Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 20. Capítulo veinte
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20. Capítulo veinte

Capítulo veinte

Plagado de recuerdos, no dormí mucho y me desperté más agotado que cuando me había dormido.

Era primera hora de la tarde y, aunque tenía el estómago vacío, la mera idea de comer me llenaba la garganta de bilis.

Me tumbé en la cama, apático y patético, mientras mis recuerdos olvidados se arremolinaban en mi mente para burlarse de mí.

Ahora que mis emociones se habían calmado, la rabia que exigía distancia entre mis ángeles y yo dio paso al aplastante peso de su ausencia. Qué estupidez. Estaba disgustado y dolido, pero seguía anhelándolos, deseaba estar con ellos.

Bueno, no los quería. No así. No podía quererlos así.

Aunque sí lo había hecho, ¿no? Su calor, su tacto, habían encendido algo dentro de mí que nunca había experimentado. Pero no debía pensar en ello. No estaba bien y no permitiría que volviera a suceder. Porque era sucio y repugnante, incorrecto.

«¿De verdad lo es?».

Enterré la cara en la almohada y aparté la molesta duda de mi mente. No podía pensar eso.

En mis diecinueve años, nunca había reaccionado así ante nadie. A veces me despertaba con erecciones, pero nunca había sido una respuesta sexual.

Hasta ahora.

El fantasma de los dedos de Jai en mi vientre y el peso de las piernas de Noel enredadas con las mías hicieron que el calor volviera a burbujear mis venas.

«¡No, no, no! Basta ya».

Incapaz de afrontar la incipiente verdad, me levanté de la cama y me dirigí a la puerta. No podía respirar. Necesitaba aire.

Alguien me llamó por mi nombre, pero no seguí la voz. Se me tensaron los pulmones y se me cerró la garganta. Volvía a asfixiarme.

—Shhh, respira. Inspira por la nariz, espira por la boca. —Una voz tranquilizadora me acarició y una mano suave me frotó la columna vertebral—. Estás bien, Riley. Respira.

Obedecí, metiendo la cabeza entre las rodillas, y poco a poco recuperé la visión. La ansiedad paralizante desapareció cuando me concentré en respirar una bocanada tras otra.

En cuanto recobré la lucidez, me encontré en la habitación de Bethany, sentado en su sofá. Me dio una botella de agua y me la bebí de un trago.

—¿Mejor? —preguntó, y yo asentí—. Bien. Ha sido un ataque de pánico horrible.

¿Los tienes a menudo? —En lugar de responder, me encogí de hombros—.

¿Te traigo algo? —Negué con la cabeza y ella se sentó a mi lado, de nuevo con la mano en la espalda—.

¿Qué ha pasado, cariño? Creía que estabas con Jai y Noel.

Al oír sus nombres, me estremecí y el dolor volvió a desgarrarme el pecho.

—Estaba con ellos. —Como si supiera que había algo más en la historia, esperó en silencio y finalmente me derrumbé—. Nos peleamos.

Cuando me quejé de forma patética, Bethany me abrazó, apoyando mi cara en su pecho.

—Ay, Riley. Riley, lo siento. ¿Quieres hablar?

Para mi sorpresa, sí quería. Era demasiado confuso. Mis emociones me abrumaban y era imposible pensar con claridad. Tal vez me ayudara hablar con una amiga. Y si podía confiar en alguien, era en Bethany, mi primera amiga.

Busqué las palabras para explicarme. No podía contarle todo sobre mis ángeles; aunque hubiera estado permitido, no me habría creído. Tenía que elegir mis palabras con cuidado.

—Los conozco desde hace tiempo —confesé—. Desde que era un niño, quiero decir.

—¿En serio? —Me acarició los rizos como a un perro, pero fue reconfortante.

Arrimé la cara a su cuello mientras intentaba explicarme sin revelar demasiado.

—Éramos algo así como amigos, supongo. Pero nos distanciamos. Ahora volvemos a ser amigos.

—Pero ¿os habéis peleado? —me preguntó, y yo asentí.

—Me mintieron.

—¿Sobre qué?

No podía decírselo. Pensaría que estaba loco.

—Es complicado.

Su «ajá» vibró a través de su pecho y en mi mejilla.

—Vale, ¿estaban arrepentidos?

Parecía que sí, al menos Jai y Noel. Gideon se había mostrado frío, distante. Había visto un destello de arrepentimiento en sus ojos, pero luego me había mirado como si yo no fuera más que un extraño, un niño que no entendía el mundo. Quizá no lo entendía.

—Creo que sí.

—Bueno, como no conozco toda la historia, puede que mi consejo no sea correcto.

Pero si me peleo con mis amigos o con Derek, me parece que lo mejor es tomarme un tiempo para calmarme y evaluar mis sentimientos.

Cuando me siento preparada, hablo con ellos y veo si es posible hacer las paces.

A veces sí, a veces no. Eso depende de ti.

Algunas cosas se pueden perdonar, pero solo tú sabes lo que eres capaz de perdonar y lo que no.

»La amistad solo funciona si ambas partes se preocupan y quieren lo mejor para el otro.

Solo es sana si cada uno se implica para que la relación funcione.

—Me dio una palmadita en el hombro en cuanto me separé de su abrazo—.

Pero todo el mundo comete errores. Nadie es perfecto.

Y todos, incluso los mejores amigos, pueden fallarte y hacerte daño.

A veces tenemos que olvidar nuestras heridas y perdonar si queremos seguir adelante.

