Revolución 7. Iker
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7. Iker

IKER

Álvaro frenó suavemente bajo la sombra irregular de unos árboles.

Al salir del coche, mis sentidos se despertaron de golpe.

El sol me cayó sobre la nuca con una intensidad sofocante.

El aire estaba cargado de un olor potente a lavanda, mucho más fuerte que durante el camino.

Y, desde algún punto cercano, llegaba música a través de un altavoz.

Entorné los ojos para distinguir de manera más clara la melodía y tuve que reprimir la risa en cuanto capté algo.

¿Ricky Martin? Un Livin’ la vida loca sonaba con total descaro.

Aquello sí que no me lo esperaba.

Mientras Álvaro abría el maletero y sacaba nuestro equipaje, yo me quedé quieto, observando alrededor. No hacía falta ser demasiado listo para entender que aquel campamento hablaba un idioma completamente distinto al nuestro.

Había gente por todas partes. Muchos tenían nuestra edad; otros parecían adolescentes.

Veía pieles morenas, negras, una chica asiática y algunos tan pálidos que pedían con urgencia protector solar.

Nadie parecía haber pensado demasiado en la ropa, pues se mezclaban camisetas viejas, sudaderas anudadas, gorras descoloridas y pantalones ya manchados.

También algún que otro pendiente, tatuaje o pulsera de tela deshilachada.

Era una mezcla desordenada, viva, real. Con mucha más diversidad de lo que yo estaba acostumbrado.

De forma inconsciente, bajé la mirada hacia mí mismo.

La camisa de lino seguía demasiado lisa, los vaqueros caían impecables y mis Golden Goose parecían recién sacadas de la caja.

Demasiado de ciudad para un sitio así. Y, como si el suelo quisiera subrayarlo, ahí estaba el albero.

Ese maldito polvo fino, amarillo y pegajoso.

—¿Me ayudas? —preguntó Álvaro.

Parpadeé y volví a tierra, pero tomar mi maleta fue otro recordatorio amargo.

Aquella gente llevaba mochilones de montaña casi más grandes que sus dueños, sacos de dormir colgando, esterillas enrolladas, cantimploras abolladas y un par de guitarras cubiertas de pegatinas.

Nosotros, en cambio, teníamos trolleys limpios, perfectos.

El equipaje de quienes esperan techo, cama y comida.

Al menos habría eso, ¿no?

Apreté el asa de la maleta un poco más fuerte de lo necesario. No sabía si me inquietaba más el sitio, la gente… o aceptar que ya no encajaba del todo ni aquí ni en ninguna parte. La vida que conocía había desaparecido y yo todavía no terminaba de entender en qué me había convertido después de eso.

Entramos en el porche y todo pareció cobrar color. Los altavoces escupían canciones sin descanso mientras un chico con camiseta azul berreaba al micrófono, decidido a convertir cualquier silencio en una fiesta. Demasiada energía para ser tan temprano.

Justo a la entrada, como una especie de muralla que no podías esquivar, habían colocado tres mesas en fila, con personas sentadas apuntando cosas en unos papeles. Sobre la pared colgaba un cartel de letras torcidas y dibujitos de soles que ponía: BIENVENIDO . INSCRÍBETE AQUÍ .

Álvaro tiró suavemente de mi mochila para avanzar cuando una de las mesas quedó libre. Nos acercamos y nos recibió una chica de pelo rojizo con pecas.

—¡Bienvenidos! Yo soy Cris —nos saludó con un tono alegre, como si de verdad le hiciera ilusión vernos—. ¿Nombres? Por favor.

—Álvaro Medina —respondió rápido mi amigo—, y él es Iker Zuloaga. Con zeta.

La muchacha pasó las páginas que tenía grapadas, buscando nuestros nombres mientras los repetía en voz alta para no olvidarse.

—Vale, aquí os tengo —dijo por fin, subrayando de amarillo—. ¡Vaya, estáis en nuestro grupo! Seré una de vuestras coordinadoras —añadió y nos entregó unas tarjetas.

Álvaro se colgó la suya al instante, como si llevar una acreditación morada fuera el sueño de su vida. Yo, en cambio, me la guardé en el bolsillo mientras hacía una mueca.

—¿A qué te refieres con lo del grupo? —pregunté, confundido.

Pero no me contestó. Estaba concentrada, frunciendo el ceño mientras rebuscaba en una caja del suelo. Después se giró hacia alguien entre el barullo.

—Sora, porfa, me quedé sin camisetas de talla L —gritó por encima del ruido.

Una chica —supuse que la tal Sora— se volvió; cargaba unas cajas. Parecía ajetreada, pero sonreía ampliamente.

Lo primero en lo que me fijé fue en esa sonrisa.

Tenía algo que hacía difícil apartar la mirada.

Lo segundo fueron sus ojos: grandes y rasgados a la vez, oscuros, con un brillo especial.

Había en ella una fusión de rasgos que no supe descifrar del todo, pero que llamaba la atención sin proponérselo.

Se acercó a nosotros y dejó las cajas en el suelo. Después sacó unas camisetas de color azul chillón. No pensaba ponerme esa horterada.

—Son para ellos —dijo la chica que había comprobado nuestros nombres, señalándonos—. Están en nuestro grupo.

