4. Sora
SORA
Desperté antes de que el sol saliera, como siempre me ocurría estando en Cala Blanca.
No hizo falta alarma. Fueron los pájaros los que me sacaron del sueño con esas primeras notas temblorosas que anuncian el comienzo de un nuevo día. Abrir los ojos sin un despertador, sin la necesidad de lanzarme al teléfono para revis ar notificaciones, era un verdadero lujo.
Allí, las prioridades parecían recolocarse solas, recordándote la manera correcta de vivir.
Deslicé las piernas fuera de la litera con cuidado, intentando no despertar a nadie. La habitación, compartida con otras cinco monitoras, se mantenía sumida en la penumbra, así que avancé a tientas, esquivando mochilas y zapatillas abandonadas en el suelo mientras buscaba mi ropa.
Cris seguía dormida, abrazada a la almohada con entrega absoluta, aprovechando hasta el último minuto de sueño como si no hubiera un mañana.
Me vestí con la agilidad de quien ya ha sobrevivido a demasiados campamentos: rápido, en silencio y sin necesidad de encender la luz. Me puse la sudadera por encima porque, a pesar de ser julio, la brisa de la madrugada seguía colándose con una frescura difícil de ignorar.
Salí despacio, sujetando la puerta para evitar que el metal chirriase demasiado.
Afuera me recibió la mañana naciente y lo primero que hice fue sonreír.
El cielo todavía estaba teñido de un azul profundo, a punto de romperse en rosa.
Me estiré sin vergüenza y llené los pulmones de aire fresco; aire que llegaba con una mezcla de lavanda, sal, madera y tierra mojada del rocío. Aire con olor a hogar.
No había empezado el día y ya sentía ese cosquilleo en el estómago, ese presentimiento absurdo de que algo bueno iba a pasar solo por estar en aquel sitio. Durante un tiempo pensé que era sugestión, que idealizaba Cala Blanca porque allí me habían ocurrido cosas bonitas.
Pero no; yo estaba convencida de que era el lugar.
Cala Blanca tenía algo. Una energía casi ridícula de explicar, como si el amor acumulado de tanta gente se hubiera quedado pegado a los árboles, a las cabañas, a los caminos de tierra, al aire mismo. Como si bastara pisar aquel suelo para que todo dentro de mí hallara, por fin, su sitio.
La finca donde nos encontrábamos era enorme.
Las cabañas —unas diez— estaban ubicadas al final del todo y formaban un círculo perfecto alrededor de una pequeña plaza presidida por un viejo olivo.
Bajo sus ramas se vivían algunos de los momentos más importantes del campamento: celebraciones improvisadas, confidencias, risas de madrugada. Y algún que otro beso.
Me dirigí hacia la capilla procurando no hacer demasiado ruido al pisar la gravilla.
No se trataba de un edificio como tal, sino de un claro abierto cuyo techo lo formaban los alcornoques y los acebuches.
Cuando soplaba el viento, sus ramas se movían y producían un sonido suave, un susurro hondo que hacía parecer que la naturaleza entera respiraba con nosotros.
Los bancos, de madera de castaño y con inscripciones talladas a mano, eran irregulares; no había uno igual que otro.
Los habíamos construido unos años antes entre todos.
Fui la primera en llegar y lo consideré un regalo del día. Me dije que tendría que apuntarlo en mi diario de agradecimiento, ese que rellenaba cada noche religiosamente y que me ayudaba a mantener algunos pensamientos intrusivos a raya.
—Buenos días —musité mientras tomaba asiento en el tercer banco.
Respiré hondo. Bastó una sola inhalación para que esa presencia suave, esa compañía silenciosa que siempre encontraba allí, empezara a llenar cada rincón dentro de mí. No sabía explicarlo; simplemente sucedía.
Un año más, un nuevo comienzo. Muchas cosas podían cambiar en mi vida o en mí misma durante el año —y vaya si lo habían hecho—, pero lo que este lugar me hacía sentir y experimentar cada verano permanecía intacto. Aquí todo encajaba.
Mi pecho se apretó al recordar cómo llegué hace cinco años: perdida, rota y sin luz. Creía que nada podía recomponerse, hasta que este lugar lo hizo por mí. Desde entonces, Cala Blanca vivía en mí tanto como yo en ella. Ya no sabía entender mi vida sin aquel lugar.
Y quizá por eso deseaba tanto que mi proyecto funcionara. Porque, por primera vez, no quería ser solo alguien a quien Cala Blanca había salvado. Quería ser parte de esa salvación para otros.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
Solté el aire lentamente.
La idea había comenzado dos años antes, en una cena cualquiera de esas que parecen inofensivas y, sin embargo, plantan una semilla importante.
Mateo había venido a casa, invitado por mis padres.
Allí nos contó que acompañaba a chicos que debían cumplir servicios comunitarios.
Hablaba de ellos con ternura porque, mientras que para el mundo eran etiquetas —«problemáticos», «conflictivos», «casos perdidos»—, para él solo se trataba de chavales que necesitaban creer que su vida tenía un propósito.
