5. Iker #2
Puse los ojos en blanco al imaginar la escena.
—Estoy literalmente agotado de tu negatividad.
La frase me dolió más de lo que quería admitir. Álvaro hacía muchísimo por mí y yo solo sabía ser una carga. Tomé aire y decidí intentarlo una vez más.
—Bueno, sigue contándome —pedí suavizando el tono—. ¿Ellos saben que estamos cumpliendo servicios comunitarios?
—Solo el jefe del campamento —explicó, asumiendo que había un jefe—. Creo que es el sacerdote que estaba en la reunión. Un chaval bastante joven, por cierto. Es él quien nos firma el certificado de horas trabajadas.
—¿Solo es eso? —quise saber, con verdadera curiosidad—. ¿Un acta de horas y ya? No suena difícil.
Un número en una esquina y una firma junto a un sello.
Si se trataba solamente de eso, podría conseguirlo.
Si todo se reducía a esa formalidad, resultaba sencillo.
Solo debía hacer el paripé el tiempo suficiente para completar las horas.
Pero si además exigían algún informe más detallado, entonces sí que estaba jodido. No me sabía ni el padrenuestro.
—Procura no cagarla —insistió mi amigo—. Necesitas conseguirlo como sea. Sin eso, el acuerdo se va a la mierda y lo vas a tener muy chungo en el juicio. Si es que finalmente decides ir…
Miré por la ventanilla mientras dejaba salir el aire despacio.
La secuencia entera de aquel 1 de mayo se clavó en mi mente.
El golpe seco en el estómago al ver el coche empotrado contra el restaurante.
Los cristales por todas partes. Las luces azules rebotando en los escaparates.
Y un policía guiándome hacia el coche patrulla para llevarme a comisaría a prestar declaración.
Días después llegó la notificación, y la abogada de Álvaro —desde ese momento, la mía también— fue directa: si aceptaba la conformidad, aquello quedaría en retirada del carnet durante un tiempo, trabajos en beneficio de la comunidad y asumir los daños del restaurante.
Sin juicio largo o escándalos que no necesitábamos.
La juventud y el apellido ayudaron, claro. Así que aceptamos sin pensarlo.
Aun así, seguía habiendo una mancha en mi expediente que podía jugar en mi contra en el proceso judicial en el que estaba dispuesto a meterme. Debía obtener ese certificado de horas como fuera.
Álvaro puso el intermitente para desviarse hacia la ciudad y el recuerdo se deshizo con el parpadeo naranja reflejado en el cristal. Durante unos segundos solo se escucharon el motor y la música. Luego, sin mirarme directamente —como hacía siempre que quería tocar un tema delicado—, preguntó:
—¿Has sabido algo de ella estos días?
Tragué saliva. La pregunta siempre me entraba como un golpe en la boca del estómago.
—Intento llamar casi a diario —respondí, apoyando el codo en la ventanilla para tener algo a lo que agarrarme—, pero Javier me coge el teléfono cuando le da la gana.
Álvaro asintió, sin interrumpir. Se le daba muy bien escuchar. En gestionar sus propias emociones era bastante más torpe, pero conmigo tenía una paciencia rara.
—Hicimos una videollamada ayer —añadí, dejando escapar una sonrisa—. Me enseñó una manualidad que había hecho. Un sol de cerámica amarillo chillón.
En casa siempre encontrábamos sitio para sus obras, incluso las feas. Me pregunté si Javier lo tiraría a la basura o lo pondría en algún lugar especial.
Mi amigo frenó suavemente el coche y aparcó un momento en una zona de línea amarilla. Puso los intermitentes. Habíamos llegado a la cafetería, pero no quería interrumpirme.
—Volvió a preguntarme cuándo iba a ir a por ella, Álvaro —le dije, mirándole fijamente—. Lo hace cada vez que la llamo.
Apreté los labios en una fina línea. Su voz resonaba en mi cabeza como un martillo que me torturaba. Al final, me estaba pidiendo lo único que yo no podía darle.