Sora levantó la vista y su mirada se clavó en mí. Durante una milésima de segundo, el corazón dio un pequeño salto tonto que no comprendí del todo.

—Ah, ¡estupendo! —soltó animadamente mientras nos pasaba las camisetas—. Seré vuestra coordinadora este mes. Me llamo Sora.

Se lanzó a darnos dos besos a cada uno con una calidez natural, como si nos conociera de toda la vida. Pero yo podía jurar que no la había visto nunca; estaba seguro de que, de lo contrario, no se me habría olvidado.

—Hola, soy Álvaro —se presentó mi amigo.

—Iker —dije yo, en un tono más tímido del que me hubiera gustado.

Se supone que yo era el sociable con las chicas y Álvaro, el tímido que se escondía bajo los mapas estelares. Sin embargo, los roles parecían haberse invertido.

—¿Qué tal el viaje? ¿Venís de muy lejos? —preguntó Sora.

—De Madrid —respondió Álvaro enseguida—. Pero hicimos noche en Córdoba con mi abuela, así que todo bien. No había mucha gente en la carretera.

—Nosotras también somos de Madrid —apuntó Sora, sonriendo—, de la zona de Rivas.

Solo había estado una vez en esa parte de la ciudad. Primer año de universidad, una cita que no prosperó, pero al menos me tomé un café delicioso. Me pregunté si a Sora le gustaría también el café de especialidad que yo veneraba o si le parecería una pijada.

En realidad, no sabía por qué estaba pensando en eso.

—Nosotros vivimos en La… —empezó Álvaro.

—Aravaca —interrumpí yo apresuradamente.

Álvaro me miró de reojo, extrañado, aunque no dijo nada.

Tendría que explicarle después que no quería que La Moraleja —y todas las ideas que conllevaba— me presentara antes que yo mismo.

Y era raro, porque nunca me había importado demasiado lo que pensaran de mí.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, sentí que quizá tenía delante la oportunidad de empezar de cero, y no iba a arruinarla antes de tiempo.

—Aquí vais a estar muy bien —nos animó Sora con calidez.

¿Intuiría ella que éramos del programa? ¿Lo habría leído en algún papel, en la mirada, en la forma tensa en que sujetaba la maleta? Sentí el corazón palpitando en la garganta.

—Podéis esperar un poco por aquí —añadió—. Enseguida nos juntamos por grupos y ya os enseñamos las instalaciones. Nos vemos ahora.

Se despidió con un gesto rápido de mano y desapareció de nuevo dentro del bullicio, como si la absorbiera el movimiento del porche.

La chica de los papeles —había olvidado su nombre— nos sonrió por última vez y pasó al siguiente mientras nosotros nos movíamos torpemente hacia la multitud. Nos colocamos en la esquina más alejada, pegados a la pared, como si quisiéramos mantenernos lo más al margen posible.

—Bueno, guay, ¿no? —dijo Álvaro, soltando aire.

—Como vuelvas a repetir la palabra «guay», te ahogo con un calcetín esta noche.

Él soltó una carcajada y me dio una palmada en la espalda.

Entonces Álvaro se puso a recordar nuestro primer campamento juntos.

Habíamos empezado a frecuentar malas compañías y a bajar el rendimiento, así que nuestros padres nos enviaron a un campamento como quien envía a dos delincuentes a rehabilitación.

Fue cutre, pero algo se recolocó entre literas incómodas, risas nocturnas y confidencias absurdas en el baño.

Al volver, hicimos un pacto silencioso: centrarnos de nuevo.

Y, raro pero cierto, lo cumplimos. Álvaro comenzó a ganar campeonatos de tenis y yo empecé a plantearme seriamente Medicina.

Mientras Álvaro hablaba, me dediqué a escanear a la gente. Desde aquella posición, podía observar con detenimiento y cierto disimulo.

Por un lado, estaban los que parecían conocerse de toda la vida.

Charlaban, se reían, se interrumpían y, sobre todo, se abrazaban.

Demasiados abrazos para mi gusto. Me pregunté si aquello era cariño real o simple postureo campamental.

Porque, en serio, ¿cuántos amigos puede tener una persona?

A mí me sobraban dedos para contar los míos, sobre todo después del accidente.

Y luego estaban los otros. Los que miraban alrededor con más cautela que entusiasmo, con las manos en los bolsillos o abrazados a la mochila como si se tratara de un escudo.

Me llamó la atención una en concreto: bajita, con rastas y varios tatuajes pequeños.

Tenía una presencia que incomodaba. Así que apostaría lo que fuera a que ella formaba parte del programa.

Mi mente empezó a imaginar… ¿Robos? ¿Drogas?

¿Peleas? Bufé mentalmente. Estrellar un coche contra la fachada de un restaurante de lujo mientras iba borracho se quedaba en una anécdota divertida.

En ese momento, me di cuenta de que la chica llevaba un identificador morado. Igual que yo. No supe si alegrarme por no ser el único rarito del lugar o preocuparme un poco más.

El verano, como mínimo, prometía ser interesante.

—Hola a todos, hola… Un poco de silencio, por favor… —se escuchó por el altavoz.