11. Sora
SORA
Libreta, agua, acreditaciones, teléfono cargado, batería portátil, pilas de repuesto, monedero, neceser con medicamentos, rosario. Todo listo.
Me colgué la mochila al hombro y, junto a Cris, me encaminé hacia la puerta de la finca para salir todos juntos hasta nuestros destinos. Cada grupo tenía una misión fijada esa semana; la nuestra sería la residencia de ancianos.
El patio fue llenándose poco a poco. Gente entrando a solas o en grupo, mochilas chocando, botellas rodando por el suelo. Se oían risas, saludos tardíos, un «¿dónde está mi grupo?» repetido tres veces. Era el primer día y todavía nos estábamos ubicando.
Los primeros de los nuestros en llegar fueron Juan y Ángela, de la mano, con una naturalidad que desarmaba. Y, sin querer, sentí una punzada de envidia honda y silenciosa.
Minutos después, aparecieron Charlie y Diego. El primero caminaba a su lado con calma, hablándole en voz baja, como si le diera un sermón que, sorprendentemente, Diego escuchaba en silencio. Nerea, Rocío y Marta llegaron después, cada una por su cuenta.
Los últimos en presentarse, para sorpresa de nadie, fueron Álvaro e Iker.
El primero apareció casi trotando, con esa energía de quien llega tarde, lo sabe y no le gusta. Levantó una mano a modo de saludo y se disculpó por el retraso, con una amplia sonrisa.
Iker venía unos pasos por detrás, sin prisa, con cara de póquer y la mirada en un punto indeterminado, como si todavía no hubiera aterrizado del todo.
Me fijé en su camiseta: estaba llena de arrugas, hecha un completo higo.
Parecía que se la había puesto recién sacada de la maleta, sin pensarlo dos veces.
Para entonces, algunos grupos ya habían salido; otros apuraban las últimas instrucciones, y el de David empezaba a encaminarse hacia la puerta.
Busqué a mi hermana con la mirada entre el corrillo en movimiento.
Llevaba el pelo recogido y la mochila naranja a la espalda.
Sabía que el campamento —sobre todo el primer año— podía remover intensamente por dentro.
Yo me moría por ser su refugio, pero estaba aprendiendo a dejarle espacio.
Solo me acercaba por las mañanas para darle un beso rápido, que ella siempre me devolvía con un gruñido.
Y pese a todo lo ocurrido entre David y yo, tenía claro que la estaba cuidando.
—Adiós, bichito —bromeó Cris, que saludó a Min-ji cuando pasaba por nuestro lado, con el apelativo con el que mi padre se dirigía a mi hermana desde pequeña.
Ella respondió con una mirada asesina.
—Pásalo bien —me despedí yo, intentando sonar casual. Ni muy hermana ni muy coordinadora.
—No os conozco —soltó ella sin frenar el paso y siguió caminando.
David la siguió, sonriendo, pero me dedicó un guiño rápido e imperceptible, que hizo que me tensara ligeramente.
—Tu hermana parece más coreana que tú —soltó Rocío sin darle importancia, como quien comenta el tiempo.
Y, acto seguido, cambió de tema. Pero yo me tensé aún más, hasta el punto de sentir que la boca se me secaba por completo.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
Rocío había tocado un punto que todavía escocía, pese a los años de terapia, pese a todo el trabajo de reconstruirme por dentro. Una herida vieja que no sangraba, pero dolía en cuanto alguien la rozaba sin darme cuenta.
Durante mucho tiempo crecí sintiéndome fuera de lugar.
Demasiado «otra» para unos, nunca del todo para otros.
Sin parecerme a nadie de mi entorno. Tragándome comentarios como ese —u otros peores— y tropezando a veces con palabras en mi propio idioma, como si incluso la lengua quisiera recordarme que no terminaba de encajar.
Levanté la mirada y me encontré con la de Iker. Inescrutable. No sabía si me observaba con rechazo, con curiosidad o con una rabia contenida. Como si yo fuera la mismísima culpable de haberlo arrastrado hasta allí.
—¿Estamos todos? —pregunté, más para anclarme al momento que por control.
El grupo se acercó y formó un semicírculo irregular. Todos menos Iker, que se quedó unos pasos atrás; parecía que la cosa no fuera con él.
—Vale, os cuento —empecé—. Hoy, y durante toda esta semana, vamos a la residencia Santa Isabel, y queremos recordaros algo importante: no es un sitio fácil. Habrá situaciones que puedan frustrarnos o descolocarnos.
Algunos descendieron la vista al suelo, asustados ante tal responsabilidad. Otros se miraron entre sí.
—Pero hoy, en concreto, no toca hacer grandes cosas —dije—. Centrémonos en que nos conozcan y en conocerlos a ellos.
