Revolución 9. Iker
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9. Iker

IKER

—Genial, ya nos conocemos todos.

Sora intervino, incómoda, al darse cuenta de que yo no iba a agregar nada más.

No había pasado ni media hora desde que nuestro grupo se había formado y algo me decía que todo iba a resultar un auténtico desastre. Demasiada gente diferente. Demasiados nombres que no pensaba memorizar.

La otra coordinadora —a la que mentalmente ya había bautizado como la Guiri— empezó a repartir unas hojas con cuadros, títulos y mucho texto.

—Estamos en una ubicación perfecta —añadió Sora—. Desde aquí, llegamos en pocos minutos a realidades importantes. Y aunque cada misión es diferente, en todos hay algo en común: necesitamos devolverles la esperanza.

Esperanza.

Ni siquiera estaba seguro de saber qué significaba eso. Y, aun así, la palabra me escoció. Como echar sal en una herida abierta.

Las coordinadoras continuaron explicando lo más importante de la semana. Yo intenté prestar atención, de verdad. Pero ¿a quién quería engañar? Entre que la cabeza no me iba fina y que todo aquello me estaba aburriendo soberanamente, solo retuve lo más importante.

Primera semana, residencia de ancianos. Acompañar, escuchar.

Segunda semana, centro de acogida para personas sin hogar.

Alcoholismo, drogadicción, soledad. Un cóctel interesante.

La tercera semana fue la que más me dolió, y debió de notarse en mi cara, porque Sora se quedó mirándome unos segundos, como si intentara leerme por dentro.

—Y la última semana —continuó, apartando la mirada—, ya un poco más relajada, nos dedicaremos al medio ambiente. Hay rutas y zonas por aquí que necesitan mantenimiento.

Si lograba sobrevivir a las primeras semanas, podría refugiarme en la naturaleza. Resultaba curioso que lo que había evitado durante los últimos meses, debido a los recuerdos que traía, era precisamente lo que se estaba convirtiendo en incentivo. No para vivir, pero al menos para intentar aguantar.

La Guiri nos indicó que pasáramos la página y nos encontramos con un horario milimétrico de lunes a domingo: levantarse, asearse, oración de la mañana, desayuno, voluntariado, regreso, cena… Todo encajaba como un reloj suizo, y las quejas no tardaron en llegar.

La primera oración tendría lugar a las malditas siete y media de la mañana. ¿Cómo se suponía que iba a levantarme a esa hora si últimamente era justo cuando por fin conseguía dormirme?

—Sé que, visto así, suena agobiante —comentó Sora—. Pero luego comprobaréis que todo resulta más fluido de lo que parece.

—Además, cuando volvamos por las tardes, dispondremos de tiempo libre —añadió la Guiri—. Podréis descansar, hacer deporte, bajar a la piscina… Lo que queráis.

—Los viernes tendremos verbena temática, para la que hay que disfrazarse —continuó Sora—. Y los fines de semana habrá actividades lúdicas sorpresa.

«Qué intriga». Seguro que la sorpresa pasaba por sentarnos en círculo a compartir emociones mientras alguien tocaba la guitarra con demasiada intensidad.

Resoplé tan fuerte que me gané una patada disimulada de Álvaro por debajo de la mesa.

Mientras ojeaba el horario, me pregunté si sería obligatorio asistir a todo o valdría con cumplir las misiones. Mi plan consistía en pasar lo más desapercibido posible y hacer lo mínimo necesario para recibir el certificado de horas. Sin ningún comentario negativo, al menos.

Después de algunas indicaciones más, nos dirigimos de nuevo al porche para que Sora nos acompañase en un pequeño tour por la finca. Quedaban ya pocas mochilas desperdigadas y se notaba que la mayoría de los grupos había bajado a instalarse.

—Empezamos por la casa —dijo Sora, señalando hacia atrás—. En la parte de arriba viven las hermanas. No sé si conocéis a estas religiosas; son unas trescientas en toda España y…

Ella siguió hablando, pero a mí todo aquello me sonaba a chino. Monja, misión, apostolado, acompañamiento. Mi cerebro estaba atrapado en una pregunta mucho más básica: siendo monjas, ¿por qué no llevaban hábito? ¿Había distintos niveles de monjas? ¿Qué eran, las modernas del mundillo?

Decidí guardar aquella duda existencial para mí mismo por los siglos de los siglos. Antes muerto que levantar la mano.

—¿Qué se come aquí? —preguntó la que llevaba rastas.

Gracias, mujer. Yo también quería saberlo. Sobre todo si había café. Mucho café. Cantidades industriales, pero, a ser posible, del bueno.

—Uy, de todo —respondió la Guiri—. Las hermanas cocinan de maravilla, todo casero. Y algún que otro dulce.

—Ya veréis, vais a volver con unos cuantos kilos de más —añadió el musculado, el que quería ser policía, riéndose.

No le vi la gracia.

—Aquí comeremos —continuó Sora, acercándose a una de las mesas del porche. Encima había un jarrón blanco con un lazo morado y unas ramitas de lavanda—. Cada grupo tiene una mesa asignada. Las hermanas nos sirven y luego lavamos los platos justo ahí detrás.

Señaló unas piletas con grifos viejos, colocadas tras un pequeño muro, y yo solté una risa seca, irónica. Lo que no hacía en mi casa iba a tener que hacerlo allí.

