8. Sora
SORA
—Perdón por dejaros para el final —dije, alzando un poco la voz—. Grupo morado, por aquí.
Llevaba ya un rato levantando gente por colores, como si estuviera dirigiendo el tráfico de un aeropuerto.
Cada vez que llamaba a un grupo, se armaba el mismo pequeño caos: mochilas arrastrándose por el suelo, cremalleras que no cerraban, botellas de agua rodando, alguien que buscaba su sudadera por las diferentes mesas.
Los monitores los iban reuniendo y se los llevaban un poco aparte, lo bastante lejos como para poder presentarse sin gritarse por encima del resto.
Cuando por fin el porche se vació de gente y de bultos, nos quedamos los morados. Un puñado de caras observándome expectantes.
«Respira, Sora».
—Vamos a sentarnos allí —intervino Cris, señalando una zona cercana al porche.
Nos sentamos en la mesa de pícnic de madera, a la sombra del árbol enorme. Me gustaba pensar que cada mesa contaba una historia. Aquella en concreto llevaba cicatrices a modo de nombres grabados a cuchillo, fechas torcidas y corazones que significaban promesas de amor.
En cuanto me acomodé, reconocí algunas caras conocidas que aligeraron un poco el nudo en el estómago. Y luego estaban los demás, los que no conocía, que me mantenían alerta.
Sobre todo, ellos. Los chicos a los que había saludado antes.
Durante mi intervención, los había pillado cuchicheando un par de veces, en su burbuja, y eso me había hecho sentir lo de siempre: un pinchazo pequeño, rápido, justo debajo de las costillas.
No era miedo, no exactamente, sino esa inseguridad que aparecía sin permiso, esa sensación absurda de que estarían hablando mal de mí.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
—¡Escuchemos a la superjefa! —exclamó Charlie, tamborileando sobre la mesa. Era su segundo año de campamento y ya se movía con confianza.
—De jefa nada —reí—. Servidora, como mucho. A alguien le tiene que tocar coordinar y este año soy yo.
Me aclaré la garganta e intenté adoptar una postura amable. En algún sitio había leído que los buenos líderes sonreían mucho y yo estaba dispuesta a poner todo de mi parte.
—Bueno, pues vamos a presentarnos. Si quieres, empieza tú, Cris —le cedí la palabra.
Al final, ella también era coordinadora y prefería que se notara desde el principio.
— Hello everyone —saludó con su acento marcado y su sonrisa de anuncio—. Welcome, welcome . Yo soy Cris Bay, de papá londinense y mamá madrileña. De ahí mi acento y que siempre esté con un té en la mano y soltando palabras en inglés.
Alzó su taza de cerámica, una de las que habíamos hecho en un taller unos meses antes. Era algo irregular, con una cruz y unas flores de colores pintadas a mano.
—Tengo veintiún años, empiezo ahora mi último año de Publicidad y relaciones públicas.
Me gusta mucho el mundo de la comunicación digital, el diseño, la moda, todo eso…
—Se encogió de hombros—. También me gusta mucho correr.
Cuando estoy aquí, suelo ir algunas tardes por la playa.
Si alguien quiere apuntarse, bienvenido.
Dudó unos segundos.
—Ah, y también bailo de forma medio profesional, junto con Sora.
Sonreí por la mención. Bailar era nuestra forma de vida; la manera más honesta que encontraba de expresar cosas que no sabía explicar con palabras. Cuando todo dentro resultaba demasiado ruidoso, el cuerpo entendía primero.
—Es mi quinto año viniendo al campamento y mi primero también como coordinadora. Voy a estar ayudando en todo lo que necesitéis. Tengo mucha energía. —Alzó las cejas—. En breve lo iréis comprobando. Y, bueno, ya, que me enrollo.
—Sí —añadí tras ella—. Yo, como sabéis, estaré un poco más pendiente del resto de los monitores, así que si por lo que sea me veis muy ocupada, podéis tirar de Cris.
—Oye, yo me apunto a lo de correr —comentó uno de los chicos, Juan, con una sonrisa.
Cris asintió y le dedicó un gesto de aprobación.
—Bueno, yo soy Sora —continué—, aunque el padre Mateo ya me ha presentado antes. ¿Qué más puedo decir? Tengo veintiún años también, estoy acabando Terapia ocupacional con mención en baile como terapia.
Dudé durante unas milésimas de segundo, pero decidí obligarme a hacerlo. Admiraba la naturalidad con la que Cris lo comentaba siempre.
—Como podéis ver en mi cara, mi madre es de Corea del Sur, así que también soy mezcla, como Cris.