Aquello había resonado en mí con fuerza porque conectaba de lleno con mi propia historia.
Entonces mi cabeza empezó a unir puntos.
Lo que se me ocurría era una locura, pero aun así lo dije en voz alta; primero como un susurro avergonzado, pero luego, con la idea algo más nítida, se lo presenté a mi profesor de Rehabilitación psicosocial.
Él me escuchó sin interrumpirme y, al final, solo me pidió que lo aterrizara y lo escribiera como si fuera real.
A partir de ahí, se sucedieron las tardes eternas en la universidad —con cafés amargos, folios subrayados, tecleo incesante—, hasta que el proyecto dejó de parecer un delirio bonito y se convirtió en una posibilidad.
Meses después llegó la llamada: teníamos financiación.
Y ahora que el proyecto Lev estaba a punto de ser una realidad y la emoción me desbordaba, también aparecían las inseguridades.
¿Y si me había flipado con todo esto? ¿Y si llegaban y lo odiaban desde el minuto uno? ¿Y si yo no lograba conectar con alguno de ellos? ¿Y si todo se nos iba de las manos? ¿Y si, después de tantos meses de trabajo, de tantas ganas, de tanta fe…, al final no valía la pena?
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
También tenía una sensación cogida en la boca del estómago que me advertía que aquel verano iba a ser diferente. Intentaba ignorarla, porque no sabía si era para bien o para mal y eso me asustaba.
Porque si este lugar dejaba de ser un refugio para mí, ¿qué me quedaba? ¿Qué pasaría si algo se rompía? ¿Si perdía a alguien? ¿Si nada volvía a ser igual?
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
Intenté controlar la respiración con la técnica que me habían enseñado.
Entonces la voz de Mateo se coló en mi mente, con una frase que me había dicho meses antes: «La confianza es caminar por el borde de un precipicio mirando hacia delante todo el rato; si miras hacia abajo, dudas, y si dudas, caes».
Me aferré a eso y guardé silencio, dejando que las preguntas reposaran entre el olor a lavanda y el crujido suave de las ramas. Porque permitir que existieran sin tener aún las respuestas también era un acto de fe.
Al cabo de un rato, comencé a escuchar pisadas de diferentes personas, por lo que supuse que el reloj estaba a punto de marcar las siete de la mañana. Poco a poco, fueron entrando algunos monitores y se acomodaron en silencio en los bancos.
Entonces lo vi. David se sumó sin apenas hacer ruido y ocupó uno de los bancos de delante, a la izquierda. Sentí un pinchazo en el estómago al reconocer la camiseta azul que llevaba puesta.
Se pasó una mano por el pelo y, durante un segundo, giró ligeramente la cabeza, como si pudiera sentir mi mirada. Aparté la vista con rapidez.
«Sora, céntrate».
La situación resultaba nueva para los dos: estar separados en aquel lugar, rodeados de todo lo que habíamos sido, pero fingiendo que ya no quedaba nada entre nosotros.
Aun así, necesitaba mantenerme firme. Porque, si algo había hecho en los últimos meses —además de trabajar en el proyecto—, era repetirme que tenía que cerrar aquel capítulo de mi vida de una vez por todas.
Pero David no iba a ponérmelo fácil. Nada más llegar, había salido a mi encuentro para preguntarme por el viaje, me había ayudado a bajar las maletas y me había sonreído con una calidez extraña.
Y, por supuesto, ya había intentado hablar conmigo varias veces.
Yo le había dado largas, refugiándome en el caos de la organización, inventando excusas, aferrándome a cualquier tarea que me permitiera aplazar aquella conversación un ratito más.
En eso había contado con la ayuda inestimable de Cris, que parecía haber desarrollado un radar sobrenatural para detectar a David a diez metros y se presentaba siempre en el momento exacto, cual guardaespaldas nada sutil.
Precisamente mi amiga fue de las últimas en llegar a la capilla; me posó la mano en el hombro a modo de saludo y se sentó a mi lado con una sonrisa todavía arrugada de sueño.
—Buenos días —nos susurró Teresa mientras se dirigía a la zona del altar, tan alegre como siempre.
No llevaba hábito; solo su cruz plateada colgada a la altura del pecho, balanceándose ligeramente con cada paso. Aún no se había reído esa mañana —tenía la risa más escandalosa y contagiosa del planeta—, pero sabíamos que no tardaría.
Nos hicimos amigas enseguida, cuando vine por primera vez.
Ella fue una especie de hermana mayor que no sabía que necesitaba hasta que la tuve delante.
Desde entonces, procurábamos mantener el contacto durante el año, entre videollamadas y visitas fugaces, y sin darme cuenta se había convertido en una de mis confidentes.
—Creo que ya estamos todos, así que podemos empezar —dijo, con una sonrisa amplia—. ¿Han dormido bien? ¿Se han levantado con energía?
Miró al grupo como si estuviera contando cabezas.
—Bienvenidos al primer día oficial del campamento. Ayer ya hicimos…, bueno, el calentamiento: descargar el material, cenar juntos y salir corriendo a comprar lo que alguien se olvidó.