10. Iker
IKER
Abrí los ojos y me quedé inmóvil unos segundos, tratando de ubicarme.
Primero sentí un frío terrible que se pegaba a mi cintura como una mano mojada.
Luego, la espalda protestó por varios puntos distintos, fruto de haber dormido con una sudadera como almohada.
Mis oídos también captaron un ronquido grave y cíclico que recordaba levemente haber escuchado durante toda la noche.
Entonces caí. Estaba en el maldito campamento.
Algo duro se me clavaba en la cadera izquierda. Rebusqué a tientas y saqué el móvil. La pantalla se encendió sola al rozarla, y su luz me cegó durante unos segundos. Las siete y veintitrés. Con suerte habría dormido tres horas, lo que significaba que me esperaba un día terrible por delante.
Y lo peor: no sabía cómo iba a sobrevivir si no había café.
Aparté de una patada la manta roñosa que olía insoportablemente a humedad. Sora la había rescatado de objetos perdidos, o eso me había contado Álvaro. Me había dado tal ataque de ansiedad tras descubrir la ausencia de cobertura que había desaparecido casi todo el día.
Primero intenté encontrar el punto de conexión que me había indicado Sora.
Tardé un buen rato, pero al final di con él: junto a un poste de teléfono, pegado a una valla metálica con vistas a la piscina.
No había sitio donde sentarse sin mancharse de albero naranja; ni un banco, ni una piedra decente.
Logré llamar, pero no hubo respuesta al otro lado, aunque al menos pude dejar enviado un audio.
De camino de vuelta, pasé por la cabaña para tomar mi botella de agua.
Y allí, sobre la cama que me había autoasignado, encontré el libro El médico , de Noah Gordon.
Me lo había regalado Álvaro por mi cumpleaños después de —según él— una búsqueda exhaustiva por foros para encontrar un libro que me enganchara.
Le prometí comenzarlo, pero jamás lo hice.
Aun así, ahí estaba, como si Álvaro hubiera sabido que tarde o temprano iba a necesitarlo.
Así que, aquel domingo, el libro se convirtió en mi único compañero. Al principio tuve que releer algunos párrafos hasta concentrarme, pero luego empecé a disfrutar y me bebí varios capítulos de una sentada, recordando lo mucho que antes disfrutaba de la lectura.
Por lo demás, solo aparecí para la cena, y porque estaba muerto de hambre. Comí en silencio, lavé los platos más rápido que nadie y me retiré a la cabaña. Luego fingí hacerme el dormido para que no me molestaran.
Un ronquido especialmente salvaje me arrancó de golpe de aquel recuerdo y decidí salir de la cama —si es que se le podía llamar así— con cuidado de no golpearme la cabeza y de no hacer demasiado ruido. Álvaro dormía como un tronco, con los brazos abiertos colgando de la litera.
Me vestí como pude en medio de la oscuridad. Tanteé en la maleta y saqué lo que pillé sin mirar. Con la confusión, me puse la camiseta al revés, casi pierdo el equilibrio con los pantalones y a punto estuve de tropezar con los zapatos de Álvaro.
Finalmente, salí a encontrarme con el frescor de la mañana y lo primero que hice fue sacar el teléfono, quizá por inercia, solo para comprobar que seguía sin haber ni una triste raya de cobertura.
De pronto, la imagen de Sora mirándome con expresión confundida y diciendo que aquello era una «bendición» se coló en mis entrañas.
«Sora».
Yo, experto en hallar culpables externos, necesitaba que alguien fuera la diana en la que clavar mis dardos. Así que Sora se estaba convirtiendo en la cara oficial de mi castigo.
A unos metros de distancia, observé una zona arbolada y un grupo de personas charlando.
Dos figuras que reconocí al instante caminaron hacia donde me encontraba.
Sora y su amiga, la Guiri, parecían llevar despiertas un buen rato.
Venían agarradas del brazo, parloteando, gesticulando y riéndose demasiado alto, como si les diera igual que medio campamento continuara dormido.
Sora llevaba unos vaqueros cortos y la misma sudadera que el día anterior. Además, se había recogido el pelo en dos trenzas tirantes que le hacían parecer todavía más joven.
«¿Cuántos años había dicho que tenía…?».
—Iker, buenos días —me saludó con energía al aproximarse—. Has madrugado.
Supe que estaba intentando sonar más amable de lo que yo merecía después de mi actitud del día anterior.
—Eh…, sí —balbuceé.
—Los monitores nos levantamos siempre los primeros —explicó, aunque no le había preguntado nada—. Rezamos y organizamos el día antes de despertaros a vosotros. Espero que hayas dormido bien.
—Y que no hayas pasado frío —apostilló la amiga—. Ya hemos pedido que os traigan unos sacos de dormir.
Ambas me miraron con una sonrisa abierta. Parecía que habían olvidado lo del día anterior, o quizá habían decidido no darle demasiada importancia. Fuera como fuese, lo agradecí y asentí con un intento de sonrisa que no se aproximaba a la de ellas en absoluto.
Luego se hizo un silencio que ninguno supo cómo rellenar.
La Guiri le lanzó a Sora una mueca, como intentando empujarla a seguir su camino, pero esta no se movió.
