16. Capítulo dieciséis #2
—No, saltar dentro de este reino es diferente. Se necesita mucha más energía para transportarnos aquí que, por ejemplo, en el inframundo. Pero Utopía es nuestro hogar, y la energía de allí nos carga.
—Ir y venir a Utopía no nos cuesta energía, pero hacerlo aquí es un despilfarro.
Quiero decir… —Noel se inclinó entre los asientos delanteros y señaló mi cinturón de seguridad—.
Abróchatelo. Las emergencias no cuentan, por supuesto.
Saltamos si hace falta, pero, si no es necesario, usamos el transporte normal.
—Ejemplo: esta oxidada chatarra de mierda de Gideon. —Jai agitó la mano por el interior del coche usado.
—Pero, si puedes teletransportarte a Utopía, ¿qué importa si gastas energía?
—Sí, pero tú no puedes teletransportarte a Utopía.
Si estamos demasiado agotados, no podemos protegerte.
—Jai navegó por el ligero tráfico del domingo por la mañana mientras Noel hacía girar el dial de la radio—.
Y dado que protegerte es el objetivo de nuestra existencia, no poder hacerlo nos pondría a todos en un buen aprieto.
—¿Podéis llevarme al cielo con vosotros? —pregunté.
Tras encontrar la emisora que buscaba, Noel apoyó los brazos en las rodillas, con la cabeza aún metida entre los asientos delanteros.
—Podemos saltar con pasajeros a costa del doble de energía, pero las almas mortales necesitan un permiso especial para entrar en el reino celestial. A menos que estés muerto y te dirijas al Elíseo, claro.
—Podríamos llevarte, pero te echarían enseguida. Y el Consejo de Arcángeles nos daría una paliza y, entonces, probablemente te llevarían y te entregarían a otro equipo de guardianes. —Jai frunció el ceño al terminar de pensar, y yo imité la mueca.
—Bueno, entonces no tentaremos a la suerte —dije—. Ya no quiero ir.
Noel sonrió y se abalanzó sobre mí para plantarme un beso en la mejilla.
—Bien. Tampoco queremos perderte.
Me sonrojé durante el resto del trayecto.
Al llegar a mi dormitorio, el sol brillaba cálido y radiante, con una agradable brisa que sustituía al frescor matutino.
Me puse de cara al sol, absorbiendo su calor por un momento antes de seguir a mis secundarios.
Llegaron primero a las escaleras de mi residencia, pero me detuve en el último escalón cuando una voz femenina me llamó por mi nombre.
—¡Hola, Riley! —Bethany saludó desde el aparcamiento mientras Sharon cerraba el coche.
Jai y Noel se detuvieron al final de las escaleras y yo hice la señal universal con el dedo para decir: «Dadme un segundo». Asintieron y me volví para saludar a las chicas.
Bethany se detuvo con una sonrisa de felicidad en su cara redonda.
—Hola. Ayer pasé por tu dormitorio para invitarte a otra noche de cine y no estabas.
No era una pregunta, pero entendí la pregunta tácita.
—Me he quedado con unos amigos. —Miré a Jai y Noel—. Quiero decir, en su apartamento. Hicimos una fiesta de pijamas.
Bethany soltó una risita.
—Qué adorable.
Sharon se unió a nosotros, escudriñando a los chicos detrás de mí, y sus ojos se abrieron de par en par.
—Mierda, Beth, no bromeabas. Esos tíos están… O sea, van a provocar un incendio en el campus un día de estos.
Jai no estaba fumando, al menos no en ese momento. Miré por encima de mi hombro para comprobarlo. No. Su medwakh negro estaba bien guardado en el bolsillo de su chaqueta de cuero.
Debieron de oírnos hablar de ellos porque bajaron las escaleras para unirse a nuestro grupo.
Las chicas intercambiaron una mirada indescifrable.
Bethany se alisó la camisa y Sharon levantó la cadera, haciendo girar un rizo con el dedo.
Como una leona que acechaba a su presa, siguió los pasos de Jai hasta que se detuvo a mi lado.
—Vaya, vaya, Riley es un chico afortunado por tener amigos como tú. —Sharon extendió la mano con una sonrisa depredadora—. Por favor, dime que tienes hermanos porque… Maldita sea.
