Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 22. Capítulo veintidós #2
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22. Capítulo veintidós #2

Moví la boca, pero no pronuncié palabra, y Gideon me apretó las manos con cautela.

—Riley, escúchame. Sé que es confuso, pero créenos cuando decimos que no hay forma de que vayas a la cárcel.

Si el señor Mason piensa siquiera en denunciarte, nos encargaremos de ello.

En todo caso, tú eres quien debe denunciarlo a la policía.

Te ha secuestrado de tu dormitorio, te ha metido en el maletero de un coche, te ha quitado la ropa y te ha dejado solo en medio del bosque, en pleno invierno. Esos son delitos imputables.

—No quiero hablar con la policía. —Nada bueno salía nunca de hablar con ellos. Había aprendido esa lección desde el principio.

—Riley…

Corté a Noel, con la mandíbula firme.

—No lo voy a denunciar.

Con un gruñido, Jai se puso de pie y caminó a lo largo de la mesita de café.

—¡No puedes aceptar una mierda como esta, Riley! Si lo dejas salirse con la suya, pensará que es invencible. Lo hará peor. —Su mirada se dirigió a Noel—. Los abusadores no saben cuándo parar.

Noel evitó el contacto visual, muy interesado en mi cabello. Había una historia allí de la que no estaba al tanto, pero dudaba que me lo explicaran si preguntaba. En lugar de eso, me froté la cara con las palmas de las manos y respiré hondo a través de los labios fruncidos.

—Pediré una reasignación de habitación. Si ya no estoy cerca de él, el problema estará resuelto. —Crucé los brazos sobre el pecho obstinadamente, y Jai levantó las manos con frustración.

—¡Gid, habla con él!

—Es decisión de Riley, no nuestra. —Gideon y Jai se enzarzaron en una mirada silenciosa y, al final, Gideon ganó.

Jai gruñó y se echó hacia atrás en el sofá. Esta vez no me tocó, y lo dejé enfurruñado mientras Gideon se aclaraba la garganta.

—Estoy de acuerdo con Jai. Creo que deberías denunciar a Brian, debe rendir cuentas de sus actos, pero la decisión es tuya.

Odiaba decepcionarlos, pero sacudir el avispero siempre conducía a cosas peores.

—Lo pensaré —dije con firmeza, y luego cambié de tema—. Has dicho que no podía tomar prestados tus poderes. Pero eso no tiene ningún sentido. ¡Mis manos brillaban!

—Lo sé. ¡Ha sido asombroso! —chilló Noel, que tomó mis manos entre las suyas—. Has calcinado a esos sabuesos infernales. Lo has hecho increíble.

—¿Increíble? ¡Casi se mata! —El arrebato de Jai hizo que tanto Noel como yo saltáramos, y me acobardé al lado de Noel—. Te has metido delante de un maldito perro del infierno. ¿Tienes pensamientos suicidas o algo así?

Con un brazo alrededor de mi hombro, Noel saltó en mi defensa.

—Ha sido muy valiente.

—Ha sido estúpido. —Los ojos de Jai brillaron peligrosamente mientras me pinchaba el muslo con el dedo índice—. No tiras tu vida por la borda así.

—Gideon iba a salir herido. ¿Qué se suponía que debía hacer?

—¡No saltar frente a un perro del infierno como un sacrificio humano, por ejemplo!

No era una persona obstinada, pero mi ira quemó mi instinto de someterme.

—¡No podía quedarme ahí parado y no hacer nada!

—Si eso te salva la puta vida, lo harás. —Jai invadió mi espacio, su furia era casi palpable, y me puse rígido cuando sus dedos rodearon mi garganta. No me asfixió, pero su agarre fue firme. No había forma de ignorar el toque—. Tú debes quedarte al margen mientras nosotros…

—¿Por qué es más importante mi vida? No voy a quedarme ahí sentado y dejar que muráis por mí. —No podía dar marcha atrás, no después de todo aquello—. Dijiste que éramos amigos, y los amigos se protegen unos a otros.

