendida.
—¿Estás b…?
—Déjame en paz de una vez, joder.
Menos mal que me giré a tiempo, porque una lágrima se deslizó por mi mejilla.