Revolución 12. Iker
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12. Iker

IKER

Un olor a flores frescas me golpeó nada más entrar en la residencia.

Me detuve un segundo, algo desconcertado.

Esperaba más bien una mezcla rancia de toallitas, pis y desinfectante barato.

Pero aquel olor agradable a rosas me recordó a las tardes en que visitaba a mi abuela en su casa, siendo yo un adolescente.

Nunca supe si fue durante aquellos días cuando comencé a plantearme estudiar Medicina.

Para ser útil, para ayudar a los demás, para que el dolor de alguien pesara un poco menos.

Por desgracia, ese Iker se había quedado en la carretera, atrapado entre metal retorcido y sangre derramada. Además, ya no tenía abuelos ni apenas familia. Así que aquel sitio me recordaba lo terriblemente solo que estaba.

«Maldito Javier».

Una religiosa con hábito de color gris oscuro salió a nuestro encuentro en el recibidor y saludó a Sora y Cris con un cariño de quienes ya se conocían. Era muy bajita y, sin embargo, llenaba el espacio con su energía jovial. Nos dio la bienvenida y nos dijo que se llamaba sor Carmen.

La seguimos por el pasillo mientras daba normas e indicaciones que seguramente debería estar escuchando, pero mi atención se desvió hacia las paredes.

Tonos beige y cálidos, cuadros coloridos colgados sin demasiado orden, muebles viejos de roble y fotos.

Muchas fotos de ancianos, mirándote desde marcos distintos y en diversas actividades.

—Cada mayor es diferente y único —prosiguió sor Carmen, que abrió una puerta doble—. Los iréis conociendo poco a poco.

Entramos a una sala amplia con sillones esparcidos alrededor de una televisión encendida.

En ellos, algunos ancianos dormitaban, mientras que otros mantenían conversaciones lentas, que parecían repetirse como un disco rayado.

Justo detrás se abría una franja de mesas y estanterías.

De allí llegaban el golpeteo de las fichas y un «te comí» cantado con satisfacción.

—Hola —saludó la Gafas al grupo, entusiasmada y vergonzosa a partes iguales.

Algunos mayores respondieron con un gesto, una sonrisa desdentada o un «hola» casi inaudible. Otros no reaccionaron en absoluto. Miraban al frente, a la televisión, a ningún sitio en concreto. Cuerpos presentes, miradas ausentes; un poco como yo.

—¡Mirad quiénes han venido! —intervino sor Carmen, con entusiasmo sincero—. Son nuestros voluntarios. Estarán con nosotros esta semana. Podéis charlar con ellos, pedirles que os den un paseo o retarlos a una partida de parchís.

Sor Carmen se volvió hacia nosotros con expresión divertida y advirtió:

—Cuidado, no tienen piedad.

Uno de ellos se incorporó tan rápido como pudo, agarró su andador sonriendo y tomó del brazo a Álvaro para que lo acompañara fuera. Él parpadeó, sorprendido, pero aceptó la invitación.

—Parece que Julián ya ha elegido voluntario —comentó Cris, risueña, mientras los veíamos salir por la puerta.

Perfecta manera de empezar el día. Mi amigo me había abandonado ahí dentro. ¿Qué podía salir mal?

Los ojos se me fueron a Sora, que estaba completamente calmada y sonriente. Parecía que aquel lugar, que hubiera espantado a cualquiera, a ella ni siquiera la intimidaba. Doña perfecta.

Y a ese pensamiento le siguió una punzada de culpa.

Sabía que había sido un idiota con ella un rato antes, pero tampoco podía fingir interés ni entusiasmo por la conversación. No estaba allí para hacer amigos, solo para conseguir un maldito papel de horas. Además, no quería abrir ninguna puerta a nada ni a nadie, y menos a una chica.

«Menos a una chica como ella».

Mientras me perdía en mis pensamientos, todos parecieron ubicarse, como si tuvieran lugares asignados y a mí no me hubieran avisado. Cuando quise darme cuenta, me quedé solo, plantado frente al salón.

Sora sostuvo mi mirada unos segundos y sentí una necesidad absurda de descifrar qué demonios pasaba por aquellos ojos oscuros. Finalmente pareció rendirse y echó a andar hacia el fondo de la habitación, donde una mujer descansaba en su silla de ruedas.

«¿Y ahora qué?».

Me sentí como un elefante en una cacharrería.

No sabía dónde poner las manos, ni el cuerpo, ni la mirada, así que, aprovechando que todos estaban ocupados, salí de la habitación.

Eché a andar por los pasillos sin rumbo, solo para no quedarme quieto.

Y quién sabe, puede que con suerte encontrara un refugio para esconderme durante toda la mañana.

Al parecer, aquello era lo que sabía hacer mejor.

Tras un tiempo deambulando sin rumbo, atravesé un largo pasillo sin salida y me encontré con dos puertas, como si el cielo me estuviera ofreciendo una elección.

A la izquierda, capilla. A la derecha, biblioteca.

Ni me lo pensé. Empujé la segunda puerta.

La biblioteca me sorprendió gratamente. Esperaba una sala olvidada con libros antiquísimos, pero lo que encontré fue un espacio limpio, cuidado, casi solemne.

Estanterías altas cubrían todas las paredes, cargadas de volúmenes bien alineados, muchos de ellos en cuero oscuro.

En el centro se situaba una mesa grande con varias sillas.