Su ferocidad se suavizó y su pulgar trazó círculos sobre mi yugular.

—Riles, no lo entiendes. Somos tus guardianes. Es nuestro trabajo morir por ti.

Una punzada me atravesó el pecho al recordarlo.

Yo no era más que una tarea para ellos, una responsabilidad.

De niño, habían sido mi única constante, la familia que nunca tuve.

Y, de adulto, se habían convertido en mis amigos.

Pensaba que, tal vez, yo era para ellos que más que un simple un trabajo. Me equivocaba.

Aparté su mano, me acurruqué y me abracé las rodillas contra el pecho.

—Bueno, para mí es más que eso.

Jai se rascó la cabeza y se tiró del pelo, desordenando su cresta.

—Puertas del Infierno, que alguien más hable con él. Estoy jodiendo esto.

—No es solo un trabajo para nosotros, Riley. —La mano de Noel serpenteó alrededor de mi tobillo mientras su barbilla se clavaba en mi hombro—. Eres nuestro niño. Siempre lo has sido.

—Lo que quieren decir —intervino Gideon— es que estamos aquí para protegerte.

No al revés. Estamos entrenados para luchar contra criaturas con las que nunca has soñado, y cuando te pones en peligro…

—Se alejó, tirando de su oreja—. Me has honrado con tu sacrificio y tu valor, pero no vuelvas a hacerlo.

Por favor —añadió como una ocurrencia tardía, y yo hice un mohín.

¿Se habrían quedado ellos de brazos cruzados? ¡No! ¿Cómo podían esperar que me escondiera mientras se sacrificaban por mí? ¿En qué clase de amigo me convertiría?

—No prometo nada —murmuré entre las rodillas, y Gideon se resistió a sonreír, con un hoyuelo en la mejilla.

—Insolente. —Jai me pellizcó el costado y grité.

Para salvarme de él, Noel me abrazó por la cintura y me dejó caer sobre su regazo.

Jai puso los ojos en blanco ante el abrazo, pero Gideon frunció la boca en señal de disgusto.

Debería haberme avergonzado, pero mis emociones eran demasiado intensas.

Agaché la cabeza bajo la barbilla de Noel y absorbí su afecto.

—Sigo sin entender lo que ha pasado. Me refiero a lo de los sabuesos infernales. —Me mordí el interior de la mejilla hasta saborear el cobre.

Mis ángeles se pusieron serios, con la espalda erguida y los ojos cautelosos. Reaccioné de la misma manera, poniéndome rígido entre los brazos de Noel.

—¿Qué? —pregunté.

—Bueno, nos preguntábamos… —Gideon volvió a tocarse el lóbulo de la oreja—. Desde que te atacaron en Halloween, sospechábamos que había algo más en ti de lo que parece.

Hizo una pausa, esperando una respuesta, y me lamí los labios, con la garganta seca.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando el demonio se alimentaba de ti, brillabas —dijo Noel.

—El demonio debe haber…

—Los demonios no brillan, Riles —dijo Jai—. Los ángeles brillan. Los Caídos brillan. Los demonios, los humanos, otros espíritus, no.

—Estabas brillando, como has brillado esta noche. —Noel me besó la cabeza, por encima de mi oreja.

—¿Qué quieres decir? —repetí.

Gideon se inclinó hacia delante y se preparó para decir algo importante que yo probablemente no quería oír. Pero no tenía nada que decir al respecto. La verdad estaba ahí, mirándome a la cara, y no podía huir de ella, ya no.

—Significa, Riley, que no eres tan humano como nos habían hecho creer. Significa que tienes sangre angelical en tus venas. —Puso una enorme mano en mi rodilla, su mirada clavada en la mía—. No eres humano, pequeño. Eres un nefilim.