2. Sora #2
Permanecí un rato en silencio valorando sus palabras. Mi madre solía dar pocos consejos, pero cuando lo hacía, sentaba cátedra con su sabiduría.
—Gracias, Sun-Hee —respondió Cris, poniéndome una mano en el hombro—. Y tranquila, vamos juntas. Somos un equipo. Además, están el padre Mateo y la hermana Teresa; nos cuidaremos entre todos.
Tomé aire y lo solté despacio. Sin darme cuenta, había estado aguantando la respiración.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
El cosquilleo nervioso se fue transformando en brisa cálida y fresca que empujaba desde dentro. Podría hacerlo. Por supuesto que podría hacerlo porque no lo haría sola.
—Ah, la hermana Teresa… —dijo papá, relajando de nuevo el ambiente—. Dale un abrazo de nuestra parte. Hace mucho que no viene por Madrid.
Mamá me sostuvo la mirada un segundo más y luego asintió, confiando.
—¿Y tú, Min-ji? —quiso saber Cris—. ¿Cómo afrontas tu primer campamento?
—Min-ji sí que va obligada… —bromeé y choqué los puños con mi amiga.
Meternos con mi hermana era uno de nuestros pasatiempos favoritos.
—¿Os pagan por ser tan pesadas? —resopló.
Y también el suyo, sin lugar a dudas.
En realidad, a mi hermana no la había obligado nadie, pero todos sus amigos iban y, al final, se había visto un poco empujada como algo inevitable. Pero la conocía bien: primero protestaba y luego agradecía.
—Intenta abrirte y disfrutar —le aconsejé, aunque mi hermana nunca escuchaba mis consejos—. Si te dejas llevar, quizá te puede dejar una huella imborrable.
—Hazle caso a tu hermana —dijo papá, señalándome con el tenedor—. Ella también iba arrastrando los pies… y mírala ahora.
—Aquel campamento te cambió la vida —añadió mi m adre con una sonrisa—, y contigo cambiamos todos nosotros.
Lo sabía bien.
El portón del maletero se cerró con un golpe sordo y mi madre no se apartó. Se quedó ahí, a mi lado, como si estuviera comprobando algo que no cabía en ninguna mochila.
—Si en algún momento te notas…, ya sabes —dijo al fin, bajando la voz—, me llamas. Da igual la hora.
Asentí y me obligué a sonreír para que se quedara tranquila. Confiaba en que estaba mejor y que no tenía por qué aparecer esa vieja amiga que a veces se colaba sin permiso.
La parroquia se hallaba apenas a diez minutos en coche, un trayecto que podía recorrer con los ojos cerrados. Papá y mamá charloteaban delante sobre su próximo viaje por Europa, aprovechando que nos íbamos de casa durante todo el mes.
Entonces mi móvil vibró con un tono que solo yo conocía y llevaba meses sin escuchar. El estómago se me encogió antes incluso de mirar la pantalla.
Deseando vivir otro verano contigo
Tensé la mandíbula y le enseñé la pantalla a Cris, que estaba al otro lado del coche. Min-ji, encajada en el asiento del medio, no tardó ni dos segundos en asomar la cabeza.
—¿Quién es? —preguntó, alzando una ceja—. ¿El idiota de tu novio?
Le solté un codazo para que se callara.
A Cris no le hizo falta pronunciar palabra; su mirada me lo dijo todo: «Ni se te ocurra contestarle». Antes de que pudiera reaccionar, mi padre dio un frenazo al descubrir que un sitio se quedaba libre.
Miré la pantalla otra vez, sin poder creer que me hubiera escrito aquel mensaje como si nada.
Su foto de perfil era de uno de los días que habíamos pasado juntos en la Warner.
Estuvimos tan bien que llegué a creer que quizá, esa vez sí, que David iba a quedarse.
Que lo nuestro iba a ser algo más que impulsos y despedidas.
Bloqueé el teléfono y lo dejé boca abajo sobre mis rodillas, como si así pudiera silenciar también todo lo que removía todavía en mí. Estaba dispuesta a no dejar que otro verano llevara su nombre, así que me obligué a no pensar más en él, al menos hasta volver a verle en el campamento.
