3. Iker #2
Treinta días. Treinta días fuera de esta miserable casa llena de recuerdos dolorosos. Treinta días con la mente ocupada en otra cosa que no fuera yo mismo. Quizá era justo lo que necesitaba.
Mientras lanzaba cosas dentro del neceser y metía algunos objetos en una mochila para tenerlos a mano, me miré un segundo en el espejo. El reflejo me devolvió a un chico de camiseta vieja, chándal, barba demasiado larga y ojeras marcadas.
O en otras palabras… Insomnio mantenido. Descuido de la higiene. Conducta evitativa. Ideación rumiativa. Probable trastorno de adaptación con síntomas depresivos. Manual de primero.
En realidad, parecía más un tipo que huía de algo que un joven de veintitrés años con la carrera de Medicina casi terminada y una herencia millonaria en el banco.
«Aunque, bueno, quizá soy todo eso».
Justo cerraba la cremallera de la maleta cuando sonó el portero.
—Mierda —murmuré, corriendo hacia la puerta para abrirles.
Tardarían dos minutos en atravesar el jardín.
Así que, en ese lapso de tiempo, recogí lo que pude para evitar que la bronca de Lola fuera apoteósica.
Lo que significaba meter cosas en la basura sin mirar demasiado, cerrar puertas para que no vieran el caos y fingir que el olor a podrido no existía.
La pila de platos sucios resultó imposible de abordar.
Cuando sonó el timbre, se me tensó el cuerpo. Respiré hondo, como si eso fuera a servirme de algo, y abrí la puerta.
—Hola —musité, intentando poner una sonrisa.
Lola entró la primera, empujando ligeramente a Álvaro para hacerse hueco. Era una mujer de pelo corto, con uno de esos cortes perfectos que siempre parecen recién hechos. Elegante, con una blusa blanca impecable y unos tacones de aguja tan altos que me dolieron los tobillos solo de mirarlos.
Álvaro, en cambio, levantó un vaso de plástico a modo de saludo.
—Te he traído café —anunció—. Supuse que lo ibas a necesitar.
—Gracias, tío —respondí tomando en las manos el iced americano que reconocí de una cafetería cercana a su casa—, por eso eres el mejor amigo del planeta.
Si pensaba en Álvaro de críos, siempre me venía la misma imagen a la cabeza: un enano rubio, con gafas más grandes que su cara, plantado delante de mí con algo entre las manos justo cuando lo necesitaba. Un balón. Un lápiz. Una goma. Ahora, un café.
Lola había entrado hasta la cocina con el tintineo de los tacones marcando cada paso y se había quedado allí, en medio del desastre, con los brazos en jarra. Mamá siempre decía de ella que se trataba de una mujer de armas tomar. Por cómo observaba mi cocina, entendí perfectamente a qué se refería.
—Iker, por favor —pronunció las palabras despacio, como si no quisiera echarme la bronca—. La casa está hecha un desastre. No puedes seguir así.
Abrí la boca para responder, pero no me salió nada. ¿Qué iba a decirle? No le faltaba razón.
—Tienes ya veintitrés años —prosiguió—. Sé que has sufrido un trauma horrible, pero te sigues poniendo piedras a ti mismo para no dejar de hundirte.
Me pregunté si de verdad hacía eso. Si me había acomodado a vivir en la tristeza.
Mi amigo se acercó por detrás de ella, gesticulando algo así como un «te avisé».
—Ya sois adultos hechos y derechos. Y Álvaro, te estoy viendo —advirtió a su hijo con cara de pocos amigos—. Os vais a Cádiz no porque hayáis sido ciudadanos ejemplares, sino porque tenéis que cumplir con los servicios sociales por haber infringido la ley.
—A ver, técnicamente yo solo estaba presente y decidí ayudar a un amigo —comentó Álvaro, burlón. Intentaba quitarle hierro al asunto—. ¿Eso no debería contar como algo positivo?
—¡No te atrevas a sacarme el tema! —Lola puso los dedos en la sien, procurando calmarse—. A ver cómo repercute esto en tu reputación laboral.
—¿No decías que tu jefe lo sabía? —pregunté, encogiéndome de hombros.
—Sí, pero mi madre asegura que mi jefe es un payaso.
