2. Sora
SORA
Abrí los ojos dos segundos antes de que sonaran los dos despertadores al unísono. El de Cris entró a matar con Pink Venom ; el mío reprodujo Stay , una balada de esas que te abrazan desde dentro. Las dos eran de Blackpink, pero cada una con su propio matiz.
— For God’s sake , apaga eso… —se quejó mi amiga, con la voz ronca.
Tenía media cara hundida en la almohada, el rímel corrido y un rastro de purpurina en la mejilla brillando todavía con intensidad.
Me apoyé en su espalda para alcanzar los móviles y silenciarlos. Ella gruñó, abrió un ojo y se dio la vuelta para seguir durmiendo. Cris no era una morning person —como ella decía—; a mí, en cambio, las mañanas me organizaban el corazón.
—¡Arriba! —canturreé, incorporándome para hacer un bailecito de victoria.
El sol entraba a raudales por la ventana, como si alguien hubiera descorrido el verano de repente.
Anoche llegamos irresponsablemente tarde: cumpleaños de Yara, del equipo de baile, conga a todo trapo con desconocidos y soplo de velita clavada en una porción de pizza de dos euros. ¿Dormimos cuatro horas? Con suerte. Pero me parecía una forma estupenda de darle la bienvenida al verano.
Paseé la mirada por el cuarto. Encima de la silla del escritorio estaba la ropa de anoche, arrugada. Al lado, las maletas para el campamento que, con previsión, habíamos dejado listas antes de salir.
«Tengo veintiún años. Me queda un curso para terminar la carrera. Y hoy empieza el verano que puede cambiar mi vida».
Me toqué el colgante. Una pequeña concha marina de oro que me regalaron en mi bautismo y que volví a ponerme hace cinco años, después de mi primer campamento. Cuando los nervios subían, era el ancla que me calmaba; el lugar donde todo volvía al origen.
—Mmm… —Cris se desperezó—. Huele a tortitas de Sun-Hee.
Sonreí a la vez que mi estómago rugía; la pizza de anoche ya era historia.
—Cris, este verano va a ser genial —dije mientras me ponía en pie—. Lo presiento. Lo llevas todo, ¿verdad? Cepillo, cargadores, libreta, la playlist de viaje.
Necesitaba asegurarme una vez más, porque así funcionaba mi cerebro.
— Check —añadió con el pulgar arriba y una sonrisa burlona. Ya estaba volviendo a ser ella—. Por cierto, me pido delante.
—¿Para qué, pillina? —me reí y me tiré encima para hacerle cosquillas.
Ella chilló y se revolvió, pero al menos logré levantarla de la cama.
—Es que es taaan guapo —dijo, exagerando, mientras se sentaba en el borde.
Cris era incapaz de parecer un desastre: mono de lunares, scrunchie a juego y el pelo pelirrojo cayéndole en una cascada envidiable.
Yo, por el contrario, había dormido con una camiseta roñosa y antigua que me quedaba tres tallas más grande.
Quizá por eso, juntas componíamos una armonía perfecta: ella era orden en lo visible y yo, en lo invisible.
— ¡Aigoo! Demasiado temprano para pecar —exclamé haciéndome la dramática mientras explotábamos en risas y ella me lanzaba un cojín.
Tres golpes rápidos sonaron en la puerta e interrumpieron nuestra alegría.
—Como no mováis el culo, os quedáis sin tortitas. Aviso —se oyó desde el otro lado.
Cris me miró conteniendo la risa y yo puse los ojos en blanco.
—¡Ya vamos, pesada! —respondí.
—Buenos días a ti también, Min-ji… —bromeó Cris—. Tan cariñosa como siempre.
El comedor de mi casa ya se encontraba en modo mañana de sábado.
Las ventanas abiertas de par en par mientras de fondo sonaban los Beatles, el grupo favorito de mis padres.
La mesa estaba puesta, con un auténtico festín de tostadas, fruta, zumo…
Mi familia pretendía despedirnos por todo lo alto.
Mi hermana Min-ji ya ocupaba su asiento y pasaba tiktoks casi a velocidad profesional.
Luego apareció mamá, con una fuente de tortitas recién hechas entre las manos, y papá detrás con el café caliente.
—Buenos días, señoritas, vamos a llegar temprano hoy —soltó papá con retintín, haciendo un gesto divertido con los dedos.
—Buenos días —respondimos a coro.
Le di un beso en la mejilla a mamá. Papá se acercó por detrás y me abrazó cual peluche, casi dejándome sin respiración.
—¿Qué tal el cumpleaños? ¿Lo pasasteis bien? —preguntó.
—Uf, súper —entoné con alegría.
—Se nos fue un poco la hora, sí —añadió Cris.
—Se bebieron hasta el agua de los floreros —comentó Min-ji con expresión burlona—. He visto las stories de Yara.
Me plantó el móvil delante de la cara. En la pantalla, una historia de Instagram mostraba a Yara grabándonos mientras nos tomábamos una ronda de chupitos de «un color verde extraño que no pienso volver a tomar».
—Voy a tener que decirle que también te bloquee —la reté, despeinándola y ganándome un manotazo como respuesta.
—Venga, sentaos, que se enfría —dijo mamá, dejando la torre de tortitas en el centro.
Obedecimos sin rechistar y cada uno ocupó su sitio de siempre, incluso Cris.
—¿Quién bendice? —preguntó mamá.
—Yo no —respondió Min-ji rápidamente.
—¡Yo bendije ayer! —exclamé.
