Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 21. Capítulo veintiuno #2
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21. Capítulo veintiuno #2

Mientras los gruñidos invadían mi escondite, me asomé con cautela por el tronco del árbol.

La noche era demasiado oscura; apenas veía metro y medio delante de mí.

Pero, a lo lejos, divisé movimiento. Dos orbes brillantes levitaban sobre el suelo.

Ojos. Dos ojos rojos como la sangre me devolvieron la mirada, reflejando las llamas del infierno de su interior.

No podía pensar, solo actuar. Mi cuerpo tomó el control, mi necesidad de supervivencia tomó las riendas. Corrí. No me importó la dirección. Lo único que quería era poner distancia entre mí y la criatura de la muerte que tenía detrás.

Corrí hasta que mis piernas se convirtieron en gelatina y me dolieron los pulmones. Esprinté a través de los árboles, ignorando las afiladas rocas y los palos que me rebanaban las plantas de los pies. Hui como si mi vida dependiera de ello, porque así era.

Algo me perseguía.

Se abría paso entre los árboles y sus aterradores gruñidos resonaban en el bosque. Me estaba cazando. Si me atrapaba, me mataría. La adrenalina corrió por mis venas y fortaleció mis músculos. Mis pies alzaron el vuelo. Nunca había corrido tanto en mi vida.

El tiempo y los pensamientos ya no tenían sentido. Solo era consciente de mi respiración entrecortada, del dolor en las piernas y del terror absoluto que me invadía.

A medida que los árboles eran más escasos, la esperanza se encendió en mi pecho. A lo mejor lo conseguía.

«No voy a morir».

Algo se clavó en la planta de mi pie, perdí el impulso y caí al suelo con un grito. Con los dedos en la tierra suelta, me arrastré hacia la libertad. Mi pie herido tiraba detrás de mí, con una astilla enorme incrustada en la carne.

Si no podía correr, tenía que esconderme. Localicé un tronco hueco y me metí en él, doblando las extremidades para ocultarme. Por una vez, agradecí mi terrible genética. Era lo bastante pequeño para caber dentro.

El aliento se me nubló en pesadas bocanadas y me tapé la boca con una mano para amortiguar la respiración.

La ceniza y el azufre me obstruyeron la garganta cuando mi cazador se acercó, con sus ojos escarlatas brillando en la noche.

Con un gruñido feroz, la bestia salió de las sombras y se adentró en la tenue luz de la luna.

No se parecía a nada que hubiera visto antes.

Del tamaño de un caballo pequeño, se asemejaba a un lobo en la forma general de su cuerpo.

Su pelaje negro estaba enmarañado y lleno de manchas, y dejaba ver unas escamas brillantes debajo.

Tres colas de reptil se agitaban detrás de su cuerpo como serpientes individuales y sus puntas eran agujas finas como las de un escorpión.

Caminaba sobre cuatro patas, pero los huesos estaban mal colocados y desarticulados.

Sus afiladas garras brillaban a la luz de la luna y sus enormes mandíbulas se abrían en un aullido, con los dientes en forma de daga alineados como los de un tiburón.

Era grotesco. Como si hubiera salido de mis pesadillas.

Me apreté contra el árbol mientras el monstruo olfateaba el suelo. Lamió un charco de mi sangre y se estremeció con un siseo de placer. Mis mejillas se llenaron de lágrimas cuando su mirada fatal se clavó en mí.

«No es real, no es real. No puede ser real».

Se detuvo en la abertura del árbol hueco, despegó los labios y rugió. Su aliento caliente y apestoso me abofeteó. Lo miré a los ojos, llenos de llamas eternas, y vi la muerte. La bestia se preparó para embestir, y yo cerré los ojos y grité.

Esperaba desgarros, sangre y dolor. En lugar de eso, la atmósfera vibró y la criatura chilló. Unas alas crujieron a escasos centímetros de mi cara mientras una voz grave gruñía una maldición. Olí a sol y a menta.

Abrí los ojos y mi visión se llenó de plumas doradas.

Gideon había inmovilizado a la bestia en el suelo atravesándole el cuerpo con una espada dorada.

Sus bíceps ondulaban mientras le retorcía la cabeza en un ángulo antinatural.

¡Crac! El cuello se partió, pero la bestia aún se retorcía, rugiendo.

Gideon blandió su segunda espada y cortó las púas de sus tres colas antes de clavar la hoja en el cráneo del monstruo.

Con un último aullido lastimero, se quedó inerte.

—¡Maldita crucifixión! —Noel se abrió paso entre los arbustos, con la cara pálida y el pecho hinchado, como si acabara de correr una maratón—. Tenemos que hacer más cardio. Estoy fuera de forma. Oh, Creador, ¡me estoy muriendo!

—Deja de lloriquear. —Jai se tambaleó a la vista un momento después, sus manos sobre sus rodillas mientras él se doblaba por la cintura—. Profundidades del Seol, ¿qué hace aquí un sabueso infernal?

