18. Capítulo dieciocho #2
El agua helada golpeó mi piel y perdí el aliento durante varios segundos.
Me sumergí bajo el gélido chorro y cerré la cortina a ciegas.
Cada gota picaba como una aguja al caer sobre mí y apreté los dientes por el frío.
Se me puso la piel de gallina y me llevé las manos a los costados, obligándome a permanecer bajo el agua helada.
Era mi culpa. Me lo merecía.
Se oyeron voces y volvieron a golpear la puerta. Caí de rodillas en la bañera y me metí el dedo en la garganta hasta que me entraron arcadas. Mi estómago estaba vacío, pero tenía mucha práctica. Apenas rocé la campanilla antes de vaciar el escaso contenido de mi estómago en la bañera.
—¡Eres un pecador infame, Riley! —La saliva de la señora Janet salpicó mi mejilla para mezclarse con mis lágrimas mientras me metía el dedo índice en la boca—. Tenemos que sacarte el pecado. Es por tu propio bien.
La bilis ácida me destrozaba la garganta, y cada vez que jadeaba me daban arcadas y me ahogaba. Yo era un niño malvado y necesitaba limpiar el mal que había en mí. Me haría mejor. Me hacía bueno. Solo quería volver a ser bueno.
Cuando no quedaba más que ácido estomacal en el revestimiento de mi garganta, me hice un ovillo y observé cómo el vómito restante se arremolinaba por el desagüe. Lo había conseguido. Todo iría bien.
—Ya está mejor, ¿verdad, Riley? —La señora Janet me quitó el pelo de la frente sudorosa y me acunó contra su pecho—. ¿No te sientes mejor ahora?
—Sí, señora —ahogué entre sollozos.
—Buen chico. —Me abrazó como una madre acunaba a su hijo—. Sabes que es por tu bien, ¿verdad?
—Sí, señora.
—Buen chico, Riley. Ahora te sentirás mejor.
—Sí, señora. —Levanté mi cara hacia el agua helada y dejé que lavara la suciedad—. Ahora me siento mejor.
Se oyó un fuerte estruendo y la cortina de la ducha se abrió de un tirón. Grité, encorvándome para ocultar mi desnudez mientras Jai me miraba con desprecio. La humillación me asfixió cuando Noel, despeinado, me arrojó una toalla sobre el cuerpo desnudo.
—¡Por el río Estigia! —Noel se apartó del chorro de la ducha—. ¡El agua está congelada!
Jai palideció y la ira de sus ojos se disolvió en una pena que le estrujaba el alma.
—Riley, no. —Se desplomó junto a mí—. Cariño, sal de la bañera.
—¿Qué?
—¡Sal de la bañera, Riley!
¿Por qué me gritaba? Ya me había limpiado, y me quedaría bajo el agua fría todo el tiempo que él quisiera. Solo quería que me perdonara.
—Cielo, sal de la bañera —suplicó Noel, con los ojos llenos de lágrimas.
La confusión sustituyó a mi miedo.
—No puedo. Aún no he terminado.
Jai gruñó y se levantó. Vestido con los pantalones del pijama, se metió en la ducha y su espalda se llevó la peor parte del chorro. Hizo una mueca a causa del frío mientras se arrodillaba ante mí.
—¡Por las puertas del Infierno! Riley, sal de la bañera.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —Gideon irrumpió en el cuarto de baño y yo me apreté más fuerte la toalla alrededor de los hombros.
Noel se lanzó sobre Gideon, hablando con rapidez en su idioma angelical. Jai apenas les dedicó un vistazo, su furiosa mirada se clavó en mí.
—T-t-tienes frío —tartamudeé—. Necesitas salir.
—Tú te quedas, yo me quedo. —Se estremeció y sus ojos oscuros se clavaron en los míos—. Así es como funciona, cariño. Siempre ha funcionado así.
Noel se metió en la bañera, detrás de mí, y me rodeó los hombros con la toalla.
—Así funciona la familia, cielo. —Noel enterró su cara en mi nuca—. Tú te quedas, nosotros nos quedamos.
Mientras Gideon se arrodillaba junto a la bañera, mire hacia él. Parecía devastado.
—Es hora de salir de la bañera, pequeño. —Me cogió la barbilla y su pulgar calentó mi mejilla helada—. Pero no podemos hacerlo por ti. Tú decides.
Libre albedrío. No me obligarían, no podían obligarme. Yo me había metido allí y tendría que salir. Pero ¿quería hacerlo? Se suponía que debía estar ahí, ¿no? Quería expiar mi pecado.
—Solo quiero volver a ser bueno.
—No hay nada de malo en ti. —El timbre profundo de Gideon me bañó como lluvia tibia—. Nunca lo ha habido.
Unas lágrimas frescas resbalaron por mis mejillas y mojaron sus dedos.
—Lo siento. No lo entiendo. Lo s-siento.
Noel ahogó otro sollozo y Jai soltó un gemido gutural, como un animal herido. El pulgar de Gideon presionó contra mi labio inferior para detener mis balbuceantes disculpas.
—Sal de la bañera, Riley.
Nuestras miradas se sostuvieron durante un momento interminable mientras le suplicaba una redención que él creía que no necesitaba.
Vacilante, agarré el salvavidas que me ofrecían.
No lo entendía, no del todo, pero quería la misericordia que parecían tan desesperados por darme.
Yo era un muchacho desdichado e inmoral, pero ellos no me habían abandonado. Habían sido amables y cariñosos.
«Tú te quedas, nosotros nos quedamos. Así funciona la familia».
No sabía lo que querían decir, pero quería saberlo.
—V-v-vale.
Una simple palabra. Era todo lo que necesitaban.
Me sacaron de la bañera y yo me agarré a la toalla desesperadamente para preservar el pudor que aún poseía.
