19. Capítulo diecinueve #2
Sin esperar respuesta, abrí de un tirón la puerta principal y hui.
Los oí gritar detrás de mí, pero no me detuve.
Esprinté por la acera, los zapatos golpearon el cemento y yo resoplé en busca de oxígeno.
Solo había recorrido unas manzanas cuando tuve que aminorar la marcha.
En aras de mi cordura, miré detrás de mí cada pocos pasos, pero no vi a ninguno de ellos. No me habían seguido.
Mientras mis sollozos se calmaban, me tomé un momento para estudiar mi entorno.
No sabía a qué distancia estaba el campus, pero caminé en esa dirección.
Reconocí algunos edificios y puntos de referencia, pero no estaba seguro de dónde me encontraba.
Como no conducía, desconocía casi toda la ciudad.
No me permitieron sacarme el carné de conducir cuando vivía con la señora Janet y, después de empezar la universidad, nunca lo necesité. Ahora me arrepentía de esa decisión.
—¿Riley? —Un coche frenó a mi lado, con las luces de emergencia parpadeando, y me enjugué los ojos para aclarar mi visión acuosa. Danny se inclinó sobre la consola central, su atención desviándose entre mí y la carretera delante de él—. Riley, ¿eres tú? ¿Qué demonios haces?
—¿Danny?
—¿Necesitas que te lleve? —Paró el coche por completo y oí el clic de las puertas al abrirse—. Venga, sube.
El cansancio me invadió y me acerqué al coche con resignación. Pedir ayuda sonaba mejor que caminar sin rumbo por la ciudad hasta encontrar el camino de vuelta al campus.
Subí al asiento del copiloto y cerré la puerta. Danny se incorporó al tráfico mientras yo me abrochaba el cinturón de seguridad, y me hice un ovillo en el asiento, abrazando las rodillas contra el pecho. La mirada interrogante de Danny me arañó la piel y me picó la nuca.
—No te ofendas, pero no tienes muy buen aspecto —dijo al final—. ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? Ay, mierda, ¿tengo que llamar a alguien? A la policía o…
—Estoy bien —murmuré entre dientes—. Solo quiero volver a mi dormitorio.
Sus dedos tamborileaban sobre el volante mientras conducíamos en un incómodo silencio. Sentí su mirada de preocupación, pero me negué a mirarlo. Era una grosería, pero no podía mirarle a la cara. Lo último que quería era contarle mi drama a un desconocido.
Cada pocos minutos me preguntaba si estaba herido, si estaba seguro de que no necesitaba que llamara a nadie. Y cada vez le aseguraba que estaba bien. Mis mocos no lo convencían, pero le prometí que nadie me había hecho daño.
—No quiero hablar del tema —dije para poner fin a la discusión, y él dejó de preguntar.
Cuando llegamos al centro de estudiantes, le pedí que se detuviera.
—Iré andando el resto del camino. —Me desabroché el cinturón; Danny puso el coche en punto muerto.
—Escucha, Riley…
—Gracias por traerme. Disculpa las molestias. —Abrí la puerta y salí arrastrándome, él tartamudeaba detrás de mí—. Te veré en clase.
—¡Riley!
—Lo siento. Me tengo que ir. —Eché a correr y dejé a Danny medio fuera de su coche—. Lo siento.
No miré atrás hasta que estuve en el edificio de mi dormitorio.
Danny no me había seguido. Tampoco mis ángeles.
Con un suspiro roto de alivio, subí corriendo las escaleras e irrumpí en mi habitación.
Por suerte, Brian no estaba allí y me derrumbé sobre mi cama con un gemido.
Me abracé a la almohada y sollocé como un bebé patético mientras el dolor y la traición me apresaban en el lugar.
Como la caja de Pandora, mi cerebro se abrió y me inundaron recuerdos olvidados durante mucho tiempo. Me acordé. Lo recordé todo.
En mi mente, vi cómo Noel me enseñaba a crear formas y criaturas divertidas con plastilina.
Nos vi a Jai y a mí tumbados boca abajo sobre una alfombra cargada de humo, jugando a las figuras de acción.
