Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 21. Capítulo veintiuno
85%

21. Capítulo veintiuno

Capítulo veintiuno

Unas manos me agarraron y me sacaron de la cama. Unos dedos extraños me metieron un grueso calcetín de lana en la boca y abrí los ojos de golpe. No podía ver nada, cegado por una tela oscura que olía a la loción de Brian. Una funda de almohada.

Al principio, creí estar soñando, pero la fría realidad me asaltó con rapidez.

Aquello era real. El pánico se apoderó de mi pecho y el instinto hizo acto de presencia.

Luché contra los apretones dolorosos que me rodeaban los brazos y los tobillos.

Grité en el calcetín, pero solo se oyó un chillido ahogado.

—Vamos. Vámonos antes de que nos cojan —dijo alguien mientras me agarraban entre varias personas.

Me llevaron en volandas por la escalera y, unos minutos después, oí que se abría una puerta. El aire frío de la noche golpeó mis brazos al descubierto y la piel se me puso de gallina.

Una nueva voz gruñó cuando mi pie chocó con un fuerte hombro.

—No para de revolverse.

No reconocí las voces hasta que una tercera dijo:

—Cállate y mételo en el coche.

¿Brian?

De un tirón, me metieron en lo que supuse que era un maletero. Me pusieron los brazos a la espalda y me ataron las manos, luego los pies. Mis hombros gritaron en protesta por el ángulo, pero ignoraron mis gemidos agónicos y el maletero se cerró sobre mi cabeza.

Gimoteé contra la improvisada mordaza, me revolví en el estrecho espacio, tirando de las ataduras de las muñecas y los tobillos.

Estaban demasiado apretadas; no tenía fuerza para romperlas.

Unas lágrimas calientes resbalaban por mis mejillas mientras el calcetín mohoso me hacía cosquillas en la garganta.

Mi sensible reflejo de vomitar amenazó con activarse, pero lo contuve. Si lo hacía, me asfixiaría. Jadeé por la nariz, mi comprometida visión se volvía borrosa. No podía respirar.

Mientras el coche estaba en marcha, cerré los ojos y me concentré en respirar profundamente.

Era difícil, ya que mi histeria me sofocaba, pero conseguí no desmayarme.

No corría verdadero peligro. Se trataba de Brian.

Era un matón, pero no iba a hacerme daño.

Me daría una lección, lo más probable era que fuera una paliza. Pero, en realidad, no me mataría.

El maletero olía a queso podrido y sudor rancio, y rogué que pararan pronto. Iba a vomitar si me quedaba allí mucho más. Por suerte, no condujeron muy lejos. Los frenos chirriaron al detener el coche y gemí cuando mi hombro chocó con algo duro.

Me acosté lo mejor que pude en la oscuridad; enrosqué las piernas, preparándome, mientras las puertas del coche se cerraban con estrépito. Esperé, escuchando las voces apagadas. No conseguía distinguir sus palabras, pero el volumen aumentaba a medida que se acercaban al maletero.

La tapa se abrió con un chasquido y saqué los pies con todas mis fuerzas. Choqué con un cuerpo, que resopló por el impacto. Un puño se estrelló contra mi estómago y grité dentro de la mordaza. El dolor me recorrió el torso y el estómago se me hinchó. Tragué bilis.

«No vomites».

Mientras me sacaban del maletero, me agité valientemente, pero no bastó. Nunca había sido una persona violenta, aunque, como todo el mundo, poseía un sano instinto de supervivencia. Lo utilicé lo mejor que pude para luchar contra tres asaltantes con las extremidades atadas.

—Este tío pesa cincuenta kilos mojado. ¿Cómo te ha dado un puñetazo? —me preguntó el que me sujetaba los pies.

—Se me ha echado encima, ¿vale? —Brian resopló. Intentaba controlar mi cuerpo, que se retorcía—. Ahora, cállate. Vamos a darle una lección que no olvidará.

—Tío, es como un enano. —El tercer bufón sonaba inseguro—. No podemos darle una paliza a un crío.

—¡Brian, por favor! —Mi súplica no fue más que un grito confuso.

Me soltaron y caí. Golpeé el suelo con fuerza y me crujieron los huesos.

Mi nariz se llenó de olor a tierra y hojas en descomposición.

Los palos y las piedras se clavaron en mi espina dorsal mientras giraba en un intento de aflojar los nudos que me rodeaban las muñecas.

Por desgracia, solo conseguí apretarlos más.

—No es un crío cualquiera. Es un bicho raro.

—Tío, vámonos ya. Si lo jodemos demasiado y va a la policía…

—No irá a la policía. ¿Verdad, maricón? —Brian me dio un codazo en la nuca con el pie. Cuando solo le respondí con un sollozo, se rio—. ¿Ves? Ahora, ayúdame a quitarle la ropa.

La sangre se me heló en las venas y una antigua discusión me asaltó el cerebro. ¿Desnudarme? No, no, no.

El terror embargó todas mis emociones en cuanto unas manos me bajaron los pantalones del pijama por las piernas, de la misma forma que mi hermano adoptivo había intentado hacer años atrás.

Retrocedí en el tiempo: volvía a tener cinco años, estaba agarrado a mi osito de peluche mientras el niño mayor me quitaba el pijama con dibujitos de dinosaurios.