Noel se tapó la boca con la mano, ahogando una aguda carcajada de asombro, y las palabras anteriores de Sharon hicieron clic. Iban a provocar un incendio, o sea, que era muy guapo, atractivo. Estaba flirteando. Perfecto.
A diferencia de Noel, Jai no se ruborizó ni se rio. Sonrió satisfecho, recorrió a Sharon de pies a cabeza de una forma que me retorció el estómago y le cogió la mano.
—No hace falta que conozcas a mis hermanos, créeme. Soy Jai.
—Sharon.
Se dieron la mano, y mi estómago aterrizó en algún lugar cerca de los dedos de los pies.
—Soy Noel, uno de los hermanos. —Noel estrechó la mano de Bethany, y luego la de Sharon—. Pero no malgastes esos ojos de dormitorio conmigo, cariño. No llevas el equipo adecuado para tentarme.
Le guiñó un ojo y Sharon se rio.
—Eres directo. Me gusta.
—No demasiado directo. —Se rio—. Pero me ahorra muchos dolores de cabeza. No quiero sonar sexista, pero algunas chicas no se toman bien cuando confunden la amabilidad con el coqueteo y descubren al final de la noche que eres supergay y no estás ni remotamente interesado en tener sexo con ellas.
Me sobresalté ante su descarada confesión. Bethany se sonrojó, pero se unió a Jai y Sharon, que se rieron. Noel se encogió de hombros, su risa tintineante se mezcló con el resto, y me llevé las palmas de las manos a las mejillas para ocultar mi sonrojo.
—Discutiremos las ventajas del sexo con mujeres en otro momento. —Jai dio una palmada en el hombro de Noel y luego volvió a dirigir su atención a las chicas—. Encantado de conoceros. Riley nos ha hablado mucho de vosotras.
Me asomé de entre mis dedos mientras Bethany y Sharon sollozaban con un «Qué cuquiii» a la vez.
—Espero que todo sean cosas buenas. —La mano de Sharon se deslizó sobre el brazo de Jai y algo caliente y amargo estalló en mi estómago.
—Solo lo mejor. —Jai guiñó un ojo y la sensación agria subió a mi pecho, abrasando mi corazón.
Miré al pavimento y luché por controlar mi creciente frustración. ¿Por qué la miraba así? ¿Y por qué me daban ganas de empujar a Sharon al jardín?
Perdí el hilo de la conversación, demasiado concentrado en mi confuso y casi violento enfado.
Bethany y Noel charlaban mientras Sharon devoraba a Jai con la mirada.
Él prácticamente se rendía ante la atención, chasqueando el anillo lingual contra los dientes y sonriendo.
Parecía estúpido, como un estúpido… estúpido gilipollas.
«Qué bien».
Sharon soltó una risita por algo que dijo Jai, y yo puse los ojos en blanco.
—Oh, me encantan los bolos. —Noel me sacudió el hombro, rompiendo así mis sombríos pensamientos—. Quieres ir a la bolera, ¿verdad, cielo?
Bethany me dedicó una sonrisa de oreja a oreja y yo me sonrojé.
—¿Qué? ¿A los bolos?
—Deberíamos ir este fin de semana. Todos estaremos ocupados el siguiente con Acción de Gracias, y los exámenes finales se nos echarán encima antes de que nos demos cuenta, así que probablemente no encontremos tiempo más tarde —dijo Bethany, que siguió la mano de Noel mientras me acomodaba un rizo detrás de la oreja y luego bajaba para frotarme la espalda—. ¿Qué te parece?
—Tengo planes el viernes, pero el sábado estoy libre como un pájaro —explicó Sharon.
—Estoy seguro de que estaremos disponibles, pero tendremos que comprobar si podemos encajarlo en el apretado calendario social de Riley. —Jai me revolvió el pelo con una sonrisa burlona, pero su broma no me hizo mucha gracia.
Me aparté de su contacto y me acurruqué junto a Noel. La sonrisa de Jai se desvaneció y frunció el ceño, confundido. Sharon se echó a reír, pero Bethany estaba demasiado ocupada consultando la agenda de su teléfono para darse cuenta de la mala broma de Jai.