Ella siempre decía cosas con sentido, y yo me limpié con disimulo los mocos en la manga de la sudadera mientras asentía.

—No quiero estar enfadado ni dolido, pero no puedo evitarlo.

—No hay nada malo en sentirse así. De hecho, es sano que lo hagas y reconozcas que lo que han hecho ha estado mal. Pero, cuando lo superes, deberás tomar una decisión. Si vale la pena salvar la amistad, dejas ir el dolor; si los perdonas, debes seguir adelante.

Me mordí la mejilla, analizando sus palabras. Tenía lógica, pero ¿y si en realidad no lo sentían? ¿Y si solo intentaban manipularme?

Pero, si era así, ¿por qué? No podía ofrecerles nada. Solo era yo, el tonto de Riley.

Su amabilidad había sido sincera; sus invitaciones de amistad, genuinas. Esa mañana su enfado no se había debido a mi accidente, sino al castigo en sí. No querían que me disciplinara. Noel había dicho que no era sano, que era malo para mí. Eso sonaba como algo que diría un amigo.

Tal vez eran mis amigos y solo habían cometido un error. ¿Podía reprochárselo? Eran ángeles, pero no eran perfectos. Solo se habían caído de los pedestales tan altos que yo les había construido.

—¿Te he ayudado en algo? ¿Te sientes mejor? —Bethany me trajo otra botella de agua.

—Sí, supongo. —Me sentía mejor, al menos respecto a la discusión en el baño. Seguía bastante confuso sobre lo que había provocado la discusión.

En el pasado, nunca había pensado demasiado en las relaciones, el romance o las cosas que se derivaban de ellos. En primer lugar, no estaban permitidos en casa de la señora Janet. La curiosidad era mala, y pensar en cosas íntimas era perverso. Lo había dejado muy claro desde el principio.

En segundo lugar, nunca había querido pensar en ello. Nunca me había sentido atraído por nadie, nunca había tenido el más mínimo interés, sobre todo en lo que se refería a otros chicos. Eso, definitivamente, no estaba permitido.

—¿Estás seguro? Aún pareces disgustado.

¿Podría decírselo? ¿Me odiaría? ¿Seguiría queriendo ser mi amiga si yo fuera… si realmente fuera… maricón?

—Creo que me pasa algo.

—¿Qué quieres decir? —Bethany se acercó un poco más y, cuando tomó mi mano entre las suyas, apreté sus dedos para anclarme.

—Mi madre adoptiva es muy estricta y me decía muchas cosas. Pero ahora estoy confundido.

—¿Sobre qué?

Esa era la pregunta del millón.

—Sobre mí. Sobre todo.

Tras una larga pausa, Bethany me inclinó la barbilla y remarcó el contacto visual.

—Riley, no hay nada que puedas preguntar o decir que me haga pensar mal de ti. Eres mi amigo y los amigos se ayudan. ¿Hay algo que quieras decirme?

Mis ojos se humedecieron mientras asentía.

—Sí.

—Entonces, estaré encantada de escucharte.

De verdad, era la chica más increíble que había conocido.Si había alguien que podía ayudarme, era ella.

—¿Es malo… que me gusten otros chicos? —Las palabras desollaron mi garganta, pero las forcé a salir.

Sus ojos se abrieron de par en par y mi miedo regresó. ¿Estaría decepcionada conmigo?

—No, Riley, no. No, no está mal. —Me quitó las lágrimas que resbalaban por mis mejillas—. ¿No lo sabías?

—Saber ¿qué?

—Ah, vaya. —Bethany se sentó y soltó un largo suspiro, el aire hinchando sus mejillas—. Pensaba… Quiero decir, todos pensábamos… Y luego te vi con Noel, y yo… Simplemente, lo asumimos.

Ah, claro. No era la primera vez que todo el mundo asumía que era gay.

—Sí, todo el mundo lo hace.

—Lo siento. Nos hemos comportado como ignorantes. Nunca deberíamos haberlo hecho, sobre todo porque tú ni siquiera te lo habías preguntado. —Sus frases entrecortadas y sus disculpas no tenían sentido para mí, y le di unas palmaditas en el hombro.

—No pasa nada.

—No, sí pasa. Nunca le has prestado mucha atención a las chicas y siempre has rechazado a Kayla. Y con Noel estabas tan feliz…, y pensé…

Al final, tuve que interrumpir su autoflagelación.

—No estoy enfadado. Nunca me ha gustado nadie, ya sabes, así. Todavía no, o al menos tal vez no. No lo sé.

—No puedo imaginar lo confuso que es para ti.

—Eso es quedarse corto. —Me reí sin gracia y ella me pasó un brazo por los hombros y me estrechó.

¿Me gustaban Noel o Jai? ¿Gustarme de verdad?

Eran mis amigos, o lo habían sido, pero no quería salir con ellos, ¿no? ¿Era posible? Eran mis guardianes, lo que añadía una capa más de complejidad. Era raro y probablemente no estaba permitido.

Además, a Jai le gustaban las chicas y, aunque a Noel le gustaban los chicos, era imposible que yo le gustara.

Era un ángel, un ángel dulce, amable y guapísimo que había vivido siglos más que yo.

Podía gustarle cualquiera, así que no me elegiría a mí.

¿Por qué lo haría? Ni siquiera yo me elegiría a mí mismo.

Y gustarle alguien, por norma, conllevaba salir juntos, y salir llevaba a… otras cosas.