Revolución 3. Iker
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3. Iker

IKER

Hay unos segundos, justo antes de despertarse, en los que todavía no eres del todo consciente de la realidad, pero tampoco estás dormido. Es una franja mínima, suspendida, donde nada duele.

Esos eran los únicos segundos del día en los que podía ser feliz.

Instantes después, llegaba el golpe. Volvía a sentir el cuerpo. El pinchazo agudo en la espalda. La presión en el corazón. Y con ello, la certeza de otra noche mal dormida y una jornada más sin sentido por delante.

Me desperecé en el sofá, que desde hacía meses se había convertido en mi cama. Era ya bien entrada la mañana y habría seguido durmiendo sin problema si el maldito perro del vecino no se hubiera puesto a ladrar como un cosaco. Algún día iba a secuestrarlo y a hacerlo desaparecer.

Me dolía la cabeza. Había dormido poco, otra vez.

Lo último que recordaba era la play encendida y yo cayendo rendido con el mando en la mano.

Ni siquiera había consultado el reloj. ¿Para qué?

Solo servía para recordarme cuántas horas debería descansar una persona normal, y yo no lo era. No desde aquel día.

Había perdido la cuenta de las veces que me había pasado The Last of Us .

Podía recitar los diálogos de memoria. Álvaro siempre decía que no avanzara sin él, que las cosas se disfrutaban juntos.

Y que para eso seguíamos cumpliendo nuestro ritual de los viernes: pizza, mandos en mano y la misma complicidad desde que teníamos diez años.

Pero a las dos de la mañana, cuando todo quedaba en silencio y los latidos retumbaban en los oídos, hacía falta apagar la cabeza como fuera. El móvil, vídeos sin sentido, la consola. Cualquier cosa servía para no mirar de frente aquella casa, convertida en una pesadilla vívida.

Desde que estampé el coche contra aquel restaurante, un par de meses antes, y todo se complicó aún más, había estado intentando «recuperar mi vida».

Si es que se le podía llamar así. Pero lo único que había conseguido era demostrarme que no podía y alimentar la duda en mi cabeza de si alguna vez volvería a sentirme normal.

Retomar la universidad, un desastre. No aguantaba leyendo ni dos párrafos de los densos apuntes de Medicina.

Salir a tomar algo con amigos, otro desastre.

No soportaba las miradas de lástima. Así que al final solo accedía a ver a Álvaro.

Pasear por la naturaleza, casi peor aún.

Lo que antes me salvaba se había convertido en una jaula llena de recuerdos feroces.

Por supuesto, también probé a distraerme como se supone que hacen los de mi edad: refugiándome en la noche. Pero ni el alcohol, ni el ruido, ni los besos sin nombre habían conseguido apaciguar el torrente de dolor.

Miré hacia la cocina y me di asco a mí mismo. Más envases de Uber Eats apilados sobre la encimera de los que debería pedir nadie. Sobrevivía gracias a la aplicación porque, total, dinero en el banco me sobraba y no tenía ganas de ponerme a cocinar.

Lo único para lo que tenía un mínimo de energía, si es que se podía llamar así, era para correr.

Diez minutos. A veces siete, a veces cinco.

Lo que mi rodilla soportaba. Aunque, con cada paso, la sentía rígida y resentida; el recordatorio de que estuve a un centímetro de no volver a usarla nunca. Ni a respirar.

Y aun así corría. Porque durante esos pocos minutos la cabeza se me quedaba en blanco. No pensaba en el coche. Ni en la última mirada.

Clavé la vista en la mesa del salón. Allí, desparramados de cualquier modo, estaban los papeles del abogado y la trabajadora social.

Carpetas de colores que intentaban disfrazar lo miserable que era todo esto.

Decenas de folios que hablaban de evaluaciones, estrategias para el duelo, pautas para la ansiedad…

Algunos informes médicos. Un calendario de citas con un psicólogo al que no pensaba ir.

Un círculo en la esquina inferior derecha donde se esperaba mi firma.

El número de Javier subrayado en amarillo fluorescente.

—Maldito Javier —mascullé.

Esa frase se había convertido en un mantra que me había ayudado a sobrevivir los días. Todos necesitamos un culpable y yo había decidido que fuese mi tío. Por supuesto, no pensaba firmar nada. Quizá no ganaría, pero no iba a ponérselo en bandeja.

El teléfono sonó de repente, sacándome de mis pensamientos destructivos. En la pantalla apareció Álvaro, en una foto en la que estábamos viendo un partido del Real Madrid, de la época en que todo era más fácil. Salíamos sonrientes. Eufóricos.

Vivos.

Tomé aire y descolgué el teléfono.

—¿Cómo vas? —fue lo primero que dijo.

—¿Cómo que cómo voy? —mascullé, frotándome los ojos y poniéndome en pie—. ¿Qué clase de pregunta es esa?

—Tío, ¿me estás vacilando? —Álvaro soltó una mezcla entre risa y suspiro—. Que tenemos que salir para Cádiz hoy. Habíamos quedado a las once y media, ¿no te acuerdas?

—¿Cádiz? ¿Qué dices?

Me quedé en blanco unos segundos. Entonces la información aterrizó en mi cabeza.

—Oh, mierda.

