Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 20. Capítulo veinte #2
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20. Capítulo veinte #2

Tal vez estuviera mejorando, pero todavía no se me daba bien el contacto.

Tal vez la señora Janet tenía razón sobre lo pecaminoso de la intimidad física.

Tal vez no. En cualquier caso, por el momento sabía que no me gustaban los besos.

No tenía mucha experiencia, pero mi primer y único encuentro no había sido nada agradable.

¿Sería diferente con un chico? ¿Quería besar a chicos?

Por un momento, me permití analizar lo ocurrido aquella mañana.

Estar tumbados juntos, las cálidas caricias, la comodidad y la seguridad de estar simplemente abrazados…

Me había encantado cada segundo. Las otras caricias, las más íntimas, habían sido el punto de inflexión.

La mano de Jai en mi vientre, tan cerca de mi ingle.

La pierna de Noel deslizándose entre las mías.

Había sido un accidente, de eso estaba seguro, pero me había hecho reaccionar.

¿Habría reaccionado así si fueran dos chicas?

La verdad, no tenía respuesta.

—¿Cómo has…? —Bethany frunció el ceño mientras buscaba las palabras correctas—. ¿Ha pasado algo? ¿Con Noel?

—No. —«Sí»—. La verdad es que no. —Levantó una ceja incrédula y me sonrojé—. Yo solo, eh, ha sido un poco…

Era humillante. ¿Cómo iba a contarle lo que había pasado? ¿Cómo podía explicarle que Jai y Noel, en tándem, habían provocado mi reacción y no solo uno de ellos? Eso era exponencialmente peor, ¿no?

—¿Te has dado cuenta de lo buenos que están tus amigos? —Soltó una risita mientras mi rubor aumentaba.

¿De qué servía negarlo? Eran guapísimos.

—Sí, lo sé.

Me estrechó en un fuerte abrazo y mis músculos se agarrotaron por un momento antes de relajarse en el abrazo.

—No hay nada malo en admirar la belleza. No tienen por qué gustarte, solo significa que te atraen. Y eso no tiene nada de malo.

Escondí la cara en su hombro; era más fácil expresar mis inseguridades si ella no me miraba.

—¿De verdad lo crees?

—Puede que algunas personas no estén de acuerdo conmigo, pero, en lo que a mí respecta, no hay nada malo en sentirse atraído por quien te atrae.

Chica o chico, ambos o ninguno. A la gente le gusta quien le gusta, y el amor nunca debería llevar etiquetas.

—Nos separó y me dio un dulce beso en la mejilla—. No te pasa nada raro, Riley.

Me escocían los ojos, pero me negué a derramar más lágrimas. Era una tontería llorar por eso, pero su aceptación incondicional suavizó años de inseguridad y autodesprecio como un bálsamo tranquilizador. Bethany sabía que yo era… Que tal vez yo era…

Vale, aún no estaba preparado para admitirlo. Aún estaba inseguro y le estaba buscando sentido a todo aquello. Pero ya no creía que estuviera perdiendo la cabeza. Eso era un paso en la dirección correcta.

—Gracias.

—De nada, tonto. —Nos reímos mientras me limpiaba las lágrimas que aún me cubrían las pestañas. Bethany me empujó la botella de agua medio llena para que bebiera—. ¿Quieres quedarte y ver una película? ¿Distraerte un rato?

Me dejé caer en el sofá.

—Más que nada en el mundo.

En menos de cinco minutos, estábamos acomodados en el puf con una manta sobre el regazo.

El portátil reproducía una película de animación sobre un anciano que hacía volar su casa con globos —me gustó mucho— y nos atiborrábamos de patatas fritas y caramelos de chocolate con la promesa de tomar un helado en cuanto Sharon regresara.

A ratos, mi mente daba vueltas con preocupaciones y preguntas y, cuando lo hacía, Bethany me recordaba que debía respirar.

Me decía que estaba bien hacer preguntas y no saber las respuestas.

Aún no estaba seguro de todo lo que habíamos hablado, pero me animó a no estresarme.

No había razón para etiquetar nada a menos que yo quisiera, me dijo.

No me presionó para que tomara una decisión que cambiara mi vida ni esperó que entendiera lo que sentía. Según ella, podía sentir lo que quisiera, y eso era muy liberador. Nunca me lo había permitido, pero ahora me deleitaba con la liberación.

Vimos películas el resto de la tarde. Sharon llegó por la noche con pizza y helado, y yo comí Rocky Road hasta vomitar.

Jugamos a las cartas y bebimos refrescos.

En un momento dado, me reí tanto que el líquido espumoso me salió por la nariz.

En lugar de morirme de vergüenza, me reí con Sharon y Bethany.

