16. Capítulo dieciséis
Capítulo dieciséis
—Lucifer fue uno de los siete traidores originales —dijo Gideon, con su voz retumbante y tranquila para que no se oyera por encima del bullicio de la concurrida cafetería—.
Pero era el líder, el instigador. Junto con otros dos, Leviatán y Belcebú, atrajo a otros cuatro: Berith, Mammon, Asmodeo y Belfegor.
Los Siete trabajaron para engañar a los otros ángeles y que se volvieran contra el Creador.
»Trabajaron en secreto, en susurros a puerta cerrada, y durante muchos años esperaron. Crecieron en número y aguardaron su momento. De no haber sido traicionados por algunos de sus propios reclutas, podrían haber captado suficientes ángeles y su golpe habría tenido éxito.
Jai y Noel se estremecieron y bebieron un trago de sus cafés para entrar en calor. Di un sorbo a mi agua, pendiente de cada palabra.
—Cuando se revelaron los traidores —continuó Gideon, con la piel alrededor de los ojos tirante—, comenzó la guerra, una guerra que el reino celestial hasta el momento nunca había vivido.
Enfrentó a hermano contra hermano, a Comprometidos contra Comprometidos; destrozó familias. Se perdieron muchas vidas.
Un gran silencio se apoderó de la mesa y, por una vez, ni Jai ni Noel soltaron un chiste para animar el ambiente. La tristeza de Gideon se extendió por el espacio que nos separaba y me escocían los ojos.
—Ganamos, pero el precio que pagamos por la victoria fue muy alto.
Muchos de nosotros lo perdimos todo. Los Siete, junto con los ángeles que se habían vuelto contra sus hermanos, fueron castigados, despojados de su estatus y desterrados de Utopía.
Maldecidos por el poder ancestral, les arrancaron las alas de sus cuerpos y cayeron, sin posibilidad de volver a ver la belleza del rostro del Creador ni el reino celestial.
»Los Caídos residen ahora en el inframundo. O en el reino de los mortales, si así lo desean. Y los Siete pasan el tiempo torturando a los condenados y asolando la tierra con su odio.
Me lamí los labios y carraspeé dos veces para que no se me quebrara la voz.
—¿Los expulsaron del Cielo? ¿A todos?
—Pocos se salvaron. El Consejo celebró juicios y los culpables fueron expulsados.
—¿Al Infierno? ¿Es un lugar real?
—Sí. Está el reino celestial y el reino maldito, y en medio descansa el reino mortal.
—Gideon apiló las manos, una sobre otra, antes de mover una mano para añadir una capa intermedia—.
La Tierra es terreno neutral, el lugar donde ángeles, Caídos y demonios pueden vagar libremente.
El inframundo recibe muchos nombres: Infierno, Hades, Seol.
Opuesto al Cielo, es la representación física de la muerte y la decadencia.
Es donde las almas condenadas son enviadas a pasar su eternidad después de su muerte humana, mientras que las almas benditas son enviadas al Elíseo para estar con el Creador.
—¿El Creador? ¿Como Dios?
Noel tomó otro sorbo de café.
—También recibe muchos nombres.
La señora Janet era extremadamente religiosa, y había aprendido numerosas historias de la Biblia.
—Entonces, ¿como Jehová?
Gideon reflexionó un momento mientras Jai y Noel comían de mi plato.
—El mundo tiene muchos textos sagrados, todos escritos por el hombre. Esos textos pueden haber sido inspirados por la Santidad, pero la humanidad siempre ha tenido un don para la mala interpretación. ¿Jehová? ¿Adonai? ¿Dios? Son el Creador.
—Pero ¿cuál es el correcto?
—¿Solo hay una verdad absoluta? —Respondió a mi pregunta con una de las suyas.
—¿No debería haberla? —Me mordí la mejilla y estudié mis manos, en mi regazo.
Gideon no respondió de inmediato y, cuando el silencio se prolongó, levanté mi mirada hacia la suya. Como si eso fuera lo que estaba esperando, sonrió, con una ligera inclinación de la boca.
—Eso parece bastante estrecho de miras. —No era un insulto ni una reprimenda, pero me estremecí—. Lo que una persona considera una verdad absoluta, otra puede verlo como un consejo o una sugerencia.
—¡Pero existen el bien y el mal! —Mis manos se agarraron a la tela de la camisa y el corazón me dio un vuelco en el pecho—. Existen la verdad y la mentira. El bien y el mal. Si decimos que ninguno de los dos existe…
—Tienes razón. —Gideon apoyó una mano en mi hombro para calmarme—. Existen el blanco y el negro, pero lo que la humanidad no comprende es que hay muchos matices de gris en medio. Pensáis en absolutos, en afirmaciones generales, y lo que no encaja en vuestras cajas prefabricadas es desechado.
»El Creador habla de la vida, la creación y el amor. Hay cosas que van en contra de esos principios, como la destrucción, el odio y el asesinato. Pero como el hombre tiene libre albedrío, están ahí.
Siempre me habían enseñado a creer en absolutos, a creer lo que me decían y obedecer sin cuestionarlo.
Sin embargo, ahí había un ángel afirmando que teníamos elección.
