Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 13. Capítulo trece #2
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13. Capítulo trece #2

—Guau. No estoy seguro de si ha sido un cumplido o un insulto.

—Ha sonado mal. Solo quería decir que, como eres así, con ese aspecto, pues, eh… —Casi me palmeé la cara mientras profundizaba el agujero metafórico que cavaron mis palabras.

—¿Cómo soy? —Los estallidos de estrellas alrededor de sus pupilas brillaban con humor. Cuando no respondí, me cogió la barbilla, manteniéndome como rehén con su mirada chispeante—. Dime, Riley.

Su voz melódica adquirió un canto sedoso y mi cerebro cortocircuitó. En algún rincón de mi cerebro era consciente de lo que hacía. Podía sentir que la sugerencia enlazaba su tono, pero no pude resistir el tirón. Se me aflojó la lengua.

—Guapo —susurré, y sus labios se abrieron en una sonrisa diabólica.

—¿Crees que soy guapo?

Mi vergüenza trajo una ola de claridad, y sacudí la cabeza para despejar las telarañas que arrojaban sus sugerencias.

—No. O sea, sí. Es decir, no como si yo fuera una chica y… Solo… Hmmm…

Con una risita tintineante, Noel interrumpió mi humillante balbuceo con su dedo índice presionado contra mis labios.

—Está bien. Me gusta que pienses que soy guapo. —Su mano libre me pasó por el pelo—. Pero guapo o no, pondré un blindaje para que nadie más que tú sepa que estoy ahí.

Con un paso atrás, me liberó de su hechizo angelical e inhalé bruscamente mientras el mundo volvía a enfocarse. Los estudiantes pasaron rozándonos en su camino hacia el edificio de ciencias, y mi mortificación se disparó. Agaché la cabeza y subí los escalones, bajando la voz para que no me oyeran.

—¿Qué es el blindaje? —Le pedí así que desviara la conversación de mi estúpida declaración sobre su apariencia.

—Es una forma de estar presentes en este reino sin ser vistos por los ojos humanos. Como si fuera invisible, supongo. —Metió las manos en sus vaqueros claros y asintió con la cabeza al chico que en ese momento mantenía la puerta abierta para sus compañeros de clase—. Gracias.

El desconocido le echó a Noel una mirada de agradecimiento, su sonrisa amistosa se agudizó con interés.

—No hay problema, guapo.

Ante el cumplido, las mejillas rosadas de Noel se sonrojaron y le guiñó un ojo al tipo. Se me agrió el estómago mientras lo seguía a través de la multitud cada vez más densa.

—¿Puedes ser invisible? —Mi tono resultó más duro de lo que pretendía, pero desvió su atención del extraño chico hacia mí. Ignoré la culpa, que me indicó que me disculpara—. O sea, no lo vas a hacer ahora, ¿verdad?

—No, no lo necesito. En este momento, solo soy una cara entre la multitud. Pero, si es necesario, puedo protegerme y los humanos no me ven.

La puerta de mi aula apareció a través de la masa de estudiantes, pero no estaba listo para terminar la conversación. Era tan fascinante como aterrador. Tiré de la manga de Noel.

—¿Te pusiste el blindaje también para que yo no te viera? —le pregunté, y él asintió de mala gana—. Entonces, ¿cómo te vi en el patio?

Jugueteó con un mechón de pelo claro que caía de su moño descuidado, evitando mi mirada.

—Hum, en realidad no estoy seguro. Se suponía que no debías hacerlo. Pero mis escudos no estaban muy altos en ese momento. Sucede a veces. Hasta los ángeles cometen errores.

¿Un error? La palabra me golpeó como un puñetazo en el estómago.

Había perdido la cuenta de cuántas veces me habían dicho que había sido un error.

Dejarme en la estación de bomberos cuando era un bebé, un error.

Acogerme como un niño adoptivo, un error.

Olvidar mis medicamentos, desobedecer a la señora Janet, nacer, error, error, error.

Y, ahora, ser amigo de mis ángeles de la guarda: otro error.

—Ah. —Me aparté, parpadeando ante la repentina embestida de la tristeza—. Vale.

—¿Riley? —Noel se acercó a mí, pero lo esquivé.

—El profesor va a entrar enseguida. —Corrí a clase y dejé a Noel boquiabierto y confundido detrás de mí.

Me senté al lado de Danny, sonriendo a través de mi desesperación lo mejor que pude. Él me devolvió la sonrisa, pero se desvaneció enseguida. Sus ojos color avellana se apagaron detrás de sus gafas de montura negra.

—Oye, ¿estás bien?

