Revolución
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1. Iker
IKER
El agua de la piscina danzaba bajo la cálida luz de la luna con una serenidad insultante.
Se hallaba tan en calma que casi parecía estar burlándose de mí.
Porque si alguien hubiese observado desde fuera, habría dicho que la paz reinaba en cada rincón.
Pero en mi interior, en cambio, todo estaba roto.
El corazón me golpeaba el pecho y las seis cervezas que había tomado no conseguían apagar el incendio que sentía. Más bien lo avivaban, como si cada trago echara gasolina ahí, justo donde más me dolía.
Clavé los ojos en el fondo de la piscina. Mi móvil dormía, boca abajo, soltando burbujas desde el lugar al que lo había lanzado hacía un momento. Si seguía vivo o no, no me preocupaba lo más mínimo.
—¡Maldito Javier! —escupí en voz alta, como si las encinas del jardín fueran a responderme.
Juraba que si algún día tenía el valor de matarlo, lo haría. Se había encargado de quitarme lo único que me importaba. La única razón que tenía para seguir respirando en este mundo de mierda.
Javier. Su nombre me envenenaba. El despacho carísimo, la sonrisa ensayada, la voz lenta con la que se permitía explicarte tu propia vida sin que nadie le hubiera preguntado. «Entiéndelo», me decía constantemente.
—¿Entender el qué, idiota? —murmuré con los puños apretados.
Me incorporé tambaleándome y se me escapó una risa amarga al ver que a duras penas me mantenía erguido.
«Mírate, Iker, eres un despojo humano».
Un despojo incapaz de sostenerse a sí mismo.
Bajé la vista hasta el botellín que tenía entre las manos. Lo irónico era que ni siquiera me gustaba el alcohol, pero al menos conseguía mantener el dolor adormecido. O eso me empeñaba en pensar.
«Quizá ella está mejor sin mí».
El pensamiento se coló sin permiso y la duda me apretó el pecho. Como un puñal clavado en la caja torácica. ¿Y si de verdad estaba mejor sin mí?
Lancé el botellín contra la pared blanca del fondo y estalló en mil pedazos.
Una parte de él me empapó la mano, el brazo y la camiseta; el resto resbaló hasta las baldosas dejando una mancha sucia y un reguero pegajoso tras de sí.
Me dio igual. Si la casa entera se venía abajo, me resultaba del todo indiferente.
Ya no tenía corazón, ni alma, ni vida. Solo ruido.
Desde aquel 17 de noviembre. Un zumbido que no me permitía pensar con claridad.
Porque ¿para qué sirve vivir si lo único que eres capaz de sentir es amargura, tristeza, desesperanza?
¿Para qué vivir si lo que te mantenía a flote te ha sido arrebatado?
Caminé hasta el borde de la terraza. Era noche cerrada y la sierra de Madrid se desplegaba limpia, bonita, intocable.
A lo lejos, se divisaban los puntos de luz parpadeantes que conformaban las casas, jaulas de cristal para ricachones insoportables.
Una postal perfecta de una vida en la que ya no encajaba la mía, y me alegraba.
Al fin y al cabo, el dinero era solo una ilusión.
Llegado el momento, ni un millón de euros en el banco podría salvarte.
—¡Todos os vais a morir, cabrones! —grité con la voz quebrada.
Un motor lejano, un grillo testarudo, el vaivén de las hojas como única respuesta. Por lo demás, absoluto silencio. El mundo seguía girando, sin importarle si yo continuaba en él o no.
Me quedé quieto, con los pies descalzos clavados en el pavimento, escuchando mi respiración rota y torpe.
Olía a cloro y a dama de noche, tozuda superviviente, aunque llevaba meses sin regarla.
En ese momento me pregunté si habría alguien ahí para mí.
Alguien capaz de mirarme sin apartar la vista y recordarme que la vida todavía podía ser bonita.
Que aún quedaba esperanza. Que cada día era un regalo.
Alguien que se creyera esas tonterías con la suficiente fuerza como para no hacerme dudar.