Si ese Dios del que tanto hablaban existía, había que reconocerle el sentido del humor. Mis dieces.

Caminamos hacia la izquierda, saliendo del porche, mientras Sora terminaba de explicar que dentro de la casa también estaban la enfermería y algunas salas comunes.

El terreno descendía ligeramente al dejar atrás esa zona elevada, y yo me limité a seguir al grupo, arrastrando los pies y la paciencia a partes iguales.

Delante de nosotros se abrían tres zonas rectangulares.

Un «campo de fútbol» con tierra y hierba a trompicones y dos porterías tan oxidadas que parecían reliquias arqueológicas.

Un campo de vóley cuya red era, literalmente, unos palos de madera colocados en equilibrio.

Y una pista de baloncesto con tanto rastrojo que botar una pelota ahí supondría un auténtico milagro.

Sin poder evitarlo, mi parte profesional contempló el terreno con auténtica preocupación: ¿cuántos críos se habrían dejado las rodillas en aquel suelo? Esperaba que contasen con algún enfermero, porque yo no pensaba curar a nadie.

—Todos los años hacemos una liga de deportes por grupos —explicó Sora, llevándose las manos a la cintura—. Mañana pasaremos lista para quien quiera apuntarse.

—¿Nuestro grupo? —soltó el más joven—. ¡Pero si casi todo son chicas!

—Vamos a ignorar tu comentario, Diego —le respondió una de ellas, dándole un empujón amistoso.

Diego parecía el típico adolescente con granos en la cara que intenta hacerse el gracioso sin conseguirlo. Y, aun así, en aquel contexto tan surrealista hasta me estaba cayendo simpático. Además, era de los pocos nombres que había retenido.

Quizá debería empezar a ponerles motes a todos. Eso me facilitaría las cosas.

Diego, el Payasete.

La otra coordinadora, la Guiri.

La de las rastas, la Chunga.

La que cantaba supuestamente bien, la Cantarina.

El de los tatuajes, el Hippie.

Los novios, el Cachas y la Rubia.

La de las gafas…, la Gafas.

Y Sora…

Levanté la vista justo en ese momento y me pilló mirándola. Por un segundo tuve la sensación de que era capaz de leer pensamientos, como una bruja malvada. Pero me devolvió una sonrisa amable. Menos mal.

—Y aquí —continuó ella, llevándonos a la parte trasera de la casa, donde unos árboles hacían de muro natural— está la piscina, que se agradece con este calor.

Se levantó un murmullo general, ese sonido colectivo de pura felicidad y ganas de zambullirse.

Era lo más moderno que había visto hasta el momento, aunque se quedaba en una charca comparada con la piscina de mi casa.

Miré el césped artificial y supe, sin necesidad de tocarlo, que aquello quemaba como el infierno.

—Bien —retomó Sora—, ahora vamos a conocer la otra parte del campamento. Hay que descender por el camino morado, como lo llamamos, porque está lleno de lavandas. Podemos tomar las maletas y así ya las bajamos a las habitaciones.

—El camino morado es precioso —añadió la Guiri—, pero como se os olvide algo en las cabañas, lo acabaréis odiando. Eso sí, ¡vais a echar un culo que ni un mes de gimnasio!

Volvimos al porche y cada uno se dispersó en busca de su equipaje. Álvaro me miró con una sonrisa encantada.

—Campo de fútbol, piscina, comida casera y el mar enfrente… —dijo—. A ver, tan mal no estamos, ¿no?

Mi amigo se rio y levantó el trolley a pulso para no arrastrarlo por el campo. El resto del grupo llevaba mochilas enormes o macutos, mucho más prácticos que nosotros.

—Lavar tus platos, madrugar de una forma insana y que te digan lo que hay que hacer en todo momento —respondí, irónico—. No, si esto es mejor que estar en un hotel de Marbella, todo incluido.

Respiré hondo mientras avanzábamos.

El camino era más agradable de lo que esperaba.

Árboles altos y retorcidos formaban una especie de túnel natural, con una sombra fresca que se agradecía.

Entre los arbustos se abrían pequeños senderos casi ocultos, cada uno con un banco de madera viejo y torcido.

Parecían rincones perfectos para huir del mundo y no hablar con nadie durante un rato.

Me los grabé para cuando lo necesitara. Porque estaba seguro de que acabaría recurriendo a ellos.

Álvaro había entablado conversación con el Cachas. Y yo, sin darme cuenta, había seguido andando, decidiendo ignorar a mi amigo el sociable. Delante, algunas de las chicas caminaban gesticulando y hablando en voz alta. Demasiado alta. Tan alta que iban a espantar a los pájaros.

—Entonces… —decía la Cantarina— ¿qué pasa con David y contigo? Ayer fuisteis el tema de conversación de camino aquí, incluso apostaron…

—Oh, please , no le saques el tema —interrumpió la Guiri, dejándome con ganas de saber lo que apostaron—. Este año es Sora y solo Sora. Coordinadora. Nada de chicos. Not allowed!

—Te voy a decir lo mismo a ti, señorita me-enamoro-cada-verano —replicó Sora, echando a correr detrás de ella.

Y las dos empezaron a perseguirse cuesta abajo como si fueran niñas de nueve años en un recreo.

¿Y ellas iban a coordinarme a mí? Fenomenal.