4. Sora #2
Rodó los ojos y se oyó un «lo siento» desde alguno de los bancos, que provocó una leve risa en los demás.
—Hoy sí que empezamos de verdad —continuó—. Nos espera un mes precioso. Con los que llegan hoy y con toda la gente con la que nos crucemos en las diferentes misiones.
Echó un vistazo rápido a las notas de su teléfono.
—Habrá jóvenes que vienen con ganas de vivir una experiencia de voluntariado y de fe.
Otros, que están aquí medio obligados… y quizá nunca han escuchado la Buena Noticia de verdad.
—Se encogió de hombros—. Algunos buscarán sentido.
Otros, consuelo. Otros, simplemente un lugar al que pertenecer.
Un poco de familia. Algunos vendrán con mucha luz… y otros llegarán con más sombras.
Arrastró la mirada por todos nosotros y se detuvo unos segundos en mí.
—Y esto es importante porque nuestra tarea no es salvar a nadie. Nuestra tarea es estar. Escuchar, sostener, caminar al lado. Acompañar lo que ya está brotando dentro de ellos, aunque todavía no se vea.
Asentí con la cabeza. Era exactamente lo que necesitaba oír. Quizá no debía echarme tantas piedras de responsabilidad en mi mochila.
La capilla quedó en silencio unos segundos.
Teresa juntó las manos y comenzó a rezar.
El resto entonamos al unísono la oración de laudes.
Pedí por todos los participantes, en especial por los que pudieran venir heridos, rotos, desesperanzados.
Para que aquel lugar supusiera para ellos lo que un día fue para mí.
Al acabar la oración, la luz ya se colaba con fuerza entre las hojas dibujando manchas de brillo en el suelo de tierra. Entonces Mateo tomó la palabra.
—Bueno… Buenos días, chicos. Vamos con el día.
Mateo apareció completamente cambiado, con ropa cómoda y deportiva. Llevaba una libreta y un boli en la mano, de los que no se separaría en todo el campamento. Siempre decía que eran su segundo cerebro.
—La hermana Teresa es la espiritual, yo voy a ser más pragmático. Dones diversos —bromeó, arrancando alguna sonrisa—. Repasemos un poco el día y lo que queda pendiente.
Abrió la libreta por la primera página y comenzó una enumeración interminable de tareas junto con nombres concretos: altavoces, walkies , regalos de bienvenida, carteles de las habitaciones, botiquín…
Cada responsable iba respondiendo «hecho», y cada afirmación aflojaba un poco el pecho, como si fuésemos respirando mejor y mejor.
No era la primera vez que organizábamos un campamento, pero sí la primera con verdadera financiación.
Normal que todos estuviéramos algo más nerviosos y que anduviéramos con un poquito más de cuidado.
Entonces Mateo levantó la mirada hacia mí.
—Por supuesto, no podemos olvidar que este año tenemos esta experiencia piloto del Programa Lev, gracias a nuestra querida Sora —comentó—. Estoy seguro de que entre todos vamos a hacer que funcione. Sora, ¿por qué no damos un repaso rápido general?
Me lanzó una mirada cálida.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
«Tú puedes, Sora».
Noté el toque de Cris en la espalda, que me empujaba de manera suave a levantarme. Lo hice, intentando que no se notara demasiado el nudo que sentía en el estómago. Me agarré el colgante.
—Buenos días —dije, tomando aire—. Bueno. Es increíble que ya estemos aquí, a punto de empezar. Llevamos meses con el nombre Lev en la boca. En cada reunión, en cada excel, en cada audio del padre Mateo a horas intempestivas de la noche…
El grupo rio y eso me aflojó un poco el estómago.
—Hoy deja de ser un proyecto para convertirse en rostros concretos.
Levanté la vista casi por reflejo, en su dirección. David me observaba con una expresión difícil de descifrar, pero decidí ignorarlo por el momento. La gest ión de mi exnovio tendría que quedar en la última lista de mis prioridades este verano.
Repasé rápidamente los grupos, deslizando el dedo por la lista que Mateo me había facilitado: quién iba con quién, quién se quedaba en cocina, quién llevaba las dinámicas y quién hacía de apoyo silencioso.
Revisé también los destinos y turnos de cada semana —residencia, casa de acogida, escuela de verano— con sus características específicas.
—Os recuerdo que en vuestras listas no está marcado quiénes pertenecen al Programa Lev —continué—. Lo hemos hecho a propósito. Queremos que, desde el principio, el clima sea de acogida y respeto para todos.
Volví a mirar al frente, con un poco más de decisión.
—Procuremos no ser indiscretos. Dejemos espacios por si ellos quieren compartir, pero no preguntemos de más. —Hice una breve pausa—. Y, bueno, si en algún momento hay dudas o problemas, el padre Mateo es el único que sabe quiénes son. Podéis consultarle.
Yo misma había preferido no saberlo. No quería llegar al primer día con historias montadas en la cabeza ni cargarme de juicios antes de tiempo.
Mi objetivo pasaba por conocer a cada uno tal y como era, acogerlos vinieran de donde vinieran, sin que una etiqueta me dictara de antemano cómo debía mirarlos. Y eso era sagrado.
Una vez que terminé, Mateo se colocó a mi lado para dar unos últimos avisos y despedirnos con una bendición. La capilla empezó a vaciarse poco a poco, entre bostezos, sonrisas y los primeros «buenos días» de verdad.
David me buscó con la mirada, pero me agarré al brazo de Cris y supuse que eso bastó para espantarlo. Al menos, por el momento. Estaba convencida de que tarde o temprano tendríamos aquella conversación. Igual que sabía también que él siempre encontraba el camino exacto hacia mi punto débil.
Pero quería que aquel verano, de verdad de la buena, fuera diferente. Así que respiré hondo y decidí aferrarme al entusiasmo que vibraba alrededor, a ese pellizco luminoso en el estómago que aparece cuando algo bonito está a punto de empezar.