Me pasé la mano por la nuca y me di cuenta de que tenía los dedos pegajosos, manchados de sangre. Imaginé que me habría cortado con algún cristal. Y aun así, la anestesia del dolor me dejaba como de piedra. Podrían atropellarme o despellejarme vivo y seguiría sin sentir nada.
Entonces algo me acarició el alma. Una idea con un sabor amargo.
«Podría saltar».
Sí. Podría hacerlo. ¿Quién me lloraría? Nadie. Bueno, muy pocos.
Tan solo sería un segundo. Un fogonazo. Y luego…, la oscuridad plena que significaría silencio, descanso y final.
Miré al cielo. Pocas estrellas, heridas por la maldita contaminación de la que mi madre tanto se quejaba. De niño había visto el cielo de Navarra. Aquello sí que era un espectáculo. Solíamos hacer acampadas en el jardín para contemplar las constelaciones mientras compartíamos risas y confidencias.
El corazón se me retorció y, sin darme cuenta, una lágrima me cruzó la mejilla.
Tal vez ese podía ser el último recuerdo de mi existencia. No el golpe, la sangre o los días de hospital. Las noches estrelladas en Navarra. Un cielo tan desbordado de luz que parecía decirme, sin palabras, que había algo más grande que nosotros.
¿Lo había?
¿Un cielo? ¿Un infierno? ¿Un ser superior mirando desde algún palco sentado? Porque, si existía, debía de andar riéndose de mí a carcajadas, el muy cabrón.
—Si estás ahí, dime algo —susurré, agarrándome a un último clavo ardiente de esperanza—. Lo que sea.
Nada. Silencio absoluto. Justo como aquella vez.
Esperé unos segundos más, por si acaso. Incluso cerré los ojos, para ver si funcionaba mejor. El vacío, la nada, me golpeó en el último ápice de esperanza que había albergado. Entonces solté una carcajada al aire. Definitivamente, no había nadie.
Desde fuera debía de parecer un verdadero estúpido, hablando solo. Autodiálogo. Rumiación. Ideas de muerte. Insomnio. Abuso de alcohol. Podría escribir mi historia clínica con los ojos cerrados y, sin embargo, no lograría curarme.
—Estás solo. Completamente solo —me dije a mí mismo.
Soledad, de eso se trataba. Una soledad que congelaba el corazón.
Me incliné un poco más sobre la barandilla y la agarré con fuerza. Las piernas me temblaron y un escalofrío me subió por la espalda. El vértigo se abrió bajo mis pies como una boca negra, hambrienta.
Solo serían unos segundos. Luego todo estaría bien.
«Ella estará bien».
Suspiré. Podía hacerlo. Bastaba la valentía para dar un solo salto.
—Solo unos segundos… —musité antes de tragar saliva.
Entonces se levantó una ligera brisa, como un susurro cálido.
Duró apenas un instante, pero fue suficiente.
El viento —o lo que fuera— movió un carrillón que mi padre había colgado en una de las ramas del limonero, muchos años antes.
Los tubos chocaron suavemente y dejaron escapar tres notas torcidas.
Fue… ruido. Simple ruido. Pero bastó para que algo cediera por dentro y una imagen se colase: ella riéndose por una tontería y mirándome como si yo fuera invencible.
Se me aflojaron los dedos y parpadeé. Acto seguido, me retiré de la barandilla, asustado, y el mundo se me vino encima. Primero un nudo en la garganta. Luego el temblor en la mandíbula. Después acudió todo lo demás: el llanto entero, bruto, sin medidas. ¿Qué había estado a punto de hacer?
Me dejé caer de rodillas y las baldosas me arañaron en el aterrizaje.
Apoyé las manos y me quedé ahí, respirando mal y, a la vez, tragando polvo, cerveza derramada y un poco de sangre.
El pecho hacía amagos de galopar y no llegar a ninguna parte.
Intenté recordar alguna técnica para manejar la ansiedad, pero estaba completamente ido.