—Por eso no puedo rendirme. Necesito ese certificado de horas —tomé aire—. Y por eso, aunque pase un mes, no voy a cambiar de opinión.
Una vez que llegamos a la costa, el paisaje se transformó de golpe.
Dejamos atrás las carreteras vacías y aparecieron los hoteles, las urbanizaciones recién estrenadas y los carteles en tres idiomas prometiendo campos de golf, beach clubs y restaurantes de lujo.
A nuestro alrededor empezamos a ver vehículos de alta gama entrando y saliendo de la carretera, y aquello nos dio pie a una buena conversación sobre coches que me distrajo momentáneamente.
Al cabo de unos minutos, tomamos una salida discreta y nos desviamos por un camino que comenzaba a subir la montaña.
La carretera se volvió más estrecha, flanqueada por arbustos secos, pinos dispersos y curvas imposibles que obligaban a reducir la velocidad.
A cada tramo, el mar iba intuyéndose entre la vegetación.
Seguimos ascendiendo hasta que, de repente, el camino se abrió de golpe y la vista me dejó sin palabras.
Desde ahí arriba se veía toda la playa. Un trazo largo de arena clara que se perdía en el horizonte.
El sol, todavía bajo, teñía el mar de un azul suave, casi plateado.
Pero es que, además, otra cosa llamó mi atención: los campos que rodeaban la finca estaban llenos de lavanda.
Líneas largas, moradas, moviéndose con el viento como un mar distinto.
Abrí la ventana casi sin pensarlo y el olor me envolvió como una caricia suave.
Cerré los ojos un momento y, de pronto, ya no estaba allí.
Me hallaba otra vez en los veranos de San Sebastián.
El olor del salitre, el viento fresco golpeándome la cara, esa sensación eufórica de que la vida era un regalo.
Luego, el caserío de la abuela y aquel jabón natural de lavanda con el que nos bañábamos al volver.
El dolor se me clavó como un aguijón en el pecho, así que cerré la ventana de golpe.
—Hemos llegado —anunció Álvaro.
Lo primero que vi fue una imagen de un hombre en la puerta de entrada —suponía que ese tal Jesús— de casi tres metros, con las manos extendidas en un gesto de bienvenida. A sus pies había un cartel de madera con una palabra pintada en letras grandes: SHALOM .
No tenía ni idea de lo que significaba, pero esperaba que no fuera un insulto ni una broma interna que no sabría seguir.
—Con que campamento normal, ¿no? —fulminé a Álvaro con la mirada.
Él, muy elocuente, decidió ignorar mi comentario y siguió avanzando con el coche, a una velocidad mucho más reducida.
Se mostraba calmado; irritantemente calmado.
Como si no hubiéramos aterrizado en un parque temático religioso.
¡Si casi parecía que habíamos comprado las entradas de manera voluntaria!
Me tensé de inmediato al ver la cantidad de gente que se amontonaba en la puerta.
Había varios coches aparcados de forma totalmente desordenada, algunos con los maleteros abiertos.
También un autobús esperaba para salir de vuelta, tras haber bajado a sus pasajeros.
Incluso con las ventanas subidas, empezamos a escuchar el bullicio.
Voces, risas, golpes de maletas y un silbato sonando a lo lejos.
No sé qué esperaba de aquel campamento, pero ni de lejos algo tan vivo y… alegre.
Por supuesto, el Audi reluciente de Álvaro, rodeado de furgonetas abolladas, coches cansados y un par de chatarras que parecían sostenerse por fe, no iba a pasar desapercibido.
Varias personas se giraron para observarnos y no supe decir si eran miradas de hostilidad, de curiosidad o de sorpresa.
Pero yo lo percibí como un foco sobre la cara.
La vergüenza me atravesó el pecho como una corriente helada.
Siempre me había movido en los mismos círculos, así que nunca había sentido que no encajaba. Hasta ese momento. Era obvio que aquel no era nuestro sitio.
Ellos lo sabían.
Y yo lo sabía.
—Bienvenido al paraíso —murmuré para mí mismo.