14. Capítulo catorce
Capítulo catorce
Las dos semanas siguientes trajeron cambios imprevistos en mi rutina diaria. Seguí asistiendo a clase, estudiaba en la biblioteca casi todas las tardes y cenaba con Bethany los lunes, aunque no los jueves. Pero la forma en que vivía mi día a día era muy diferente; apenas reconocía mi vida.
Ya no estaba solo en la biblioteca. La mayoría de las veces, Danny se sentaba a mi mesa.
Nuestra amistad crecía poco a poco, ya que ninguno de los dos éramos especialmente extrovertidos.
Al menos, teníamos la timidez en común. Algunas tardes, Danny tenía que trabajar, así que yo iba solo a la biblioteca.
Esos días, Noel o Jai ocupaban el asiento vacío de Danny y me miraban estudiar.
De vez en cuando se ofrecían a ayudarme, pero tenía la sensación de que mis cursos universitarios les aburrían.
En cuanto terminaba, Jai o Noel me llevaban a cenar a su apartamento. Nunca veía a Gideon fuera de allí. No me visitaba en el campus ni me seguía a todas partes como hacían ellos. Como «jefe» de Jai y Noel, tenía otras responsabilidades que nunca revelaban si yo estaba presente.
Poco a poco me fui adaptando a la nueva rutina.
Era agradable tener amigos, pasar los fines de semana con alguien que no fuera mi propio reflejo en la pantalla del ordenador.
Y a mis guardianes parecía gustarles tenerme cerca.
Era difícil saberlo con certeza, por supuesto.
Quizá solo estaban siendo educados. Quizá no fuera más que un trabajo para ellos. Pero, para mí, lo era todo.
Nunca había formado parte de una familia. Privado de amistad por mi propia incompetencia social y las estrictas normas de la señora Janet, me aferré al calor que me ofrecían. Llevaba mucho tiempo hambriento y, como una planta seca, absorbí su afecto platónico hasta casi ahogarme en él.
Pero no me atrevía a dejarlo ir. Había descubierto cómo podía ser la vida con amigos a mi lado y no podía imaginarme perderlos.
Pero todo lo bueno se acababa. Mis guardianes actuaban como si estuvieran en mi vida para siempre, como si no fueran a marcharse, pero era difícil confiar en las promesas tácitas.
Al final, todos me habían dejado, de un modo u otro.
A medida que se acercaba Acción de Gracias, el tiempo refrescaba, pero el frío no disuadía a Jai de conducir su moto por la ciudad.
Ir sentado detrás siempre me provocaba mariposas en el estómago.
Con mis brazos alrededor de su cintura, me sonrojaba y hacía lo posible por ignorar cómo sus músculos abdominales se ondulaban y flexionaban bajo mis manos.
Jai aparcó bajo el garaje. Yo tenía los dedos casi congelados y se rio cuando tuvo que soltarme de su chaqueta de cuero.
—¿Estás bien ahí, enano? —Jai me ayudó a desmontar mientras mis piernas temblaban por el estruendo del viaje.
—Estoy bien —aseguré, y entonces reconocí el brillo burlón de sus ojos. Crucé los brazos sobre mi estrecho pecho—. Estoy bien —dije con más firmeza.
Al entrar en su apartamento, se me hizo la boca agua al instante cuando el ajo, las hierbas y el pan horneado me acariciaron la nariz. Aspiré los apetitosos aromas y me lamí los labios. Gideon estaba en casa.
De los tres ángeles, Gideon parecía ser el que más disfrutaba de la cocina.
Jai y Noel podían preparar la cena si él se quedaba trabajando, pero no tenían el mismo talento.
Como la señora Janet nunca me dejaba cocinar por miedo a que ensuciara o estropeara sus utensilios, yo era bastante inútil en la cocina.
Pero Gideon nunca me prohibió mirar. En lugar de considerarme un estorbo, me explicaba lo que hacía y por qué, en un sutil intento de enseñarme.
Si tenía suerte, me dejaba remover la salsa o preparar la ensalada.
Me encantaba estar en su apartamento. Hasta cierto punto, me sentía como en casa, sentado en los confines de su pequeño y extraño mundo y observando a su familia. Era agradable formar parte de sus vidas, aunque solo fuera un rato.
—¡Cariño, ya estoy en casa! —Jai se quitó las botas y las dejó tiradas en la entrada. Enseguida las recogí y las coloqué en el zapatero: a Gideon no le gustaba el desorden.
—Bien. Ya puedes irte —canturreó Noel desde el salón, y yo ahogué mi risita con la palma de la mano mientras me quitaba las zapatillas y las colocaba junto a las botas de Jai.
—No lo animes. —Él me revolvió el pelo, y yo siseé cuando su dedo se enganchó en un rizo enredado—. Mierda, lo siento.
Seguí a Jai por el pasillo y me detuve en el arco de la cocina cuando dobló el pasillo hacia su habitación, mientras se quitaba la chaqueta de cuero.
Noel se paseaba por el salón, hablando por teléfono, pero me dedicó un saludo y una sonrisa.
Le devolví el saludo en voz baja antes de dirigirme a la cocina.
Vestido con una camisa azul abotonada y pantalones caqui, Gideon estaba de pie junto a los fogones, removiendo en una cacerola algo que olía de fábula. Como si sintiera mis ojos clavados en él, miró por encima del hombro. La piel alrededor de sus ojos se arrugó con una sonrisa apenas perceptible.