—Nos tocaremos —me había dicho—. Será nuestro secreto.

—¡No!

Con renovado vigor, luché con uñas y dientes contra los dedos que me arrancaban la ropa del cuerpo. Mi hermano adoptivo nunca me tocó —Gideon se había asegurado de ello—, y yo tampoco dejaría que Brian lo hiciera. Era la última pizca de inocencia que me quedaba y me aferré a ella con desesperación.

—¿Este tío es epiléptico? Porque está teniendo un puto ataque.

Temblé en el suelo, en calzoncillos, me hice un ovillo y lloré. Me habían liberado las manos y los pies al quitarme la ropa, pero apenas me había dado cuenta. Solo quería que me dejaran en paz. No quería que me tocaran.

—Brian, tío, creo que ya es suficiente. Querías asustarlo y está asustado. Vámonos.

Se oyó el sonido de una refriega, y luego las hojas crujieron bajo los pies mientras Brian murmuraba obscenidades en voz baja. Me tapó la nariz con la funda de la almohada con la que me habían atado, asfixiándome mientras me siseaba al oído.

—No sé a qué coño estás jugando, bicho raro, pero si vuelves a acercarte a mí, no vivirás para contarlo. —Me soltó y caí al suelo como un muñeco de trapo.

Los palos chasquearon, la maleza se movió y se hizo el silencio.

Con dedos temblorosos, me quité la funda de la almohada de la cabeza y el calcetín de la boca. Tragué aire e intenté orientarme, pero no tenía ni idea de dónde estaba. Los árboles me rodeaban y sus frondosas copas ocultaban la luz de la luna. Estaba oscuro y hacía frío. Y estaba solo.

—¿Brian? —dije en medio de la noche, pero no recibí respuesta—. Brian, lo siento. Por favor, no me dejes aquí.

Pero ya lo había hecho.

Los árboles se alzaban sobre mí, sus sombras largas y siniestras. Unas patitas correteaban entre la maleza y un búho ululaba. Como la temperatura seguía bajando, temblaba de frío y de miedo. Me abracé las rodillas contra el pecho y me mordí el labio tembloroso hasta saborear la sangre.

Estaba solo y desnudo en medio del bosque. Nadie sabía que estaba allí, ni siquiera mis ángeles de la guarda. Les había dicho que me dejaran en paz, y lo habían hecho.

—¿Gideon? ¿Jai? ¿Noel? —grité en la noche—. ¡Ayudadme!

Una vez más, no recibí respuesta.

«¡Vamos, Riley, piensa!».

No habíamos conducido mucho, por lo que no me habían metido en las profundidades del bosque.

No podía estar muy lejos de la civilización.

De hecho, oía el lejano rumor de los coches circulando sobre el asfalto.

Olía a tierra y a cosas silvestres, pero la brisa me traía un ligero olor a comida. ¿Comida rápida, tal vez?

Brian quería asustarme, no matarme. Había sido cruel que me quitara la ropa y me abandonara en el bosque. Pero no era como si estuviera perdido. Podía encontrar el camino de vuelta. No había otra opción, en realidad. Dependía de mí salir de aquel lío. Y podía hacerlo.

Con renovada determinación, me puse en pie y me limpié la cara, manchándome las mejillas de barro. La suciedad y los escombros se me pegaron al culo y las piernas, y tenía las palmas de las manos arañadas de las rocas del suelo. Pero, en general, estaba ileso. Me tenía que centrar en lo positivo.

Emprendí el camino de vuelta a casa, siguiendo el lejano sonido del tráfico.

La omnipresente oscuridad me desorientaba, y el crujido de los árboles y el correteo de los animales acentuaban el miedo que lamía mi tronco encefálico.

Pero seguí adelante. El bosque no podía durar siempre. Recé para ir en la dirección correcta.

Las plantas de mis pies se quejaron cuando las rocas y las ramitas me mordieron la carne. Tropecé y elevé plegarias silenciosas al cielo. Quizá los mensajes llegaran a mis ángeles y me rescataran.

Los echaba tanto de menos… Ni siquiera me importaba que me hubieran mentido. Hasta cierto punto, entendía por qué lo habían hecho. Pero nada de eso importaba ya. Solo quería que me encontraran. Quería volver a su apartamento y dormir en sus camas. Quería volver a casa.

Una rama se quebró. El crujido resonó en el aire. Esforcé los ojos para buscar en la oscuridad.

—¿Brian?

Esperé una respuesta, pero el bosque seguía en silencio. Cuando continué mi camino, me centré en lo que me rodeaba y los signos reveladores de un acosador eran inconfundibles. Algo grande se movía entre la maleza detrás de mí, resoplando y gruñendo. No era humano.

«¡Jolines!».

Me agaché detrás del gran tronco de un árbol y apoyé la espalda en la corteza, ignorando el mordisco de la madera contra mi piel. El animal respiraba con dificultad y aulló. Tal vez fuera un coyote. Pero entonces gruñó, un sonido profundo y furioso. ¿Había lobos en California?

El viento agitó las ramas por encima de mi cabeza y me trajo el inconfundible olor a azufre.

«Dios, por favor, no. Por favor, que esté alucinando otra vez».