Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 23. Capítulo veintitrés #2
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23. Capítulo veintitrés #2

»Para entender cómo ven los ángeles a los nefilim, primero hay que entender su punto de vista sobre los humanos —dijo, y Noel y Jai se acercaron hasta colocarse a mis lados, nuestros muslos en contacto—.

Hasta que el Creador creó a la humanidad, los ángeles eran Sus obras de arte más preciadas.

Éramos la joya de Su creación, y lo disfrutábamos.

Pero entonces crearon al hombre a Su imagen y semejanza, y las cosas cambiaron.

»Ya no éramos los gobernantes. Ahora servíamos. Las Virtudes se encargaron de cuidar la tierra y sus delicados ecosistemas. Los Guardianes fueron creados para atender a los humanos que necesitaban protección extra. Y la lista sigue. Como imaginarás, algunos ángeles no apreciaron el cambio.

No era la primera lección de historia que me daba Gideon, pero esta vez no se me pasó por alto su importancia. No era solo su historia, ¡era la mía! La historia de su pueblo, mi pueblo.

—Hay una razón por la que los Siete tuvieron tanto éxito reuniendo apoyos para su causa: prometieron restaurar el orden, devolver a los ángeles al lugar que les correspondía.

—¿Su legítimo lugar sobre los humanos? —pregunté, y Gideon asintió.

—Sí. No fuimos creados para servir a criaturas tan indefensas y crueles.

—Se rio sin humor—. Tienes que entender que los ángeles no somos perfectos.

Tenemos nuestros propios prejuicios desde el principio de los tiempos, incluso antes que los humanos.

Pero los humanos inclinaron la balanza. Muchos los consideraban apenas superiores a los animales.

»Me gusta pensar que los ángeles han evolucionado y crecido, pero todavía hay quienes conservan ese punto de vista. Los ángeles de alto rango que no interactúan con el reino mortal son más propensos a estas discriminaciones que los que vivimos aquí, entre humanos.

Yo mismo aporté la conclusión:

—Por eso los ángeles no ayudan a los nefilim. Porque no somos verdaderos ángeles. Solo somos subproductos de la reproducción interespecífica.

—Inter… ¿qué? Qué manera de hacer que algo tan increíble como el sexo suene aburrido y científico. —Jai se estremeció mientras una carcajada salía del pecho de Noel.

La vergüenza lamió mis mejillas y puse los ojos en blanco.

Aunque en ese momento estaba atravesando mi equivalente a una crisis adolescente, una punzada de ira me atravesó el vientre.

Por supuesto, ninguno de mis ángeles era puro en ese sentido, pero la idea de que Jai tuviera experiencia íntima… me alteró al instante.

«¡No, Riley, ahora no! Guarda esa reflexión para otro momento».

—Gracias, Jairo. Sigues deslumbrándonos con tu clase e ingenio. —Resoplé ante el atípico descaro de Gideon, que esbozó una sonrisa—. Científicamente dicho o no, tienes razón, Riley. Muchos ángeles consideran que copular con humanos equivale a la zoofilia.

—Qué asco. —Hice una mueca.

—Copular. —Jai y Noel resoplaron al mismo tiempo, riendo como niños.

Gideon se pellizcó el puente de la nariz.

—Por la Santísima Trinidad…

Me tragué mi propia risita inoportuna. La edad de Gideon nunca era más evidente que cuando utilizaba un lenguaje tan arcaico. Y el rubor de sus mejillas también era bastante gracioso.

Por supuesto, Jai se negó a dejarlo pasar.

—Vamos, Gid, deja de sonar como un profesor estirado. Aquí todos somos adultos. Puedes llamarlo por su nombre: una buena follada a la antigua.

—Añadir el plátano a la ensalada de frutas —dijo Noel.

—Mojar el perrito en kétchup.

—Arrodillarse ante Jesús.

Jai y Noel lanzaron los términos de un lado a otro como si fuera un partido de tenis, y mi cara estaba roja como un ladrillo cuando Gideon los interrumpió.

—Por las profundidades del Seol, es como si viviera en una fraternidad.

Se rieron, y Gideon se sonrojó más. Nunca habría pensado que podría utilizar la palabra «mono» para describir a Gideon, pero me equivocaba.

No había ningún otro término apropiado para describirlo mientras miraba y refunfuñaba en voz baja.

Era agradable no ser el único en la habitación mortificado por el lenguaje de Jai y Noel.

—Ahhh, los dos se han puesto rojos. —Noel me envolvió en sus brazos como un bebé y plantó un beso descuidado en mi mejilla, lo que no ayudó en nada a mi sonrojo, pero me hizo sonreír—. Es tan cuqui…

—Bájalo —ladró Gideon.

—No, no creo que lo haga. —Me acarició la nuca y su áspera mandíbula me arañó la piel de un modo muy agradable—. Hoy hemos estado a punto de morir, así que nos merecemos mimos.

Al recordármelo, mi diversión se desvaneció y Noel aflojó su abrazo al notar mi cambio de actitud.

—Por eso han venido a por mí los sabuesos infernales —dije, casi rozando la frente de Noel con la barbilla—. Porque soy nefilim. Me perseguían porque soy ángel en parte.

—Ajá. Tanto si los han enviado a por ti como si han dado contigo por casualidad, te daban caza por eso. —La yema del dedo de Noel me recorrió la yugular.

El fantasma de los colmillos del demonio en mi cuello ardía como el ácido, y reabrió la vieja herida.