Tres pares de alas aletearon. Yo parpadeé en medio de mi conmoción, intentando desbloquear mi cuerpo helado. Un ahogo estrangulado escapó de mi boca y tres pares de ojos se posaron en mi pequeño escondite. Gideon se arrodilló ante mí, con la mejilla manchada de sangre negra, y me ofreció la mano.

—Ya estás bien, pequeño. Puedes salir. —Noel y Jai se agolparon detrás de él, pero el ángel dorado los espantó—. Dadle un minuto.

Con una última mirada al inerte sabueso infernal para asegurarme de que no volvía a levantarse, alargué la mano y se la di a Gideon. Me guio para salir del agujero y me desplomé en sus brazos, echándole los brazos al cuello. Enterré la cara en su hombro y sollocé.

Gideon no sabía muy bien qué hacer conmigo, pero al final me dio unas torpes palmaditas en la espalda.

—No pasa nada. Todo va bien.

Su consuelo dejaba mucho que desear, pero Noel lo compensó. En cuanto estiré la mano en su dirección, me levantó y me estrechó en un abrazo. Mis piernas rodearon su cintura mientras le manchaba la camisa de lágrimas y, seguramente, de mocos. Pero no le importó.

—Ahora estás a salvo, cielo. Te tenemos. —Me besó la cabeza y yo me aferré a él como un mono.

Pasé los dedos por las crestas de su trenza e inhalé su olor a lilas dulces. Luego me invadieron el tabaco y las especias: Jai se puso a mi lado y me rodeó el tobillo con la mano. Le toqué el hombro para asegurarme de que era real, y sus finos labios se fruncieron.

—Respira hondo, Riles —dijo. Luego agarró la ramita que sobresalía de mi pie y la arrancó.

—¡Jopelines! ¡Leñe! ¡Esto duele un montonazo! —grité, y Noel me meció de lado a lado como un bebé. Jai y él se rieron.

—Incluso cuando maldice es mono. —Jai me revolvió el pelo y yo le puse mala cara mientras Noel me ponía de pie—. Lo siento, enano.

Gideon se aclaró la garganta, su rostro palideció.

—¿Dónde está su ropa?

Como si acabaran de darse cuenta de mi estado de desnudez, entraron en pánico. Preocupados por mí, me pasaron las manos por los hombros y los brazos, la cabeza y la espalda. Jai tenía una mirada asesina y los ojos de Noel se inundaron de lágrimas.

—Riley, ¿estás herido? ¿Te ha tocado alguien?

Negué fervientemente con la cabeza mientras mis mejillas se calentaban.

—¡No!

—Mírame. —Gideon me cogió la barbilla y me obligó a mirarlo, tenía una expresión dura como la piedra—. ¿Quién ha sido?

—B-Brian.

Jai y Noel soltaron exclamaciones de rabia a juego, pero Gideon los silenció con una mirada severa antes de volver a centrarse en mí.

—¿Te ha tocado?

Entendí lo que quería decir y mi rubor se calentó hasta que toda mi cabeza se puso a hervir.

—No.

Tras retraer las alas, Gideon se encogió de hombros, se quitó la camisa y me entregó la tela blanca salpicada de sangre negra. La acepté, haciendo todo lo posible por no contemplar su esculpido torso.

Agaché la cabeza bajo su camisa y oculté mi rubor hormonal durante los segundos que tardé en ponérmela. Me rozaba las rodillas y el escote se deslizaba por un hombro.

—Gracias.

—De nada. —Una gran palma se posó sobre mi cabeza y suspiré. Gideon no era cariñoso como Jai y Noel, pero entendí qué quería decir.

Con la nariz arrugada, Jai pateó el cuerpo del sabueso infernal.

—Es un explorador. Deberíamos salir de aquí antes de que su manada nos alcance.

—Tienes razón. —Gideon recuperó sus espadas del cadáver y le cortó el cuello.

—¿Qué hace aquí una manada de perros infernales? —preguntó Noel.

—Explorando, al parecer. —Jai señaló a la bestia muerta, y Noel puso los ojos en blanco.

Antes de que se pusieran a discutir, Gideon los interrumpió.

—Probablemente no tengamos mucha ventaja sobre su manada. Vámonos.

—Sí —murmuró Jai, que dio una última patada al cadáver—. No tengo ganas de convertirme en pienso de sabueso infernal ahora mismo…

Un borrón negro saltó de la maleza y aterrizó en el pecho de Jai, haciéndolo caer al suelo.

Jai bramó en cuanto un nuevo sabueso infernal le aplastó el hombro con sus mandíbulas.

Noel gritó y sus espadas de ópalo se materializaron en su mano.

Me vi obligado a retroceder cuando un segundo sabueso infernal salió de entre los árboles y se abalanzó sobre él.

Gideon se agachó ante mí, sus alas se abrieron de nuevo, y otros tres perros infernales surgieron de las sombras. Acecharon hacia nosotros, chasqueando las mandíbulas, con sus colas triples serpenteando en el aire.

Jai luchó con una de aquellas bestias. Escupía maldiciones mientras apuñalaba su áspera piel con las espadas de ónice.