Lo cual, por desgracia, iba a ser en apenas unas horas.
—¡Chicas, bienvenidas! —nos saludó Mateo desde lejos, levantando la mano cuando nos vio bajar del coche.
Mateo era alto y elegante, con el pelo rubio cobrizo a juego con la barba y una musculatura definida. Era innegable que el apodo de Padre Fitness que le habían puesto todas las chicas de la ciudad tenía su razón de ser.
—Hola, Mateo —saludé con confianza, dándole un abrazo rápido.
Cris hizo lo mismo, aunque un poco sonrojada.
—Mateo, ¿cómo estás? —dijo mi padre mientras se apoyaba en el capó—. ¿Ya te han liberado?
—Por fin, sí —suspiró—. Uno tiene que dejar todo listo para poder desaparecer un mes. Gracias, chicas, por esperarme.
—A ellas les ha venido genial, anoche estuvieron en una fiesta —intervino mamá.
Cris y yo sonreímos de forma angelical. En cuanto supimos que Mateo saldría el último en su coche, nos apuntamos generosamente. No íbamos a perdernos la fiesta de Yara por nada en el mundo.
—O sea que ¿vais a dormir todo el trayecto? —preguntó Mateo con esperanza.
—Ni lo sueñes —reí.
—Un viaje de seis horas con estas tres va a ser interesante —bromeó mi madre, alzando las cejas—. Que Dios se apiade de ti.
—Nada, ahora las pongo a rezar tres rosarios y listo —dijo él, en tono divertido.
—Ya verás la playlist que te hemos preparado, Mateo —amenazó divertida Cris mientras hacía un bailecito.
—¡¡¡Blackpink!!! —respondimos Cris y yo a la vez, dando saltitos.
—Pegadme un tiro —pidió Min-ji, que se llevó una mano a la frente—. Eomma , papá, ¿de verdad que no puedo irme con vosotros por Europa?
—¡Ni pensarlo! —respondieron a la vez.
Mi padre abrió los brazos hacia nosotras para despedirse. Por supuesto, no faltó la bendición de mamá a modo de cruz en nuestra frente. Les dijimos adiós con una teatralidad exagerada mientras desaparecían por la esquina.
Tras colocar las maletas, Mateo me pidió que me pusiera delante para repasar juntos algunos temas de logística. Reprimí una sonrisa mirando a mi amiga, que se recolocó las gafas de sol dramáticamente y fingió que se le escapaba una lagrimita por la mejilla.
La furgoneta olía a una mezcla imposible de describir: incienso, cera, colonia barata de adolescente, galletas rancias… Estaba trilladísima después de tantos años de eventos y campamentos. De hecho, los jóvenes la usábamos para aprender a conducir porque no había forma humana de estropearla más.
—Vamos, bonita —dijo Mateo dándole unos golpecitos cariñosos al volante—. Llévanos a Cádiz.
Y tras asegurarse de que todas estábamos colocadas y abrochadas, juntó las manos y recitó una pequeña oración de protección antes de arrancar.
—Y ahora… —comentó Cris.
Su móvil se conectó al bluetooth en cuestión de segundos —fatal para Mateo, maravilloso para nosotras— y al instante se oyó el beep que lo confirmaba.
—… toca la tradición de cada verano. Empezar con ESTA.
La música explotó en los altavoces. Bet You Wanna , de Blackpink, llegó para quedarse. Me dejé llevar por la familiar melodía de la intro.
—Pero luego ponemos alabanzas, ¿eh? —se quejó Mateo, subiendo la voz por encima del ritmo, aunque se le escapó una media sonrisa.
Cris me pasó una botella de agua como si fuera un micrófono profesional y empezamos a gritar la letra, alternándonos los versos y tomando la carretera por escenario.
—¡Vamos, Mateo, que te la sabes!
Le acerqué la botella a la boca y, tras dudar una milésima de segundo, él también se arrancó a cantar en un inglés inventado. Y así, entre gritos desafinados y risas que se escapaban sin permiso, empezó el verano.
El verano que terminaría cambiando mi vida de una manera totalmente inesperada.