18. Capítulo dieciocho
Capítulo dieciocho
Me desperté aturdido y acalorado, demasiado acalorado. El sudor se me acumulaba en la nuca y en la base de la columna, pero no me moví. Siempre tenía frío y me encantaba el calor que irradiaban los calefactores que tenía delante y detrás de mí.
Tomé conciencia despacio y, cuando abrí los ojos, mis pestañas revolotearon sobre la nuez de Noel.
Su corazón latía rítmico bajo una de mis palmas, y mi otra mano se confundía con la de Jai sobre mi estómago.
Nuestras piernas se enredaban bajo las mantas; la tela y el vello de las piernas me hacían cosquillas en la piel.
El aliento caliente de Jai soplaba sobre mi hombro, donde mi camisa se había deslizado hacia abajo, y sus dedos rozaban la piel por encima de mis calzoncillos, por debajo de mi camisa.
Mis ángeles roncaban con suavidad en una mezcla de partes del cuerpo, y nos quedamos acurrucados el uno contra el otro.
Nunca me había sentido tan seguro y protegido, atrapado entre los confines de sus diversos miembros.
Permanecí en silencio para no despertarlos mientras las yemas de mis dedos recorrían el pecho de Noel.
Rastreé su clavícula y luego pasé los dedos por el fino vello blanco, apenas visible, que salpicaba sus pectorales.
Una voz en el fondo de mi mente luchaba por hacerse oír por encima del palpitar del corazón en mis oídos, pero la ignoré.
Cuando sentí punzadas en los dedos de los pies, a punto de quedarme dormido, me contoneé para liberar la pierna aprisionada. La mano de Jai sobre mi vientre apretó con más fuerza y me quedé quieto.
—Es muy temprano —ronroneó contra mi cuello—. Vuelve a dormirte.
—Mi pie. —Me retorcí de nuevo y Jai siseó.
Su gran palma me sujetó la cadera por encima de la ropa interior y me mantuvo en mi sitio.
—Deja de moverte, Riles.
Su voz rasposa y espesa por el sueño me recorrió la espina dorsal, y algo extraño cobró vida en mis venas. En cuanto dejé de revolverme, su agarre se aflojó y unos dedos largos recorrieron mi vientre. Su palma volvió a posarse sobre mi ombligo y me abrasó la piel.
La pierna de Noel se movió, deslizándose entre las mías, y jadeé cuando su vello acarició la delicada piel del interior de mis muslos. Su pierna subió más, peligrosamente cerca de mi ingle, y casi me atraganté con la lengua.
Respiré de forma entrecortada y me acomodé en el colchón mientras el hervor de mi sangre se hacía cada vez más intenso. Sentía la piel demasiado tensa, la sensibilidad exacerbada y, cuando el vello facial de Jai me arañó la tierna piel del cuello, se me puso la piel de gallina.
El calor, sus olores, las caricias íntimas me abrumaban. Era demasiado y, por primera vez en mucho tiempo, un cosquilleo familiar y travieso estalló en mi vientre. Abrí los ojos de golpe, presa del pánico.
«No, no, no. Por favor, ahora no. Por favor, eso no».
Pero no pude evitarlo. Mis venas cosquilleaban y hervían, y los fuegos artificiales crepitaban y estallaban en mi estómago. Para mi vergüenza, empecé a tener una erección.
A medida que crecía, también lo hacía mi histeria.
Estaba demasiado cerca de Noel, y la mano de Jai se cernía justo por encima de la cinturilla de mi ropa interior.
No pude ocultar la reacción de mi traidor cuerpo.
Si hacía el más mínimo movimiento, ambos lo sentirían también.
Y entonces estaría en problemas. Me castigarían.
La presencia de mis ángeles, que momentos antes había sido indulgente, ahora me sofocaba. Luché contra sus garras, un quejido ahogado escapó de mis labios mientras me agitaba para liberarme. Jai gruñó y Noel se incorporó con un grito de alarma.
—¿Qué está pasando?
—¡Soltadme!
Con una patada accidental en el riñón de Jai y un cruel empujón en el hombro de Noel, me levanté de la cama y caí sobre la alfombra.
Me puse de pie y hui de la habitación, dejando a dos ángeles desconcertados a mis espaldas.
Por suerte, no me persiguieron de inmediato y llegué al baño antes de que me atraparan. Cerré de un portazo.
Las lágrimas me quemaron los ojos al mirar el bulto de mi ropa interior. La respiración se cortó en un sollozo y aplasté la palma de la mano contra el miembro hinchado hasta que el dolor me mareó.
«Vete, vete, vete», me repetí como un mantra mientras me ahogaba en la humillación.
¿Lo habían visto? ¿Lo sabrían?
La vergüenza me estranguló al comprender lo que me estaba ocurriendo. Era ingenuo, lo sabía, pero no estúpido. Sabía lo que era una erección. Comprendía por qué se producían y para qué servían. El asco me invadió.
Me había excitado por un chico, ¡dos chicos! Eran mis amigos, mis guardianes, y los había ensuciado. Mi alma estaba podrida y los había ensuciado. Era vil, asqueroso, malvado, como decía la señora Janet.
—¡Eres repugnante, Riley! —En mi memoria, su agarre en mi muñeca cortó la circulación mientras me arrastraba a su cuarto de baño—. Un monstruo, ¡qué desastre! Criatura asquerosa.