Bajé los ojos, un poco avergonzada. Todavía había días en los que pronunciarlo en voz alta seguía rozando alguna vieja herida, aunque ya no doliera igual.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
—Además —proseguí, con la mirada clavada en los papeles—, a mí este campamento me cambió la vida hace unos años y me gustaría que tuvierais una experiencia positiva.
Cris me dio una pequeña palmadita de ánimo en la espalda.
—Si os parece, nos vamos presentando. Podéis empezar por aquí y continuar hacia la derecha —propuse, alzando la vista de nuevo—. Contadnos algo de vosotros, lo que os apetezca.
Si había alguien del programa en nuestra mesa, no quería que se sintiera obligado a compartirlo. Era el primer día y tenía delante a un grupo muy variopinto. Sabía que uno de mis mayores retos sería favorecer la unión entre ellos. ¿Lo conseguiría?
El primero en la rueda fue Juan Narbona, que estaba sentado a mi lado, con la espalda tan recta que parecía imposible. Se trataba de un muchacho alto, de mandíbula marcada, pelo oscuro muy corto y gesto serio.
—Voy yo —dijo con un acento andaluz que llenó la mesa—. Soy Juan Narbona. De aquí, de Cádiz. Veinte años. Estoy preparándome para entrar en la Policía. Ángela es mi novia.
Señaló a la chica que estaba junto a él.
—Es nuestro tercer año aquí. La verdad es que siempre supone un regalazo.
Ángela respiró hondo antes de hablar, como si tuviera que darse permiso. Era tremendamente guapa —rubia, ojos azules enormes, piel perfecta—, pero llevaba los hombros encogidos de manera constante.
—Yo soy Ángela… Gil. —Sonrió, tímida—. También de Cádiz. Tengo diecinueve años. Y, bueno, todavía no veo muy claro qué voy a estudiar. Ahora estoy ayudando en la tienda de costura de mi madre. Y la verdad es que ojalá este verano me dé tiempo a pensar un poco lo que quiero hacer.
Juan la miró con una mezcla de cariño y preocupación. Y a mí se me apretó algo por dentro, porque me asaltó una pregunta absurda y dolorosa de si David me había mirado así en algún momento.
—Tranquila, tía —dijo Charlie—. Los años sabáticos molan.
Los ojos de Ángela se iluminaron levemente y asintió, agradecida.
El siguiente era justo él, Charlie, un chico que transmitía calma incluso cuando respiraba.
Tenía el pelo castaño recogido en un moño flojo, barba de varios días y unos ojos cálidos que parecían escuchar de forma permanente.
Llevaba una camiseta con letras japonesas y tenía los brazos tatuados con diferentes dibujos abstractos.
Se inclinó hacia delante como si fuera a contarle un secreto al universo.
—Yo soy el Charlie. De Murcia. Veintitrés. Profesor de música. Este año he conseguido algunas horillas en un cole y estoy tope de contento, la verdad.
Se le escapó una sonrisa llena de entusiasmo.
—Me considero una persona en proceso de reconstrucción. Yo como que creo en algo, pero aún no lo tengo muy definido, ¿sabes?
Acompañó la palabra «definido» con las manos, dibujando una especie de marco en el aire.
—Eso sí, me mola ayudar a la gente. —Relajó los hombros—. Por eso este es el segundo año que vengo. El primer campamento se puede hacer un poquillo cuesta arriba, así que si alguien necesita hablar o respirar, soy vuestro hermano.
Charlie era la típica persona que siempre sumaba en un grupo. Buen rollo y ayuda desinteresada, algo que nos venía de maravilla.
La chica que tenía al lado se echó hacia atrás en el banco, como si estuviera protegiendo un territorio invisible. Su presencia no pasaba desapercibida: rastas, tatuajes por media piel, camiseta negra desgastada, piercing en la boca. Todo eso acompañado de una mirada tan afilada como cansada.
«Seguro que es del programa…».
O quizá estaba prejuzgando.
Me mordí el labio para ahuyentar el pensamiento.
—Yo soy Rocío. Rocío Salazar —comenzó, mucho más tímida de lo que había imaginado—. Estoy aquí porque el padre Mateo me ha estado ayudando todo el año.
Vaciló unos segundos.
—No siempre se lo he puesto fácil, pero ahí ha seguido el tío. Me dijo que esto podía venirme bien, así que he intentado confiar. A ver…
Mientras la escuchaba, até cabos. La había visto alguna vez por la parroquia hablando con Mateo. Él había mencionado de pasada que acompañaba a una chica con una historia difícil. Quizá no formaba parte del programa, pero también llegaba con heridas.
—Gracias por compartir, Rocío —le dije con cariño.
Ella esbozó algo parecido a un gesto de agrado, lo que tomé como un primer pasito enorme.