No éramos exactamente amigos, pero me gustaba pensar que estábamos en el camino de la amistad. Aun así, no tenía palabras para explicar la tristeza que estrangulaba mi corazón. En lugar de eso, asentí con una débil sonrisa en mi rostro.

—Sí, estoy bien.

No vi a Noel en toda la clase. Tal vez estaba allí, protegiéndose lo bastante como para desaparecer de mi vista.

O tal vez se había quedado fuera. Odiaba lo mucho que dolía su ausencia, pero era mejor así.

No quería ser una carga. El hecho de que me los hubieran asignado como guardianes no los convertía automáticamente en mis amigos.

Su trabajo consistía en protegerme, lo habían dicho en numerosas ocasiones. Un trabajo. Nada más y nada menos.

—¿Hiciste algo divertido en Halloween? —preguntó Danny mientras recogíamos al final de la clase.

Hice una mueca y negué con la cabeza.

—No, la verdad es que no. ¿Y tú?

Danny se encogió de hombros.

—Fui a una fiesta, pero no me gustó.

«Pues ya somos dos».

Salimos de la sala de conferencias y vi a Noel apoyado contra la pared. Danny siguió mi línea de visión, y debió haber visto a Noel también porque su sonrisa se atenuó mientras nos miraba del uno al otro.

—Nos vemos luego, Riley. —Con un gesto de despedida, se alejó y me dejó solo frente a mi ángel.

En el momento en que Danny desapareció entre la multitud, Noel se encogió de hombros y se acercó a mí con cautela.

Cada paso parecía medido con exactitud, como si se acercara a un animal herido, y su precaución me asustó.

El corazón se me subió a la garganta cuando se detuvo a escasos centímetros de nuestras zapatillas.

—No sé qué he dicho para molestarte, pero lo siento. —Su mirada recorrió el pasillo mientras movía su peso de un lado a otro.

—No pasa nada. —Mi mochila se sacudió por la fuerza de mi encogimiento de hombros.

Su mirada se centró en mí como un láser, arrugó el ceño y ladeó la cabeza.

Como si intentara resolver una ecuación especialmente difícil en su cabeza, me escrutó y su ceño se frunció con desagrado.

Desconecté el contacto visual, bajando la mirada en señal de sumisión. Era mi instinto de supervivencia.

—Riley. —Mi nombre salió de sus labios y alcé los ojos desorbitados cuando se apartó de mí como si le doliera—. Vamos. No quiero que llegues tarde a tu próxima clase.

Con las manos en el bolsillo de la sudadera, encorvé los hombros y seguí al ángel. Siempre había sido estúpido y muy inepto para las relaciones sociales, pero parecía que algo se había roto entre nosotros. Aunque, la verdad, no podía entender qué.

El mar de estudiantes se embotelló en las puertas y nos detuvimos bruscamente cuando la multitud avanzó y retrocedió.

Me aparté del empuje de los cuerpos desconocidos y me refugié en el espacio de Noel.

Mientras la multitud cruzaba el umbral, miré a Noel por el rabillo del ojo.

Mi mente buscaba una solución al aprieto que yo había provocado.

Demasiado asustado para acercarme a él, apreté mi brazo contra el suyo y me estremecí por el calor inmediato que se filtró a través de mi ropa. Bajó la mirada, con ojos interrogantes, y yo esbocé una pequeña sonrisa temblorosa. Quise disculparme, pero se me paralizó la lengua.

Contra todo pronóstico, Noel lo entendió. Su expresión se suavizó hasta volverse casi tierna y se movió un milímetro en mi dirección. Nadie habría notado el sutil cambio, pero la presión añadida sobre mi brazo era imposible de ignorar. Me lo tomé como un perdón y mi sonrisa se ensanchó.

Con las mejillas algo ruborizadas, miré hacia delante mientras el gentío avanzaba, y Noel, que enlazó su bazo con el mío, se rio por lo bajo.

Una vez fuera, escapamos de la claustrofóbica multitud y estudié nuestros brazos enganchados por los codos.

Como si Jai me cogiera de la mano, me inundaba una felicidad abrumadora que no estaba acostumbrado a experimentar.

De manera lógica, sabía que no debía fomentar afectos tan extraños.

Los chicos no se tocaban así. No se cogían de la mano ni enganchaban los brazos.

Pero tampoco podía retirarme. Me habían robado el afecto inocente toda mi vida, me habían negado el contacto platónico.

Y ahora que lo había sentido, no sabía si podría seguir sin él.

Más ligero que el aire, floté hasta mi siguiente clase. De no ser porque Noel me había anclado a tierra, habría ido a la deriva hasta la estratosfera. Pero a él no parecía importarle mantenerme anclado, y me ofrecía espacio para volar.