En su lugar, se llevó los dedos a la pequeña concha marina que colgaba de su cuello mientras me observaba.
O tenía gran valor sentimental, o padecía un terrible tic nervioso que era para hacérselo mirar.
—Ya que estás levantado —improvisó Sora, con una risa suave—, ¿quieres ayudarnos a despertar a los demás?
Antes de responder, oí una voz eufórica aproximándose. De nuevo, a nadie parecía importarle que medio campamento durmiese.
—Hombre, ya tenemos a uno en pie —me dijo el cura, a modo de saludo—. ¡Buenos días por la mañana!
Le dediqué una mueca como contestación y fue suficiente, pues estaba muy ocupado dirigiendo al resto de los monitores.
—¡Vamos allá! —exclamó, colgándose una guitarra con decenas de pegatinas—. ¿Con qué queremos empezar?
Mal. Aquello pintaba mal.
Y fue aún peor cuando me fijé que algunas personas cargaban cacerolas, panderetas y otros instrumentos improvisados con los que, supuse, pretendían despertar a los demás. Muy delicados para unas cosas y unos auténticos salvajes para otras.
Di gracias a Dios, a la vida o al universo por haberme despertado por mi cuenta. Y pedí poder hacerlo cada día durante el mes que estuviera atrapado allí.
—¿En serio vais a despertar a la gente con eso? —solté sin filtro.
—Sí —dijo Sora, riendo entre dientes—. El primer día no es tan malo. Muchos están ya despiertos.
—El último día, sin duda es el más gracioso —añadió la Guiri, levantando una ceja, divertida.
Ambas se rieron. De más. Como si supieran un secreto que yo todavía no estaba autorizado para conocer.
—Nos gusta despertar a la gente con alegría —dijo Sora, que apoyaba una mano en mi hombro con naturalidad.
Me tensé al instante y ella lo notó, porque retiró la mano con rapidez, confundida.
Pero el espectáculo comenzó a nuestras espaldas y no tuvimos tiempo para más.
En masa, todos se dirigieron a las cabañas cantando, golpeando cacerolas, dando palmas y repicando panderetas.
Algún monitor incluso comenzó a dar golpes rítmicos en las puertas metálicas, que resonaban como si estuvieran derribando una casa.
Aquello podría ser denunciado públicamente como tortura.
Dos monitores salieron de una cabaña cargando a un chico que seguía dentro del saco de dormir.
Lo arrastraron como si fuera un cadáver y, entre risas, le dieron un par de vueltas hasta que el tipo consiguió sacar la cabeza y empezó a carcajearse.
No aparentaba sentirse contrariado; al revés, parecía una situación de lo más habitual.
Yo me quedé allí solo, observando la escena con la esperanza de que estuviera siendo víctima de alguna cámara oculta.
Pero pasaron los minutos, el jaleo se hizo cada vez más fuerte y la realidad no se apagó, así que decidí que solo podía hacer una cosa: ir en busca de Álvaro para preguntarle una vez más cómo se le había ocurrido elegir aquel campamento.
A pesar de llevar solo una noche, la cabaña olía tanto a pies que tuve que reprimir una arcada. También se hallaba completamente revuelta, con maletas abiertas y ropa echada encima sin ningún tipo de orden.
El Cachas ya estaba listo y salía por la puerta, no sin antes dedicarme otro enérgico «buenos días, Iker», acompañado de una palmadita en la espalda.
El Hippie, sentado al borde de la cama, se mantenía con los ojos cerrados, haciendo a saber qué.
El Payasete seguía dormido como un tronco, y si el huracán que acababa de pasar por delante no lo había despertado, ni una bomba nuclear lo haría.
—¡Buenos días! —me saludó Álvaro, con su pijama doblado en las manos.
Como alguien más me diera los buenos días aquella mañana, le metía el saco en la boca.
«Ese saco que no tengo, sí».
—A ver, para situarme…: ¿nivel de mal humor de hoy? —preguntó mientras cerraba su maleta. Era el único ser humano de la cabaña que tenía la suya ordenada.
Sacudí la cabeza y puse los ojos en blanco.
—Directamente proporcional al buen humor que tengas tú. —Le dediqué un gesto de burla—. Si no supiera cómo hemos acabado aquí, juraría que has venido de forma voluntaria.
Álvaro me dio un leve toque en el pecho con dos dedos, indicándome la salida de la cabaña mientras caminábamos hacia los lavabos. Él llevaba su neceser azul bajo el brazo, pero yo no había cogido nada. Hacía tiempo que no me cuidaba ni lo más mínimo; un poco de agua en la cara tendría que bastar.
—Mi madre siempre dice: «Si la vida te da limones, haz limonada». Creo que es de una serie, en realidad. —Se encogió de hombros—. Tío, sé pragmático. Son solo unas horas trabajando. Luego, por la tarde, nos vamos a la piscina o a la playa, tranquilitos. Y en un mes, a casa.
Lo miré fijamente, intentando seguirle el ritmo mental.
—¿Tú eres consciente de que no hay cobertura en toda la finca y que…?
—¿Y que Valeria podría conducir seis horas sin pensárselo solo para comprobar que no le estoy mintiendo? —terminó por mí—. Claro que lo sé.