—Riley.
Me retorcí bajo su intensa mirada verde.
—Ho-Hola.
Se volvió hacia los fogones.
—¿Te gustan las gambas?
—Nunca las he probado. —Entré en la cocina y eché un vistazo alrededor de su ancho cuerpo a la comida que chisporroteaba—. ¿Estás haciendo gambas?
Gideon inclinó la sartén y las removió, ya que las estaba dorando. Un líquido cremoso burbujeaba en una cacerola y la pasta hervía en el quemador trasero. El horno emitía un calor tostado mientras horneaba pan de ajo.
—Gambas con salsa Alfredo sobre pasta extrafina. —Gideon pinchó una gamba con un tenedor, la sumergió en la salsa hirviendo a fuego lento y luego me la ofreció, ahuecando la mano debajo para recoger cualquier goteo—. ¿Quieres probar?
Asentí dando un paso. Gideon sopló sobre el bocado humeante.
—Cuidado. Está caliente —advirtió, y se me encogió el estómago ante la dulce preocupación.
Por un segundo, tanteamos el terreno mientras yo abría la boca para aceptar la comida al tiempo que él giraba la muñeca para ofrecerme el mango del tenedor. Mi boca acabó rozando el dorso de sus nudillos, y me sonrojé más que la sartén que estaba friendo las gambas. Murmuré una disculpa.
Cogí el tenedor de las manos de Gideon con torpeza y me metí la gamba en la boca.
Por supuesto, estaba caliente. Estuve a punto de escupirla cuando me quemó la lengua, pero ya me sentía demasiado humillado.
Perseveré, masticando el marisco caliente, mientras se me humedecían los ojos.
La carne era dulce pero esponjosa. Por suerte, la salsa ligera y sabrosa compensaba la extraña textura.
Cuando por fin conseguí tragar, me aclaré la garganta y le devolví el tenedor a Gideon.
—Está muy bueno.
Sus mejillas estaban casi tan sonrosadas como las mías. Dejó el tenedor sobre la encimera y se tiró de la oreja izquierda.
—Bien, eh, bien. —Señaló con la cabeza hacia la puerta—. Ve y avisa a los demás de que la cena está lista.
Me tomé el despido con calma y salí de la cocina.
Gideon era el menos afectuoso de mi guardia y evitaba el contacto físico en la mayoría de las situaciones.
Intenté no tomármelo como algo personal, ya que trataba a Jai y Noel de forma similar.
Como todo un profesional, se mantenía distante y estoico, y me dejaba con las ganas, aunque no sabía de qué en concreto.
—¡Riley! —Noel me abrazó con entusiasmo y me hizo girar en círculo mientras los dedos de mis calcetines se arrastraban por la alfombra.
Gruñí ante su entusiasta bienvenida.
—Oh, hum, hola. ¿Has tenido un buen día?
Enterró la cara en la parte superior de mi cabeza e inhaló, como si estuviera olfateando mi pelo.
—Ha estado bien, pero es mejor ahora que estás aquí.
—Nos vimos ayer.
Me dejó caer sobre mis pies e hizo un gesto con la mano.
—Sí, ayer. Y ahora es hoy. Te he echado de menos.
Me acarició los rizos rebeldes y dejé que me acicalara, momento que aproveché para ocultar mi placer ante su confesión.
—Yo también te he echado de menos.
Tras mi confesión, Noel sonrió y las estrellas que rodeaban sus pupilas brillaron como piedras preciosas. Sonreí, feliz de que estuviera contento.
—¿Qué has hecho hoy? —Me pasé el pulgar por la comisura de los labios y lo retiré cubierto con una gota de salsa de las gambas.
—Oh, esto y aquello. Cosas de ángeles. —Se metió mi dedo en la boca y mis ojos se abrieron de par en par mientras lo lamía.
—Cosas de ángeles —repetí, con los ojos clavados en sus labios, que rodeaban el pulgar.
Noel se lo sacó de la boca y sus iris se oscurecieron un poco. Tarareó y enarcó una fina ceja.
Me ruboricé de nuevo, bajé la mirada y tragué saliva para humedecer mi garganta, repentinamente reseca.
El corazón me galopaba en el pecho y las palmas de las manos me sudaban un poco.
Las reacciones que los ángeles provocaban en mi cuerpo eran raras y aterradoras, pero también me estimulaban.
Desconfiaba de las sensaciones extrañas, y aquella no era una excepción.
En mi experiencia, lo nuevo solía ser malo.
Para empeorar las cosas, Jai entró en la habitación sin camiseta.
Los pantalones de chándal oscuros le caían sobre las caderas, mostrando la banda de sus calzoncillos grises.
La extensión de piel, el escaso vello del pecho y los músculos cincelados volvieron a encender las mariposas, y casi resoplé de fastidio.
¿Tan difícil era ponerse una camiseta? Había visto tanto a Jai como a Noel en diferentes estados de desnudez durante las dos últimas semanas, y eso me incomodaba terriblemente.
Gracias a las fervientes enseñanzas de la señora Janet, me esforzaba por mantener la modestia en todo momento.
De hecho, en el instituto, nunca me cambiaba delante de nadie en los vestuarios antes y después de la clase de gimnasia. Utilizaba los retretes.