A los trece años, debería haber entendido los procesos naturales de mi cuerpo, pero me habían prohibido hacer preguntas o buscar respuestas.
Despertarme sudado y con algo pegajoso en la ropa interior me había asustado.
Estaba confuso y atemorizado; una parte de mí temía haber hecho algo malo, pero llamé a la única madre que tenía.
Janet, que siempre tenía el sueño ligero, entró en mi habitación con el albornoz ceñido a su delgada cintura.
Su mirada se posó en el desastre que había en las sábanas, luego en mi ropa interior húmeda, y sus ojos se abrieron de par en par.
Cuando su rostro se blanqueó de rabia, el terror se apoderó de mí.
Me ordenó que me desnudara en la cama. Obedecí al instante; sabía que no debía hacerla esperar. Después me cogió del brazo y me sacó de la habitación, me arrastró al cuarto de baño, me arrojó contra el lavabo y yo me agarré a la porcelana con dedos temblorosos.
Nunca me resistía a sus castigos. Eran por mi bien, para hacerme mejor, y me los merecía porque era perverso.
Pero, en cuanto empezó a llenar la bañera, echando un cubo de hielo en el agua ya fría, pedí clemencia.
Le pedí perdón y le supliqué, agarrándome al borde de su bata mientras lloraba, pero ella no quiso escucharme.
Aquello era peor que estar encerrado en el jardín trasero en mitad de la noche, despojado de mis calzoncillos blancos. Con gusto correría al sótano y me acurrucaría en el arcón congelador sin usar. Soportaría la oscuridad y el miedo durante horas. Cualquier cosa, menos la bañera.
—Entra. —Su expresión carecía de emoción, cincelada en piedra.
Sollocé entre las manos y sacudí la cabeza.
—Por favor…
Volvió a empujarme y mi cadera chocó con el lateral de la bañera.
—Métete ya.
Con los dientes apretados, entré y casi grité cuando el agua helada me quemó la piel. Me metí hasta que solo mi cabeza quedó por encima de la superficie. El hielo tintineó contra mis brazos y piernas, y mi cuerpo se convulsionó con violentos escalofríos.
—Los humanos somos criaturas inmundas, Riley. Tenemos que aprender a refrenar nuestros deseos, a controlar la perversa lujuria que llevamos dentro. Estamos destinados a ser puros y perfectos. ¿Lo entiendes? —La señora Janet me acarició la cabeza con cariño.
No, no lo había entendido. No había querido provocar aquel desastre. Había sido un accidente.
—Lo siento. Lo siento —repetí mientras el dolor me sacudía el cuerpo—. Por favor, señora Janet, lo siento. No volveré a hacerlo. Por favor.
—Es por tu propio bien. Lo sabes, ¿verdad? —Sus ojos brillaron con una convicción insana y sollocé con más fuerza—. Lo hago porque te quiero, para hacerte mejor. Los chicos son criaturas desagradables, pero tú te portarás bien, ¿verdad?
Asentí, rezando para que me dejara salir de la bañera.
—Seré bueno. Lo prometo, seré bueno.
—Hago esto para curarte. —Su mano suave se enredó en mis rizos, la amabilidad se desvaneció—. Para hacerte mejor persona. Para hacerte bien. Porque te quiero.
Agarrándome por el pelo, me metió la cabeza bajo el agua y me tapó la boca y la nariz con la otra mano. El hielo me quemó las mejillas y los ojos. Y no podía respirar, no podía respirar, ¡no podía respirar!
Salí del recuerdo, jadeando en busca de oxígeno mientras me aovillaba en el suelo del cuarto de baño de mis guardianes.
Atrapado entre el pasado y el presente, cerré los ojos y supliqué perdón.
Me había esforzado tanto por ser bueno…, pero nunca había estado a la altura. Era maligno hasta la médula.
Según los libros de salud del colegio, las erecciones espontáneas y los orgasmos incontrolables eran naturales y saludables, pero mentían.
La señora Janet no me castigaba a menos que hiciera algo malo.
Cada vez que me despertaba con una erección o manchaba mi ropa interior, me obligaba a meterme en el baño de hielo.
Para evitarme el dolor, mi cuerpo dejó de reaccionar y mis accidentes se hicieron menos frecuentes. No recordaba la última vez que me había despertado con el pene duro. Hasta hoy.
—¿Riley? —Noel golpeó la puerta—. Riley, cielo, ¿estás bien?
«No».
—Sí —mentí.
Si supieran la verdad, estarían tan enfadados, tan decepcionados…
Quería que estuvieran orgullosos de mí, pero ahora me odiarían.
Al final verían lo perverso que era, y Gideon me sujetaría bajo el agua helada.
Jai me encerraría en el arcón congelador sin usar, y Noel me obligaría a arrodillarme frente al retrete, metiéndome el dedo en la garganta hasta que vomitara.
Necesitaba limpiarme. Si tomaba la iniciativa, quizá el castigo no fuera tan horrible. Verían que intentaba portarme bien. No me odiarían.
—¿Riley? —El pomo de la puerta se sacudió y Jai maldijo—. ¡Riley! Abre la puta puerta.
Temblando de miedo, me puse en pie y abrí la ducha. Puse la temperatura lo más fría posible y me desnudé.
—Me meto en la ducha ahora —grité mientras apartaba la cortina—. Me meto ahora, lo prometo.