Busqué a Iker casi sin querer. Me observaba desde su esquina con una expresión indescifrable, como si estuviera evaluando algo más que mis palabras.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
—Si en algún momento os sentís desbordados, no dudéis en buscarnos —añadí, procurando tranquilizarlos a ellos. Y a mí—. Esto no va de aguantar ni de quedar bien. Va de estar de verdad. Con nuestros dones, pero también reconociendo nuestros límites.
—Venga, señores, manos al centro —dijo Cris, mi persona vitamina.
Sonrió, abrió los brazos y juntó a todos con un gesto rápido y decidido. Luego puso la mano en el centro. Una a una, las demás se fueron uniendo. Diferentes, pero todas dispuestas a abrirse para servir.
Bueno, todas menos la de Iker.
—Vamos, tío —le instó Álvaro.
Le tiró de la camiseta con confianza. Iker apretó los labios en una línea fina, terca, y volvió a mirarme mientras colocaba la mano en el centro, sin un ápice de alegría. ¿Podría conseguir que de verdad se sintiera parte de nosotros en algún momento?
—Y recordad: pequeños gestos de amor —dije, asintiendo decidida—. Ese es nuestro lema.
—¡A por todas, equipo morado! —exclamó Cris, y todos levantaron las manos con júbilo.
Estábamos listos para comenzar la experiencia.
La residencia quedaba a veinticinco minutos a pie, por un camino agradable hacia el pueblo.
El calor empezaba a apretar, pero los árboles nos regalaban sombra a ratos y alguna brisa que se agradecía.
El problema sería, como siempre, la vuelta: el sol en el cogote, la camiseta pegada a la espalda, las piernas pesadas y la sensación de llegar reventados.
El grupo fue conversando a trompicones, animados en parte por Cris.
—Vale, regla número uno de la residencia —dijo, alzando un dedo—: si te preguntan tu nombre tres veces seguidas, no es que no te hayan escuchado. Es que te están eligiendo.
Hubo alguna risa nerviosa. Y, poco a poco, el silencio se fue aflojando.
Era bonito ver cómo los novatos escuchaban a los veteranos, cómo iban cayendo consejos prácticos —qué no prometer, cómo sentarte, cuándo callarte— mezclados con historias humanas, no heroicas. Gracias a eso, los lazos se estrechaban. Y si el grupo estaba unido, el trabajo saldría mejor.
El problema era que contábamos con un rebelde sin causa dentro del grupo. Alguien capaz de echarlo todo por tierra.
Iker había estado desaparecido durante el domingo entero, desde que se dio cuenta de que no iba a tener cobertura mientras estuviéramos en la finca.
Entendía que mi generación vivía pegada al teléfono, pero su reacción me había parecido exagerada.
Así que pasé el día entero dándole vueltas, buscando explicaciones que encajaran mejor con lo que había visto.
¿Una abuela enferma? ¿Una novia a la que amaba demasiado?
¿Una llamada de trabajo que no podía perderse?
Álvaro nos había pedido que tuviéramos paciencia con él, que estaba «enfrentando algunos temas difíciles». Aquello, lejos de tranquilizarme, avivó todavía más mi curiosidad.
Cada vez que lo miraba, mostraba su cara de pocos amigos. Y aunque llevábamos menos de veinticuatro horas juntos, ya se habían producido varios momentos incómodos por su culpa que habían incluido comentarios ácidos, silencios tensos y miradas impenetrables que cortaban el ambiente.
Y lo peor era que si algo veía claro —aunque no tuviera ninguna prueba—, era que Iker formaba parte del Programa Lev, así que todo se complicaba.
Porque, si resultaba cierto y no conseguía integrarse —o, peor aún, si acababa liándola de verdad—, la credibilidad del programa piloto se iría al garete. Y con ella, todo por lo que había trabajado.
En mi cabeza no dejaba de golpear ese refrán de las manzanas podridas que terminan estropeando las demás. Y eso era justo lo que no podía permitirme pensar, porque iba contra todo en lo que creía.
Entonces, como tantas otras veces, la voz de mi madre se coló por una rendija de mi conciencia y me susurró: «Hay personas que no encajan porque quizá vienen demasiado rotas, no porque sobren». «La luz de Dios siempre se cuela por las grietas».
Quise aferrarme a esa idea: Iker no sobraba, solo tenía grietas. Y no necesitaban médico los sanos, sino precisamente los que estaban enfermos.
En ese momento lo busqué con la mirada. Caminaba al final del grupo, a un par de metros de distancia, con las manos hundidas en los bolsillos y la vista clavada en el suelo, como si incluso el paisaje de postal le molestara.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
Si quería que aquello saliera bien, tal vez debía empezar por mí.
No bastaba con organizar actividades, repartir tareas y confiar en que el campamento hiciera su magia.
Iker no iba a integrarse solo porque alguien se lo pidiera.
Conseguir que bajara un poco la guardia también formaba parte de mi responsabilidad.
Y, aunque me costara admitirlo, de mi investigación.
Así que no podía limitarme a observar desde lejos. Tenía que acercarme, aunque solo fuera para intentar hablar con él con un poco más de calma, lejos del ruido del grupo y de las miradas de los demás.
