Revolución 9. Iker #2
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9. Iker #2

Pero había retenido algo sin saber por qué: la existencia de un tal David.

Cuando llegamos al final del camino, el terreno se abrió de golpe y aparecieron las cabañas de piedra oscura, dispuestas en círculo alrededor de un gran olivo.

Yo me había imaginado tiendas de campaña con cremalleras rotas, agujeros y lona descosida, así que, al ver una construcción de verdad, casi me dieron ganas de llorar de alegría.

—Aquí es donde dormimos —explicó Sora—. Las cabañas están asignadas por grupos y sexos. La de los chicos es la número tres. Las chicas estáis en la nueve. Podéis dejar vuestras cosas y ahora os enseño lo demás.

Los chicos nos dirigimos hacia nuestra cabaña, con Sora pisándonos los talones, mientras la Guiri acompañaba a las chicas.

Me acerqué a la entrada. La puerta, grande y de metal verdoso, soltó un chirrido largo y desagradable al abrirse. Había tres juegos de literas y una ventana diminuta que apenas dejaba pasar la luz. Me fijé en los colchones, que no tenían funda de tela, sino una capa plástica de color azul.

En aquel momento quise volver a llorar, pero de pena.

Álvaro dejó el trolley junto a la litera más pegada a la puerta y, con toda la tranquilidad del mundo, miró a Sora, que nos observaba desde el umbral.

—Perdona, Sora… —comenzó—. Las sábanas, ¿nos las dais ahora?

La cara de la chica se transformó en un poema.

—¿Sábanas? —preguntó, como si le hubiera hecho la pregunta más extraña del mundo—. ¿No te llegó el correo con lo que había que traer?

Hubo un silencio que me hizo mirar a mi amigo. Si las miradas matasen, Álvaro habría caído fulminado en ese momento.

—Normalmente la gente trae su saco de dormir —intentó explicar Sora—. Sábanas, almohadas… Aquí no tenemos nada, yo…

A Sora se la notaba incómoda.

—¿En serio, Álvaro? —pregunté—. ¿Para esto fuiste a las reuniones?

—Yo qué sé, tío —bufó él, pasándose las manos por el pelo—. Estaba hasta arriba de curro. Mi bandeja de entrada echaba humo.

Miré la cabaña intentando encontrar una solución mejor que dormir en un plástico que prometía adherirse a mí y hacerme sudar como un pollo asado.

—Os puedo dejar mi saco —ofreció Sora, rápidamente.

¿De verdad iba a hacer eso? Porque yo, desde luego, no lo haría.

—Y podemos intentar encontrar unas sábanas —añadió—. Seguro que en la caja de objetos perdidos hay algunas de otros años. Hallaremos una solución. Y perdonad.

Lo decía de verdad. Preocupada. Casi culpable, como si el hecho de que nosotros fuéramos dos inútiles funcionales fuera su responsabilidad personal.

—Tranquila, no es para nada tu culpa —respondió Álvaro, con esa facilidad suya para caer bien—. Nos apañamos.

Ella sonrió aliviada y el ambiente se aflojó un poco.

—¿Prefieres arriba? —me preguntó Álvaro entonces.

Negué con la cabeza y lancé mis cosas al hueco inferior. Ni loco me veía trepando a una litera a las tres de la mañana, medio dormido, balanceándome como un mono si me entraban ganas de ir al baño.

El Cachas ocupó otra cama de abajo, alegando «motivos de corpulencia», y el Payasete se quedó con una de arriba después de probar un par, como si estuviera eligiendo asiento en el cine. El Hippie esperó a que el resto eligiera, antes de quedarse con alguna libre.

Saqué el teléfono móvil y vi que no tenía ninguna raya de cobertura. Era ya casi la hora de comer, así que pensé que sería un buen momento para llamarla.

—Perdona, Sora —suavicé la voz antes—, ¿hay cobertura en algún sitio?

—Lo de la cobertura aquí es un problema —confesó, intentando sonreír.

