Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 17. Capítulo diecisiete #2
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17. Capítulo diecisiete #2

En realidad, no estaba enfermo, pero mis guardianes se preocuparon por mí como si me hubieran diagnosticado un cáncer terminal.

Como había predicho Jai, Gideon preparó una sopa de pollo con fideos y Noel me abrigó con sus pantalones de pijama, una de las camisas de Jai y unos calcetines de color naranja chillón con pequeños pavos: calcetines de Acción de Gracias.

Envuelto en mantas como un burrito, me quedé en cuarentena en el sofá mientras veíamos la primera película de El señor de los anillos . La sopa de pollo estaba deliciosa y, hasta cierto punto, calmó mis náuseas, causadas por la culpa y la vergüenza más que nada, pero el caldo me ayudó.

Apoyé la cabeza en el regazo de Noel, que me acarició el pelo.

Jai me puso los pies en su muslo y sus delgados dedos jugueteaban con los dedos de mis pies de vez en cuando.

A intervalos de quince minutos, Gideon me preguntaba cómo me sentía, si necesitaba más sopa, un vaso de agua, tal vez cubitos de hielo.

Estaban siendo muy dulces y mi autodesprecio crecía.

Técnicamente, les estaba mintiendo, pero, de forma muy egoísta, me dejé llevar por su amabilidad mientras veíamos La comunidad del anillo .

A mitad de la película, los párpados comenzaron a cerrarse por sí solos y debí de quedarme dormido, porque me desperté un rato después mientras unos brazos fuertes me levantaron del sofá. Acaricié un pecho que olía a sol y a lilas. Noel me besó la coronilla mientras me cargaba como a un bebé.

—Toma —murmuró Jai por encima del susurro de la tela—. Puede dormir en mi habitación.

—Yo puedo dormir en el sofá —dijo Noel.

—Dormiste en el sofá la última vez. Estoy bien.

Noel me tumbó entre sábanas que olían a tabaco. Hurgué en las mantas, buscando calidez. Medio despierto, vi cómo Jai se quitaba la camiseta, la luz difuminada del salón jugueteando a lo largo de su espalda tatuada.

—Buenas noches, Riley. Que te mejores. —Noel me dio un beso en la frente y sonreí.

—Buenas noches, Noel.

Con un apretón en el brazo de Jai, Noel salió de la habitación y la puerta de su dormitorio se cerró un momento después. Jai estaba junto a la cama en pijama, con las manos en las caderas.

—Estaré en el sofá. Llama si necesitas algo.

Ya me sentía culpable por haber mentido, y echar a Jai de su cama era la guinda del pastel. Si hubiera estado consciente, habría permanecido en silencio, pero el sueño me soltó la lengua.

—Podemos compartirla. La cama es lo bastante grande. No me importa.

—Estoy bien en el sofá.

—Pero es tu cama.

Los ojos oscuros de Jai brillaron de forma extraña en la luz apagada y miró por encima del hombro mientras su piercing de la lengua chasqueaba contra sus dientes.

—No debería…

—¿Por qué no?

Es cierto que tenía poca experiencia en fiestas de pijamas, pero los amigos compartían cama, ¿no? Era bastante ilógico que yo durmiera solo en la cama de matrimonio de Jai y que él se quedase en el sofá.

Tras tomar una decisión, Jai empujó la puerta, dejándola entreabierta unos centímetros.

Me acerqué hasta que mi espalda tocó la pared, y el colchón se hundió un momento después.

Jai se colocó al otro lado de la cama, y yo me acurruqué entre las mantas y sonreí. Me gustaba estar cerca de mis ángeles.

Mientras sucumbía al sueño una vez más, un dedo rozó el dorso de mi mano bajo las mantas. La abrí y Jai la envolvió con la suya, mucho más grande, rozando con sus callosidades mi suave palma. Nuestros dedos se entrelazaron, compartimos un suspiro y la inconsciencia me engulló por completo.

Miré fijamente a un par de ojos rojos como la sangre, con llamas malditas ardiendo en su interior.

Cuando abrí la boca para gritar pidiendo ayuda, la bestia se abalanzó sobre mí.

Su aliento caliente y putrefacto me quemó la piel.

Sus afilados colmillos atravesaron mi garganta.

Me ahogaba en un lodazal espeso y metálico de sangre. Y no podía respirar. No podía respirar.

—¡Riley! —Alguien me sacudió para despertarme mientras yo me asfixiaba con mi propia sangre—. ¡Riley, respira!

—¿Qué pasa? —Otro par de manos me agarraron y luché como un animal. No quería morir, no así—. Riley, cielo, cálmate.

La energía atravesó el aire y mis ojos se abrieron de golpe. Inhalé en un suspiro, ahogándome con nada. Demasiados brazos me abrazaron. Apretado entre dos cuerpos, jadeé en busca de oxígeno.

—Shhh, todo va bien. —Noel me pasó la mano por el pelo y acunó mi cabeza en su hombro—. Respira despacio. Ya está.

—Ha dejado de respirar. No se despertaba y no respiraba . —La voz de Jai temblaba, y alargué la mano a ciegas para consolarlo. La cogió y la llevó a su desaliñada mejilla.

Una mano enorme me apretó la pantorrilla: Gideon. Todos estaban allí. Estaba a salvo. No me estaba muriendo.

—Lo siento. No quería hacerlo. Lo siento.

—No tienes nada que lamentar —dijo Gideon—. No has hecho nada malo. Concéntrate en respirar hondo. ¿Puedes hacer eso por mí, pequeño?

Asentí, hundiéndome más en el abrazo de Noel. La habitación se aquietó e inhalé profundamente por la nariz y exhalé por la boca. Bajo las caricias de mis ángeles, me calmé.

—Aún es muy temprano. —Gideon se levantó y me acarició la cabeza—. Haced que vuelva a dormir.

Jai y Noel asintieron y Gideon salió de la habitación después de revolverme el pelo otra vez.

Había perdido los pantalones durante el forcejeo, pero ni Jai ni Noel parecían interesados en recuperarlos.

En lugar de eso, Noel me cambió de sitio hasta que quedé tumbado de lado, con Jai a mi espalda.

Él se tumbó delante de mí, con las manos entrelazadas en el pecho.

—Solo ha sido un sueño —dijo—. Ahora estás a salvo.

El brazo de Jai se deslizó alrededor de mi torso y su vello facial me arañó la nuca.

—Ha dejado de respirar, Noel. No respiraba.

—Está bien, Jai. Puedes sentir los latidos de su corazón. Puedes oír el aire en sus pulmones. Está bien. —La voz melódica de Noel trajo la calma al ambiente, y Jai se estremeció, enterrando su cara en mi nuca.

En el pliegue del cuello de Noel, me acurruqué en su abrazo combinado.

Apretados, recuperamos el aliento, calmados por el subidón de adrenalina.

Una parte de mi agotado cerebro me decía que no debería estar allí, que no debería permitir que me abrazaran así.

Pero estaba demasiado cansado para escuchar. Necesitaba eso; los necesitaba a ellos.

—Vuelve a dormirte.

Noel tarareó una melodía tranquila, una canción de cuna que reconocí, aunque nunca la había oído antes. Me invitó a la inconsciencia y la canción continuó, incluso después de que me rindiera.