«No sobra. Solo está roto, Sora».
Me paré en seco y dejé que el grupo me sobrepasara. Iker notó mi presencia y él mismo se detuvo, con los ojos abiertos. Miró de reojo hacia atrás, comprobando si yo esperaba a alguien más.
Pero no. Le esperaba a él, para su sorpresa y su desgracia.
Tragó saliva y continuó andando, algo más rápido. Su estrategia pasaba por ignorarme, sin lugar a dudas. Pero si algo había aprendido en los últimos años de mi vida era a ser terca como una mula.
—Hola —saludé, colocándome a su altura.
—Hola —me respondió como quien saluda a alguien en un ascensor.
—¿Qué tal? —probé.
—Bien.
Vale. Iba a ser más difícil de lo que pensaba.
Medité durante unos momentos. No se me daba mal hablar con la gente, pero con Iker sentía que estaba caminando sobre un lago helado; cualquier paso en falso me haría caer en aguas profundas.
—Oye, qué casualidad que, siendo de Madrid los dos, nunca hayamos coincidido.
Intenté buscar un tema neutro, porque ¿de qué podía hablar con aquel chico?
—Madrid es enorme —soltó, sin una sombra de emoción.
—Ya… —respondí. No sabía muy bien qué hacer con las manos e, instintivamente, me toqué el colgante—. Tu zona es universitaria, ¿no? ¿Estás en la uni?
—Estaba.
La palabra cayó pesada entre los dos. Iker parecía ser un muro infranqueable que no admitía preguntas, al menos por el momento.
«Pero todo muro tiene alguna grieta, ¿no? Y es justo por ahí donde entra la luz».
Puede que solo fuera tímido, o tuviera algún trastorno, o le faltasen habilidades sociales. Debía tener un poco más de paciencia y misericordia.
—Yo estudio Terapia ocupacional —continué, aunque claramente él no me había preguntado. Y seguro que estaba pensando precisamente eso—. En septiembre empiezo ya mi último año.
No lo cursaría en Madrid, pero no creía que a Iker le importase demasiado, así que omití ese detalle.
—Me encantaría hacer un máster y luego doctorarme —dije, midiendo mis palabras para no sonar demasiado intensa—. Al final, se trata de mejorar la vida de otros. De darles un propósito.
Otra vez silencio. Aunque al menos capté una ligera mirada de reojo. ¿Quizá un primer paso?
Antes de que la incomodidad me obligara a tragarme las palabras y a arrepentirme de haber abierto la boca, señalé hacia delante con la barbilla. Álvaro iba hablando con Cris, gesticulando entre risas. Se los veía cómodos.
—Álvaro parece muy buen chico —comenté, cambiando de terreno, por si así se sentía más confiado—. ¿Sois amigos desde hace mucho?
Iker tardó un par de pasos en responder. Tal vez estaba decidiendo si merecía la pena gastar aire conmigo.
—Desde críos.
—Se nota —dije, sonriendo un poco, sin mirarlo demasiado para no intimidarle—. Tenéis ese rollo de nos hemos conocido en todas las versiones y seguimos aquí.
Reí ligeramente, pero él no.
—Un poco como Cris y yo —continué—. No nos conocemos desde crías, pero sí que hemos vivido…
—Sora.
Frenó en seco. Mi nombre en sus labios me provocó una sensación extraña. Como un pinchazo en el estómago que no sabría identificar si se trataba de alfileres o mariposas.
—¿Te importaría dejarme solo? —me pidió, mirándome de una manera intensa.
Su voz no estaba alterada ni su compostura era agresiva. Sonaba cansado, extremadamente cansado. Como si llevase luchando contra sí mismo demasiado tiempo.
—He dormido una mierda, he comido una mierda…
Tomó aire antes de continuar.
—No estoy de humor para fingir que tengo ganas de hablar contigo —soltó, sonando más duro de lo que quizá él pretendía.
La punzada fue inmediata, limpia, como una aguja entrando justo donde más dolía. Me quedé clavada allí, con el corazón latiéndome demasiado rápido y la boca llena de saliva que no conseguía tragar.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
Tal vez me había vuelto a pasar de intensidad. Demasiada energía, demasiadas preguntas, demasiada yo. Ese nudo en el pecho que se acababa de formar no era nuevo; lo conocía bien. Era la misma voz antigua que siempre me perseguía, pero disfrazada con palabras nuevas.
Levanté la barbilla, procurando mantener la compostura; no iba a dejar que los pensamientos me dominasen. Y menos por un desconocido como Iker.
—Siento haberte molestado —dije con calma—. Solo intentaba ser amable.
Eché a andar camino abajo. Detrás de mí, escuché cómo Iker pronunciaba mi nombre, tal vez dispuesto a añadir algo más, pero no lo hizo. O puede que sí, no lo sé; yo ya me había ido.
Quizá algunos muros sí que eran totalmente infranqueables.