Revelaciones (Azufre y Fuego 1) Epílogo
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Epílogo

Una animada música de jazz siguió a Gideon hasta el bar. El aire brumoso e impregnado de humo lo golpeó como un muro al cruzar el umbral y reprimió el impulso de toser. Nunca había defendido el hábito de fumar de Jai, pero descubrió que prefería el dokha especiado al hedor de los puros y el sudor.

Odiaba Nueva Orleans. Hacía demasiado calor.

California era sofocante en verano, pero era un calor seco, más fácil de soportar.

El de Luisiana era pesado y húmedo, daba la impresión de que te ahogabas bajo el agua aunque estuvieras en la calle.

Unido al mal que flotaba en el aire, resultaba opresivo.

Nueva Orleans era un hervidero de actividad espiritual.

La obsesión local por el vudú, la brujería y similares creaba el caldo de cultivo perfecto para los reductos demoníacos.

Los humanos no tenían ni idea del tipo de mal con el que jugaban cuando organizaban sus sesiones de espiritismo y visitaban a los médiums. Para ellos, era solo un entretenimiento espeluznante.

No sabían que, si el demonio equivocado los escuchaba, podrían verse perseguidos por algo mucho más siniestro que el fantasma de la tía abuela Bertha.

Todo eran diversión y juegos hasta que alguien perdía su alma.

Por mucho que Gideon detestara Nueva Orleans, la visita era inevitable.

Tabitha era más comunicativa si acudía a ella en busca de información.

Ella obtenía más poder durante la reunión, pero había algo más importante: la seguridad de Riley pendía de un hilo, y él valía más de lo que Gideon sacrificaría esa noche.

Mientras avanzaba por la sala, la piel de Gideon se erizó ante la atención de demasiados ojos que lo observaban.

No era la única criatura sobrenatural en el bar, pero no temía a los demonios que se aprovechaban de las inseguridades, los miedos y los deseos lujuriosos de los humanos que los rodeaban.

Sabían que no debían atacar a un ángel de su posición en el reino de los mortales.

Permanecieron en sus rincones mientras él buscaba el suyo.

Se acomodó en una mesa de un rincón, de espaldas a la pared. Gideon pidió un whisky y observó a las criaturas moralmente discapacitadas que compartían el espacio humano. El único Caído del bar encorvó los hombros y se concentró en su cerveza, una clara sumisión.

Bien.

Gideon no esperaba pelea. El reino mortal era, a todos los efectos, terreno neutral, pero nunca se era demasiado precavido. La sangre siempre era una tentación, y la suya era más exquisita que la de la mayoría.

La camarera, una humana morena que mostraba demasiado escote, dejó el whisky sobre la mesa con una sonrisa coqueta, pero él la despidió con una cortés, aunque breve, inclinación de cabeza.

Ella, agradecida, captó la indirecta y volvió a la barra cuando se abrió la puerta del bar.

Si no la hubiera olido antes —el humo y la ceniza delatores de los Caídos—, Gideon habría reconocido al instante la abrumadora presencia de la recién llegada.

Alta y ágil, la mujer entró en el bar como si fuera la dueña, robando todo el oxígeno que quedaba en la sala.

Su pelo rubio platino se enroscaba alrededor de su cara y caía sobre sus hombros en voluminosas ondas.

Las cabezas se giraron y las voces se acallaron ante su belleza, y ella absorbió la atención como un buen vino.

Sus ojos ámbar recorrieron los cuerpos del bar y sus labios rojos como el rubí se curvaron en una mueca hasta que encontró al objeto de su búsqueda.

Su ceño fruncido se transformó en una sonrisa seductora cuando su mirada se cruzó con la de Gideon, y se acercó a él como una pantera que se acercaba a su presa.

—Gideon. —Su saludo fue más un ronroneo que una palabra, y él inclinó la cabeza en señal de educado saludo.

—Tabitha. —Miró el vestido rojo que se ceñía a su cuerpo, el dobladillo se detenía justo antes de ser inapropiado—. Tienes buen aspecto.

—Me compré estas preciosidades a mitad de precio. —Señaló sus botas negras de tacón hasta la rodilla—. Y tú tienes un aspecto muy apetecible.

Su esclerótica se tiñó de carmesí durante unos breves instantes mientras su mirada devoraba el cuerpo de Gideon. Para cuando se dejó caer en su asiento, sus ojos habían vuelto a la normalidad, ocultando su verdadera forma.

El ángel apretó los dientes cuando la punta de la bota de ella le presionó la pierna por debajo de la mesa. Por su sonrisa traviesa, el roce había sido intencionado, y él disimuló su desagrado, negándose a retroceder como le pedía el cuerpo.

Dio un trago a su whisky y se lamentó de su incapacidad para emborracharse. Someterse a la embriaguez no era una de sus actividades más placenteras, pero algunas situaciones lo requerían. Esta era una de ellas, y de repente se sintió desesperado por una pinta de ambrosía.

—¿Cómo estás? —preguntó, ignorando su sonrisa depredadora mientras ella le frotaba la pierna con el pie.

Ella hizo señas a la camarera y pidió un cosmopolitan antes de contestar.

—No creo que estés aquí para hablar de mí, ¿verdad?