Noel luchaba contra otro, y yo enroscaba los dedos en las trabillas del cinturón de Gideon, observando bajo sus alas la amenaza que se cernía sobre nosotros.

No sabía casi nada de criaturas demoníacas ni de habilidades angelicales, pero temía que nos superaran en número.

—Pase lo que pase, Riley, quédate detrás de mí —ordenó Gideon. Me limité a gemir en respuesta.

Los tres sabuesos se acercaron, moviéndose como una unidad.

A pesar del gran tamaño de Gideon y la amenaza de sus armas, apenas se fijaron en él.

Su atención se centraba en mí. Estaban ahí por mí; yo era el único objetivo de su misión.

Mis ángeles eran simples daños colaterales e iban a morir protegiéndome.

Una espada de ópalo voló por el aire y se clavó en uno de los flancos del sabueso, que se acercó a Noel con un gruñido.

—Vamos, chucho sarnoso. Ven a por mí —lo desafió Noel, que empuñaba su segunda espada. Distraído por la nueva presa, dio un paso en dirección a Noel y dejó a los otros dos luchando contra Gideon.

—¿A qué esperáis? —murmuró en voz baja, con el cuerpo tenso, mientras esperaba el ataque.

Con un poderoso gruñido, se arrojaron hacia nosotros.

Chillé y salté hacia atrás para que Gideon tuviera espacio para maniobrar mientras defendía la primera línea de batalla.

Jai y Noel estaban enzarzados en sus propias luchas y, aunque Gideon ahora solo se enfrentaba a dos, ¿cuánto tiempo conseguiría aguantar?

Busqué en el suelo una roca grande o una rama caída para usarlas como armas, pero no había nada. Solo yo, en calzoncillos y con la camisa sucia de Gideon. Era un inútil.

En cuanto Gideon esquivó un feroz chasquido de mandíbulas, el segundo sabueso infernal se abalanzó.

Sus afiladas garras brillaron en la noche, apuntando a la espalda del ángel, donde sus alas se unían a la columna vertebral.

Era un punto débil; de algún modo, lo sabía, como un conocimiento olvidado hacía mucho tiempo que acababa de recordar.

Si Gideon caía, Jai y Noel lo seguirían. Todos morirían. Por mí. No podía dejar que eso sucediera. No tenía armas, así que usé lo único que tenía a mi disposición: mi cuerpo.

Como si me moviera a cámara lenta, me puse delante de Gideon: un patético escudo humano. Levanté los brazos para defenderme mientras la luz de la luna brillaba en las garras del sabueso infernal. Cerré los ojos y me preparé para el impacto.

Los segundos previos a la muerte se alargaron, como si alguien hubiera puesto el reloj en pausa.

Mi cerebro me proporcionó recuerdos reconfortantes: la risa áspera de Jai, el aroma a lilas de Noel, los intensos ojos verdes de Gideon.

Eran mi familia; siempre lo habían sido, y las familias se cuidan los unos a los otros.

Una feroz posesividad surgió en mi interior, una potente rabia hacia los monstruos que intentaban arrebatarme a los míos. Como una corriente eléctrica, fluyó por mi cuerpo y encendió cada terminación nerviosa hasta que fue demasiado fuerte. Era una bomba a punto de detonar y temblaba de emoción.

Liberé el control y la noche explotó.

Fue imposible comprender lo que pasó después. Hubo una ráfaga, una oscura satisfacción y, luego, la calma después de la tormenta. Al abrir los ojos, parpadeé confundido ante la escena que me rodeaba. Para mi sorpresa, estaba vivo. Y lo que era aún más sorprendente, mis ángeles también.

El hombro de Jai estaba destrozado y la piel del pecho de Noel, desgarrada. Gideon sangraba por numerosas heridas y una de ellas coronaba su cabeza, un río carmesí oscuro corría por un lado de su cara. Pero estaban vivos. Todos estábamos vivos.

Los perros infernales no. Sus cuerpos se hallaban esparcidos por el suelo, carbonizados y chisporroteando mientras el humo se arremolinaba en el aire. Alrededor de sus cadáveres había tierra ennegrecida y cenizas. El hedor pútrido de la carne y el pelo chamuscados me daba vueltas la cabeza.

«¿Qué demonios ha pasado? ¿Cómo hemos ganado?».

—Anda y que me follen. —Jai cayó de rodillas, con los ojos oscuros muy abiertos.

—Lo siento, no eres mi tipo —murmuró Noel por pura costumbre.

Nadie se rio.

Frente a Gideon, seguí su mirada fija y me resistí a mis manos brillantes.

Pulsos de electricidad chisporroteaban a lo largo de mis dedos, que crepitaban como los extremos de cables eléctricos sueltos.

El poder surgía bajo mi piel con cada latido de mi corazón, pero, a medida que el resplandor disminuía, el agotamiento reemplazó la energía.

Era demasiado. Todo ese día había sido demasiado, y estaba más cansado que nunca en mi vida. Mi visión se oscureció y perdí la conexión con mi cuerpo. Cuando mis rodillas fallaron, Gideon se acercó a mí. Todo se volvió negro antes de que tocara el suelo.