Cuando Gideon me puso de pie cerca del retrete, me ofreció una toalla seca y la cambié lo más rápido posible para no enseñar demasiada piel.
Noel me atendió al instante, sus manos se deslizaron por mi pelo, mis hombros.
Retrocedí. Ya no estaba excitado, pero no podía confiar ni en mí ni en sus caricias.
—¿Qué coño ha sido eso? —Jai apartó a Noel de un empujón, sus pantalones de pijama empaparon la alfombrilla de baño que teníamos debajo—. ¿Qué estabas haciendo? ¿Por qué te estabas castigando?
Noel le golpeó el hombro, con los ojos enrojecidos por las lágrimas.
—Jai, cálmate. Lo estás asustando.
—Se lo merece, joder, después de hacer algo tan estúpido. —Mis sollozos volvieron con toda su fuerza mientras Jai gritaba, con la cara convertida en una máscara de furia.
—Jairo, ya basta —dijo Gideon—. Si no vas a ayudar, lárgate.
—No me voy a ninguna parte hasta que me explique qué coño estaba haciendo bajo una ducha helada —dijo Jai.
Noel rodeó a Gideon y se abalanzó sobre Jai, golpeándole el pecho con los puños.
—Deja de gritarle, matón. Odia que le grites.
Gideon pasó por encima del dúo y cayó de rodillas ante mí. Yo seguía temblando de frío, apreté la toalla más fuerte a mi alrededor. Otro sollozo salió de mi pecho.
—Por favor, no os p-p-peléis.
Su expresión se suavizó mientras me agarraba los hombros con sus anchas manos.
—¿Qué ha pasado? No puedo ayudarte si no me dices qué te pasa. ¿Por qué te castigabas?
No había forma de que pudiera revelar la verdadera razón por la que me había metido en la ducha fría. No solo era la experiencia más humillante de mi vida hasta la fecha, sino que era repugnante y estaba mal. Nunca me volverían a hablar si supieran que yo… que yo…
Si me disculpaba, tal vez ya no estarían enfadados.
—Lo siento…
—No quiero que lo sientas. Quiero que me digas qué ha pasado. —Su expresión y su tono eran expectantes, sombríos. Al parecer, volvía a decepcionarlo. Negué con la cabeza mientras nuevas lágrimas se derramaban por mis mejillas.
—Claro que no nos lo va a contar —dijo Jai, esquivando los puños de Noel—. Ni siquiera confía en nosotros.
—Ah, me pregunto por qué. Gritar a la gente suele infundir un nivel de confianza maravilloso, ¿no? —Noel empujó a Jai con una fuerza que ninguno de los dos esperaba, y Jai se tambaleó hacia atrás. Estuvo a punto de caer de nuevo en la bañera.
—¡Basta! —bramó Gideon.
Caí de rodillas a modo de penitencia. Gritaban y se peleaban, todo por mi culpa. Porque yo era un chico terrible, malvado y perverso.
—Riley, no. Levántate —ordenó Gideon con la voz exasperada mientras se pasaba una mano por el pelo—. No has hecho nada malo. Deja de arrodillarte.
—Profundidades del Seol, ¿qué te pasa? —Noel arrastró a Gideon por la camisa y gruñó lo que debió ser una retahíla de maldiciones angelicales antes de reflejar mi posición sobre sus rodillas—. Riley, cielo, no pasa nada. No estamos enfadados contigo…
—Yo sí —dijo Jai.
—Y voy a buscar el pincel más grande que tengo y te lo voy a meter tanto por el culo que te voy a pintar la garganta de marrón. —La luz del baño parpadeó y el cuerpo de Noel se iluminó con un resplandor etéreo—. ¡Cállate, Jairo!
Noel volvió a centrar su atención en mí mientras yo me acobardaba ante la mirada indignada de su otro.
—Shhh, cielo, está bien. Todo va a ir bien. No estamos enfadados contigo. —Me acarició las mejillas y me quitó las lágrimas con el pulgar—. Solo estamos asustados y preocupados. Lo que estabas haciendo no es sano. No es bueno para ti.
—Pero me hace mejor —susurré. Sus ojos incoloros se aguaron.
—No te pasa nada, Riley. No necesitas ser mejor; solo necesitas ser tú.
—Lloraba, y sus lágrimas rompieron mi negro corazón—.
No eres malo, ni malvado, ni desagradable.
No eres ninguna de las cosas que ella te dijo que eras.
Eres amable, dulce y desinteresado. Te preocupas por todos y quieres a todo el mundo, incluso cuando no se lo merecen.
Eres bueno, y no puedes seguir escuchándola. ¿Lo entiendes?
»Ella estaba equivocada. Siempre se equivocó contigo. Nunca debió hacerte daño, porque no eres nada de lo que ella te hizo creer. Eres perfecto. —Me tiró hacia delante para besarme la frente, pero el pecho se me encogió al comprender el significado de sus palabras.
Con la boca entreabierta y la garganta ardiendo, contemplé el rostro lleno de dolor de Noel antes de levantar la mirada hacia la ira rota de los ojos de Jai.
La expresión estoica de Gideon se había quebrado hacía rato y revelaba un tic furioso en su mandíbula; sus ojos chispeaban con ferocidad. Y la verdad me golpeó como un mazo.
«Tú te quedas, yo me quedo. Así es como funciona, cariño. Siempre ha funcionado así».
Lo sabían. Siempre lo habían sabido. ¡Demonios, habían estado allí! La traición sustituyó el hielo de mi sangre hasta que temblé por el fuego que corrió por mis venas, caliente y acre.
Cuando devolví mi mirada muerta a Noel, este se apartó.
—¿Cómo sabéis lo de la señora Janet?