7. Iker #2
El alboroto fue calmándose a golpes de risa suelta y las últimas maletas arrastrándose.
Tres personas se colocaron delante del porche, en el centro, donde todos podíamos verlas.
Una era Sora, nuestra supuesta coordinadora.
Junto a ella, una chica un poco mayor, menudita, con sudadera de Harry Potter y una cruz plateada al cuello.
Al otro lado, un chico con una camiseta apretada que le marcaba la musculatura.
Dos preguntas me atravesaron en una milésima de segundo. La primera, en qué sitio nos habíamos metido con gente tan rara. La segunda, con cuál de esos raros tenía que llevarme bien para conseguir el certificado de horas.
—Buenos días a todos. —Tomó el micro el tío musculoso con voz potente, de esas que llenan el espacio, como si estuviera acostumbrado a hablar en público—. Soy el padre Mateo.
—¿Padre? —pregunté a Álvaro en voz baja—. ¿Es cura?
Él se limitó a asentir y yo fruncí los labios en un gesto de confusión.
No es que hubiera visto a muchos curas en mi vida, pero en mi cabeza eran señores mayores con sotana negra, mirada severa y cero sentido del humor.
Si me hubiera encontrado con él por la calle, habría pensado que era un modelo de colonia de hombre, más que un sacerdote.
—Como muchos sabéis —continuó él—, venimos de la parroquia de la Virgen de la Alegría, en un barrio de Madrid. Llevo seis años en este proyecto de campamento social, junto a la hermana Teresa.
Señaló a la chica de la sudadera de Harry Potter, que levantó la mano y esbozó una sonrisa.
Religiosa. Harry Potter. Nada tenía sentido.
—Esto es una cámara oculta, ¿no? —le susurré a Álvaro.
Él me mandó callar con un codazo y yo sacudí la cabeza, intentando reordenar mis ideas.
A lo mejor no se trataba de un campamento religioso al uso, sino de una especie de secta moderna que bailaba al sol y conversaba sobre energías. Quizá mi imagen mental de un círculo de gente medio colocada dando vueltas alrededor de un árbol tampoco estaba tan desencaminada.
—Anécdota —continuó el sacerdote—: la hermana Teresa y yo coincidimos hace ya siete años en un encuentro que hubo en Polonia. Empezamos a hablar de la necesidad de unir la experiencia de los campamentos con la del voluntariado…
El cura se embarcó en contarnos la historia de cómo surgió el campamento.
La palabra «luz» apareció más veces de las que podía contar y, sin saber por qué, me vino a la cabeza uno de esos muñecos que tenía de pequeño brillando en la mesilla de noche.
Sacudí el pensamiento antes de que me diera la risa delante de todos.
—Desde entonces, sois muchos los que venís cada año a este pueblecito de Aldira que nos acoge —prosiguió—. De hecho, hay lista de espera. Y por eso estamos agradecidos.
No pude evitar pensar en el calor que ya empezaba a apretar, en las noches mal dormidas, en la comida desagradable y en un mes entero fuera de casa. ¿Quién, en su sano juicio, se ofrecía voluntario para todo eso?
Y, seguramente, pa-gan-do.
—Os han dado unas acreditaciones de colores, ¿verdad? —se aseguró, señalando una en el público—. El color os indica vuestro grupo asignado, con el que pasaréis todo este mes. Cada grupo tendrá dos monitores que… serán casi como papás y mamás. Os acompañarán, os cuidarán y os ayudarán a orientaros.
Mis ojos se deslizaron hacia Sora. Desde la distancia, me permití observarla mejor.
Pelo oscuro, recogido en una coleta baja algo despeinada.
Tenía un cuerpo definido, seguramente de entrenar.
¿Atletismo? ¿Natación? No sabría decirlo.
Llevaba unas zapatillas lilas a las que el albero ya había empezado a ganar la batalla.
Había algo en ella difícil de explicar. No era una belleza evidente ni escandalosa, sino una especie de magnetismo tranquilo que la hacía destacar casi sin intentarlo. Parecía encajar a la perfección en ese lugar.
«¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?».
—Y ahora voy a darle la palabra a la hermana Teresa, que es quien nos acoge en esta casa. Un aplauso para ella.
El porche rugió de entusiasmo, gritos incluidos. Parecían fans recibiendo a la mismísima Taylor Swift.
—Gracias, gracias… —respondió ella con un acento boliviano suave y una dulzura que contrastaba con el escándalo de los aplausos—. Bienvenidos un año más a esta experiencia que, estoy segura, les va a transformar el corazón. Creemos en el Dios de las sorpresas… y sé que les aguarda un gran verano.
Me recordé a mí mismo anotar en mi cabeza las veces que pronunciaran la palabra «Dios». Así quizá tendría un entretenimiento durante el mes.
—Actualmente, somos seis hermanas en la comunidad —continuó ella—. Nos verán en muchos lugares, pero sobre todo en la cocina, preparando comida que esperamos que sea deliciosa.
—¡¡Paella, paella!! —gritó alguien desde el fondo.
—Tranquilos —respondió ella entre risas—, que nuestros platos estrellas estarán, por supuesto. Espero que traigan hambre.
Tenía algo parecido a la energía de un cervatillo: ligera, alerta, viva. Libre.
—En cuanto a las normas —siguió—, sus monitores les explicarán todo. Solo quiero insistir en dos importantes. Lo primero, nadie entra en cocina. Si necesitan algo, pegan a la puerta y con gusto les atendemos. Y lo segundo…
Hizo una mueca de preocupación.
—… Cuidemos entre todos este lugar. Es verano, es zona de riesgo de incendios y no queremos sustos.
Abrió los brazos, dando por terminada su intervención. Otro aplauso, más calmado esta vez. A continuación, el cura tomó de nuevo la palabra.
—Y quiero presentaros también a Sora Alcázar, a la que muchos ya conocéis. Ella lleva viniendo… ¿cuánto? ¿Cinco años?
Le dio un pequeño achuchón en el hombro, a lo que ella respondió con una sonrisa orgullosa.
—Cinco veranos participando en este campamento —prosiguió él—. Este año es la coordinadora de los monitores. Como la superjefa. Así que cualquier cosa…, ella os irá dirigiendo.
—Gracias, Mateo —dijo Sora, un poco tímida, recibiendo el aplauso mientras se mordía el labio inferior para contener la emoción.
Dio un paso adelante y habló con voz más segura de lo que esperaba.
—Bienvenidos todos. Estoy aquí para acompañaros durante este mes en cualquier cosa que necesitéis.
Sora habló sin prisas y de manera didáctica. Como si llevara años haciendo lo mismo y supiera, con exactitud, qué merecía atención y qué podía esperar. Explicó por encima la dinámica de los primeros días y dio un par de indicaciones prácticas.
Mientras hablaba, no pude evitar fijarme en que, en ocasiones, se tocaba el pequeño colgante que llevaba. Una pequeña concha marina. Me pregunté si sería una especie de amuleto o algún regalo de su novio.
—Tengo muchas ganas de vivir lo que está por llegar… —dijo, finalmente— porque de verdad puede cambiar vuestra vida. Así que ¡vamos allá! Un aplauso para vosotros.
El porche estalló en vítores. Incluso Álvaro aplaudió con entusiasmo.
—La chica tiene energía, no se puede negar —comentó, divertido.
Puse los ojos en blanco, pero luego volví a mirarla.
Sí. Tenía energía. Y se trataba justo de esa energía que llevaba meses buscando sin éxito.
Una chispa limpia, luminosa, que contrastaba demasiado con todo el gris que yo arrastraba.