Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 19. Capítulo diecinueve
77%

19. Capítulo diecinueve

Capítulo diecinueve

El silencio pesó en el aire, sofocante y sombrío. Tres pares de ojos evitaron mi mirada y la amargura de mi sangre se calentó hasta convertirse en ira. Cuando nadie respondió, resoplé y me aclaré la garganta.

—¿Cómo sabéis lo de la señora Janet? —repetí, esta vez con más firmeza.

Noel se mordió el labio inferior hasta que el rojo brotó de la carne.

—Somos tus guardianes, Riley. Claro que lo sabemos.

Comprendí y tragué la bilis que se me agolpaba en la garganta.

—¿Desde cuándo sois mis guardianes?

Noel se giró, avergonzado, y apretó los labios mientras una lágrima amenazaba con caer de sus pestañas. Jai seguía con la mirada al suelo. Miré fijamente a los ojos de Gideon.

—¿Cuánto tiempo? —le pregunté.

El rostro de Gideon, cerrado y carente de emoción, me dejó más frío de lo que podría dejarme el agua.

—Desde la noche en que te dejaron en el parque de bomberos.

Se me atascó un sonido estrangulado en la garganta.

Era un bebé cuando mis padres me abandonaron sin nada más que mi nombre bordado en la gorra.

Lo que significaba que lo sabían todo. Los terribles hogares de acogida, las casas de grupo sin afecto, mi estancia en el hospital psiquiátrico, la señora Janet y sus castigos… Lo sabían todo.

—¿Toda mi vida? —No lo negaron. Mi ira creció y se solidificó en algo oscuro y feo en mi estómago—. Si habéis sido mis guardianes toda mi vida, ¿por qué no me ayudasteis?

Con un gemido, Noel se acercó a mí para abrazarme, pero me aparté. En su lugar, se abrazó a sí mismo.

—Cielo, por favor…

—Estaba solo. ¿Dónde estabais?

—Nunca te dejamos. —Jai se enderezó, con los brazos cruzados sobre el pecho—. Nunca te dejamos solo, ni una sola vez.

Debería haberme consolado, pero no lo hizo.

—Me dejasteis con ella.

—¡Nunca nos fuimos!

Jamás había perdido los estribos, pero algo en mí se abrió y el dolor y el rechazo de los últimos años fluyeron como un río furioso.

—Entonces, ¿dónde estabais? —grité, y el control de Jai se quebró.

—¡Estábamos en esa puta bañera contigo! —La luz del techo gemía y parpadeaba mientras su piel se iluminaba con un resplandor etéreo—.

Nos sentábamos en el hielo, nos congelábamos en la oscuridad y te sosteníamos cuando te arrodillabas hasta que te sangraban las rodillas.

Cada uno de los castigos. No podíamos detenerla, pero los sufrimos contigo.

Cada. Maldito. Momento. Nunca nos marchamos.

Sacudí la cabeza.

—Si estabais allí, ¿por qué no os vi? ¿Por qué no os conocía?

—Sí nos conociste. —Noel me cogió por los hombros y me sacudió—. Siempre nos has conocido.

Jai empujó a Noel lejos de mí, su ira se transformó en miedo.

—¡Cállate, Noel!

Pero el daño ya estaba hecho.

—¿Qué quieres decir? Hace dos meses que nos conocemos. —Una vez más, nadie habló, pero su culpabilidad llenó la habitación hasta que saboreé vinagre en la lengua—. ¿Qué quieres decir?

—Nos conocías de antes —repitió Noel, abrazándose a sí mismo mientras moqueaba.

Me habían resultado familiares desde el principio. Algo en mi mente los había reconocido, aunque no supiera cómo. En lugar de investigar la sensación, la había descartado y me había centrado en mi incipiente amistad con ellos, pero ¿ahora?

—Entonces, ¿por qué no puedo recordaros? —Cuando nadie me miró, mi frustración volvió a crecer. Estaba harto de que me negaran la verdad—. ¿Por qué no recuerdo nada?

—Porque yo te hice olvidar. —Gideon tenía la voz entrecortada y una expresión molesta—. No formamos parte de tu mundo. Se suponía que nunca nos conocerías, pero nos viste, de todos modos.

—A veces pasa con algunos niños. Creen en cosas que los adultos ignoran, pero lo superan en pocos años. Tú no lo hiciste. Nos conocías, nos llamabas por nuestro nombre y hablabas de nosotros como si fuéramos reales porque, para ti, lo éramos. Éramos más reales para ti que tu reino mortal.

—Con el tiempo, tus cuidadores se dieron cuenta. Pensaron que te pasaba algo y tuvimos que actuar. Te habrías quedado en ese hospital si no hubieras seguido adelante sin nosotros. Así que te convencí para que olvidaras.

La máscara sin emociones de Gideon se mantenía firme; ni siquiera parecía humano. Era un robot, una máquina insensible, sin remordimientos y cruel. Yo no era una persona violenta, pero me temblaban las manos de ganas de arrancarle el estoicismo de la cara.

Sacudiendo la cabeza, sollocé en la toalla.

—No podéis obligarme a hacer nada. Jai me lo dijo. No podéis obligarme a hacer algo que no quiero.

—Podemos ser persuasivos si lo necesitamos.

Te habías pasado la vida intentando encajar, tratando de ser normal.

