Revolución 5. Iker
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5. Iker

IKER

Esperar dentro de un coche a las siete de la mañana, aparcado frente a la casa de la abuela de Álvaro, no era precisamente mi idea de comenzar bien el verano. Pero supongo que cada uno arranca el día como puede.

El cielo empezaba a clarear con luz pálida. La calle seguía medio dormida, pero las primeras persianas se levantaban escandalosas. La panadería de la esquina desprendía un olor a pan caliente que me revolvía el estómago. Un horrendo gato se me quedó mirando unos minutos desde la acera.

Suspiré y me hundí en mi asiento. En medio de la soledad y el silencio, la promesa que le había hecho a Lola no paraba de dar vueltas en mi cabeza.

Un mes para pensar. Un mes para aclararme, para decidir si quería seguir igual, para enfrentar lo que estaba evitando.

Pero es que no se trataba de una cuestión de tiempo ni de ganas.

Lo que pasaba resultaba demasiado grande —y demasiado complicado— para que un mes solucionara algo.

Y lo que más me irritaba era que ella todavía creyera, aunque fuese en el rincón más nimio de su esperanza, que yo podría cambiar de opinión.

Y más aún que lo hiciese en un campamento.

Un campamento que, para colmo, anoche descubrí que era religioso.

—Religioso —me dijo Álvaro.

—¡¿Cómo?! —exclamé mientras terminábamos de cenar, tan anonadado que casi se me cae la comida de la boca.

—Sí, hombre, pero creo que es en plan guay —intentó arreglar, sin estar demasiado convencido.

A mí, que me daban alergia los curas, me incomodaban las monjas y me caía mal cualquiera que creyera que un ser invisible arreglaba vidas si se lo pedías por favor.

En mi familia jamás habíamos sido creyentes.

No había un tal Dios. Existía la madre naturaleza, a la que mamá veneraba y a cuyo estudio dedicó toda su vida.

Mis catequesis fueron las excursiones semanales al bosque, recolectando frutos y leyendo el suelo como un libro.

Mi comunión era la fruta recién lavada en el río, comida con las manos.

La última vez que había pisado una iglesia había sido cinco años antes, en la boda de una prima lejana.

Y lo recordaba como un auténtico tostón.

Intenté imaginar cómo sería el sitio donde iba a pasar las próximas cuatro semanas.

Mi cerebro se puso creativo para fastidiarme, por supuesto.

Adultos hiperfelices por madrugar, dinámicas profundas sobre «lo que sientes en el corazón», rezos eternos y gente hablando de señales invisibles.

Incluso me imaginé a un desproporcionado grupo en círculo alrededor de un árbol, medio colocados, vomitando arcoíris y lanzando flores con forma de corazón mientras agradecían por la vida.

Un cuadro.

No tenía ni idea de cómo iba a sobrevivir un mes. Ni siquiera sabía si sobreviviría la primera semana. Quería estar en cualquier sitio menos ahí, aunque tampoco sabría muy bien dónde.

En menudo lío me había metido Álvaro. Aunque debía admitir que el hecho de que me acompañase rebajaba lo malo a un nivel menos malo, porque, pese a que él vivía en su mundo de estrellas y paz cuántica, su presencia siempre me calmaba el pulso.

Todavía absorto en mis pensamientos, la puerta del conductor se abrió de golpe y Álvaro se dejó caer en el asiento, exhalando como si hubiera corrido una maratón.

—Vale, ya está —dijo a la vez que se ajustaba el cinturón—. Perdón por el retraso, pero me ha regalado dos rosarios, tres estampas y me ha encargado que rece por medio pueblo. Creo que piensa que nos metemos a curas… y está feliz.

Sonreí de corazón. La abuela de Álvaro era demasiado tierna.

—No la culpo por pensarlo.

Álvaro bufó mientras pulsaba el botón de encendido del motor. El coche respondió con un ligero ronroneo y la música empezó a sonar reproduciendo «Buen rollito», la playlist de Álvaro que a mí me provocaba muchas cosas, pero ninguna de ellas incluía buen rollo.

—¿Preparado? —preguntó.

—No, para nada. —Me encogí de hombros—. Pero qué remedio.

El coche salió de la calle, aún medio dormida, y avanzó hacia la autovía. Álvaro no tardó en comenzar a tararear, demasiado animado para esa hora.

—Voy a ponerte el GPS.

Sin pedir permiso, tomé su teléfono y lo desbloqueé. A esas alturas de amistad, la privacidad era más una sugerencia que una norma. Y yo necesitaba urgentemente un café.

—¿De verdad me vas a hacer parar? —preguntó Álvaro, soltando un resoplido teatral.

—Por favor —supliqué—. Dame ese capricho antes de que nos encierren un mes comiendo… lo que sea que nos den allí. Necesito un café de los buenos para afrontar esto.

Anticipando que la abuela de Álvaro solo tendría café Santa Cristina calentado en vaso, anoche había realizado algunas indagaciones. Resulta que había una cafetería de especialidad con dulces caseros y un 4,8 de puntuación que se podría decir que nos quedaba en ruta.

—¿Crees que las monjas beben café? —soltó Álvaro de repente.

—Y yo qué sé, tío. Tú eres el que decía que eran guais.