La siguiente era una chica de piel tostada, rizos negros y sonrisa contagiosa.
—Yo soy Nerea, de Málaga —comenzó a decir mientras se colocaba unas gafas de pasta rojas—. Tengo casi dieciocho años. Es mi primer campamento, así que estoy emocionada. Este año empiezo un grado de Animación para videojuegos.
—¿En serio? —preguntó Ángela, con los ojos bien abiertos, sorprendida como todos nosotros—. ¿Eso existe?
Nerea asintió muy orgullosa.
—En eso te podemos ayudar —comentó uno de los chicos que había saludado antes, el de gafas, que parecía el más simpático. Creía recordar que se llamaba Álvaro—. Somos unos frikis de los videojuegos.
Señaló también a su amigo, que miraba hacia otro lado con expresión de aburrimiento.
—Te llamaré entonces para que probéis los míos —rio Nerea.
Entonces se abrió un paréntesis breve sobre videojuegos famosos del que no entendí absolutamente nada. Me limité a sonreír y a agradecer que la conversación empezara a surgir sola. Íbamos por buen camino.
—Yo soy Marta, encantada —se presentó cuando volvimos a la rueda—. Soy de Sevilla, pero vivo en Madrid y estudio Educación infantil. Es mi tercer año aquí. Estoy en la misma parroquia que Sora, Cris, Mateo…
—Y es nuestra cantante oficial —añadí yo, guiñándole el ojo.
Ella se sonrojó. Marta era de esas personas tímidas que pasaban desapercibidas, pero sostenían a todo el grupo con su capacidad de servicio.
El siguiente fue Diego, al que ya conocía perfectamente.
—Yo soy Diego. Este es mi primer año. —Se rascó la cabeza, con cierta reserva—. La verdad es que mis padres me han obligado a venir.
El grupo rio. Me vinieron a la cabeza aquellas tardes en casa, cuando me tocó hacer de niñera improvisada de Diego, Min-ji y los demás; esa pequeña tribu que llevaba junta desde que apenas levantaban un palmo del suelo.
—Ah, y soy de la parroquia de estas.
Nos señaló.
—¡Estas! —exclamó Cris—. ¡Un respeto a tus mayores! Estas maravillosas mujeres, querrás decir.
—La verdad es que estoy un poco enfadado porque todos mis amigos han caído en otros grupos y creo que soy el más joven de aquí —suspiró, exageradísimo—. Pero nada, mejor eso que morirse. Supongo.
El grupo soltó una carcajada. Y en ese momento me di cuenta de que Diego, casi sin proponérselo, iba a poner el toque de humor que aquel grupo necesitaba.
—Te vamos a cuidar bien, pequeñajo —le aseguró Marta, poniéndole la mano en la espalda.
—Qué rollo, os conocéis todos —se quejó Rocío, cruzándose de brazos.
—Qué va, hay muchos nuevos —quise suavizar—. Y seguro que en un par de días todos somos una familia.
Justo entonces sentí una mirada clavarse en mí. Iker me observaba como si intentara leer algo que ni yo sabía que estaba diciendo. Evité mirarle con todas mis fuerzas.
«¿Por qué me empezaba a incomodar tanto?».
—Quedamos nosotros, que también somos nuevos —intervino Álvaro, ajustándose las gafas mientras se incorporaba un poco en el banco—. Yo soy Álvaro, de Madrid, tengo veintitrés años. Y he venido por…
Un ápice de duda le cruzó los ojos.
—… recomendación de mi madre —dijo—. Asegura que me vendría bien una experiencia así.
—Benditas madres —soltó Cris, sonriendo.
Reprimí el impulso de mirarla de reojo. Por el tono —y porque a Cris la conocía como me conocía todas las canciones de Blackpink— juraría que ese chico le había llamado la atención.
Y no me cuadraba nada, puesto que Cris tenía un radar infalible para los casos perdidos: malotes imposibles o chicos con drama escrito en la frente. Álvaro, en cambio…
Álvaro tenía pinta de buenazo tras sus gafas de pasta.
—Faltas tú —indiqué finalmente al último, el amigo de Álvaro, que llevaba toda la presentación intentando fingir que no estaba allí.
Él levantó la mirada hacia mí. Fueron apenas dos segundos, pero me parecieron eternos. En ese momento me fijé que tenía unos ojos profundamente marrones, cálidos pero contenidos.
—Soy Iker —dijo.
Nada más.
Hizo un gesto leve con la mano, una especie de saludo corto, casi irónico, y una mueca que no supe interpretar. Esperé unos segundos por si añadía algo más —edad, de dónde venía, qué hacía allí—, pero no.
Silencio.
Silencio que empezó a resultar muy incómodo.