Recordaba con nitidez el peso de las manos de Gideon sobre mis hombros y mi espalda mientras corría a mi lado la primera vez que monté en bicicleta sin ruedines.
Habían sido mis mejores amigos. Mi familia. Me cuidaban, me protegían, me querían cuando nadie más lo hacía. Pero luego me abandonaron, me dejaron cuando más los necesitaba.
¿Había sido por mi propio bien? ¿O simplemente se habían cansado de mí? ¿Era una molestia para ellos?
Habían sido reales conmigo, demasiado reales.
Ahora lo recordaba. Quizá me habrían metido en el manicomio si no me hubieran obligado a olvidar, pero mi ira no se iba a rendir tan fácilmente.
Deberían haber encontrado otra forma, una que no incluyera borrar mis recuerdos.
No eran mejores que los médicos que me convencieron de que estaba loco.
El hecho era que había confiado en ellos y me habían apuñalado por la espalda. Y en los últimos dos meses habían mentido por omisión. Me habían dejado caer en su trampa de afecto y promesas vacías. Me deleitaba con sus ideas de familia, pero no creía que la familia tuviera que doler así.
Con el corazón roto, lloré durante horas, hasta que se me irritó la garganta y se me secaron los ojos. Por fin me calmé lo suficiente como para tomarme dos ansiolíticos y quedarme catatónico. Sin ver nada, con la mente adormecida, acabé sumiéndome en un sueño intranquilo.
Tenía cuatro años y coloreaba las vacas de mi ficha de animales de granja con un lápiz morado.
Las vacas debían ser blancas y negras, pero esta era especial, como mi amigo.
Quería colorear la vaca del color exacto de sus ojos.
Su pelo blanco le hacía cosquillas en la barbilla mientras se inclinaba sobre su propio papel, en el que coloreaba flores en rojos, naranjas y amarillos brillantes.
Pintaba mejor que yo, pero no me importaba porque siempre se sentaba a mi lado en la mesa.
Los otros niños de preescolar pensaban que yo era raro y nunca se sentaban conmigo, pero mi amigo no. Él siempre coloreaba conmigo.
Tenía seis años, me había caído de la bicicleta y me había raspado la rodilla.
Me ardía la piel manchada de asfalto, me acurruqué en el bordillo y me eché a llorar.
No estuve solo mucho tiempo antes de que unos brazos fuertes me levantaran y me acunaran contra un pecho firme que olía a bastones de caramelo.
Mi amigo gigante me llevó a casa, donde mi padre adoptivo estaba borracho en el sofá.
Me limpió la herida y me puso una tirita de dinosaurio.
Con una suave sonrisa, me apretó la manita mientras sus ojos verdes centelleaban.
Acababa de cumplir siete años y corría por el patio trasero de la residencia.
Reía mientras mi presa se escabullía entre los árboles.
Llevaba mi insignia de sheriff casera sujeta a la camisa, por encima del corazón, y seguía la sombra escurridiza del ladrón al que perseguía.
Unos ojos oscuros brillaron en la cara de mi amigo, que asomó la cabeza por detrás del árbol, moviendo su lengua perforada, y yo chillé de risa.
Levanté mis pistolas de juguete y disparé.
Tenía casi nueve años y estaba sentado en una cama almidonada de la sala de psiquiatría del hospital.
Dos cuerpos cálidos se sentaban a ambos lados de mí, el aroma de las flores a mi derecha y el de las especias a mi izquierda.
La menta flotaba en el aire, y el hombre fuerte se paseaba frente a mí, mirando al suelo con el ceño fruncido.
Al final se detuvo, se agachó y posó su mirada verde en mí.
El arrepentimiento brillaba en las profundidades de la piedra preciosa. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Todo va a salir bien, Riley. Te lo prometo. —Me acarició la mejilla con la palma mientras Jai y Noel me apretaban las manos al mismo tiempo—. No lo recordarás, pero cuidaremos de ti. ¿De acuerdo?
No entendía lo que quería decir, pero confiaba en él. Estaba allí y lo arreglaría. Gideon era bueno arreglando cosas.
—Perdónanos, pequeño.