Lloré como no había llorado en meses. Incluso se me escapó un gemido convertido en grito. Nadie lo oyó y, por un instante, agradecí la soledad que me impedía ten er que fingir.
No sé cuánto tiempo estuve así. Un minuto. Una hora. Media vida, quién sabe. Acabé levantando la cabeza. No porque me sintiera mejor, sino porque algo me decía que ya no me quedaban lágrimas. La cabeza me latía como si tuviera un mono dando martillazos desde dentro. Pum. Pum. Pum.
Cerré los ojos. La imagen de ella se me metió en las entrañas. No podía rendirme. No podía abandonarla así.
«Necesito salir de aquí».
El silencio volvía a cerrarse sobre mí, enseñando los dientes, y supe que, si permanecía en aquel lugar un segundo más, terminaría devorándome. Me puse en pie como pude, movido por una fuerza que no entendía y que tampoco intenté comprender.
Rebusqué las llaves del coche en el cuenco de la entrada y salí a trompicones.
Crucé la rampa del garaje con la cabeza baja, evitando pensar en lo que estaba a punto de hacer.
Llevaba seis meses sin tocar un volante.
El mero hecho de imaginar mis manos sobre él bastaba para que el pánico me trepara por la garganta.
Mi Range Rover Sport me esperaba inmóvil y me recibió con ese olor a nuevo del que antes habría presumido, pero ahora me revolvía el estómago hasta rozar la arcada.
—Respira, Iker —me dije en voz alta—. Venga, respira.
Arranqué. La radio saltó sola y la apagué de un manotazo; hacía meses que no escuchaba música. Entonces puse rumbo al único lugar que aún podía considerar seguro, donde no me juzgarían por mis pensamientos, sentimientos o decisiones estúpidas.
Entre los ojos hinchados del llanto y la cogorza que llevaba, el camino se volvió una prueba de obstáculos interesante: señales que no procesaba, cruces que me pillaban tarde, frenadas a destiempo.
Tuve que evitar un coche que bajaba la avenida y el cinturón me sujetó del hombro.
El otro conductor gritó algo que no alcancé a oír.
Seguí. El ataque de ansiedad me abrazaba como las garras de un animal resistiéndose a soltarme. Tragué saliva una y otra vez, como si eso bastara para poner orden dentro. Tosí. Casi vomité. Me contuve mordiéndome la lengua hasta notar el sabor metálico de la sangre.
Mi destino estaba a solo cinco minutos, bajando la suave pendiente hacia la zona baja de La Moraleja.
Todo allí respiraba lujo: urbanizaciones de chalets blancos, jardines impecables y comercios selectos donde el pan se vendía a siete euros y las velas olían a esencias imposibles traídas del desierto.
Ni siquiera sabía qué hora era; no había ni un alma por las calles.
La dirección a la que me dirigía estaba en una de esas rampas imposibles. De críos nos dejábamos media vida subiéndola en bicicleta, solo para después lanzarnos cuesta abajo alcanzando velocidades impensables, sin preocuparnos por los dientes ni por la gravedad.
Detuve el coche en mitad de la pendiente, desierta a aquella hora. Me bajé deprisa, con el motor aún encendido y sin molestarme en mirar la palanca de cambios. Al salir del vehículo, me golpeé la rodilla, ya dolorida de antes, pero ni siquiera me inmuté.
Me acerqué a la puerta de metal y una luz se encendió, detectando mi presencia. Busqué mi móvil en los bolsillos durante un rato, hasta que recordé que dormía en el fondo de la piscina desde la maldita llamada con Javier. Así que no me quedaba otra opción que gritar.
Porque llamar al portero no fue una idea que se me pasara por la cabeza.
—¡Álvaro! —grité, ronco, y la voz se me quebró a la mitad—. ¡Álvaro!
Un perro ladró en un balcón y alguien golpeó el marco de una ventana pidiendo silencio. Hice caso omiso.
—¡Álvaro!
Al cabo de un rato, escuché unos pasos y la gigantesca puerta de la entrada comenzó a abrirse.
Álvaro apareció delante de mí con un pijama absurdo de pingüinos y unas chanclas de goma azul que resonaban al andar.
