Revolución 10. Iker #2
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10. Iker #2

Álvaro frenó el paso y se giró hacia mí. Me miró unos segundos, en silencio, como si estuviera ordenando algo importante en la cabeza.

—Quizá no eres el único que necesita reflexionar sobre algunas cosas este mes.

Se encogió de hombros, restándole importancia, y no añadió nada más. Álvaro siempre había sido así: primero ordenaba el caos en su cabeza y solo después, si acaso, lo compartía en voz alta.

—De todos modos —continuó—, creo que deberías darle una oportunidad al grupo. Ayer nos reímos muchísimo después de cenar. Sora y Cris me contaron…

—No quiero saberlo —le corté bruscamente, pero enseguida me arrepentí—. Perdona. Es solo que prefiero no implicarme más de lo necesario. Por cierto, gracias por el libro.

Él me observó por unos momentos. Después asintió y me ofreció el puño para que lo chocase en un gesto cómplice que solíamos tener. Lo hice, y la tensión entre los dos se deshizo sin necesidad de decir nada más.

El rato hasta el desayuno se me hizo eterno.

La oración en la capilla no había sido para nada como imaginaba.

Nada de recogimiento ni de decoraciones ostentosas.

Más bien bancos torcidos e incómodos que crujían a la mínima, el aire colándose entre las hojas y levantando los papeles como si también quisiera escaparse de allí.

Y lo peor de todo: lecturas interminables y cancioncitas.

Hubo una que especialmente me molestó:

Me he hecho tantas preguntas

Intentando entender,

Me he lanzado a buscarte

Sin saberte ver.

Me he asomado al abismo,

Me he atrevido a saltar y caer.

Y un huracán

Romperá el cielo desde mi garganta,

Gritándote: «¿Dónde estás cuando me haces falta?».

En aquel momento tragué saliva, porque aquello sí que me lo sabía. No la canción —ni mucho menos—, pero sí la pregunta. No quería volver a darle espacio, así que me dediqué a contar las piedrecitas del suelo: setenta y siete.

Cuando por fin nos soltaron, en el comedor se sintió como una liberación a medias. Me tocó sentarme al lado de la Gafas, que no paraba de hablar, con la energía de quien se ha cambiado las pilas por unas Duracell recién estrenadas. Enfrente, el Hippie intentaba —sin éxito— sacarme conversación.

—Iker, tu aura… la veo triste —me dijo, mirándome muy serio.

Me crucé de brazos, levantando una ceja, pero sin contestar.

—Oye, con mi amigo no te metas —saltó Álvaro, en tono de broma, con la confianza de quien ya se permite vacilar.

—Tío, ábrete —insistió el Hippie, poniendo las manos en el pecho—. Aprovecha la experiencia. El corazón sana.

Iba a soltarle alguna bordería bien afilada cuando alguien me tocó el hombro. Me volví a tensar.

—Nerea, Iker, ¿me ayudáis a traer los platos? —nos preguntó Sora, con su maldita sonrisa perenne.

Desde esa distancia me llegó un olor suave y floral. No supe si era colonia, champú o si se había revolcado literalmente en el camino de lavandas.

No respondí. Quizá, si la ignoraba, buscaría a otro. Pero algunos en la mesa se quedaron en silencio, y noté las miradas clavándose en mí. Mi compañera ya se había levantado, así que eché el aire por la nariz y me puse en pie. No quería montar un numerito.

—Gracias —dijo Sora con calma—. Seguro que hoy va a ser un gran día.

—Sí, seguro —repliqué, irónico.

No le dejé rematar porque me di la vuelta rápido. Sora estaba comenzando a crisparme: ¿no tenía a nadie más a quien perseguir? A ese tal David, por ejemplo.

«Ni siquiera sé por qué recuerdo ese nombre».

Al volver a la mesa, el cielo me sonrió por una vez, como si me estuviera recompensando por mi buena acción desinteresada: alguien había traído una gran jarra de café, que descansaba en medio, esperándome como mi salvación.

