Revolución 6. Sora
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6. Sora

SORA

Ese sonido.

El bullicio, las risas, la música en el altavoz. El sonido del verano que volvía a comenzar, como cada año, cargado de sueños y expectativas.

Seguía nerviosa, sí, pero ya no era ese nudo paralizante de la primera hora. Se trataba de otra cosa. Más bien una energía que empezaba a ordenarse por dentro. Sabía que el miedo y la incertidumbre no se irían del todo, pero estaba dispuesta a comenzar a caminar.

Iba a ser un verano alucinante. Tenía que serlo.

Tras desayunar, nos pusimos a montar la bienvenida.

Colocamos las mesas plegables en el porche, colgamos algunas guirnaldas, preparamos los equipos de sonido y pegamos un par de cartulinas de señalización que habíamos improvisado en cinco minutos.

También me aseguré de que la zona de inscripciones tuviera todo lo indispensable con las listas, los bolígrafos, los regalos de bienvenida y las acreditaciones correspondientes.

—Sori, está todo bien —repitió Cris.

Estábamos en la habitación de los trastos —como nos gustaba llamarla— y acababa de repasar por tercera vez que todas las cajas contuvieran los materiales necesarios. Mi amiga me observaba desde la puerta con una taza de té que no sabía en cuántas ocasiones había rellenado ya.

—Hasta que no lo has repasado cincuenta veces, no lo sueltas, ¿eh?

Puse los brazos en jarra y sonreí, intentando parecer más segura de lo que me sentía.

Cris se acercó y, con un guiño cómplice, me apartó un mechón del hombro y me colocó la acreditación especial de coordinadora: blanca, con las letras en lila.

La tarjeta quedó apoyada sobre mi pecho como si de pronto me hubieran ascendido a algo importante.

Después se puso la suya, ajustó el cordón con gesto profesional y me miró de arriba abajo.

—Señorita Sora Alcázar, coordinadora jefa. Señorita Cris Bay, coordinadora en prácticas.

Me llevé una mano a la cabeza, a modo de saludo militar.

—Prometo cumplir con honestidad, esfuerzo y mucha fe.

—¡Y café! —exclamó ella, sabiendo el mes que nos quedaba por delante.

Nos echamos a reír a carcajadas y luego dimos un par de saltitos, como solíamos hacer cuando celebrábamos algo.

—Bien, repasemos, compañera —dijo Cris, que desplegó por la mesa unos papeles.

Nos sentamos en unas endebles sillas de plástico y yo apoyé los codos sobre la mesa.

—Somos once en total —comenzó Cris, leyendo—. Nerea Falcón, Ángela Gil, Diego López, Álvaro Medina, Juan Narbona, Charlie Pérez, Rocío Salazar, Marta Santos e Iker Zuloaga…

Zuloaga. Aquel apellido se me quedó flotando en la cabeza unos segundos.

Entonces empezamos a charlotear, a unir puntos y a sacar teorías absurdas. Conocíamos a casi todos, pero los demás eran un misterio. Empezamos a imaginar vidas enteras solo por sus nombres. Aquello nos sacó más de una risa.

—Oye, ¿y Min-ji? —quiso saber mi amiga—. ¿Vuelve a hablarte?

—Sigue enfadadísima. No soporta tener a David de monitor.

Hice una mueca mientras me acomodaba en la silla.

—Me da pena porque antes se llevaban muy bien, no sé qué ha pasado.

Cris me miró con una paciencia burlona.

—Bueno, tampoco hay que ser Sherlock Holmes, honey —dijo, encogiéndose de hombros—. Tu hermana no es tonta. Se habrá dado cuenta de las veces que has llegado a casa llorando después de estar con él.

Me mantuve en silencio unos segundos. No quería contabilizar la cantidad de días que eso había ocurrido. Me negaba. Además, estaba segura de que lo disimulaba muy bien delante de mi familia.

—Porque lo peor no es que te haga llorar, sino que siempre consigue que parezca culpa tuya.

Usó un tono extremadamente suave, pero yo me removí, incómoda.

Cris solía mostrarse protectora conmigo y bastante desconfiada con los demás, como si el mundo entero tuviera que demostrar primero que no venía a hacer daño. Pero con David aquello alcanzaba otro nivel.

—Ya le has visto, quiere hablar —dije.

—Quiere volver —sentenció ella.

Cerré los ojos un segundo y respiré.

—Tendré que afrontar la conversación en algún momento —admití—. No puedo fingir que no existe durante todo un mes.

—En realidad sí puedes, pero debes querer.

Su tono fue un poco brusco, y el silencio se tensó entre nosotras.

No podía culparla. Al fin y al cabo, cuando David me rompía en mil pedazos, era ella quien se quedaba conmigo a recogerlos.

Quien se arrodillaba en el suelo de mi habitación —metafóricamente y no tanto— y juntaba mis pedazos rotos sin pronunciar un «te lo dije».