Tenía el pelo revuelto y las gafas torcidas y, aun así, me miró como si el desastre con patas fuera yo. Probablemente sí.
—Iker, tío, ¿qué cojones…? —alcanzó a decir, antes de que yo me derrumbara.
Álvaro me agarró de los hombros rápidamente. Quise hablar, pero solo salieron sollozos. Al parecer, sí que me quedaban lágrimas.
—Eh, eh, mírame —me dijo, con la seguridad de haber pasado por esto antes—. Respira conmigo. Mano en pecho. La otra en barriga. Vamos, así. Uno, dos. Uno, dos. ¿Me oyes?
Intentó colocar mis manos en el lugar correspondiente para controlar el ataque de ansiedad, pero yo lo tenía agarradísimo del cuello del pijama.
—¿Has venido conduciendo? —preguntó—. Dime que no has venido conduciendo en este estado, por el amor de todos los dioses.
—La he perdido, tío —escupí—. La he perdido, Álvaro.
Se me doblaron las rodillas. Él me sostuvo con un brazo mientras con el otro me daba un golpe seco en el hombro, mezcla de abrazo y regañina.
—No digas gilipolleces. Mírame. No digas eso. Seguro que todavía hay algo que podamos hacer. —Y luego, tras unos segundos, continuó entre dientes—: Eres imbécil, tronco. Conduciendo así… ¿Y si te matas? ¿Y si matas a alguien?
Intenté respirar. De verdad. Pero algo se movió, lo vi por el rabillo del ojo, y la cabeza se me giró sola.
—¿Has puesto el freno de mano? —preguntó Álvaro, sin soltarme.
Abrí la boca, pero no salió ninguna palabra. El coche dio un pequeño suspiro, avanzando levemente.
—Tío…, ¿has puesto el freno?
El coche se deslizó otro centímetro. Luego otro. El motor ronroneaba en punto muerto mientras la pendiente empezaba a tirar de él. Me zafé de los brazos de Álvaro y avancé un paso, dispuesto a alcanzarlo. A frenarlo. ¡O a hacer algo! Como si mis manos pudieran detener una tonelada de metal.
—¡Iker! —gritó él.
De repente, la gravedad demandó más protagonismo. El coche empezó a deslizarse de verdad. Lento, pero decidido. Golpeó el bordillo, rebotó y se encaminó hacia la persiana del restaurante de lujo que había donde terminaba la calle.
El tiempo se volvió raro. Los pingüinos de su pijama moviéndose. Los perros entonando una canción extraña. Las luces de los faros deslumbrándome mientras llegaban al final de la cuesta.
—¡Mierda, mierda, mierda, mierda! —repetía Álvaro, bloqueado totalmente y llevándose las manos a la cabeza.
El morro del coche besó la persiana con un golpe seco y el cristal estalló.
La alarma del restaurante tardó apenas una décima de segundo en reaccionar con un aullido agudo y un destello rojo parpadeando sobre la puerta.
Unos instantes después, se sumó la de mi coche, más chillona y desagradable.
Las luces de las casas comenzaron a encenderse de golpe.
El vehículo quedó encajado, con un hilo de humo saliendo del capó. Álvaro me miró a mí, miró el coche, miró el restaurante y me volvió a mirar con cara de «esto no está pasando».
Tragué saliva tan fuerte que me dolió. El aullido de la alarma me taladraba al ritmo del corazón. De nuevo, pum, pum, pum.
—Tío… —dije, con la voz rota—. La hemos liado.
Me quedé quieto, con los brazos caídos y la boca abierta, pensando que era la segunda vez que lo conducía. Y eso, de pronto, casi me hizo reír.
Y, mientras el aullido nos envolvía, me di cuenta de que estaba respirando.
Uno, dos, tres. Inexplicablemente, respiraba.
No era paz, pero sí una rendija. Como si, en mitad del desastre, alguien —o algo— hubiera puesto el dedo justo donde se me abría la grieta para que no terminara de romperme.