Los dos nos echamos a reír, lo que exacerbó aún más a Lola. Odiaba profundamente que su hijo, el brillante atleta, hubiera acabado trabajando en una start-up que desarrollaba una aplicación para reconocer las constelaciones en vez de ser tenista. Era un tema tabú que no superaba.
—Por Dios —se quejó, exasperada.
—No creemos en Dios, mamá —apostilló Álvaro, divertido.
Lola dio un golpe en la encimera que hizo que ambos nos callásemos. Mejor no provocar más al huracán porque podíamos salir escarmentados.
—Bueno, será mejor que nos vayamos —musitó mi amigo—. La abuela nos espera para comer.
Mi mente iba poco a poco encajando las piezas, como si estuviera despertando de un sueño.
Teníamos que estar mañana en Cádiz para empezar los servicios sociales, pero Lola había obligado a Álvaro a hacer una parada en casa de su abuela, en un pueblo de Córdoba que nos quedaba más o menos de camino.
Dormiríamos allí esa noche para poder llegar temprano al día siguiente.
—¿Has firmado los papeles ya? —continuó Lola, ignorando a su hijo—. Ayer me llamó Javier.
Apreté los labios en una fina línea. Los malditos papeles. El maldito Javier.
—Ya te dije que no pienso firmar —le recordé—. Y que conste en acta, también se lo dejé claro a él.
—Me ha contado que, cada vez que se pone al teléfono, le cuelgas.
—Porque no tengo nada que decirle.
Cogí la maleta y me eché la mochila al hombro en un intento de largarme de allí y no hablar más del tema. Estaba convencido de que, si lo ignoraba, acabaría resolviéndose solo por arte de magia. O al menos de eso quería convencerme.
—Cielo. —Su voz se suavizó y tomó un tono más maternal—. No puedes ir a juicio. ¿Sabes el dinero que te vas a gastar? ¿Eres consciente de lo que va a suponer para ti a nivel mental? Javier es una de las personas con más poder que conozco. Se convertirá en una escabechina y te destrozarán.
—No voy a abandonar sin haber peleado —respondí firme—. Se lo debo.
—Al único al que le debes algo es a ti mismo —sentenció—. Te debes ser feliz. Recuperar tu vida. Terminar tu carrera y convertirte en uno de los mejores médicos de este país. ¿No crees que así la ayudas más? ¿No crees que es lo que ella querría?
Apreté las manos contra la correa de la mochila.
—Tú no sabes lo que ella quiere —respondí, aunque se me quebró la voz—. Y estoy seguro de que, si le preguntaras, te diría que quiere estar conmigo.
El corazón me dio un pequeño salto de… ¿duda? A veces pensaba que lo único que podía ofrecerle era caos, noches sin dormir y una casa demasiado vacía. Aun así, no iba a abandonarla.
Se hizo un silencio incómodo en la habitación. Álvaro me miraba serio, con esa preocupación perenne que ya no necesitaba palabras. Lola tenía el rostro cansado, agotada de repetir los mismos argumentos durante semanas sin conseguir convencerme.
El cuello se me tensó y clavé la mirada en el suelo. La familia de Álvaro me quería, había estado ahí en mis peores días, incluso en los meses interminables de hospital. Y a veces me preguntaba cuánto más estarían dispuestos a aguantarme.
—Os vais a ir a Cádiz —afirmó tras unos minutos incómodos—. Y lo pasaréis bien. Con mente abierta y ganas de aprender. Y cuando vengas dentro de un mes, Iker, decidirás qué hacer.
—Lola…
—Por favor —me interrumpió—. Regálame este mes, ¿vale? Regálate a ti mismo este mes. No tomes decisiones ahora. Llamaré a Javier y le diré que retrase los papeles.
Se quedó un instante en silencio, como si midiera cada palabra.
—Y si cuando llegues sigues queriendo ir a los tribunales, te apoyaremos. Pero hazme este pequeño favor. Date esta oportunidad.
Me sostuvo la mirada con ternura.
—Puede que este verano sea lo que necesitas para sanar.
Sanar. No estaba seguro de saber cómo se hacía eso. Ni siquiera de querer hacerlo. Pero si decirle que lo intentaría iba a tranquilizarla, entonces podía concederle aquello.
—Vale —susurré—. Está bien. Un mes.
En realidad, ¿cuánto podía cambiar una persona en un mes?