—Cris, espero que en tu casa no hagan estos trapicheos en nombre de Dios —rio papá—. Va, me toca a mí. Ya sabéis que mis bendiciones son largas, aviso.
Se aclaró la garganta y la mesa quedó en silencio. Cuando Andrés Alcázar rezaba, el mundo parecía detenerse un par de marchas.
—Querido Papá Dios —empezó, abriendo las manos—. Te damos gracias por este nuevo día que nos regalas y por estos alimentos. Hoy es un día especial porque estas tres hijas tuyas que se sientan aquí van a dedicarte un mes entero. Y como padre…
Hizo una pausa para mirar de reojo a Cris.
—… y padre adoptivo a ratos de Cris —sonrió—, las pongo en tus manos, una por una. Tú las conoces mejor que nadie: sabes qué les ilusiona, qué les pesa, qué les da miedo y qué las hace brillar.
»Cuídalas si están cansadas y creen que no pueden más.
Enséñales a adaptarse cuando el plan cambie, cuando el ritmo del campamento no sea el suyo y tengan que aprender pasos nuevos sobre la marcha.
Dales paciencia para acompañar a quien vaya más lento, fuerza para sostener a quien se caiga y humildad para dejarse cuidar también.
Papá levantó la vista y finalizó la bendición, mirándonos.
—Que sepan escuchar antes de hablar, ceder sin apagarse y bailar con los demás, aun si la coreografía no es la que ellas habrían elegido. Y que, en todo lo que hagan, incluso en lo pequeño o cuando nadie las vea, no se olviden de hacerlo contigo y por amor. Amén.
—Amén —respondimos todos.
—Qué bonito, Andrés —dijo Cris, aplaudiendo con devoción—. ¡Estás inspirado!
Sin duda, llevaba el periodismo en la sangre.
—Gracias, papá. —Le mandé un beso desde mi silla, algo emocionada—. Eres el mejor.
Nos servimos el desayuno en un ambiente calmado y alegre. Yo cubrí mi tortita con Nutella y fresas. Cris eligió su mermelada favorita de naranja, que siempre comprábamos para ella. Lo de «hija extra» no era exageración.
—A ver, jefa. —Mamá me guiñó un ojo—. ¿Estás nerviosa?
Tragué saliva y sentí un cosquilleo extraño en el estómago.
—Bueno… —carraspeé—. Un poco. Hemos trabajado tanto que aún no me creo que haya llegado el momento.
—La verdad es que has de sentirte orgullosa, Sora —añadió papá—. Tienes veintiún años solamente y esto puede cambiar las vidas de muchos.
Aquel día no empezaba «otro campamento».
Empezaba el proyecto que había imaginado para mi trabajo de final de carrera, ese en el que llevaba años trabajando.
Por fin íbamos a pasar del papel a la vida; de los supuestos a las personas reales.
Sentí el peso de la responsabilidad hundiéndose en mis hombros.
—¿Cuántos van a ser al final? —preguntó papá, con la boca un poco manchada de chocolate.
—Hemos aceptado a seis —expliqué, cortando un trocito de tortita—. Todos menores de veinticinco, así que espero que puedan encajar estupendamente.
—Y me dijiste que iban por voluntad propia, ¿no? —preguntó mamá—. Quiero decir… que nadie los obliga.
—Diría que es una mezcla entre obligación y elección —respondí—. A algunos les ofrecen varias opciones de servicio y ellos eligen dónde cumplir las horas. El campamento es una más, entre otras tantas.
Me llevé el tenedor a la boca y saboreé la tortita.
—A mí lo que más curiosidad me causa es saber cómo llegan ahí —intervino Cris, con la boca medio llena—. O sea, qué han podido hacer para tener que cumplir servicios comunitarios.
—Ya… —Me encogí de hombros—. Pero esa información no la sabremos.
Estaba claro que a mí también me picaba la curiosidad, pero debía ser fiel a la filosofía de mi propio proyecto.
—¿Y si hay un asesino? ¿Y si nos matan mientras dormimos? —soltó Min-ji, muy seria… durante dos segundos. Lo que tardé en darle una patada por debajo de la mesa—. Babo-ya .
Papá nos regañó a ambas de manera cariñosa, tanto que todos acabamos echándonos a reír. Sin embargo, al levantar la vista, me encontré con los ojos preocupados de mi madre, que me observaban con detenimiento.
—Estoy bien —le dije, conocedora de esa mirada.
Y lo estaba.
—No sé… —murmuró—. Siento orgullo, pero también preocupación. Eres joven, cariño, y hay historias muy duras ahí fuera. Hay heridas que no se ven, heridas que van por dentro.
Hizo una pausa, con la mirada anclada en el café. Eomma llevaba media vida dando clase en barrios difíciles y había aprendido a leer muy bien a sus alumnos.
—A veces solo miramos el error y olvidamos preguntarnos qué hubo antes —continuó—. Sea lo que sea lo que los lleve a cumplir servicios sociales, puede que no se trate de algo tan sencillo. Es probable que acudan con más vergüenza que ganas. Con rabia, incluso.
Alzó la vista.
—Prometedme una cosa. Las dos.
Miré de reojo a Cris, que asintió enseguida, así que hice lo mismo.
—No os quedéis solo con lo evidente, procurad ir más allá. Hay personas que no encajan porque quizá vienen demasiado rotas, no porque sobren. Y, a veces, lo único que necesitan no es que alguien las corrija, sino que alguien se quede.
Hizo una pausa breve.
—Y recordad esto: la luz de Dios siempre se cuela por las grietas.