Y aunque seguramente estaba condenado a tomármelo caliente como el infierno, me lancé a llenar la taza.

El color era decente y el olor tampoco estaba mal.

Aunque no sabía si se trataba de mi mente intentando autoconvencerse de que eso era mejor que nada.

Lo acerqué a mi boca, ya sintiendo el milagro…

Pero Sora me interrumpió.

—Todavía no, tenemos que bendecir —anunció desde el otro extremo de la mesa con una especie de disculpa en la mirada.

Cerré los ojos lentamente mientras bajaba la taza e intentaba no asesinar a nadie. A mi espalda, escuché a alguien pronunciar unas palabras solemnes… y, acto seguido, golpes rítmicos en la mesa, tan fuertes que tuve que sujetarla a conciencia.

Una canción. «Otra canción», mejor dicho.

Estaba empezando a pensar que nos habíamos metido en una secta musical y que aquí solo se comunicaban a base de canciones. ¿Cuántas llevaba ya? Ni siquiera eran las nueve de la mañana.

—Ahora sí. ¡A desayunar! —anunció la Guiri cuando terminaron.

Todos se lanzaron a por el pan que se apilaba en unas cestas; al menos habían tenido la decencia de tostarlo.

Había un ir y venir de manos que cogían la mantequilla, el aceite, la leche, la sal…

A mí me urgía más que el café llegase a mi torrente sanguíneo si no quería quedarme dormido allí mismo.

Degusté el sabor en mi boca y sentí que resucitaba a la vez que daba gracias al universo.

El café no estaba terrible, aunque no pasaba de regular. Podía soportar un regular.

—¿Qué tal habéis dormido? —preguntó Sora al grupo.

Empezó una retahíla de anécdotas —que si hacía frío, que si la cama crujía, que si alguien roncaba como un tractor— y yo me limité a untar pan con mantequilla y mermelada, echando de menos mis tostadas de centeno con aguacate y salmón.

Comí y bebí mientras escuchaba a los demás de fondo, como el zumbido de una mosca en verano. Constante e irritante.

—Toma, te he traído esto.

Un chico —que reconocí como el pesado del micrófono— se acercó a Sora. En las manos portaba un vaso transparente de café con hielo. ¡Café con hielo! Hasta le había puesto una pajita morada.

Ella le miró con una expresión inescrutable, pero lo que me llamó la atención fue la manera en que le tocó el hombro. Demasiado cerca de la clavícula.

—David, ya me podrías traer a mí también mi té favorito —se quejó la Guiri de forma ácida.

Vaya. El famoso David.

Era un chico de mi misma altura, aunque más escuálido. Tenía el pelo castaño claro y un collar surfero con pequeñas cuentas de colores que me pareció demasiado bohemio.

La gente siguió hablando, pero yo intenté aguzar el oído por encima del barullo para escuchar lo que parecía un pique entre la Guiri y David, no sabía si en broma o en serio. Aquella historia era de lo más interesante, comparado con todo lo demás que estaban debatiendo.

—Venga, chicos, tengamos la fiesta en paz —se quejó Sora al cabo de unos minutos, aunque intentaba disimular con una sonrisa.

Segundos después, musitó un sordo «gracias» y le dio un ligero toque a David, en el brazo, como si quisiera despacharlo.

—Nos vemos luego —se despidió David.

—No hace falta —murmuró la Guiri, poniendo los ojos en blanco antes de beber un sorbo de su taza.

Sora le propinó un codazo suave, más de «cállate» que de enfado.

Se me escapó una sonrisa que tuve que reprimir apretando los labios. Cris acababa de ganarse que la llamara por su nombre. Todos mis respetos.

Pero, sin duda, observando a Sora, aquella mañana supe dos cosas. La primera, que entre David y ella había algo que aún no lograba descifrar.

La segunda, que a Sora le gustaba el café con hielo tanto como a mí.