Había una parte de ti que quería olvidar para ser como los demás niños.

Nos escudamos para que no nos vieras, dejamos de hablarte para que nos olvidaras.

Y confiabas más en mí que en tu propia mente.

—Me miró a los ojos sin una pizca de arrepentimiento—.

Confiaste en mí y yo utilicé tu confianza para manipularte.

Nos olvidaste, creíste que éramos parte de tu imaginación.

Si mis secundarios hubieran hecho bien su trabajo, seguirías viviendo con esa creencia.

Cada palabra era como un puñetazo en el estómago.

Amigos imaginarios, aquellos tan reales que me volvían loco.

Mis ángeles eran esos amigos, excepto que no eran imaginarios en absoluto.

Eran reales. Sin embargo, habían permitido que los médicos me drogaran, que me pincharan hasta que no distinguí lo que era la realidad y lo que solo era real en mi cabeza.

Y después habían alterado mis recuerdos.

—¿Os metisteis en mi cabeza? —De alguna manera, esa traición me quemó más que el que me dejaran en la bañera de la señora Janet. Sentí como si me hubieran arrancado el corazón del pecho y lo hubieran pisoteado.

Había confiado en ellos, pero me habían mentido. Actuaban como si se preocuparan por mí, como si yo fuera una pequeña parte de su extraña familia. Pero, como todos los demás, ponían sonrisas falsas y se escondían detrás de palabras amables que no sentían en realidad.

—Creía que erais mis amigos. —El frío me caló hasta los huesos, adormeciéndome ante el tormento de su traición.

—Somos tus amigos —gimoteó Noel, pero sus lágrimas no consiguieron descongelar el hielo de mi pecho.

—Pues no habéis hecho un buen trabajo. —Me limpié las lágrimas de las mejillas—. Quiero irme a casa ya.

Sin mediar palabra, Gideon se apartó y hui del baño sin mirar atrás. Algo se rompió detrás de mí, el espejo, tal vez, y Noel gimió de pena. No me detuve.

En la habitación de Jai, me vestí tan rápido como me lo permitieron mis dedos temblorosos.

Me negué a mirar la cama, donde minutos antes había estado tumbado con total satisfacción entre mis ángeles de la guarda.

Nunca había compartido la cama con nadie.

¿Cómo iba a dormir solo, ahora que sabía lo que se sentía cuando te abrazaban?

Pero no debía pensar eso, porque eran unos mentirosos que no se preocupaban por mí en absoluto.

Se habían metido en mi mente y habían intentado controlarme.

Aunque Jai lo negara, me habían abandonado en el momento en que más los necesitaba.

Tal vez la señora Janet tenía razón sobre mí, tal vez no.

Pero permitieron que me sujetara bajo el agua helada.

Los amigos no hacían eso. Se protegían y cuidaban unos a otros.

Los amigos no dejaban que te hicieran daño.

En el momento en que salí de la habitación de Jai, Noel me bombardeó con sollozos suplicantes.

—Riley, no te vayas. Por favor, cielo, sé que estás disgustado. Pero quédate. Déjanos explicártelo.

Cuando me agarró las manos, salté fuera de su alcance.

—¡No me toques!

Se tambaleó hacia atrás como si lo hubiera abofeteado, con el rostro pálido y húmedo por las lágrimas. ¿Cómo podía seguir estando guapo con la nariz roja y llorosa y los ojos inyectados en sangre? No era justo.

Al apartarme de Noel, que aún lloraba, casi me di de bruces contra el pecho de Jai. Estaba de pie en la entrada del pasillo, con los brazos cruzados y los pies abiertos: trataba de bloquearme el paso. Con la mandíbula desencajada y los ojos escupiendo fuego, me miró fijamente.

—No te vayas así —gruñó—. No te vayas.

—No puedes obligarme a quedarme.

—¡No te vayas!

La magia persuasiva se deslizó sobre mi piel y envolvió mi mente, engatusando las partes de mí que querían permanecer en sus brazos. Pero mi ira era más fuerte. Me sacudí la sugerencia y lo odié por usar su poder contra mí.

—Elijo marcharme.

—Quédate.

—No.

—Riley…

—¡No puedes obligarme! —Empujé su pecho, pero no se movió—. Me voy. Por favor, deja que me vaya.

Con una maldición, se apartó y golpeó la pared con el puño, clavando los nudillos en el yeso.

Me alejé de su violencia, aterrorizado por su ira, y mis ojos se posaron en su espalda tatuada.

El árbol se retorcía y las flores caían hasta la base de su espalda, donde se marchitaban y morían.

Los mirlos agitaban las alas en su hombro y graznaban en protesta silenciosa.

No comprendía la magia de su tatuaje, pero sentí su dolor como si fuera el mío. Me di la vuelta, incapaz de presenciarlo un segundo más.

En cuanto llegué a la puerta principal, me calcé las zapatillas e ignoré a Gideon. Las llaves tintineaban en su mano.

—Te llevaré a tu dormitorio.

—No, gracias. —Me até los cordones y me limpié la nariz con la manga de la sudadera—. Prefiero caminar.

—No te permito…

—No estoy pidiendo permiso. —Sus cejas desaparecieron en el nacimiento de su pelo, y le sostuve la mirada con rodillas temblorosas—. Si me seguís en el campus, no quiero veros. No quiero saber que estáis ahí. Por favor, dejadme en paz.