Cádiz. Campamento social de verano. Servicios comunitarios. Coche. Restaurante. Policía.

Todo llegó de golpe y me despertó más que un jarro de agua fría.

—No me jodas, tronco, que estoy yendo para allá con mi madre para recogerte —replicó, exasperado, Álvaro.

«Oh, mierda doble».

A veces pensaba que tenía demasiada paciencia conmigo y que cualquier día me iba a mandar a paseo.

—¡No puedo creer que se le haya olvidado! —se escuchó a Lola al otro lado del teléfono, con su característica voz aguda—. ¡Se lo apunté en el calendario del frigorífico!

—¿Lola? —pregunté con los ojos abiertos mientras me dirigía a la cocina—. ¿Para qué viene tu madre contigo?

Fui directo al frigorífico y, efectivamente, en el calendario imantado estaba escrito en letra bien grande: CAMPAMENTO SERVICIOS SOCIALES.

Al lado, una nota pegada con un imán de corazón que decía: «Aprovéchalo, te vendrá bien.

Lola». Alrededor, como un decorado colorido, había imanes de diferentes sitios donde alguna vez habíamos estado: Suiza, Estados Unidos, Japón, Kenia…

Una vida idílica que ahora se me antojaba un sueño demasiado lejano.

Cerré los ojos. Lola me iba a asesinar sin piedad alguna.

—Yo qué sé, esta señora dice que quería verte antes de que te fueras —respondió Álvaro.

—Pues claro que tengo que verle. Sois los dos unos desastres con patas —replicó la mujer—. Al menos quiero asegurarme de que salís para allá.

—Mamá, joder, ten un poco de misericordia con el chaval —intentó calmarla, aunque en su tono había un deje de diversión—. Iker, estamos de camino a tu casa y mi madre va a subir a verte. Más te vale estar preparado, lleva ganas de bronca.

Dijo lo último en un tono más bajo, el cual imité para responderle:

—Álvaro, tío, no me apetece nada —murmuré.

—Estrellaste un coche contra un restaurante de lujo a las cuatro de la mañana, estando borracho. ¿Recuerdas? —contestó—. Y yo, como buen amigo, me he inmolado contigo. Así que creo que no hay mucha opción.

Un dolor agudo se instaló en el fondo de mi cabeza.

—Iker, cariño, te preparo la maleta y, si hace falta, te subo al coche de la oreja, pero te juro que este verano acabas en Cádiz aunque tenga que llevarte en brazos.

Se escuchó la voz de Lola más fuerte que antes, por lo que supuse que mi amigo le había acercado el teléfono a la boca.

La imagen era tan nítida que casi me hizo sonreír un poco. Lola exhibía ese tipo de carácter que nacía de la preocupación. Te gritaba porque te quería vivo. Y, aunque nunca lo diría en voz alta, era lo más parecido que tenía ahora a una madre.

Solté aire despacio.

—Está bien —cedí al fin—. Nos vemos aquí.

—Llegamos en diez minutos —informó Álvaro—. No más, que mi madre conduce como si esto fuera un circuito de Fórmula Uno.

Alcancé a escuchar a Lola replicar algo antes de que colgara el teléfono.

Contaba con apenas diez minutos hasta el asalto a mi casa. Así que, después de unos segundos intentando ordenar mis pensamientos, decidí ir a lo importante: café. Sin eso, no podría sobrellevar el día ni el viaje.

Sin embargo, mi gozo se fue al pozo enseguida. No quedaba ni una gota en la cafetera. Tampoco ni un gramo de café en la despensa. Había pasado los últimos meses convencido de que aquel café de especialidad, de tueste natural, era una fuente inagotable, pero la realidad era otra.

Solté un gruñido. Sin eso, el día prometía ser todavía más horrible.

No tuve tiempo de recrearme en la desgracia y salí pitando hacia la habitación mientras la rodilla protestaba con un pinchazo rápido.

Mi dormitorio seguía casi igual que el día del accidente.

Un tono grisáceo en las paredes, muebles blancos combinados con toques de azul marino y una cama doble.

El escritorio amplio junto a la ventana, repleto de apuntes y manuales para el examen de Anatomía al que nunca me presenté.

Una estantería llena de libros de todos los colores, formas y géneros, que ahora estaban cubiertos por una capa fina de polvo.

El tiempo parecía haberse detenido allí dentro.

Abrí el armario y cogí lo que pude al tuntún.

Faltaban un montón de prendas, que estaban enterradas en una cesta de ropa sucia desbordada, así que tuve que improvisar.

Camisetas ligeras, pantalones cortos. ¿Haría frío?

Nunca había estado en el sur, pero, por si acaso, un par de sudaderas.

También dos pantalones vaqueros, ropa interior…

y las zapatillas de correr, por si podía escaparme.

Me sorprendí de que mi cerebro pudiera funcionar para hacer una maleta, pero el huracán Lola ejercía mucha presión.

Ni siquiera tenía claro en qué me había metido.

Cuando nos dieron a elegir destino entre varios proyectos por España, le dije a Álvaro que escogiera por mí.

Días después apareció con esa sonrisa de «todo controlado» y anunció: «Cádiz.

Un mes, con un proyecto distinto cada semana.

Playa cerca, gente maja. Te va a venir bien».