Y bajo la ventana, dos sillones gastados de color anaranjado.

Lo mejor era que estaba solo.

Y si Sora preguntaba, podría decir que había pasado toda la mañana leyendo un libro a un pobre anciano que no veía bien. Incluso podría inventarme algún nombre. Joaquín. Francisco. Fulgencio. Seguro que no conocía a todos; era imposible. Y eso debería bastar para mi certificado de horas.

Recorrí con la mirada todas las estanterías y tomé al azar un libro que me llamó la atención: La noche oscura . Abrí una página cualquiera y leí dos líneas sin entenderlas demasiado. Era un castellano antiguo que hablaba de oscuridad, búsqueda y silencios.

La puerta se abrió de golpe y yo me sobresalté como si me hubieran pillado cometiendo un crimen.

Entró un hombre mayor, demasiado bien vestido para aquel sitio.

Caminaba erguido, apoyado en un bastón con remate dorado.

Se quedó quieto al verme y alzó una ceja con una expresión extraña, como si acabara de encontrarse con un fantasma.

—¿Qué hace usted aquí? —me preguntó.

De repente, sentí que el libro pesaba una tonelada en mis manos. Lo devolví a la estantería demasiado deprisa.

—Y-yo… solo… estaba… —balbuceé—. Solo estaba mirando.

—Pues, a juzgar por esa cara —dijo, avanzando hacia el fondo de la sala—, podría parecer más bien que está robando o algo similar.

Como si lo tuviera calculado, alargó la mano hacia la sección donde yo había visto un cartel de HISTORIA , sacó un libro al azar y dejó el bastón apoyado con cuidado. Luego se sentó en el sillón.

—¿Buscaba algo? —preguntó, sin abrir aún el libro.

—En realidad… no.

—Ah. Entonces solo se estaba escondiendo. Buen sitio. Yo también lo hago.

Me guiñó un ojo y sonrió, como si de pronto compartiéramos una broma privada. Esperé unos segundos, por si abría el libro y me daba margen para escabullirme, pero me sostuvo la mirada y añadió:

—Me llamo don Manuel.

No tenía escapatoria por el momento.

—«Don» —repetí, casi murmurando—. Suena importante.

—Importante no. Viejo.

Se le escapó una leve risa, y hasta el sonido me pareció elegante. Parecía de esa clase de hombre que ha vivido en una gran casa con chimenea y se ha pasado las tardes fumando puros y leyendo clásicos.

—Soy Iker —respondí tras unos segundos de silencio, por educación.

—Ya lo sé.

—¿Ah, sí? —pregunté, desconcertado y casi temiendo lo peor.

—Tiene usted cara de llamarse Iker —dijo, ladeando un poco la cabeza.

Fruncí el ceño. ¿Me estaba vacilando un señor mayor?

—¿Cuántos años tiene? —preguntó, repasándome de arriba abajo sin ningún tipo de pudor.

—Veintitrés.

—Demasiado joven para esa cara de pepinillo en vinagre —sentenció—. ¿Qué le ha pasado?

Aquel hombre no era amable, pero sinceridad no le faltaba. Era como estar viéndome a mí mismo en unos años.

—No tengo cara de pepinillo en vinagre —protesté con más seguridad de la que sentía.

—¿Ha suspendido el examen de selectividad? ¿Ha dormido mal esta noche? ¿Se ha quedado sin amigos? ¿La ropa que quería ponerse hoy no le quedaba bien?

Silencio. Ni siquiera se había acercado.

—O no, espere… —Sonrió de lado—. Se ha enamorado de una chica que no le corresponde. Un clásico. Eso sí que podría explicar su cara.

Me crucé de brazos mientras cambiaba el peso a otra pierna. Una parte de mi cerebro estaba buscando activamente una excusa para poder irme.

—Frío, frío —respondí, negando con la cabeza.

—Venga, ¿no va a darme usted una pista de por qué esa cara de funeral?

Al parecer me había convertido en su nueva distracción del día.

—Es usted un hombre de pocas palabras —murmuró don Manuel, al ver que no decía nada.

—¿No hay un dicho que asegura que es mejor no romper el silencio si no vas a mejorarlo? —repliqué, intentando sonar ligero—. Pues eso.

—Bueno, al menos dígame por qué está aquí. Pasando unos días calurosos de verano con ancianos que tienen fecha de caducidad. ¿No tenía otro plan mejor?

Hice una mueca involuntaria.

—Mejor que no lo sepa —musité—. Se llevaría una mala impresión.

—Ya tengo mala impresión de la gente que no disfruta de la vida.

Me miró de reojo, como esperando que me diera por aludido. Y para mi pesar, me di.

—No me pasa nada —me defendí—. Es solo que no me gustan estos sitios.

—¿Las bibliotecas?

Soltó una risa entre dientes. Por supuesto que no me refería a la biblioteca.

—Ah, se refiere a las residencias —añadió sonriendo—. Ya, a mí tampoco me entusiasman. Y eso que llevo más tiempo aquí que usted.

—Y si no le entusiasman, ¿por qué está aquí?

Mi lengua trabajó más rápido que la cabeza y me arrepentí al segundo. Casi pude escuchar la vocecita de Sora advirtiéndome de que eso no se preguntaba.

—Quiero decir… —aclaré, intentando suavizar mi pregunta— no parece demasiado mayor. Ni demasiado enfermo.