—Nunca te han gustado las charlas triviales.

—A ti tampoco. —Giró el cuello en un movimiento sensual y terminó la exhibición con un guiño lascivo—. Recuerdo haber pasado una o dos noches memorables contigo sin hablar.

Al recordar su pasado, su rostro se calentó y luchó contra el impulso de su cuerpo de sonrojarse.

Tenía siglos de edad y, sin embargo, seguía sonrojándose como un adolescente humano cuando se enfrentaba a cuestiones de naturaleza carnal, lo que proporcionaba a Jairo y a Noel un entretenimiento incesante.

—Tienes razón. La cháchara insustancial nunca fue mi fuerte. —Hizo caso omiso de la insinuación, pero el triunfo le calentó el pecho al ver que Tabitha fruncía el ceño—. ¿Nos saltamos los comentarios amables, entonces?

—Si quieres… Mi apartamento no está lejos de aquí.

Ante la descarada invitación, la sangre que inundaba las mejillas de Gideon se calentó hasta el punto de ebullición y, a regañadientes, dejó caer la mirada hacia la mesa.

Luchando por controlar su traicionero cuerpo, se obligó a mantener el rostro inexpresivo mientras se ahogaba de vergüenza.

Su cita de hacía tantos años seguía siendo un tema delicado, al menos para él, y ella lo sabía.

La lista de conquistas sexuales de Gideon era más corta de lo que cualquier hombre se sentiría cómodo admitiendo —ella también lo sabía— y su propuesta descarnada hizo que le picaran los huesos.

El sexo era complicado y desordenado, lo hacía vulnerable; su mano derecha le resultaba familiar.

No es que se esforzara mucho para empezar con esas cosas.

Por suerte, se las había arreglado en mantener sus defectos en ese departamento para sí mismo. Los ángeles hablaban y los secretos eran una moneda más cara de lo que la mayoría podía permitirse pagar. Ya era bastante malo que Tabitha lo supiera.

Pero a ella siempre se le había dado bien descubrir secretos, incluso antes de caer. Y siempre sabía qué decir para perturbar a sus oponentes. Era magnífica a la hora de explotar las debilidades de otros y esa noche no iba a ser diferente.

Gideon desistió el impulso de tirarse de la oreja, un hábito nervioso del que nunca se había librado.

—Por muy halagadora que sea tu invitación, tendré que declinarla.

—Lástima. —Tabitha hizo un mohín mientras su pie enfundado en cuero le masajeaba la pantorrilla una vez más.

—¿Tienes algo para mí o no? —Se mordió la lengua para controlar su tono irónico, y una de sus delicadas cejas se alzó.

Una sonrisa de suficiencia se dibujó en sus labios de rubí cuando la camarera le sirvió la bebida. Se tomó su tiempo antes de contestar.

—Tengo muchas cosas para ti, querido. Depende de lo que busques.

La punta de su bota se deslizó entre las piernas de Gideon, peligrosamente cerca de su ingle, y él se tragó su orgullo y se apartó.

Era un golpe para su ego, una muestra de debilidad, pero que ella lo tocara de forma tan íntima era peor.

No fue lo que ella encontraría, sino lo que no encontraría, lo que forzó su mano.

Le tocó a ella sonreír, victoriosa.

—Ah, Gideon, ¿sigues siendo de piedra?

—Si no tienes nada para mí, me marcho.

Con una risita, le hizo un gesto con la mano mientras el ángel se levantaba.

—Siempre has sido un estirado. ¿No pueden dos viejos amigos bromear sobre el pasado?

Con la mandíbula apretada, le dolían los dientes, pero se dejó caer en su silla al pensar en Riley. Al fin y al cabo, el chico era la razón por la que estaba allí. Por la seguridad de su discípulo, de sus hermanos, Gideon soportaría la irritante presencia de Tabitha.

—Cuando hayas terminado de entretenerte a mi costa, me gustaría negociar.

—¿Tienes prisa? —Ella cogió su cóctel, y él forzó una sonrisa artificial en su cara.

—Ha sido un día largo.

En realidad, se quedaba muy corto. Había sido una década larga, más bien un siglo, y estaba agotado.

El Consejo de Arcángeles rondaba más cerca que de costumbre.

Gabriel lo vigilaba con tanta atención que parecía sentir su aliento en el cuello como para percibir la condensación en su piel.

El registro genealógico de Riley había desaparecido de los Archivos, y la verdad que salía a la luz sobre el ADN del niño tampoco era lo ponía fácil. Las cosas se complicaban por momentos.

—Pareces cansado.

Cómo habría deseado que su preocupación fuera sincera.

—Como he dicho, ha sido un día largo. ¿Negociamos? —Se arremangó la camisa, mostrando su muñeca—. Supongo que quieres el mismo pago que la última vez.

Sus ojos parpadearon enrojecidos y observó el pulso de su muñeca.

—Para empezar. —Se inclinó hacia atrás en la silla y removió el contenido de su vaso—. Se dice por ahí que un nefilim cocinó a una manada de sabuesos de Leviatán. Al parecer, él se puso furioso al enterarse. Ya sabes cómo se pone con sus experimentos científicos.

—¿Un nefilim derrotando a una manada entera él solo? Suena inverosímil.