Noel aceptó mi abrazo improvisado y se dobló por la cintura para susurrarme al oído:
—No pasa nada si no quieres ir. Solo he pensado que te gustaría.
—Nunca he jugado a los bolos —le confesé, y su brazo me rodeó la cintura y me apretó.
—Es divertido. ¿Quieres ir?
Si eso significaba que Jai y Sharon estuvieran en la misma habitación, la verdad era que no.
Pero era una tontería. Estaba siendo egoísta.
Quería tener a mis ángeles para mí solo, pero que hicieran otros amigos no significaba que ya no quisieran ser mis amigos.
Y si Jai y Sharon se gustaban, es decir, si se gustaban de verdad, ¿por qué iba a importarme?
No quería ser el amargado que estropeara sus planes.
—De acuerdo. Suena divertido —dije, y Noel me estrechó contra él con una sonrisa orgullosa.
—Excelente.
Concretaron los planes para el siguiente fin de semana e intercambiaron los números mientras todos nos dirigíamos al edificio de la residencia.
Jai se detuvo en el baño y nos separamos de Bethany y Sharon en mi dormitorio.
Nos despedimos con la mano y se dirigieron al final del pasillo, hacia su propia habitación.
—Nos vemos el sábado. —Bethany se despidió de Noel y me guiñó un ojo con picardía. Escapé a mi habitación antes de que hiciera algo más embarazoso.
—Siempre me ha gustado Bethany —comentó Noel mientras cerraba la puerta tras nosotros—. Es un encanto.
—Es una buena amiga —murmuré, inspeccionando el desorden que Brian había dejado.
Pateé su ropa desechada hacia su lado de la habitación y tiré los restos de bolsas de comida rápida a la basura. Era tan vago que daba asco.
—¿Riley? —Noel me agarró la nuca y masajeó la tensión de mis músculos—. ¿Qué te pasa? ¿No quieres ir a la bolera? No pasa nada si no quieres.
Mis emociones eran tan desconcertantes como aterradoras, y nunca se me habían dado bien las palabras.
En lugar de responder verbalmente, giré sobre mí mismo y rodeé su cintura con los brazos.
Era extraño empezar a necesitar afecto físico, pero cada vez me resultaba más fácil.
Suspiré cuando Noel me devolvió el abrazo.
—Oye, ¿qué pasa?
—Nada. —Inhalé su aroma floral y me tranquilizó el alma—. Creo que me gustan los abrazos.
—A mí también me gustan los abrazos. —Oí la sonrisa en su voz y, cuando me besó la parte superior de la cabeza, sentí que levitaba.
Después de que nuestro abrazo se aflojara, me retiré con un suspiro, pero él me cogió la cara con las manos antes de que pudiera apartarme.
A menos de medio metro de distancia, su mirada recorrió mis rasgos.
No sabía qué buscaba, pero me dejé llevar.
Estudió mis ojos, luego mi nariz, mi barbilla, mi boca.
Se detuvo allí y mis labios se entreabrieron.
El aire que nos rodeaba se espesó con algo para lo que no tenía nombre y las estrellas violáceas que rodeaban sus pupilas se oscurecieron. Me encantaba cómo cambiaban sus ojos, pero sentía curiosidad por saber la causa.
—Riley… —La voz de Noel era suave, pero más grave de lo normal, un poco entrecortada. Me estremecí.
—¿Qué?
Él parpadeó, sus iris se aclararon una vez más, dio un paso atrás y retiró las manos de mis mejillas.
—Nada. No importa. ¿Tienes deberes que terminar para mañana?
El brusco cambio de tema me desconcertó, y tardé varios segundos en recuperar mi hilo de pensamiento.
—Creo que sí.
Con una mano en su pelo largo, Noel asintió hacia mi cama.
—Bueno, será mejor que lo hagas todo. No quiero que tus notas bajen porque estemos monopolizando tu tiempo.
—Oh. Vale.
Sentí un frío extraño mientras tropezaba hacia mi cama y recuperaba mi portátil y mi mochila.
Noel y Jai tenían un don para desequilibrarme, y los singulares sentimientos que encendían dentro de mí crecían en magnitud.
Me asustaba más de lo que quería admitir.
Pero, fuera lo que fuera lo que significaban esas emociones, recé para que mis ángeles no me dejaran solo con ellas.