Volví a mi habitación sintiéndome mejor, pero, sin las distracciones bienintencionadas de Bethany, era imposible no pensar en mis ángeles.

Los echaba muchísimo de menos, aunque sus mentiras seguían doliendo.

Así que seguí el consejo de Bethany: me permití sentir el dolor y la rabia.

Quería volver a hablar con ellos, si me dejaban.

Pero aún no. Necesitaba comprender mis propios sentimientos antes de enfrentarme a ellos.

Cuando no estaba pensando en la pérdida de mis guardianes, mi cerebro se estresaba por la epifanía de mi posible atracción por los chicos o, al menos, por ciertos chicos.

Sentí que era un desastre y, aunque no era tan tarde como para dormir, recogí mis cosas de aseo y prepararme para ir a la cama.

Mental y emocionalmente, estaba agotado y quería acabar con el día.

Por costumbre, miré el teléfono y me estremecí al ver las llamadas perdidas de la señora Janet.

Mis sentimientos hacia mi madre adoptiva eran aún más confusos.

No sabía qué creer sobre su teología y sus castigos.

Lo único que sabía con certeza era que no me habían gustado los baños helados ni que me encerraran en la oscuridad. Y no quería hablar con ella.

Por primera vez, no sentí ni un ápice de culpa cuando apagué el teléfono y lo dejé en el cajón sin devolverle la llamada.

Me lavé los dientes y me duché. Luché contra la voz que me decía que abriera el grifo, pero perdí la batalla. Por mucho que odiara el agua helada, el castigo tenía algo de reconfortante. Después de un día como ese, me tranquilizaba, aunque odiara cada segundo del chorro punzante.

Vestido para ir a la cama, entré en mi habitación diez minutos más tarde, pero vacilé en el umbral.

Brian estaba tumbado, con los ojos pegados al teléfono.

Los altavoces de su móvil emitían gemidos detestables, y sus vaqueros estaban desabrochados, con un bulto asqueroso formándose en sus pantalones.

Tardé un segundo más en comprender lo que planeaba hacer, pero entonces me di cuenta. Me dieron arcadas. No era la primera vez que lo pillaba viendo pornografía, pero sí la primera que estaba tan avanzado en su proceso de autosatisfacción.

—¡Joder! —Dejó caer el teléfono y se abrochó de inmediato los pantalones mientras la mujer de la película porno gritaba de placer—. ¿Qué coño haces, reinona? Lárgate de una puta vez.

Cualquier otro día, habría obedecido al instante. Me habría sentado en el pasillo hasta que hubiera terminado o me habría refugiado con Bethany hasta que fuera seguro volver. Si ese no hubiera sido el peor y más confuso día de mi vida, habría hecho exactamente eso.

Pero había sido un día difícil y se me había acabado la paciencia.

—Me voy a dormir. —Metí el neceser debajo de la cama y señalé su teléfono—. ¿Puedes apagarlo, por favor?

—¿Qué tal si te vas a la mierda? Estoy en medio de algo y no quiero que jadees detrás de mi polla mientras lo hago. —Cogió su teléfono y subió el volumen a propósito.

Vaya, la mujer o estaba pasando el mejor momento de su vida o estaba muy dedicada a su trabajo como actriz. En cualquier caso, me dio náuseas.

—Esta también es mi habitación y estoy cansado. Me voy a la cama —le dije, y Brian sonrió, alegre por mi mal humor.

—Joder, marica, ¿te has metido un hámster en el culo y se te ha muerto ahí dentro? ¿Has roto con tus novios o algo?

Me puse rígido, el interrogatorio estaba enervando mis nervios ya deshilachados.

—No son mis novios. Apaga eso. No quiero oírlo.

—Ay, pobre marica. Pues vete y así no lo oirás. —Hizo un gesto con la mano hacia la puerta—. Una tía ha sido una calientabraguetas y me ha dejado colgado. Y ahora voy a quitarme el calentón.

Me estremecí. Qué asco.

Hice acopio de mi escaso valor, enderecé la columna y apreté las manos temblorosas.

—No voy a ninguna parte. Por favor, apaga eso.

—No. —Me puso el teléfono en la cara, con la pantalla llena de piel y pechos, y yo retrocedí tambaleándome.

—¡Para!

Algo estalló, y Brian dejó caer su teléfono al suelo como si lo hubiera electrocutado.

—Mierda. ¿Qué ha sido eso?

Me miró con desconfianza y se frotó la mano antes de coger el móvil de la alfombra. La pantalla estaba en negro y los gemidos repugnantes por fin habían cesado. Mientras él intentaba devolverle la vida, apagué la lámpara y me tapé.