Soltó una pequeña risa, pero tuvo que ver mi cara de seriedad, porque se recompuso rápido.

—Fuera de la finca, hacia la izquierda —explicó—. Si caminas como cinco minutos, hay un poste de teléfono donde puedes pillar algo. Aunque depende un poco del día.

—¿Y wifi? —insistí.

Me negaba a creer que aquella gente estuviera tan incomunicada. ¿Qué era esto, un campamento amish?

—Solo para las hermanas —contestó, haciendo una mueca de disculpa.

—¿Y no podéis darme un momento? —pregunté, empezando a exasperarme.

—Lo siento, es solo para emergencias —contestó—. Si lo hacemos contigo, tendríamos que hacerlo con todo el campamento.

Parpadeé. ¿Me estaba vacilando?

—Tendrás cobertura cuando salgamos a las misiones —dijo, como si fuera suficiente—. Y hay un teléfono fijo en la casa, por si necesitas llamar en cualquier momento.

Me obligué a respirar varias veces para mantener a raya mi primer impulso, que fue bastante más sencillo: gritar y mandarlos a todos a la mierda. A Sora, a Álvaro y a todo el campamento.

—Sé que al principio parece un rollo, pero verás como lo agradeces —añadió, viendo mi cara—. Yo lo considero una bendición.

Me quedé completamente anonadado y sin saber qué responder.

—De hecho, os iba a contar que ofrecemos la opción de que nos dejéis los teléfonos. Los guardaremos en la casa —explicó alzando un poco la voz para dirigirse a todos—. Así no tenéis la tentación de usarlos si queréis desconectar de verdad.

Tanto el Cachas como el Hippie se levantaron a entregarlos a Sora, con una naturalidad asombrosa. Como si la secta los hubiera absorbido sin remedio alguno.

—Es lo mejor que podéis hacer —nos dijo el Hippie al pasar junto a nosotros—. Vivimos pegados al móvil. Nos viene bien recordar que el mundo sigue existiendo fuera de la pantalla.

—Ni de coña —dijo el Payasete, desde su litera—. Paso de darte el teléfono.

—Está bien, Dieguito —respondió Sora con calma—. Verás como de aquí a tres días ni te acuerdas de él.

—Yo sí quiero dártelo —intervino de repente Álvaro.

Estaba terminando de escribir algo en su pantalla mientras se acercaba a Sora.

—Pero quizá lo necesite en algún momento para llamar —le informó a la par que le entregaba el iPhone de última generación, recién estrenado.

—Sin problema —contestó ella sonriendo—. Estarán en la casa.

Lo miré incrédulo. No consideraba que mi amigo estuviera enganchadísimo al móvil, pero sí padecía una ligera obsesión con tenerlo siempre a mano y con sonido. Por si Valeria escribía.

—¿Qué? —Se encogió de hombros ante mi mirada—. Quiero vivir la experiencia al completo.

«No te puedo creer».

—¿Y tú, Iker? —preguntó Sora—. ¿Te animas?

Me sonrió con esa serenidad suya que empezaba a molestarme.

Volví a mirar la pantalla, ignorándola. Esta vez ponía un SOS que me tensó por dentro. La boca se me quedó como un zapato.

¿Y si ella me llamaba? ¿Y si, justo ese día, ella pedía hablar conmigo y yo no estaba al otro lado de la línea? ¿Y si pensaba que la había olvidado? ¿Y si se cansaba de esperar durante ese mes y terminaba olvidándome?

Las imágenes llegaron sin pedir permiso. El 1 de mayo. El coche. El ruido seco. Y luego la noche del 17 de noviembre. Mis palabras, pero también lo que no alcancé a decir. El golpe. El silencio de después.

El aire empezó a faltarme y salí de la habitación casi a trompicones, con el pecho cerrado y la certeza absurda de que yo nunca iba a ser capaz de desconectar. Ni del mundo ni de mí mismo.

Empezábamos de maravilla el maldito campamento.