—Lo siento —se disculpó—. Quiero ser una buena amiga. Cuéntame, ¿qué sientes? ¿Por dónde va tu cabeza?

Me mordí el labio, ganando unos segundos que no iban a servirme de nada.

—No lo tengo claro.

Y esa era probablemente la respuesta más honesta que podía darle.

Porque yo pensaba que lo tenía más olvidado. Que la distancia, el silencio y todo lo que había pasado habían colocado a David en un lugar menos peligroso de mi vida. Pero bastó con poner un pie en Cala Blanca para que las dudas volviesen.

Cris apoyó la espalda en la silla y me observó en silencio, como si estuviera ordenando mis propias ideas mejor que yo.

—¿Y si hablas con él, lo verás más claro? —preguntó al fin—. ¿O te va a confundir más, como siempre hace?

—Probablemente lo segundo.

David sabía a la perfección cuál era mi camino de vuelta. Me conocía demasiado bien.

—Sora, tienes que decirle de una vez que en septiembre…

—Ya, ya lo sé —la interrumpí.

Aparté la vista hacia la ventana, incómoda. Decirlo en voz alta lo volvía real y definitivo. Y aquello pertenecía a un capítulo de mi vida que todavía no estaba preparada para afrontar.

Apenas se lo había contado a nadie, precisamente para evitar que la noticia llegara hasta David. Me aterraba que la utilizara como una última razón para quedarse… o como la excusa perfecta para marcharse del todo.

—Es muy difícil, Cris —admití al final, jugueteando con el colgante—. Este sitio…

—Este sitio tiene algo —terminó ella por mí.

Levantó la vista hacia el techo, como si Cala Blanca estuviera flotando sobre nosotras como una presencia viva.

—Aquí todo se intensifica —continuó—. El cansancio, las alegrías, lo bueno, lo malo…, incluso el amor. Vosotros dos aquí parecéis la pareja perfecta. David y Sora. La historia que todos querrían tener. Pero luego salimos de esta burbuja y la vida real no es tan romántica.

Sus palabras dejaron un silencio raro entre nosotras, demasiado serio para Cris. Entonces, como si se arrepintiera de haber dejado demasiado peso sobre la mesa, torció la boca en una sonrisa.

—Créeme, sé de lo que hablo. Ya sabes que salgo de aquí con un amor distinto cada verano que luego se esfuma al llegar a Madrid.

No pude evitar reírme, lo que relajó un poco la atmósfera.

Cris se enamoraba todos los veranos. Aunque, bueno, si era sincera, también le ocurría en el resto de las estaciones. El calor solo le daba la excusa, y el campamento le proveía el contexto perfecto para hacerlo más intenso, más escandaloso y más inolvidable.

Así que siempre caíamos en el mismo ritual: nos reíamos, ella juraba que sería distinto y luego, al volver a la vida real, la burbuja del verano —como a ella le gustaba llamar al campamento— estallaba. Por eso no me tomaba demasiado en serio sus flechazos fugaces; ni ella tampoco.

Y precisamente por eso, no me extrañó cuando añadió:

—Este año mi amor se llama Mateo —dijo con un rostro divertido—. El problema es que está casado con Dios.

—Ah, jinjja —me quejé llevándome las manos a la cara, avergonzada.

Ambas estallamos de risa. Cris tenía ese don que admiraba: siempre era capaz de hacerlo todo más ligero y divertido.

—Pero tú…

Otro silencio. Me señaló con la mirada, cálidamente.

—Tú siempre vuelves a David.

Lo dijo como un hecho triste. Como algo inevitable. Como quien no puede impedir que el sol salga cada mañana por el horizonte.

—A veces creo que de verdad piensas que no habría verano, ni campamento, ni amor sin él.

El aire se me quedó un segundo atascado en la garganta mientras desviaba la vista. En realidad, mi cuerpo y mi alma sí que lo pensaban.

El ruido de unas voces me mantuvo alerta. Camila y David entraron en el almacén entre risas, sin esperar encontrarnos allí.

—Ah, hola, chicas —saludó ella, frenando en seco—. Perdón, veníamos a por un cable.

Me tensé en la silla. De pronto, mis manos no sabían dónde colocarse y la garganta se me cerró un poco. Bajé la mirada al suelo, evitando mirarlos. Sobre todo, evitando mirarle a él.

«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».

Nos mantuvimos en un silencio incómodo mientras ellos terminaban de rebuscar entre las cajas y yo pensaba en cómo Camila era experta en orbitar alrededor de David cada vez que lo nuestro tenía una grieta.

—Ahora voy —escuché decir a David.

La respuesta de Camila llegó como un murmullo imperceptible. Lo que sí alcancé a oír de forma nítida fue un gruñido de Cris, casi una advertencia. Al levantar la vista, me encontré a David clavado junto a la puerta.