Reforcé la palabra «guais» con un gesto con los dedos para mostrar mi incomodidad ante su argumento. Por si no era suficiente mi tono irónico.

—Igual, en vez de café, es agua bendita con espuma.

Bufé, sin humor.

—Deberías haberte informado mejor antes de elegir un campamento así. —Sacudí la cabeza—. Además, ¿me puedes dar ya toda la información? Prefiero saber a qué voy a enfrentarme.

—Vaaaya —dijo exageradamente Álvaro—. Por fin te interesas. La reunión informativa fue hace dos semanas y ni siquiera me has preguntado.

Me llevé una mano a la sien y apreté un poco, como si así pudiera ordenar los recuerdos.

Seguro que me había hablado de ello. Pero, o no le presté atención, o mi cabeza decidió guardarlo en ese cajón extraño donde en los últimos tiempos se acumulaban demasiadas cosas.

Bastante tenía con acordarme de lo básico: mi nombre, mi número de teléfono, la dirección de casa.

Había días en los que eso ya me parecía un logro.

—Abre la guantera —me indicó mi amigo—. Guardé un folleto ahí.

Sabía que lo ibas a necesitar en algún momento.

—Obedecí mientras él seguía explicándome—: La abogada me habló de varias opciones.

Talleres de español para inmigrantes, un comedor social con gente de la calle… o un porrón de horas recogiendo basura.

Saqué el folleto y lo primero que me golpeó fue lo bien hecho que estaba. Me esperaba algo improvisado, un documento triste con Comic Sans y un logo pixelado. Pero aquello tenía colores azulados y elegantes, una tipografía bonita y fotos reales de jóvenes como nosotros. Casi aparentaba ser… serio.

En la portada se leía:

PROYECTO LEV

Campamento socioeducativo junto al mar

—Pensé que, de todas las opciones, esta era la menos mala —se defendió Álvaro—. Además, salir de Madrid y poder disfrutar de un poco de aire con el mar cerca me parecía un buen plan.

Me pregunté si habría tiempo para disfrutar, pero no se lo dije en voz alta. Me limité a seguir leyendo.

Un mes. Cada semana, un proyecto distinto. Solo para menores de veinticinco. Organizado desde una parroquia de Madrid. Y al final, en una frase que intentaba sonar amable, remataban:

TRANSFORMA VIDAS MIENTRAS DESCUbrES

CÓMO CAMBIA LA TUYA

No sabía si reírme o preocuparme. O matar a Álvaro.

—¿Pero hay curas y monjas de verdad? —pregunté, buscando en las fotos alguna pista, alguna sotana, algún hábito.

Aún no salía de mi asombro.

—Bueno…, sí —respondió Álvaro, en un tono más bajo—. En la reunión había un cura y una monja. Pero eran jóvenes y parecían normales. Incluso guais.

Puse los ojos en blanco. Otra vez la palabra «guais».

—Además, había varias chicas bastante guapas —añadió, dándome un codazo—. A ver si los astros se alinean y el amor te encuentra para cambiarte la vida.

—Los astros pueden alinearse para ti, que te gustan esas movidas —respondí seco—. Yo paso.

El amor. Justo lo que necesitaba. Otra persona con la capacidad para arruinarme aún más la vida.

Nunca me había resultado complicado ligar.

Me consideraba un tío simpático —al menos, antes de convertirme en esta nueva versión en piloto automático—, pero tampoco me engañaba; el apellido conocido, el dinero fácil en el bolsillo y el comodín de «estudio Medicina» funcionaban como una tarjeta vip.

Al final, eso abría muchas puertas, conversaciones y corazones.

Había tenido novias, sí. Y rollos. Pero nada había llegado a ser lo bastante serio como para presentarlo en casa. A veces me asaltaba la duda de si alguna vez me había enamorado de verdad o si todo había sido fruto de la química.

Ahora, en cambio, aquello me quedaba muy lejano, como si le hubiera pasado a otro. Me veía incapaz de permitir que alguien se acercara a ese sitio donde yo mismo no quería mirar. ¿Mariposas en el estómago? Lo único que yo sentía últimamente era un enjambre de avispas picándome desde dentro.

—No deberías estar pensando en lo guapas que son otras chicas cuando tienes a Valeria esperándote en Madrid —añadí, intentando desviar la conversación de mí.

Miré de reojo a mi amigo, aguardando su respuesta.

Valeria y él se habían conocido el verano anterior, en las fiestas de un pueblo. Sorprendentemente, seguían juntos, aunque a trompicones y a costa de la salud mental de mi amigo.

Ella era un bombón, sí: melena castaña, ojos verdes, piel canela y una sonrisa de anuncio.

El problema estaba en que todo aquello se arruinaba cada vez que abría la boca.

Siempre tenía a mano algún comentario desagradable, una queja o una frase malsonante.

Además, le controlaba las entradas, las salidas, las amistades y, si se descuidaba, hasta la forma de respirar.

Valeria era como un chicle de esos que pisas sin darte cuenta y luego no hay manera de despegar de la suela. Pero yo no iba a meterme donde no me llamaban.

—Uno tiene ojos, ¿sabes? —replicó él, haciendo una mueca.

—No podrás usarlos —apostillé—. Seguro que es uno de esos campamentos donde separan por género en cada una de las actividades y hay que bañarse con neopreno por si alguien ve un centímetro de piel.