—Entonces, ¿los Caídos me persiguen porque soy nefilim, pero los ángeles no me protegen por esa misma razón?

Los nudillos de Jai rozaron mi mejilla.

—Más o menos. Técnicamente, nos tienes a nosotros, así que la protección no es un problema.

—Pero ¿y los otros nefilim?

—No están exactamente en lo alto de la lista de prioridades del Consejo —dijo Noel.

Gemí. Mi cerebro amenazaba con explotar por el exceso de información, y una migraña me asaltó detrás del ojo. Tenía tantas preguntas…, pero al mismo tiempo quería irme a la cama y dormir durante horas.

Sin embargo, había una última cuestión en mi cerebro, una vocecita que intentaba hacerse oír. No quería saber la respuesta, pero tenía que preguntar. ¿Qué niño no lo habría hecho?

—¿Por eso mi padre no me quería? —Mi voz era demasiado débil, apenas un susurro—. ¿Porque fui una consecuencia accidental?

—Cariño, probablemente tu padre no sepa que existes. —Noel deslizó sus dedos entre mis rizos y me masajeó el cuero cabelludo.

Jai se rascó la nuca e hizo una mueca.

—Escucha, esto no es agradable de oír, no importa cómo lo digamos, así que voy a decirlo. Lo más probable es que un ángel dejara embarazada a una chica de una noche. Sedujo a una humana para excitarse y no llamó a la mañana siguiente. Así son estas cosas.

»Los ángeles y los humanos no se comprometen ni tienen relaciones.

Los humanos son mortales. Envejecen y mueren.

Mierdas como el amor y las emociones no son comunes entre nuestras especies.

—La lástima se dibujó en las caras de mis ángeles cuando Jai chasqueó su piercing contra sus dientes—.

Tu sire no pudo mantenerla en sus pantalones y, al parecer, no lo hizo. Y nueve meses después… Mazel tov.

Jai tenía razón, no era agradable de escuchar.

—Así que, o mi padre no sabe que existo, o lo sabe y nunca me quiso. —Detestaba el ardor de las lágrimas, pero el nuevo rechazo abría viejas heridas—. Quizá fue él quien destruyó mi historial para que nadie conociera su vergonzoso secreto.

—Ay, cielo.

—No pasa nada. Crecí en el sistema de acogida, ¿recuerdas? Estoy acostumbrado a que no me quieran. —Intenté reírme, pero la última palabra se me atascó en la garganta, ahogándome—. ¿Y no hay forma de saber quién era mi madre?

Nadie respondió de inmediato, pero Gideon negó con la cabeza.

—Sin tu historial, no. Lo siento, Riley.

—No pasa nada. Siempre supe que mis padres no me querían. —Me encogí de hombros, como si no fuera para tanto, pero una lágrima traicionera se filtró por el rabillo del ojo y esculpió un rastro por mi mejilla.

—Muchos padres renuncian a sus hijos por razones desinteresadas. —Noel me besó el dorso de las manos, con los ojos vidriosos—. Tenías catorce meses cuando te tuvimos. ¿Sabes lo que eso significa?

Negué con la cabeza.

—Durante catorce meses, tu madre te quiso y te cuidó.

—Si me quería, ¿por qué me abandonó? —Más lágrimas salpicaron mis mejillas mientras afloraba toda una vida de dolor—. Quizá fui un mal bebé. Quizá lloraba demasiado o no dormía, y por eso no me quiso.

Mis turbulentas emociones estallaron como un volcán.

Todo el dolor y las heridas, la confusión y el miedo, todo lo que había reprimido durante años salió de mí.

Como un crío, lloré la pérdida de algo que nunca había tenido, pero no lo hice solo.

Estaba envuelto en dos pares de brazos, acunado entre dos cuerpos fuertes.

Noel y Jai me abrazaron mientras lloraba.

El peso reconfortante de la mano de Gideon se deslizaba sobre mi cabeza y sus dedos se enganchaban en mis rizos rebeldes.

Eran la única familia que tenía, ¿no? Me protegían cuando los necesitaba, cuidaban de mí incluso cuando yo no sabía que estaban ahí.

Aunque los cubriera de lágrimas saladas y mocos, seguían abrazándome.

Y si eso no era familia, no sabía qué lo era.

—Siempre te hemos querido. ¿Me oyes, Riles? —La barba incipiente de Jai me arañó el pabellón de la oreja y me ahogué con un nuevo sollozo—. Desde el momento en que te vimos…

—Te quisimos. —Noel terminó su pensamiento—. Eres nuestro chico, ¿vale? Siempre has sido nuestro chico.

Gideon no dijo nada, pero no lo necesitaba. Su mirada brillaba de simpatía y convicción mientras me quitaba un rizo de la frente y me ofrecía un pañuelo de su bolsillo. Lo cogí con una risa húmeda y sin alegría, y me limpié los ojos.

La barbilla de Noel descansaba sobre mi cabeza y la cara de Jai se hundía en mi nuca.

No debería haber dejado que me abrazaran así, no cuando me gustaba de una forma malsana, pero les dejé.

Me aferré a ellos mientras luchaba por controlar mis poco fiables emociones, absorbiendo el consuelo y el afecto de su abrazo.

Con el pañuelo de Gideon, me sequé la cara y me soné la nariz. Él se levantó de la mesita y se dirigió a la cocina. Volvió con un vaso de agua helada y yo sorbí el líquido frío, sorbiéndome los mocos.