14. Capítulo catorce #2
—¿Cómo te ha ido? —Jai se detuvo junto a Noel. Había bajado la voz, como si no quisiera que lo oyera.
—No ha habido suerte —dijo Noel con un suspiro.
Inclinándose, Jai apoyó una mano reconfortante en la cadera de Noel, y cuando él inclinó la cabeza para encontrarse con la mirada de su otro, sus narices casi se tocaron.
Estaban más cerca de lo que a cualquier humano le habría hecho sentirse cómodo, pero no se dieron cuenta o no les importó.
Era difícil ver cómo aceptaban el contacto físico y la cercanía.
Para ser sincero, era aún más difícil de aceptar cuando dirigían su atención hacia mí.
Mientras que Gideon apenas me tocaba a menos que la situación lo requiriera, Jai y Noel estaban en contacto casi constante conmigo de una forma u otra.
Me tocaban la mano, me rozaban el hombro.
Por mucho que mi cerebro me dijera que debía rechazar esas caricias, mi corazón anhelaba ese contacto.
—¿Cómo…?
—Después. —Noel cubrió la mano de Jai en su cadera con la palma; sus ojos se desviaron hacia mí un momento.
Puse los ojos en blanco ante su secretismo y me dirigí al sofá como un niño enfurruñado.
En las últimas semanas, habían estado cuchicheando por las esquinas cuando creían que no les prestaba atención o interrumpían la conversación en cuanto yo entraba en el mismo cuarto.
Su trabajo era complicado y, me gustara o no, había cosas que no podían contarme.
Odiaba que me dejaran de lado, pero, por desgracia, no podía hacer nada al respecto.
—La cena está lista —dijo Gideon, que puso los platos llenos en la barra del desayuno.
Mientras Noel cogía los vasos, Jai me puso uno de los platos en el regazo. Olía a gloria y, una vez sentados con los vasos de agua sobre la mesita, me zampé con gusto la pasta. Estaba deliciosa, y el hoyuelo de Gideon me saludó cuando le hice un cumplido.
En cuanto terminamos de comer, cargué los platos en el lavavajillas; Noel fregó las sartenes en el fregadero, y Gideon y Jai se escabulleron por las puertas del patio para discutir algo en privado en el jardín trasero.
A juzgar por el ceño fruncido de Jai y el gesto adusto de Gideon, no era nada agradable.
—Me preguntaba si me dejarías cortarte el pelo esta noche. —Noel hizo una pausa en su fregado mientras yo ponía en marcha el lavavajillas—. Empiezas a tenerlo muy largo, y tengo que cortarle el pelo a Jai de todos modos. ¿Te importaría?
Me toqué la punta de un rizo que me colgaba de la oreja.
—No demasiado corto, ¿verdad? —La señora Janet siempre me lo había rapado demasiado cerca del cuero cabelludo.
—No, solo un corte. —Levantó una mano enjabonada—. Puedes confiar en mí, lo prometo.
Eso ya lo sabía. Confiaba en él. Además, mi mata de rizos ya era lo bastante caótica, no había mucho que él pudiera hacer para empeorarla.
—De acuerdo.
Se apresuró a terminar de fregar las sartenes y se secó las manos antes de tirar de mí hacia el salón.
Superemocionado, me ordenó que me sentara en un taburete que había sacado de la barra del desayuno y luego recorrió el apartamento en busca de lo que necesitaba.
Colocó los artículos necesarios —tijeras, cortapelos eléctrico, un peine y cosas por el estilo— sobre la mesita del salón y me señaló.
—Quítate la camisa, cielo. —Me guiñó un ojo.
Agarré la tela con fuerza y abrí mucho los ojos.
—¿Qué?
—Te envolvería los hombros con una toalla, pero tu camisa se llenaría de pelos de todas formas. —Me puso las manos en los hombros y apretó—. Esta noche tenemos una fiesta de pijamas, ¿verdad? Querrás llevar esto por la mañana.
Me sorprendió tanto la invitación a la fiesta de pijamas como la orden de quitarme la camiseta.
—¿Me quedo esta noche? —pregunté para aclarar, y Noel asintió—. No lo sabía. No tengo pijama ni…
—Puedes tomar prestada mi ropa para dormir, y puedes volver a usar esta mañana. No está sucia. —Me estiró la camiseta —. A menos que no quieras quedarte. Podemos llevarte a los dormitorios si quieres.
Con una tímida sonrisa, agaché la cabeza.
—La verdad es que nunca he ido a una fiesta de pijamas.
—Entonces, quédate. —El dedo de Noel me rozó la mandíbula y yo apreté las manos contra los muslos—. Veremos películas y comeremos patatas fritas y galletas. Nos pondremos calcetines y nos pintaremos las uñas.
Resoplé.
—Eso es para chicas.
—Y una mierda. —Noel se rio cuando le lancé una mirada incrédula—.
Yo me pinto las uñas a veces, y es divertido.
¿Eso me convierte en una chica? —Negué con la cabeza y le miré las uñas: no estaban pintadas—.
No pasa nada si no quieres pintarte las uñas, Riley.
Pero nunca dejes de hacer algo solo porque un consejo de ricachones inseguros decidió una vez que no era normal. Te gusta lo que te gusta, ¿verdad?
La verdad, nunca me habían permitido que me gustara lo que me gustaba.
En realidad, nunca me habían dejado elegir.