—¡Gilipollas, acabas de romper mi móvil! —Con la mirada fija en mi dirección, golpeó el teléfono contra la palma de la mano varias veces, como si la violencia fuera la cura para los problemas técnicos.

—Ni siquiera lo he tocado.

Tiró el teléfono en la cama y me dio un fuerte empujón en el hombro.

—Me debes un móvil nuevo, puto maricón.

El insulto me golpeó como un puñetazo en el estómago, y la ira burbujeó en mis venas.

—No me llames así.

Su frustración se transformó en diversión ante mi indignación.

—¿Qué prefieres? ¿Mariconazo? ¿Muerdealmohadas? Porque tú no eres el soplanucas, ¿verdad?

Las llamas rugieron con más fuerza y se convirtieron en un infierno bajo mi piel. Juro que vi rojo.

—Cállate.

Inmune a la furiosa bola de fuego en mi pecho, Brian hizo una mueca intimidante.

—Mejor cuida esa boca, reinona. O te meterás en problemas.

A medida que mi furia crecía, mi miedo se desvaneció.

Él era más grande que yo, más corpulento, más alto.

Diablos, podía tumbarme de un puñetazo. Sin embargo, la ira de mis huesos me produjo una extraña sensación de poder.

En ese momento, no me sentí débil. De algún modo, sabía que podía hacerle daño. Quería hacerle daño.

—¡Cállate!

—No me da la gana —recalcó sus palabras para que no me perdiera ni una sílaba—, chupapollas.

Durante unos instantes, todo se quedó en silencio, excepto un extraño zumbido en mis oídos. Y estalló mi rabia incontrolable.

—¡Cállate!

Una luz cegadora iluminó la habitación y una onda expansiva, alimentada por mi ira, estalló en mi cuerpo.

Brian voló hacia atrás como si una fuerza invisible lo hubiera golpeado.

Cayó sobre la cama y su cabeza chocó con la pared de yeso con un crujido audible.

Sus ojos se pusieron en blanco y cayó inconsciente sobre el colchón.

Conmocionado, miré a Brian y luego mis manos. Brillaban. Una niebla blanca se envolvía mi piel y parpadeaba con destellos rojos. Estaba brillando. ¿Cómo podía brillar?

Brian gimió y sentí un gran alivio. Seguía vivo. No lo había matado.

En cuanto el resplandor desapareció, salí de la habitación, aturdido.

El cerebro me dio un calambre y me refugié en el baño.

Me encorvé sobre el lavabo mientras mi estómago amenazaba con vaciar el helado Rocky Road.

Acababa de atacar a alguien. No lo había tocado, no le había puesto un dedo encima, pero se había derrumbado como una marioneta. ¡Iba a ir a la cárcel!

¿Dónde estaban mis guardianes cuando los necesitaba? Ellos sabrían lo que había pasado, ¿no? Porque yo, desde luego, no tenía ni idea.

Como una botella de refresco agitada con demasiada fuerza, había bastado un giro del tapón para que todo brotara de mí.

El estallido de energía había sido similar al que había presenciado de mis ángeles cuando lucharon contra el demonio en Halloween.

¿Había tomado prestados sus poderes angelicales? ¿Lo podía hacer un discípulo?

Era lo único que tenía sentido. Eso, o me lo había imaginado. Tal vez había alucinado de nuevo. Me esperaba un brote psicótico, en especial si tenía en cuenta el día que había tenido. Ay, Dios, estaba perdiendo la cabeza otra vez, ¿no?

Me lavé la cara con agua fría y las gotas me resbalaron por la nariz antes de desaparecer por el desagüe.

Medio convencido de que había alucinado todo el encuentro, corrí a mi dormitorio para ver cómo estaba Brian.

Pero no se encontraba allí. Su teléfono roto yacía sobre su cama deshecha, pero no estaba. La habitación estaba vacía.

La habitación estaba vacía. Me estaba volviendo loco. ¡Esta vez de verdad!

No podía volver al hospital. Me darían antipsicóticos de nuevo, y adormecerían mi cerebro. Me pincharían y me dirían que no estaba en mis cabales. No quería volver. No podía volver.

Me metí en la cama, me tapé hasta la barbilla y me quedé mirando al techo. Estuve despierto durante horas, temblando como una hoja, temiendo el momento en que Brian volviera a la habitación. Pero no lo hizo.

Hacia la medianoche, cerré los ojos y me metí bajo las mantas para esconderme de mi locura.

Pero no era algo de lo que pudiera huir.

Como un virus, vivía dentro de mí y se extendía por mis venas, infectándome.

Esa cosa levantó la cabeza y olfateó el aire mientras despertaba de un profundo sueño. Luego abrió sus ojos rojos y sonrió.