Pero ese libre albedrío conllevaba la responsabilidad de elegir sabiamente o, de lo contrario, atenerse a las consecuencias. Era estimulante y aterrador a la vez.
—Por eso tus elecciones tienen consecuencias —dijo Gideon—. Y, al final, hay juicio.
—¿Juicio? ¿Como el Infierno o el Seol o lo que sea?
—Sí, la condenación. —Su rostro se ensombreció—. Es el castigo.
—¿Castigo? —Me vinieron a la mente recuerdos de los castigos de la señora Janet y se me puso la piel de gallina.
—Sin castigo por el mal, no puede haber justicia; sin justicia, no puede haber confianza.
Sin confianza, no hay amor, y sin amor, ¿cómo puede haber vida?
—Me dolía el cerebro, amenazaba con explotar por la plétora de nuevos pensamientos y filosofías.
Pero Gideon no había terminado—. Castigo y recompensa, vida y muerte, bien y mal.
Equilibrio. Para eso existen los ángeles, para mantenerlo.
—Entonces, ¿la gente buena va al Cielo y la mala al Infierno?
—Es un poco más complicado que eso, cielo.
—Noel me acarició el pelo con dulzura—. Las decisiones del hombre, buenas y malas, se pesan en la balanza de la eternidad, y el Creador dicta sentencia.
El Creador no es cruel, pero es justo. Con las maldades que cometemos unos contra otros, debe haber justicia de una forma u otra, ¿no crees?
Pensé en los numerosos genocidios infligidos por algo tan simple como el nombre o el color de la piel, las cosas horribles hechas a los niños que no podían protegerse a sí mismos. Asentí con la cabeza.
—Sí, debería haber justicia.
Se hizo un largo silencio en la mesa hasta que Jai no pudo contenerse.
—Bueno, menuda forma de estropear el desayuno.
—Lo siento. No quería preguntar por algo tan doloroso. —Levanté la mano, con la intención de ponerla en el brazo de Gideon en un intento de consolarlo, pero dudé.
Él se apartó, e interpuso distancia mientras recogía nuestros platos vacíos y los apilaba.
—Es nuestra historia. Y es importante que no la olvidemos o nos condenamos a repetir nuestros errores.
Como si hubiera estado esperando alguna señal, Doris volvió a la mesa para recoger nuestros platos. Me di cuenta de que se había retocado el maquillaje y se había recogido el pelo en un moño. Sonrió a Gideon, ajena al ambiente tenso.
—¿Cómo ha estado todo?
—La comida ha sido excelente. —Gideon le ofreció una pila de billetes de veinte de su cartera junto con una sonrisa cortés—. Quédate con el cambio y que tengas un buen día, Doris.
—Gracias. —Ella miró boquiabierta los billetes que tenía en la mano—. Que tengan un buen día.
Con una inclinación de cabeza, Gideon se levantó de la mesa y se dirigió decidido hacia la salida, como si no hubiera nada más importante que salir del restaurante lo antes posible. Tenía la sensación de que había sido la conversación, y no la cafetería, lo que lo había asustado.
Después de usar el único retrete de la cafetería, dejé que Noel y Jai se pelearan por quién orinaba después y crucé el aparcamiento.
Gideon estaba de pie junto al sedán, con las manos en las caderas y la mirada fija en algún lugar lejano.
Hablar de la Guerra Celestial le había dolido —debía de haber perdido mucho— y yo quería aliviarle de algún modo.
Por desgracia, no tenía ni idea de cómo consolar a alguien, sobre todo a alguien tan distante como Gideon.
Hice acopio de mi lamentable valor, me acerqué a él y, con cautela, le rodeé la muñeca con los dedos.
Se sobresaltó al contacto y sus ojos volvieron al presente.
Me lamí los labios, preparándome para disculparme u ofrecerle unas palabras de consuelo, pero, antes de que pudiera pronunciar una sola sílaba, se apartó de mi contacto.
Con un tirón en la oreja, carraspeó y se apartó, añadiendo espacio entre nosotros. El rechazo me quemó. Retrocedí, replegándome sobre mí mismo, mi cara ruborizada por la vergüenza. Por supuesto, lo había empeorado. Era lo que mejor se me daba.
—No sé cuándo volveré. —Gideon miró por encima de mi cabeza mientras Jai y Noel se detenían detrás de mí—. Llámame si me necesitas.
—Claro —dijo Jai.
Sin dirigirme una palabra o una mirada, el cuerpo de Gideon se iluminó como un letrero de neón y luego se desvaneció, como si nunca hubiera estado allí.
—¡Santo cielo! —Me tropecé con alguien… Noel, supuse por las manos que tenía en los brazos—. ¿Qué demonios ha sido eso?
Riéndose, Noel me apretó los brazos y me dirigió al lado del pasajero del coche.
—Teletransporte. Así nos movemos entre reinos.
—¿Todos hacéis eso?
—Ajá. Podemos ir y venir cuando queramos. —Él me abrió la puerta y me dejé caer dentro.
—¿Así que podéis ir a París por la tarde y luego cenar en Australia? —Torcí el cuello para escudriñar a mi alrededor, esperando a medias que Gideon reapareciera y me explicara que había sido una broma pesada.
Jai se sentó al volante y ajustó el asiento para acomodar su baja estatura, comparada con la de Gideon.