«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».

—¿Te importa dejarme a solas con Sora? —le preguntó a Cris.

—¿Por qué no le preguntas a ella si quiere quedarse a solas contigo? —soltó con brusquedad.

David tomó aire, apretó la mandíbula y me miró. Por su expresión —que ya conocía bastante bien—, supe que no iba a dejarlo estar tan fácilmente esta vez.

—Sora, no puedo empezar el campamento así.

Guardé silencio un momento. Luego hice un gesto breve hacia Cris, apenas una señal de que estaba bien. Ella puso cara de asco teatral y se marchó sin disimular su opinión.

Me levanté de la silla sin saber muy bien por qué mientras él se acercaba. Hacía mucho tiempo que no estábamos solos y que no nos mirábamos frente a frente, sin ruido alrededor. Sentía una mezcla extraña entre incomodidad y enfado, pero también un calor reconfortante que me sabía de memoria.

—Dime —pregunté, intentando sonar casual.

—Siento que tenemos una conversación pendiente.

Hacía tres meses de nuestra última ruptura. Aquella vez, la excusa había sido que yo estaba absorbida en exceso por el proyecto y los exámenes, que llevaba un tiempo que parecía que todo en mi vida tenía prioridad menos nosotros.

Y, por supuesto, habíamos hablado —y yo, llorado y suplicado— durante horas, sin alcanzar ningún consenso.

Después nos habíamos visto en misas, celebraciones, cumpleaños… e incluso en alguna fiesta en la que habíamos coincidido por pura mala suerte. Pero David siempre había sido distante, cordial y correcto; jamás había mostrado un resquicio de arrepentimiento o de querer arreglar las cosas.

—Has estado perfectamente sin mí estos meses —le recordé.

Tal vez David no estaba esperando el momento adecuado, sino que estaba aguardando a Cala Blanca, que era justo mi debilidad.

—¿De verdad vamos a hacer esto? —resopló.

—¿Hacer el qué?

—Fingir que estamos bien el uno sin el otro.

Apreté los labios. Si tenía que fingir hasta que fuese una realidad, lo haría. Di un paso inconsciente hacia la puerta. Alejarme físicamente de David era lo único que también me iba a ayudar a mantener mi corazón a raya.

«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».

Él ladeó la cabeza y me observó.

—Sora… —susurró, y su voz me acarició la piel—. Siempre hacemos lo mismo. Nos peleamos, nos damos espacio… y luego volvemos a encontrarnos. Aquí. Los dos juntos.

Quería recordarle que era él quien se marchaba, pero en su lugar dije:

—Este verano quiero centrarme en mi proyecto.

Él sacudió la cabeza; parecía decepcionado.

—¿Un proyecto es más importante que una relación de cinco años? ¿De verdad?

Contuve la respiración y aparté la vista. Tenía que reunir las pocas fuerzas que me quedaban cuando estaba con David y mantenerme firme. No podía volver a caer rendida a sus pies; al menos no tan pronto.

—Necesito espacio, David —me esforcé por decir.

—No me pidas que me aleje de ti —respondió enseguida—. No pienso hacerlo.

Tragué saliva y no pude evitar volver a mirarle.

Cuando insistía así, algo en mi interior se descolocaba.

Porque una parte de mí —la más rota, la más cansada— entendía que David me estaba escogiendo.

Que me estaba diciendo que, incluso cuando yo dudaba, él seguía ahí.

Y eso era precisamente lo que yo deseaba de él siempre: que se quedara, sin importar lo demás.

«Los primeros participantes están llegando. ¡Todos al porche! Cambio».

La voz crepitó por los walkies y casi la agradecí como si fuera una mano tendida.

Contesté demasiado rápido, con un «gracias, ya vamos», y volví a mirar a David.

Tenía tal nudo de emociones en la cabeza que me sentía confundida, casi mareada.

Necesitaba salir de allí antes de que su voz, su cercanía o el peso de todos nuestros recuerdos me convencieran de quedarme.

—Deberíamos subir —dije.

—Está bien —contestó, retrocediendo medio paso.

No supe si aquello era respeto, esperanza o puro chantaje emocional envuelto en voz suave. Pero, al menos, dio un paso atrás. Aunque añadió:

—Este verano voy a demostrarte que no hay nadie en el mundo que pueda cuidarte y quererte más que yo.

Luego se marchó en dirección a la casa principal. Conté veinte segundos hasta que se hubo alejado, solo para asegurarme de que, esta vez, no iba a seguirle.

Me sentía orgullosa de no haber caído rendida en sus brazos, al menos no el primer día. Sabía que, cuando el cuerpo y el alma aprendían un baile, costaba desaprenderlo. Pero necesitaba intentarlo con todas mis fuerzas.

Tenía que esforzarme por bailar a otro ritmo aquel verano.