En cierto modo, temía no saber lo que me gustaba.
Me gustaban los calcetines y el té de menta, la música alternativa y las tortitas.
Me gustaba jugar con el ordenador, leer libros y montar en la moto de Jai.
No me gustaban las camisas abotonadas ni las corbatas y, definitivamente, no me gustaba besar a Kayla.
Pero no creía que esa lista fuera a lo que Noel se refería.
—¿Empezamos? —Me agarró la camisa y yo la levanté vacilante por encima de la cabeza.
Poca gente me había visto sin camiseta, y me cubrí el pecho flaco y pálido con los brazos mientras Noel la doblaba de forma descuidada y la tiraba sobre la mesita.
No se detuvo en mi torso expuesto y no supe si lo hizo por respeto a mi pudor o porque realmente no le interesaba mi aspecto.
Por alguna razón, recé para que fuera lo primero.
No es que yo impresionara a nadie, y menos a Noel. Era escuálido y casi lampiño, sin ni siquiera un atisbo de músculos. No lo culpé por apartar la mirada mientras me ponía una toalla sobre los hombros.
Agarré la mullida tela y me la envolví para cubrirme la mayor parte posible de la parte superior del cuerpo.
Noel me observaba con los labios apretados y los ojos llenos de una tristeza que no comprendí.
Entreabrió los labios como si quisiera hablar, pero se lo pensó mejor y cerró la boca con un suspiro sombrío.
Cuando Jai y Gideon entraron en el apartamento, Noel rodeó el taburete y me cortó el pelo por detrás. Los dos ángeles se detuvieron con la mirada fija en mí. Me retorcí e inquieté, incómodo por ser el único centro de su atención.
—Sigue moviéndote y te cortaré una oreja sin querer. —Noel me dio un ligero golpe en la cabeza y me quedé paralizado.
—Y necesitaríamos una alfombra nueva —dijo Gideon con una sonrisa apenas disimulada—. Quitar las manchas de sangre es un dolor.
—Hostia puta, ¿Gid acaba de hacer un chiste? —Jai soltó una risita y el hoyuelo de Gideon desapareció mientras sus pómulos se sonrojaban.
Noel y Jai se rieron de la incomodidad de Gideon, pero yo me mordí el labio para acallar mi propia diversión. No quería avergonzarlo aún más. En lugar de eso, permanecí en silencio e inmóvil, asegurándome de que Noel no me mutilara por accidente y manchara la alfombra.
Con las orejas rosadas, Gideon se dirigió hacia el pasillo desabrochándose la camisa.
Seguí con la mirada su corpulento cuerpo mientras se la quitaba por completo.
La piel dorada se extendía sobre sus fibrosos músculos y se me resecó la garganta.
La camiseta sin mangas se le pegaba como una segunda piel a sus ocho abdominales definidos y sus pectorales firmes y redondos.
El calor me recorrió la espina dorsal y se instaló en los dedos de mis pies. Miré hacia la alfombra.
—¿Qué quieres ver, Riles? —Jai me distrajo del extraño burbujeo de mi estómago mientras se desplomaba en el sofá, con el mando a distancia en la mano.
—Lo que queráis ver está bien.
Noel y Jai pusieron los ojos en blanco, pero Jai no se opuso.
—De acuerdo. Pues A todo gas .
Noel se detuvo, sus tijeras volaron alrededor de mi visión periférica.
—¡No vamos a ver A todo gas ! Si quieres ver mujeres humanas con faldas cortas, hazlo en tu tiempo libre. Es asqueroso.
Jai soltó una carcajada, medio divertida, medio ofendida.
—Son mujeres humanas con faldas cortas y coches geniales. Es la película perfecta.
—Hum, puaj.
—No dirías eso si fueran hombres con faldas cortas. —Con una carcajada, Jai lanzó una almohada a la cabeza de Noel.
—¡Ten cuidado o le corto la oreja a Riley!
—Noel apartó la almohada de una patada, con las mejillas sonrojadas—.
Y no es que me avergüence, pero los hombres femeninos no son mis preferidos.
Prefiero a los tíos en pantalón corto que en falda, pero esa película sigue siendo basura.
No permitiré que conviertas el cerebro de Riley en papilla.
Jai se burló de Noel en voz baja a sus espaldas antes de captar mi mirada.
—¿Quieres ver chicas con faldas cortas, Riles?
—¿Qué? ¡No! —Me negué ante la escandalosa proposición.
—¿Quieres ver chicos con faldas cortas? —Su sonrisa malvada comunicaba que era broma, pero mi cara se descompuso ante la insinuación.
—No quiero ver a nadie con nada corto. —Me hundí más en mi asiento, lamentando mi decisión de quedarme a dormir.
—¿Ves? Riley es un chico decente. —Noel volvió a cortarme el pelo con un guiño orgulloso—. No es un bárbaro como tú.
Murmurando en voz baja, Jai se desplazó a través de las películas disponibles.
—Bien. Pues vemos Arma Letal y, vosotros, capullos, no podéis decir una mierda al respecto.
—¡Mamá! Jai ha llamado capullo a Riley —gritó Noel lo bastante alto como para que se oyera por el pasillo hasta la habitación de Gideon. Me pareció oírlo reír.
—¡No es verdad! —bramó Jai, que fulminó a Noel con la mirada—. Me refería a ti, lameculos.